Viernes, 07 de septiembre de 2007
Prefacio a La historia de la locura (1961)




Pascal: "Los hombres son tan necesariamente locos que habr?a que estar afectado por otro giro de locura para no estarlo". Y este otro texto de Dostoievski en el Diario de un escritor: "No es encerrando al vecino que uno se convence de su buen tino".

Es preciso hacer la historia de este otro giro de locura ?sta por la cual los hombres, en el gesto de raz?n soberana que encierra a su vecino, comunican y se reconocen a trav?s del lenguaje sin misericordia de la no-locura; reencontrar el momento de esta conjuraci?n, antes de que haya sido definiti-vamente establecida en el reino de la verdad, antes de que haya sido reanimada por el lirismo de la protesta. Intentar reencontrar en la historia ese grado cero de la historia de la locura, donde es experiencia indiferenciada, experiencia a?n no separada por la partici?n misma. Describir, desde el origen de su curvatura,este "otro giro" que, de parte a parte de su gesto, deja caer, cosas de all? en m?s exteriores, sordas a todo intercambio, como muertas una para otra, la Raz?n y la Locura.

Es esta, sin duda, una regi?n inc?moda. Para recorrerla es preciso renunciar al confort de las verdades ?ltimas y no dejarse guiar nunca por lo que podemos saber de la locura. Ninguno de los conceptos de la psicopatolog?a, a?n y sobre todo, en el juego impl?cito de las retrospecciones, deber? ejercer el rol de organizador. Es constitutivo el gesto que separa a la locura, y no la ciencia que se establece, una vez efectuada esa partici?n, en la calma sobrevenida. Es originaria la cesura que establece la distancia entre raz?n y no-raz?n; en cuanto a la captura que la raz?n ejerce sobre la no-raz?n para arrancarle su verdad de locura, de falta o de enfermedad, ella deriva de ello y desde hace mucho. Luego va a ser preciso hablar de ese debate primitivo sin suponer victoria, ni derecho a la victoria; hablar de esos gestos repetidos en la historia, dejando en suspenso todo lo que puede dar la imagen de acabamiento, de reposo en la verdad; hablar de ese gesto de corte, de esa distancia tomada, de ese vac?o instaurado entre la raz?n y lo que no lo es, sin tomar apoyo jam?s en la plenitud de lo que ella pretende ser.

Entonces y s?lo entonces, podr? aparecer el dominio donde el hombre de la locura y el hombre de la raz?n separ?ndose, a?n no lo est?n, y en un lenguaje muy originario y muy tosco, mucho m?s temprano que el de la ciencia, entablan el di?logo de su ruptura, que testimonia de una manera fugaz que a?n se hablan. Aqu?, locura y no-locura, raz?n y no-raz?n est?n confusamente implicadas: inseparables desde el momento en que a?n no existen, y existiendo uno para el otro, uno por relaci?n al otro, en el intercambio que los separa.

En el medio del sereno mundo de la enfermedad mental, el hombre moderno no comunica m?s con el loco: hay por un lado el hombre de la raz?n que delega hacia la locura al m?dico, no autorizando as? m?s relaci?n que a trav?s de la universalidad abstracta de la enfermedad; por el otro el hombre de la locura que no comunica con el otro m?s que por intermedio de una raz?n totalmente abstracta, que es orden, compulsi?n f?sica y moral, presi?n an?nima del grupo, exigencia de conformidad. No hay lenguaje com?n; o mejor dicho no hay m?s; la constituci?n de la locura como enfermedad mental a fin del siglo XVIII, supone la constataci?n de un di?logo roto, da a la separaci?n como ya admitida, y hunde en el olvido todas esas palabras imperfectas, sin sintaxis fija, un poco balbuciantes, en las cu?les se efectuaba el intercambio entre la locura y la raz?n. El lenguaje de la psiquiatr?a, que es mon?logo de la raz?n sobre la locura, no ha podido establecerse m?s que sobre tal silencio.

No he querido hacer la historia de ese lenguaje sino m?s bien la arqueolog?a de ese silencio.

