TREINTA Y TRES MINUTOS
EN LA VIDA O EN LA MUERTE
DEL SEÑOR LECUONA
(...) o sencillamente cuento una verdad que es solamente mi verdad, y entonces no es la verdad salvo para mi estómago, para estas ganas de salir corriendo y acabar de alguna manera con esto, sea lo que fuere
Las Babas del Diablo
Julio Cortázar
Durante doce años, su carne y su alma fueron marchitándose hasta que supo que se había vuelto transparente
El Código Da Vinci
Dan Brown
- Levántese señor Lecuona. Está usted muerto
Por primera vez una voz me pareció táctil. La calidez del sonido tomó cuerpo y me acarició las orejas. Abrí los ojos.
- ¿Cómo que estoy muerto?
- Lleva usted muerto treinta y tres minutos y veinte segundos, así que sabemos que el sueño que intenta continuar es completamente fingido. Los muertos no duermen.
- ¿Hace treinta y tres minutos y veinte segundos? Oiga, la última vez que recuerdo estar consciente eran las ocho y pico de la mañana y estaba en mi oficina, ¿de qué me está hablando?
- Efectivamente, las ocho y cincuenta y un minutos de la mañana, justo siete segundos antes de que el señor Ricardo Fernández Ortega irrumpiera en su despacho y sacase de la chaqueta el revólver con que lo mataría.
- ¿Ricardo Fernández Ortega? ¿Ése no es el marido de mi secretaria?
- Si no hubiese estado fingiendo que duerme durante estos treinta y tres minutos y veinte segundos, le hubiera respondido que sí, e incluso las razones por las que lo hizo. Pero ahora ya no hay tiempo, tendrá ocasión de recuperar la memoria de camino al Tribunal. Lo están esperando.
Me incorporé bruscamente y la cabeza pareció hervirme de punzadas que me sacaron un grito. Aquél señor no se inmuto ante mi desasosiego, estaba ahí de pie, frente a mí, recto, con las manos plácidamente cruzadas a la altura del pubis. Su traje de chaqueta negro me recordó a unos caricaturescos agentes de alguna película americana, y no me reí porque el hombre era calvo. A mí los calvos siempre me infundieron un extraño respeto, como siempre necesité apagar y encender la luz del salón siete veces antes de salir de casa para que no me atropellase el tercer coche que me encontrara en la calle.
- ¿Por qué me duele tanto la cabeza? ¿No tiene una pastilla?
- Oh, por favor señor Lecuona, no diga tonterías. Un muerto no necesita pastillas de ningún tipo. El dolor es sólo producto de su transmutación de materia. Digamos para simplificarlo que usted ahora mismo está convirtiéndose en otra cosa. Le advierto que el dolor se extenderá al resto de sus miembros, pero remitirá tras unos minutos.
Me puse en pie y eché un vistazo en derredor para encontrarme con la frialdad de aquella cámara metálica con paredes de acero y luces estridentemente artificiales. El señor me pareció más alto de lo que había pensado, incluso yo me encontré particularmente alto. O no, más bien diría que me encontré más leve, mucho menos pesado, casi no eran mías las órdenes que recibía mi cuerpo para moverse, aunque en todo momento eran o las sentí voluntarias.
Eso me hacía tener la sublime sensación de no pisar el suelo. En la estancia metálica, de apenas veinte metros cuadrados, sólo había una puerta, también metálica. ¿Pero dónde demonios estaba? No es que fuese particularmente típico en mis tópicos, pero siempre había creído que eso del más allá tendría nubes, o fuego, o jardines con pajarillos. Miré el reloj y no sé porqué no me sorprendió verlo parado. Me acordé entonces de Celia, que esa misma mañana, justo cuando miraba la hora, me había llamado para ir a desayunar juntos a las ocho y media. Yo le dije que no porque quería meterme con unos informes.
- Acompáñeme por aquí, ya llegamos tarde. Esto jugará en su contra a la hora de que el Tribunal dirima sobre su caso.
Se abrió la pesada puerta mediante alguna maniobra mecánica ejecutada desde quién sabe dónde, y a continuación pude ver un largísimo pasillo del cual no supe determinar un horizonte exacto. La estética y el material del mismo eran iguales a la cámara en la que me encontraba, metal inoxidable y focos de luz chirriante, potente. El hombre dio media vuelta y se echó a andar delante con decisión y paso firme. Lo seguí.
- ¿Tardaremos mucho?
- Lo suficiente. Le aconsejaría que no hablase, hay cámaras que transmiten en tiempo real su imagen y voz a la sala del Tribunal que lo espera.
No pude reprimir un estallido orgásmico que tomaba mi pecho al oír el eco producido por el taconeo de los zapatos de aquel hombre. Parecía disolverse en mis venas un extraño morbo que venía a confirmar la consecución de un oculto deseo. ¡Qué contraproducente! Mientras más nos acercábamos al sugerente horizonte del pasillo, más capaz era de reconocerme a mí mismo una verdad que siempre me guardé de mantener en mi inconsciente: el peso de la vida.
