Creo que los fumadores nunca entenderemos por qué el cigarro sabe mucho mejor con un buen tazón de café humeante como el que tengo ahora en mi mano izquierda. Al encender el enésimo pitillo y dar la primera calada no puedo evitar asombrarme de lo patéticamente caricaturesco que resulto como escritor con muchas ideas y pocas palabras. Es difícil aceptar que uno no puede contar al mundo ni un uno por ciento de todo lo interesante que logra elucubrar una mente, tan única e irrepetible en cada uno, pero es aún más difícil asumir que la gran historia que tenemos que escribir no tiene que ser contada, porque esa gran historia es algo tan inabarcable o tan anodino que solo puede partir de actos y no de palabras: nuestra vida.
Por eso yo mismo, León Morales, le ordene a cierto personaje que apretara el gatillo de su Colt King Cobra calibre 357 Mag. cuando llegó a un callejón sin salida del que sólo podría escapar si no permitía que fuesen otros quienes siguieran escribiendo su vida. Si he de ser sincero, les diré que no me arrepiento de haber intentado liberar a ese hombre con la perfecta simetría de una bala, aunque he de confesar que si hubiese sabido lo que pasaría justo antes de que su dedo índice llegase a apretar la insinuante curva del arma, quizá me hubiese callado las palabras que le espeté entonces: señor Armando Quintana, reconsidere detenidamente su postura y tenga en cuenta que mientras vivimos, lo que realmente estamos haciendo es morir poco a poco; así que dispare y acabe con este teatro en que se ha convertido su vida.
Jamás pensé que su reacción fuese tan inverosímil, pero ciertamente no cabría esperar otra cosa si tenemos en cuenta que el señor Quintana llegó a encontrarse en esa cuerda floja después de saber que en cosa de media hora llegaría la policía a su casa para detenerlo por haber intentado asesinar a su redactor jefe tras una jurídicamente insostenible pérdida de nervios. Ya no sería nunca más él quien escribiría su vida, pero lo peor quizá era que nunca antes la había escrito ni tan siquiera durante un párrafo. Así, entre el cañón del revólver, la promesa de las rejas y treinta escasos minutos para encontrar una salida rápida, cuando le ordené a Armando Quintana que apretara el gatillo, me miró fijamente a las pupilas por primera vez desde que nos conocimos, gota de sudor suspendida en su sien derecha, soltó un amago de media sonrisa y, sin darme cuenta, decidió dejar de ser el personaje de mi relato y se escapó de esta historia.
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Mi nombre es Armando Quintana y si tengo que definirme de alguna forma les diré, sin creerme demasiado, que soy un prófugo de la justicia. Sí señores, eso es todo lo que se me ocurre decirles a ustedes que presuntamente ahora mismo me están juzgando y tratando de saber quién soy, de qué hablo, si miento o si digo la verdad, al tiempo que soy prófugo de ustedes mismos. Pues bien, lo hice, sí, pero en realidad no lo hice, porque señores les juro que todo fue obra del señor León Morales y les voy a probar por qué. Todos sabemos, todos que contamos historias a nuestra manera, la sutil diferencia entre escribir un diario y escribir una noticia. En ambos casos, el mito de la objetividad pura es patéticamente falso, y según mi propia experiencia la subjetividad se manifiesta a partir de dos mecanismos causales del propio interés: el directo y el indirecto. Así, cuando comencé de niño a escribir un diario como chaleco antibalas ante mi adaptación social más bien limitada, tenía un interés directo por contar las cosas como me las contaban mis ojos, ¿me entienden ustedes?, mi verdad. Sin embargo, cuando años más tarde, a golpe de una estratégicamente exquisita adaptación social (llamémosla así), logré fabricarme un nombre que me convirtiese en el periodista que firma la contraportada de ese prestigioso periódico que todos ustedes conocen, mi interés al escribir las noticias no era realmente el mío porque no comparto esa eufemística forma de no ser imparcial que llaman línea editorial. Aún así, debía seguir vendiéndome y traicionando mis supuestos ideológicos por un interés indirecto: el seguir trabajando ahí. Por todo ello les afirmo desde ahora mismo que lo que van a oír aquí es completa y absolutamente interesado, subjetivo y parcial; serán ustedes los que se atrevan a llamarlo verdad o mentira.