Los Griegos ten?an relaci?n con algo a lo que llamaban ubriz [ubris]. Esa relaci?n no era solamente de condenaci?n, la existencia de Trasimaco, o de Callicles, basta para demostrarlo, incluso si su discurso nos es transmitido ya envuelto en la dial?ctica tranquilizante de S?crates. Pero el Logos griego no ten?a oposici?n.

El hombre europeo desde el fondo de la Edad media tiene relaci?n con algo a lo que llama confusamente: Locura, Demencia, Sinraz?n. Es quiz?s a esta presencia obscura a quien la Raz?n occidental debe algo de su profundidad, como a la amenaza de la ubriz, la swjrosunh [sophrosune] de los discurseadores socr?ticos. En todo caso la relaci?n Raz?n-Sinraz?n, constituye para la cultura occidental una de las dimensiones de su originalidad; la acompa?aba ya mucho antes de J?r?me Bosch y la seguir? acompa?ando mucho despu?s de Nietzsche y Artaud.

?Qu? es entonces este afrontamiento por debajo del lenguaje de la raz?n? ?Hacia qu? podr?a conducirnos una interrogaci?n que no seguir?a la raz?n en su devenir horizontal sino que buscar?a retrasar en el tiempo esta verticalidad constante que, a lo largo de la cultura europea, la confronta con lo que ella no es, con la medida de su propia desmesura? ?Hacia qu? region ir?amos que no es ni la historia del conocimiento ni la historia a secas, que no est? comandada ni por la teleolog?a de la verdad ni por el encadenamiento racional de causa, las cu?les no tienen ni valor ni sentido sino m?s all? de la partici?n? Sin duda una regi?n donde m?s bien ser?a cuesti?n de l?mites antes que de la identidad de una cultura.

Se podr?a hacer una historia de los l?mites ?de esos gestos obscuros, necesariamente olvidados desde que han sido efectuados, por los cu?les una cultura rechaza algo que ser? para ella el Exterior; y a lo largo de su historia, ese vac?o cavado, ese espacio en blanco por medio del cual se a?sla, la designa tanto como sus valores. Porque a sus valores, ella los recibe y los mantiene en la continuidad de la historia; pero en esta regi?n de la que queremos hablar, ejerce sus elecciones esenciales, efect?a la partici?n que le da el aspecto de su positividad; aqu? se encuentra el espesor original donde se forma. Interrogar una cultura sobre sus experiencias l?mites es cuestionarla, en los confines de la historia, sobre un desgarramiento que es como el nacimiento mismo de su historia. Entonces se encuentran confrontados, en una tensi?n siempre en v?as de desanudarse, la continuidad temporal de un an?lisis dial?ctico y la puesta al d?a, en las puertas del tiempo, de una estructura tr?gica.

En el centro de estas experiencias-l?mites del mundo occidental estalla la de lo tr?gico mismo ?habiendo mostrado Nietzsche que la estructura tr?gica a partir de la cual se constituye la historia del mundo occidental no es otra cosa que el rehusamiento, el olvido, la ca?da silenciosa de la tragedia. Alrededor de esto, que es central, puesto que anuda lo tr?gico a la dial?ctica de la historia en el rehusamiento mismo de la tragedia por la historia, gravitan muchas otras experiencias. Cada una, en las fronteras de nuestra cultura, traza un l?mite que significa, al mismo tiempo, una divisi?n original.

En la universalidad de la ratio occidental, hay esa partici?n que es el Oriente: el Oriente pensado como el origen, so?ado como el punto vertiginoso en donde nacen las nostalgias y las promesas de retorno; el Oriente se ofrece a la raz?n colonizante de Occidente, pero indefinidamente inaccesible, porque permanece siempre como el l?mite: noche del comienzo, donde Occidente se ha formado pero en la cual ha trazado una l?nea divisoria; el Oriente es para ?l todo lo que ?l no es, a?n cuando deba buscar all? lo que es su verdad primitiva. Ser? preciso hacer una historia de esa gran partici?n, a lo largo del devenir occidental, seguirla en su continuidad y sus intercambios, pero tambi?n dej?ndola aparecer en su hieratismo tr?gico.

