Aún puedo verle, escucharle.
San Salvador ardía y sigue ardiendo atizada por los
versos que Heriberto prendía.
Lo conocí en un bello Encuentro Permanente de Poetas
al que fui invitado por Oto, el hermano poeta, y en
esa lectura -hace cuatro años- en aquel colegio de
secundaria, me di cuenta enseguida que el poeta que
leería conmigo era un poeta de una rareza única.
Sonreía y reconstruía parques y tardes del Parque
Cuscatlán, amores perdidos, luchas perdidas...
Hablamos largamente. Él me contó del por qué San
Salvador sería poesía por siempre: "es que es una
ciudad imposible de imaginar y de aprehender...es dura
como uno mismo y tiene tantos muertos a los que se
debe rescatar del olvido..."
Teníamos un amigo en común, una de esas coincidencias
que hilaba ciudades tan dispares como San Salvador
-Tegucigalpa-Moscú, y por ahí se iban nuestras
pláticas. Su fe era tierna, como sus poemarios artesanales,
hechos con esas materias que otros verían como deshechos. Su poesía era calma y aguda como él mismo.
Y fue precisamente en ese Parque Cuscatlán que tanto
amaba, donde lo vi por última vez, asombrosamente
sonriente a pesar de la dureza que le había impuesto a
su cuerpo la vida. "Muchacho -me dijo- esta vez sí que
te vas a ir a tomar una sopita a mi casa, el domingo
¿verdad?" Y qué largo domingo resultó mi espera, nunca
más volvería a verlo. Sin embargo, me traje su poesía
y aquí la guardo en casa, para leerla en los tiempos
duros y ablandarme, para leerla en los tiempos vácuos
y precisarme con su carácter socialista.
Compañeros poetas:
es una pérdida terrible la muerte de Heriberto
Montano, es dolorosa como San Salvador.(Fabricio Estrada)
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