En estos años había acabado por comprender que quien muere es porque le pesa la vida. Y no importa si es en un accidente de coche o a causa de un cáncer, no importa si la muerte es más o menos fortuita. A la muerte se la llama con un deseo callado que nos negamos a escuchar para no llamarnos locos o fracasados. Aquí no interviene la razón porque racionalmente nadie quiere morir (los que quieren realmente suicidarse, lo hacen, y con ello simplemente gritan ese deseo con admirable descaro). Digamos que es ese momento en que la gacela, después de correr y resistirse con patas y nervios, es interceptada por una leona a la que se suman otras dos más para intentar derribarla. Justo cuando una de esas leonas le muerde el cuello fiera, y la gacela se sabe asfixiada o desangrada en el peor de los casos (aún con toda la sensibilidad, consciencia, latidos, nervios, shock y todavía con los ojos abiertos), se produce ese momento: la lúgubre entrega. La gacela se entrega a los colmillos que la penetran, como un humano al vampiro cuando ha comprendido que ya es demasiado tarde.
- Por favor, dese prisa o el Tribunal se irritará profundamente. Tendrá que dar explicaciones por esos treinta y tres minutos.
- Pero es que
- Cállese señor Lecuona, por su bien absténgase de pronunciar palabra alguna antes de llegar. Los fiscales pueden llegar a ser muy incisivos con eso.
Él me había dicho que recuperaría la memoria durante este trayecto, pero lo cierto es que yo sólo conseguía pensar en Celia. Después de dieciocho años y dos divorcios, Celia cristalizaba la inutilidad de todo lo otro, de mi vida en general, porque al final nos habíamos atrevido a estar juntos. Ahora que estaba muerto podía afirmar que Celia era la metáfora de mi vida: Celia en los minutos que se llevaban otras, que se llevaba mi carrera, que se llevó todo ese esfuerzo compulsivo y constante de intentar que mi vida fuera siempre otra. Siempre Celia en los lugares, Celia de las cosas, Celia con las horas y en los bancos de la plaza de Santo Domingo. Porque cuando Celia entró en mi vida sin mi permiso a los veintiséis, no comprendí que el destino le había concedido ese pasaporte para advertirme de que ella no era sólo una persona, sino una filosofía.
- ¿Que era una filosofía, dice?
- ¿He dicho eso en alto?
- No tranquilo, es que puedo leer su mente. Está usted en un mundo sin barreras físicas donde los sentidos ya no valen, ¿recuerda?
- ¿Entonces por qué me dice que no hable? Los del Tribunal me habrán leído la mente igualmente
- Cuestión de adaptabilidad al nuevo entorno y de buen gusto. Aquí nos leemos la mente, eso de hablar queda como muy humano, muy primitivo, y al Tribunal eso le disgusta, ya sabe
- Ah
- ¿Qué quiso decir con que Celia era una filosofía?
- Bueno, es que Ángela representó en sí misma las miles de equivocaciones que yo cometí en mi vida, y que tenían la misma raíz. Esa raíz es básicamente la contenida en el popular refrán que reza: La vida es todo aquello que nos va sucediendo mientras uno se empeña en que le sucedan otras cosas. Y eso fue lo que pasó con ella, por eso dije también que es la metáfora de mi vida, una enferma y obcecada negación del Carpe Diem latino.
- Vaya, qué filósofo nos ha salido usted. No contábamos con estos referentes suyos.
- La verdad es que mi vida
- Pare ya, por ahora hemos oído suficientes empanadas mentales suyas señor Lecuona. Aunque lo suyo no es nada comparado con el señor Mussolini cuando lo tuvimos por aquí. Ya hemos llegado
Me impactó encontrarme de un segundo para otro la enorme puerta de madera encajada en aquél pasillo metálico. No había visto que nos acercásemos a nada mientras caminábamos y de repente estaba allí, con motivos que me recordaban al Pórtico de la Gloria en Santiago. ¡Qué mal gusto! ¿A quién se le ocurriría juntar madera y metal de aquella forma tan poco estética?
- Será mejor que evite esos pensamientos, no le ayudará en nada llamar hortera al Tribunal en su propia cara
- Oh, disculpe no era mi intención.
Mi cerebro, o lo que fuera que tuviese por él, comenzó a derramar algún líquido frío por todo mi cuerpo. Fue entonces cuando tomé consciencia de mi situación, de todo lo que estaba pasando.
- No se le olvide contarle al Tribunal todo lo que ha venido pensando; aunque a estas alturas ya lo sepa, no le vendrá mal recordárselo. Buena suerte señor Lecuona, un placer.
Hice ademán de darle la mano y al momento me di cuenta de lo ridículo de mi intención, así que me despedí con un simple gracias. Giré el pomo de la puerta y entré sin vacilar. El despacho estaba completamente vacío, no había nadie allí. Me dirigí hacia la única mesa que había y justo sonó el teléfono. Lo descolgué y al otro lado Celia me invitaba a desayunar esa mañana. Dejé la chaqueta en la silla y salí inmediatamente de mi despacho, sonriendo confuso, y apenas suficientemente consciente como para reconocer un poco después al marido de mi secretaria dirigiéndose a mi oficina por la otra acera.
Treinta y tres minutos en la vida o en la muerte del Sr. Lecuona
La Laguna, Tenerife
Abril 2006
Segundo Premio de Relato Corto
XIII Certamen Jóvenes Artistas Cruzarte 2006
Convocado por: Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, Tenerife
John Rodríguez Morales
Tags: 33 minutos, vida y muerte, babas del diablo, julio cortazar, El Código Da Vinci, Carpe Diem
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