Ser? preciso tambi?n referir otras particiones: en la unidad luminosa de la apariencia, la partici?n absoluta de sue?o, donde el hombre no puede impedir interrogarse sobre su propia verdad ?sea ?sta la de su destino o la de su coraz?n- pero que ?l no cuestiona sino m?s all? de un rehusamiento esencial que lo constituye y lo rechaza en la fragilidad del onirismo. Ser? necesario tambi?n hacer la historia, y no solamente en t?rminos de etnolog?a, de las prohibiciones sexuales: en nuestra propia cultura, hablar de las formas continuamente m?viles y obstinadas de la represi?n y no para hacer la cr?nica de la moralidad o de la tolerancia, sino para llevar a la luz, como l?mite del mundo occidental y origen de su moral, la partici?n tr?gica del mundo feliz del deseo. Ser? preciso en fin, y de entrada, hablar de la experiencia de la locura.

El estudio que se va a leer no ser? m?s que la primera, y sin duda la m?s f?cil, de esta larga empresa, que bajo la gu?a de la gran b?squeda nietzscheana desea confrontar las dial?cticas de la historia con las estructuras inm?viles de lo tr?gico.

Entonces ?Qu? es la locura, en su forma m?s general, pero la m?s concreta, para quien recusa la puesta en juego de todas las capturas ejercidas sobre ella por el saber? Sin duda ninguna otra cosa que la ausencia de obra.

La existencia de la locura, ?qu? lugar puede tener en el devenir? ?Cu?l es su lugar? Muy peque?o sin duda, algunas olitas que inquietan poco y no alteran la gran calma razonable de la historia. ?Qu? peso tiene esto frente a ciertas palabras decisivas que han tramado el devenir de la raz?n occidental, todos esos discursos vanos, esos dossiers de delirios indescifrables que el azar de las prisiones y las bibliotecas les han yuxtapuesto? ?Hay alg?n lugar en el universo de nuestros discursos para las miles de p?ginas donde Thorin, un lacayo casi analfabeto y demente furioso[1], transcribi? al final del siglo XVII sus visiones en fuga y los alaridos de su terror? Todo esto no es m?s que tiempo perdido, pobre presunci?n de un pasaje al que el porvenir recusa, algo que en el devenir es irreparablemente menos que la historia.

Es este ?menos? el que es preciso interrogar, liber?ndolo de entrada de todo ?ndice peyorativo. Desde su formulaci?n original, el tiempo hist?rico impone silencio a algo que a continuaci?n no podemos aprehender m?s que bajo las especies del vac?o, de lo vano, de la nada. La historia no es posible m?s que sobre el fondo de una ausencia de historia, en medio de ese gran espacio de murmullos al que el silencio acecha como su vocaci?n y su verdad: Declarar? desierto ese castillo que tu desertas, destruida esta voz, ausente tu rostro. Equ?voco de esta obscura regi?n: puro origen, puesto que es de ella que va a nacer, conquistando poco a poco sobre tanta confusi?n las formas de su sintaxis y la consistencia de su vocabulario, el lenguaje de la historia ? y, residuo ?ltimo, plaga est?ril de palabras, arena recorrida y asimismo olvidada, que no conserva en su pasividad m?s que la marca vac?a de figuras extra?das.

La gran obra de la historia del mundo est? indeleblemente acompa?ada por una ausencia de obra, que se renueva a cada instante, pero que corre inalterada en su inevitable vac?o a lo largo de la historia; y desde antes de la historia, puesto que est? ya aqu? en la decisi?n primitiva, a?n incluso despu?s de ella, puesto que triunfar? en la ?ltima palabra pronunciada por la historia. La plenitud de la historia no es posible m?s que en el espacio, vac?o y poblado al mismo tiempo, por todas esas palabras sin lenguaje que hacen escuchar a quien presta la oreja un ruido sordo por debajo de la historia, el murmullo obstinado de un lenguaje que hablar?a s?lo ?sin sujeto parlante y sin interlocutor, aplastado sobre s?, anudado a la garganta, derrumb?ndose antes de haber alcanzado una formulaci?n y retornando sin estridencias al silencio que nunca abandon?. Ra?z calcinada del sentido.