Cuando decidí matar a mi redactor jefe eran las 12:17 de la noche y estaba apagando un cigarro de esos que no te apetecen en realidad pero te ayudan a llenar el tiempo hasta que llegas a la boca del metro. Quizá el hecho de que estuviese lloviendo incrementó la sensación de macabra locura tan inherente a la sinrazón de todo hombre, y cuando crucé los tornos del metro ya sabía perfectamente cómo lo haría: sería mañana mismo, en la mesa de su despacho, lo tiraría sobre la mesa y allí acabaría todo, para luego, sin sobresalto y con toda mi parsimonia, salir caminando justo por donde había entrado. Ahora juzguen sí, un modus operandi abrumadoramente rudimentario, pero ¿para qué complicarme la vida si el objetivo era simplemente acabar con él y ustedes me acabarían encontrando igual? Tendría apenas media hora desde que llegase a casa hasta que ustedes dieran conmigo, se supiera todo, apareciesen las especulaciones y comenzaran poco a poco a juzgarme como de hecho ahora están haciendo.
Si les soy sincero me daba igual el hecho de ser descubierto porque, como ya me había hecho notar mi amigo León Morales, nunca me propuse escribir mi propia vida y de joven claudiqué intentando escribir la vida que siempre me contaron que sería la más vendida y por ello la mejor. Podría contarles sin querer que éste que ahora se desnuda ante ustedes ha pretendido valientemente ser feliz con un trabajo en el que sólo se trabaja, un matrimonio de colores en un marco sin lienzo, sexo en raciones de diferente tipo, tiempo, lugar e intensidad, algún que otro vicio que por respeto no comentaré aquí, una hipoteca más o menos cómoda, algunas reverencias verbales cuando se pronuncia mi nombre y una deliciosa e incomprensible nómina mensual. Ahora que todo eso está en mis manos, puedo decirles que añoro ser el personaje de mi propia vida y que cada día cuando me levanto se me va el alma mezclada con la pasta de dientes por el desagüe del lavabo.
No sé si les pasará a ustedes pero mucha gente me ha comentado que les encanta ir en el metro y observar cómo detrás de cada hierático rostro hay una historia diferente, todo un mundo por explorar que se oculta tras el silencio de los túneles y que sólo es roto de vez en cuando por algún sudamericano que enciende segundos de vida con su guitarra a cambio de unos céntimos voluntarios. Pues bien señores, les diré que me siento fatal al percibir que todas esas caras, salvo contadas excepciones, son la misma persona: un Teseo que después de matar decenas de minotauros cada día, busca salir de su particular laberinto, un personaje que busca escapar de su escritor para empezar a vivir su vida, un nombre con un número y una letra que los hace alguien y nadie al mismo tiempo, gente que busca su identidad más allá del teléfono móvil. Y sé perfectamente de lo que les estoy hablado, porque también yo fui uno de esos Teseos hasta que conseguí reunir el valor para hacer lo que hice. Por ello, permitan que base mi defensa en el hecho o argumento de que cualquiera de esas personas pudo (y puede) haber hecho lo mismo que yo en nombre de encontrar una salida a la historia de la que son prisioneros. Quién sabe si ustedes mismos son una de esas personas dispuestas a asesinar patéticamente a su particular redactor jefe señorías, porque les pregunto abiertamente: ¿son ustedes personajes de la historia que realmente quieren escribir o simplemente de la que escriben? ¿Hay líneas que ustedes no escriben? ¿Párrafos que escapan de su control? ¿Capítulos que no saben exactamente porqué están ahí? Un primer paso para salir de todo eso, según León Morales, sería apretar el gatillo de una Colt King Cobra. Pero no señorías, que yo esté aquí hoy hablándoles a ustedes de esto aunque soporte el peso de ser juzgado, es la firme prueba de que escapar de una historia que no les gusta es sin duda posible.
