He pisado los alfileres de la eternidad,
Coqueteando con la carne mojada del infierno,
Junto al anciano que amontonaba huesos de alquitrán,
Y las divas distraídas en el cuello de la luna,
Dejando caer las cartas marcadas del crepúsculo matutino.
La naga de hielo mordisqueaba mi acento inmemorial,
Pero Jayanta con sus luces callejeras cuidaba mis espaldas,
Cuando el néctar divino penetraba alcobas de marfil,
Sometiendo al dúo celestial que arañaba el desierto sin nombre.
He bebido del alcohol que destilan los fumadores bajo el agua,
Bajo la sombra del padre de la palabra, he nacido otra vez,
En la hora justa que la poesía engendra sus voces,
Del costillar herido de la nostalgia y el olvido.
Masticando el silencio sobre alpargatas de aguardiente,
El cuatrero de amores dibujaba a los pies de la luna,
Su trafico de fantasías, su inalcanzable mirada de hombre pequeño,
Sobre el fugaz desabrigo de una rosa adolescente.
Dormido en la mesa del deseo y lo restringido,
He desnudado el alma soñando tener entre las manos,
El cuerpo de aquel espejo de viento,
Para sembrar en sus territorios semillas de furia y volcanes.
Mientras escribo,
Se descompone en la plaza publica, el cadáver de un poema
asesinado,
Lloran desconsoladas las viudas sobre la tarde gris.
Y como un santo pecador despido mis amantes extraviadas,
En las catedrales humeantes de melancolía recién sacrificada.
JARO GODOY (Premio Nacional de Poesia .Argentina)
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