Esto no es en absoluto locura a?n, pero s? es la primera cesura a partir de la cual la partici?n de la locura es posible. Esta es la retoma, el redoblamiento, la organizaci?n en la estrecha unidad del presente; la percepci?n que el hombre occidental tiene de su tiempo y de su espacio deja aparecer una estructura de rechazo, a partir de la cual se denuncia a una palabra como no siendo lenguaje, a un gesto como no siendo obra, a una figura como no teniendo derecho a poseer lugar en la historia. Esta estructura es constitutiva de lo que es sentido y sin-sentido,o m?s bien de la reci-procidad por la cual est?n ligados uno al otro; s?lo ella puede dar cuenta del hecho general de que en nuestra cultura no puede haber cultura de raz?n sin locura, incluso el conocimiento racional que se tiene de ella la reduce y la desarma d?ndole el fr?gil estatuto de accidente patol?gico. La necesidad de la locura a lo largo de la historia de Occidente est? ligada a ese gesto de decisi?n que separa del ruido de fondo y de su monoton?a continua, un lenguaje significativo que se transmite y se acaba en el tiempo; brevemente, ella est? ligada a la posibilidad de la historia.

Esta estructura de la experiencia de la locura, que es enteramente del orden de la historia, pero que habita sus confines, en el punto en que ella se decide, constituye el objeto de este estudio.

Es decir que no se trata en absoluto de una historia del conocimiento sino de los movimientos rudimentarios de una experiencia. Historia, no de la psiquiatr?a, sino de la locura misma, en su vivacidad, antes de toda captura por el saber. Es preciso entonces tender la oreja, inclinarse hacia ese murmullo del mundo, intentar percibir tantas im?genes que no han sido jam?s poes?a, tantos fantasmas que jam?s han alcanzado los colores de la vigilia. Pero sin duda es esta una tarea doblemente imposible: puesto que nos pondr?a en posici?n de reconstituir los restos de esos dolores concretos, de esas palabras insensatas que nada amarra al tiempo; y puesto que, sobre todo, esos dolores y palabras no existen y no est?n dados en s? mismos y a los otros m?s que en el gesto de la separaci?n que ya los denuncia y los domina. Es solamente en el acto de la separaci?n y a partir de ?l que uno puede pensarlas como restos que a?n no se han separado. La percepci?n que busca aprehenderlas en estado salvaje pertenece necesariamente a un mundo que ya las ha capturado. La libertad de la locura no se entiende m?s que desde lo alto de la fortaleza que la tiene prisionera. Ahora bien, ella ?no dispone aqu? m?s que del moroso estado civil de sus prisiones, de su experiencia muda de perseguida, y nosotros no tenemos m?s que sus se?as de evadida?.

Hacer la historia de la locura entonces querr? decir: hacer un estudio estructural del conjunto hist?rico nociones, instituciones, medidas jur?dicas y policiales, conceptos cient?ficos que mantienen cautiva a una locura cuyo estado salvaje no puede ser jam?s restituido en s? mismo sino contando con el defecto de esta inaccesible pureza primitiva, el estudio estructural debe remontarse hacia la decisi?n que liga y separa a la vez raz?n y locura; ella debe tender a descubrir el intercambio perpetuo, la obscura ra?z com?n, el afrontamiento originario que da sentido tanto a la unidad como a la oposici?n entre sentido y sinsentido. As? podr? reaparecer la decisi?n fulgurante, heterog?nea al tiempo de la historia, pero inaprehensible fuera de ?l, que separa del lenguaje de la raz?n y las promesas del tiempo a ese murmullo de obscuros insectos.

