Antonio Lucas lanza su segunda apuesta poética, «Lucernario»
ANGEL VIVAS
MADRID.- La promoción poética más joven, la que protagonizará el siglo que viene, se definirá por el eclecticismo. Antes que matar al padre, prefieren recoger la abundante cosecha de las últimas décadas. Así, al menos, lo proclama Antonio Lucas, uno de sus componentes.
«Nosotros no reivindicamos a capa y espada unos nombres», dice Lucas. «A mí me gusta Gil de Biedma y adoro a Louis Aragon; me entusiasma Tristan Tzara, y me gustan también Aleixandre, Bousoño, Brines, Valente...Hay una efervescencia feroz en este fin de siglo. Lo decía recientemente Guillermo Carnero: no hay una estética única, sino una estela tan rica que tenemos el terreno muy abonado para extraer de cada estética un nuevo camino».
Antonio Lucas, que fuera accésit del Adonais con su primer libro (y que no deja de reconocer «el honor que supone estar en esa nómina»), acaba de publicar Lucernario (DVD Ed.), «un libro hecho a golpe de patadas en el estómago, en un inquietante proceso de escritura». «No tiene», añade, «un estricto sentido unitario, pero sí un hilo conductor oscuro que ordena unos poemas escritos sin premeditación. El motor que mueve el libro es una especie de velado sentimiento trágico; el amor y la soledad son los dos temas que más habitan los poemas».
En un proceso que no es inhabitual, Antonio Lucas (Madrid, 1975, periodista y colaborador de EL MUNDO) ha moderado su expesión, su imaginería en concreto, en este segundo poemario. «El anterior era más exhibicionista, era el estallido fulgurante de la palabra. Aquí se busca la luz del fondo, como sugiere el título. Y confirma que el primero proponía un camino distinto, la recuperación de una tradición».
Esa tradición es la de cierto simbolismo o irracionalismo.
«Carlos Bousoño decía este verano que ya se empieza a notar una vuelta a otro registro que, hasta ahora, estaba en la cuneta: la recuperación del lenguaje, el retorno a la inquietud del verso. La poesía de la experiencia, tan valiosa por otra parte, proponía un tono narrativo, coloquial, que hacía de la anécdota una categoría literaria. Se trata de que la estética sea otra forma de compromiso».
CULTURA
Miércoles, 8 de diciembre de 1999
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