Yo, Armando Quintana, acuso al señor Morales de haberme enseñado a vivir acostándome todas las noches con un pensamiento intermitente que variaba desde la imposibilidad de pagar mi hipoteca cuando todo iba mal, hasta la tormentosa necesidad de ganar más dinero cuando ya tenía más que suficiente y las cosas estaban perfectamente, pasando por lo decepcionante de dormir al lado de alguien que ya no sé si me ama, o sólo me quiere, o sólo está ahí como lo estoy yo. Aquí hoy me declaro inocente y acuso al susodicho personaje de ser el auténtico responsable del intento de asesinato de mi redactor jefe. Porque hoy señorías soy libre a pesar de que ustedes me juzguen. Incluso aunque llegasen a condenarme, seguiré siendo libre porque por primera vez puedo oler la lluvia que no pude oler la noche en que salí de la redacción y encendí aquél cigarrillo, porque ahora todas las mañanas no siento que me lleva el flujo de gente por los pasillos del metro a las 7.30. Si por todo ello aún quieren condenarme, adelante, pero antes terminaré de contarles lo que en realidad pasó aquella noche.
Cuando llegué a casa y abrí las dos cerraduras, encontré al señor Morales de rodillas en la moqueta apuntándose a la sien derecha con una Colt King Cobra calibre 327 Mag., quién sabe si esperando que alguien le diese un último empujón o una primera disuasión. Después de pasarse toda la tarde escribiendo la historia de Armando Quintana, mi historia, con su sempiterno tazón de café italiano aliñado con intermitentes inyecciones de nicotina, llegó un momento en que no pudo más que admitir que toda la amargura plasmada en el papel no era otra cosa que un nefasto reflejo de sí mismo. Para entonces, yo ya había decidido asesinar a mi redactor jefe pero fue él quien lo había decidido sin contarme nada, así que no me quedaba opción. Sin duda lo que debí haber hecho cuando lo encontré así arrastrado a la altura de la los ácaros de la moqueta azul era haberle animado a que disparase como él había intentado hacer conmigo en la última página de su relato, pero en cambio fui más benevolente porque en el fondo yo al señor León Morales lo estimo por todo lo que para mí ha supuesto.
Le dije que se levantase inmediatamente y dejase de ser el cobarde que todos nos encontramos a diario por las esquinas, y que tuviese el valor de coger el bolígrafo para corregir todos los párrafos que estaban pudriendo su vida, que esa bala que iba a dirigir a su cerebro la dirigiese a las páginas que hasta esa misma noche daban Fe de su existencia en esta ciudad sin nombre. Y que si para ello el primer paso era matar a su redactor jefe, que no se amedrentara y apretase bien el bolígrafo.
Con mis mejores sentimientos, y siendo el hombre que hoy soy después de haber sido como el señor Morales, siendo un Teseo que no sólo ha matado a la bestia sino que ha conseguido salir luego del laberinto, le dije la gran verdad que yo había descubierto: señor Morales, reconsidere detenidamente su postura y tenga en cuenta que de hecho, mientras morimos, lo que realmente estamos haciendo es vivir de la forma que usted se quiera inventar. Con esta frase le salvé la vida a mi entrañable amigo León, poniéndole punto y final al relato que escribí esa noche hasta las doce y del cual él era el protagonista. Por supuesto a la mañana siguiente me adentré sagaz en el despacho de mi redactor jefe con dicho relato en la mano, me puse enfrente de su mesa tirándolo sobre la misma y allí acabó todo; para luego, sin sobresalto y con toda mi parsimonia, salir caminando justo por donde había entrado. Ahora juzguen
Juicio a Teseo
La Laguna (Tenerife), Octubre 2005
John Rodríguez Morales
Primer Premio de Relato Corto
XXX Premios Félix Francisco Casanova (2006)
Convocado por: Cabildo de La Palma y periódico El Día
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