Esta estructura, ?es preciso asombrarse que sea visible sobre todo durante los ciento cincuenta a?os que han precedido y llevado a la formaci?n de una psiquiatr?a considerada por nosotros como positiva? La ?poca cl?sica -de Willis a Pinel, del furor de Orestes a la Casa del Sordo y a Juliette- abarca precisamente este per?odo durante el cual el intercambio entre locura y raz?n modifica su lenguaje de una manera radical. En la historia de la locura, dos acontecimientos se?alan esta alteraci?n con singular precisi?n: la creaci?n del H?pital G?n?ral en 1657, seguida del "gran encierro" de los pobres; la liberaci?n de los encadenados de Bic?tre en 1794. Entre estos dos acontecimientos singulares y sim?tricos sucede algo tan ambiguo que ha dejado confusos a los historiadores de la medicina: represi?n ciega en un r?gimen absolutista, seg?n unos, y descubrimiento progresivo por la ciencia y la filantrop?a de la locura en su verdad positiva seg?n otros. En realidad, por debajo de estas significaciones reversibles, se forma una estructura, que no deshace esta ambig?edad, sino que la decide. Es esta estructura la que explica el tr?nsito de la experiencia medieval y humanista de la locura, a esa otra experiencia que es la nuestra, la cual confina la locura dentro del ?mbito de la enfermedad mental. En la Edad Media, hasta el Renacimiento, el debate del hombre con la demencia era un debate dram?tico, que lo enfrentaba con las potencias sordas del mundo; y la experiencia de la locura se obnubilaba entonces en im?genes donde era cuesti?n de la Ca?da, la Consumaci?n, la Bestia, la Metamorfosis, y todos los maravillosos secretos del Saber. En nuestra ?poca la experiencia de la locura se efect?a en la calma de un saber que, de tanto conocerla, la olvida. Pero de una experiencia a otra se ha pasado por un mundo carente de positividad y de im?genes, semejante a una transparencia silenciosa, que deja aparecer como instituci?n muda, gesto sin comentario, saber inmediato, una gran estructura inm?vil; ?sta no es ni del orden del drama ni del conocimiento; es el punto donde la historia se inmoviliza en lo tr?gico, que a la vez la funda y la recusa.

En el centro de esta tentativa por dejar valer, en sus derechos y en su devenir, la experiencia cl?sica de la locura, se encontrar?, entonces, una figura sin movimientos: la partici?n simple del d?a y de la obscuridad, de la sombra y de la luz, del sue?o y la vigilia, de la verdad del sol y las potencias de la noche. Figura elemental que no acoge al tiempo m?s que como retorno indefinido del l?mite.

Y pertenecer?a tambi?n a esta figura el inducir al hombre a un potente olvido; esa gran partici?n, llevar?a a aprender a dominarla, a reducirla a su propio nivel; a hacer en ?l el d?a y la noche; a ordenar el sol de la verdad a la fr?gil luz de su verdad. Por haber dominado su locura; por haberla captado, liber?ndola, en las prisiones de su mirada y su moral, por haberla desarmado rechaz?ndola hacia un costado de s?, se autoriz? el hombre a establecer, en fin, de s? mismo a s? mismo esta suerte de relaci?n que se llama psicolog?a. Ha sido necesario que la Locura cese de ser la Noche y devenga sombra fugitiva en la conciencia, para que el hombre pueda pretender detentar su verdad y desanudarla en el conocimiento.

En la reconstituci?n de esta experiencia de la locura, una historia de las condiciones de posibilidad de la psicolog?a se ha escrito como por s? misma.

En el curso de este trabajo me ha sucedido servirme de material que ha podido ser reunido por otros autores. Lo menos posible, sin embargo, y s?lo en los casos en que no he podido tener acceso al documento mismo. Es que por fuera de toda referencia a una verdad psiqui?trica, es preciso dejar hablar por s? mismas a esas palabras, a esos textos que corren por debajo del lenguaje y que no estaban hechos para acceder a la palabra. Quiz?s la parte, a mi entender, m?s importante de este trabajo es el lugar que he dado al texto mismo de los archivos.

