Pulso tenebroso
que vuelas a las entrañas mismas de las raíces,
al alimento sereno de la humedad y de la piedra,
yo soy hijo del barro, yo he surgido de sus deseos.
Hoy desprecio y arrojo mis palabras
como dados contra el Universo
y repudio la herencia de los héroes,
para solamente ensalzar la duda de los hombres.
Padre mío, pisoteado barro,
quizás el fuego no cumpla sus promesas
y alguien retorne a las rojas nubes
el exiliado azul de sus aguas.
Quizás la mano que dibuja las sombras
abra la extraña sima de los días
y sus negras palabras.
Como un pergamino arrojado al misterioso tiempo
de cuando no existía el fuego,
la aurora no volverá a albergar
la quebrada maravilla de la esperanza,
y tú, luz, limpio corazón
para ver más allá
de las páginas desposeídas del horizonte,
dile a la memoria que ella ha sido
la tumba de mis ojos,
y también dile a mi boca
que en ella ha dormido la ciénaga de sus cuencas,
condenadas a la oscuridad de las lámparas.
Padre mío, erosión, anatomía,
descansa en mis yemas
como lo hace mi nombre,
el mismo que ha pronunciado mi hijo
al jugar con sus cenizas.
( POEMA DEL LIBRO LAS FRONTERAS. EDITORIAL CALAMBUR)
Miguel Ángel Muñoz Sanjuán
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