Por lo dem?s, ha sido preciso mantenerse en una especie de relatividad sin recurso, no buscando la soluci?n en ning?n recurso psicol?gico, que habr?a dado vuelta las cartas, denunciado la verdad desconocida. Ha sido preciso no hablar de la locura m?s que por relaci?n al otro giro que permite a los hombres no estar locos, y ese otro giro por su parte, no ha podido ser descripto, m?s que en la vivacidad primitiva que lo engancha en un debate indefinido respecto de la locura. Fue entonces necesario un lenguaje que sin apoyo: un lenguaje que entrando en el juego deb?a autorizar el intercambio; un lenguaje que retom?ndose sin cesar deb?a ir, en un movimiento continuo, hasta el fondo. Se trataba de salvaguardar a cualquier precio lo relativo, y ser escuchado absolutamente.

Aqu?, en este simple problema de elocuci?n, se ocultaba, y se expresaba la mayor dificultad de la empresa; era preciso hacer venir a la superficie del lenguaje de la raz?n una separaci?n y un debate que deben necesariamente permanecer m?s ac?, puesto que ese lenguaje no toma sentido m?s que mucho m?s all? de ellos. Era necesario entonces un lenguaje suficientemente neutro (suficientemente libre de terminolog?a cient?fica, y de opciones sociales o morales) como para que pudi?semos aproximarnos lo m?s cerca a esas palabras primitivamente embrolladas, para abolir esa distancia por medio de la cual el hombre moderno se asegura contra la locura; pero mediante un lenguaje suficientemente abierto como para que viniesen a inscribirse all?, sin traicionarse, las palabras decisivas por las cu?les para nosotros se ha constituido la verdad de la locura y de la raz?n. Por regla y m?todo, no he retenido m?s que una, que est? contenida en un texto de Char, donde puede leerse tambi?n la definici?n de la verdad m?s apremiante y al mismo tiempo la m?s mantenida en reserva: Retirar? de las cosas la ilusi?n que ellas producen para preservarse de nosotros y les dejar? la parte que ellas nos conceden. [2]

En esta tarea, que no pod?a dejar de ser un poco solitaria, todos los que me han ayudado tienen derecho a mi reconocimiento. Y Georges Dum?zil el primero, si quien este trabajo no habr?a podido ser emprendido ni ser iniciado en el curso de la noche sueca ni acabado en el gran sol testarudo de la libertad polaca. Me es preciso agradecer a Jean Hyppolite, y entre todos, a Georges Canguilhem, quien ley? este trabajo a?n informe, me aconsej? cuando nada era simple, me ahorr? muchos errores, y me mostr? el precio que tiene ser escuchado. Mi amigo Robert Mauzi me aport? sobre el siglo XVIII, que es el suyo, muchos conocimientos que me faltaban.

Ser?a preciso citar otros nombres que aparentemente no importan. Sin embargo ellos saben, esos amigos de Suecia y esos amigos polacos, que hay algo de sus presencias en estas p?ginas. Que me perdonen haberlos puesto a prueba, a ellos y a su felicidad, tan pr?ximos a un trabajo donde no era cuesti?n m?s que de lejanos sufrimientos, y de archivos de dolor un tanto polvorientos.

Compa?eros pat?ticos que apenas murmuran, vamos, enciendan la l?mpara extinta y muestren las joyas. Un misterio nuevo canta en vuestros huesos. Desarrollad vuestra leg?tima extranjeridad.

Hambourg, el 5 de febrero de 1960.


Ap?ndice

Versi?n del Prefacio publicado en la primera edici?n castellana de Historia de la locura en la ?poca cl?sica, FCE, 1967. Esa edici?n se atiene a la segunda edici?n, abreviada, de la obra.

Pr?logo

Pascal: "Los hombres son tan necesariamente locos, que ser?a estar loco de alguna otra manera el no estar loco." Y Dostoiewski, en el Diario de un escritor: "No es encerrando al vecino como se convence uno del buen sentido propio."

Es preciso hacer la historia de esa otra forma de la locura, por la cual los hombres, con el gesto de la raz?n soberana capaz de encerrar al vecino, se comunican y re-conocen a trav?s del lenguaje despiadado de la no- locura; es preciso encontrar el momento en que se ha formado esta conjura, antes de que se estableciera en el reino de la verdad, antes de haber sido reanimada por el lirismo de la protesta. Hay que tratar de alcanzar en la historia ese punto de arranque de la historia de la locura, cuando era a?n experiencia indiferenciada, no repartida todav?a, de la herencia com?n. Describir, desde los or?genes de su desv?o, esa "otra forma" que con un adem?n separa dos cosas, desde entonces exteriores e incapaces de comunicarse entre s?, como muertas la una para la otra: la Raz?n y la Locura.

Es sin duda una regi?n inc?moda. Para recorrerla es preciso renunciar a la comodidad de las verdades con-cluyentes, y no dejarnos guiar jam?s por lo que podamos saber de la locura. Ning?n concepto de psico patolog?a, sobre todo, deber? desempe?ar un papel organizador en nuestro juego retrospectivo. El gesto que reparte la locura es cons-titutivo; no as? la ciencia que se establece, una vez lograda hecho el reparto, cuando la calma ya ha vuelto. Es original la cesura que establece la distancia entre raz?n y no-raz?n; en cuanto al estudio que hace la raz?n de la no-raz?n para arrancarle su verdad de locura, de falta o de enfermedad, est? desviado, y mucho. Va a ser, pues, necesario, hablar de este primitivo debate sin suponer la victoria, ni el derecho a la victoria; hablar de esas actitudes que se repiten continuamente en la historia, dejando en suspenso todo lo que pudiera parecer conclusi?n o reposo en la verdad; hablar de esa actitud de separar, de esa distancia creada, de ese vac?o instaurado entre la raz?n y lo que no es ella, sin apoyarse jam?s en la plenitud de lo que la raz?n pretende ser.

Entonces, y solamente entonces, podr? aparecer el dominio donde se separan el hombre de la locura y el hombre de la raz?n, mas no est?n separados a?n; all? con un lenguaje muy temprano y rudo, mucho m?s matinal que el lenguaje cient?fico, entablan el di?logo de su ruptura, que demuestra, as? sea fugazmente, que se hablan todav?a. All?, locura y no-locura, raz?n y no-raz?n est?n confusamente implicadas: inseparables, pues todav?a no existen, y existentes la una por la otra, la una en relaci?n con la otra, en el intercambio que las separa.

En medio del mundo sereno de la enfermedad mental, el hombre moderno cesa de comunicarse con el loco; por un lado encontramos al hombre razonable que encarga al m?dico la tarea de ocuparse de la locura, y que no autoriza m?s relaci?n que la que puede establecerse a trav?s de la universalidad abstracta de la enfermedad; por otro lado, est? el hombre loco, que no se comunica con el razonable sino a trav?s de una raz?n igualmente abstracta, que es orden, constre?imiento f?sico y moral, presi?n an?nima del grupo, exigencia de conformidad. No existe lenguaje com?n, o m?s bien, ya no existe; la constituci?n de la locura como enfermedad mental, a finales del siglo XVIII, hace constar la existencia de un di?logo roto y hace de la separaci?n algo adquirido; asimismo, hunde en el olvido esas palabras imperfectas, carentes de una sintaxis fija, un poco balbucientes, que eran el medio merced al cual se realizaba el intercambio entre raz?n y locura. El lenguaje de la psiquiatr?a, que es mon?logo de la raz?n sobre la locura, s?lo se ha podido establecer sobre un silencio as?.

No me he propuesto hacer la historia de aquel
lenguaje, sino la arqueolog?a de este silencio.

Los griegos conoc?an una cosa que llamaban ubriV. Su actitud ante este concepto no era exclusivamente de condenaci?n: la existencia de Tras?maco o la de Calicles lo demuestran, pese a que sus discursos nos han llegado envueltos en la dial?ctica tranquilizadora de S?crates. Sin embargo, el Logos griego carec?a de contrario.

El hombre europeo, desde principios de la Edad Media, conoce una cosa, a la cual, confusamente, denomina locura, demencia, sinraz?n. Tal vez, la raz?n occidental deba a esta presencia oscura algo de su profundidad, como a la amenaza de la ubriV, la swjrosunh de los discursos de los socr?ticos. En todo caso, la relaci?n entre raz?n y sinraz?n constituye para la cultura occidental una de las dimensiones de su originalidad;

la acompa?aba desde antes de Jer?nimo Bosco, y la seguir? mucho despu?s de Nietzsche y de Artaud.

?En qu? consiste, pues, esta confrontaci?n por debajo del lenguaje de la raz?n? ?Hacia qu? nos podr?a conducir una interrogaci?n que no siguiera la l?nea horizontal del camino de la raz?n, sino que tratara de seguir el camino, en el tiempo, de esta verticalidad

constante, que a lo largo de toda la cultura europea la enfrenta a lo que ella no es, la medida de su propia desmesura? ?Hacia qu? regi?n ir?amos, que no es ni la historia del conocimiento ni la historia en sentido estricto, que no es gobernada ni por la teleolog?a de la verdad ni por el encadenamiento racional de las causas, las cuales no tienen ni valor ni sentido m?s all? del momento de la separaci?n? Una regi?n, sin duda, donde se tratar?a m?s de l?mites que de la identidad de una cultura.

[...]

[Ac? es donde la edici?n del FCE se saltea una importante porci?n de la versi?n original del Prefacio]

La ?poca cl?sica -de Willis a Pinel, de las furias de Orestes a la Casa del Sordo y a Juliette- abarca precisamente este periodo durante el cual el intercambio entre locura y raz?n modifica su lenguaje de una manera radical. En la historia de la locura, dos acontecimientos se?alan esta alteraci?n con singular precisi?n: la creaci?n del H?pital G?n?ral en 1657 seguida del "gran encierro" de los pobres; y la liberaci?n de los encadenados de Bic?tre en 1794. Entre estos dos acontecim?entos singulares y sim?tricos, algo sucede, tan ambiguo, que ha dejado confusos a los historiadores de la medicina: represi?n ciega en un r?gimen absolutista, seg?n unos, y seg?n otros el descubrimiento progresivo por la ciencia y la filantrop?a de la locura en su verdad positiva. En realidad, por debajo de estas significaciones reversibles, se forma una estructura, que no deshace esta ambig?edad, sino que decide. Es esta estructura la que explica el tr?nsito de la experiencia

medieval y humanista de la locura, a esa otra experiencia que es la nuestra, la cual confina a la locura dentro del ?mbito de la enfermedad mental. En la Edad Media, hasta el Renacimiento, el debate del hombre con la demencia era un debate dram?tico, que lo enfrentaba con las potencias sordas del mundo; y la experiencia de la locura se obnubilaba entonces en im?genes donde se representaban la Ca?da, la Consumaci?n, la Bestia, la Metamorfosis, y todos los maravillosos secretos de la Sabidur?a. En nuestra ?poca la experiencia de la locura se calla en la calma de un saber que, de tanto conocerla, la olvida. Pero de una experiencia a otra se ha pasado por un mundo carente de positividad y de im?genes, semejante a una transparencia silenciosa, que deja vislumbrar, como muda instituci?n, gesto sin comentario, saber inmediato, una gran estructura inm?vil; ?sta no es drama ni conocimiento; es el punto donde la historia se inmoviliza en lo tr?gico, que a la va la funda y la recusa.

[Aqu? termina la traducci?n del Prefacio en la primera edici?n castellana]

Fuente:

Foucault, M: Folie et D?raison. Histoire de la folie ? l'?ge classique, Par?s, Plon, 1961, pp. I-XI. Pr?face. En M. Foucault, Dits et ?crits I (1954-1969), Paris, Gallimard, 1994. Este prefacio no figura ?ntegramente m?s que en la edici?n original. A partir de 1972, desapareci? de tres reediciones.

Traducci?n: Adrian Ortiz
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Tags: artaud, bosco, Nietzsche, la caida, la bestia, locura

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