S?bado, 08 de septiembre de 2007
Se puede proclamar la buena salud mental de Van Gogh que durante toda su vida s?lo se hizo a-sar una de las manos [1] y, fuera de esto, no pas? de cortarse la oreja izquierda, [2] en un mundo en que todos los d?as la gente come vagina cocinada con salsa verde, o sexo de reci?n nacido flagelado y enfurecido tomado tal como sale del sexo materno.
Y no se trata de una imagen, sino de un hecho muy frecuente, repetido a diario, y cultivado en toda la extensi?n de la tierra.
Es as? como se mantiene -por delirante que pueda parecer tal afirmaci?n -la vida presente en su vieja atm?sfera de estupro, de anarqu?a, de desorden, de desvar?o, de descalabro, de locura cr?nica, de inercia burguesa, de anomal?a ps?quica (pues no es el hombre sino el mundo el que se ha vuelto anormal), de deshonestidad deliberada e insigne hipocres?a, de sucio desprecio por todo lo que presunta nobleza, de reivindicaci?n de un orden enteramente basado en el cumplimiento de una primitiva injusticia, en resumen, de crimen organizado.
Las cosas van mal porque le conciencia enferma tiene el m?ximo inter?s, en este momento, en no salir de su enfermedad.
As? es como una sociedad deteriorada invent? la psiquiatr?a para defenderse de las investigaciones de algunos iluminados superiores cuyas facultades de adivinaci?n le molestaban.
Gerard de Nerval no era loco, pero lo acusaron de serlo con la intenci?n de arrojar descr?dito sobre determinadas revelaciones fundamentales que se aprestaba a hacer, y adem?s de acusarlo, una noche lo golpearon en la cabeza -materialmente golpeado en la cabeza- para que perdiera el recuerdo de los hechos monstruosos que iba a revelar y que, por efecto del golpe, pasaron, dentro de ?l, al plano supranatural; porque toda la sociedad, secretamente confabulada contra su conciencia, era bastante fuerte en ese momento como para hacerle olvidar su realidad.
No, Van Gogh no era loco [3], pero sus cuadros constitu?an mezclas incendiarias, bombas at?micas, cuyo ?ngulo de visi?n, comparado con el de todas las pinturas que hac?an furor en la ?poca, hubiera sido capaz de trastornar gravemente el conformismo larval de la burgues?a del Segundo Imperio, y de los esbirros de Thiers, de Gambetta, de F?lix Faure tanto como los de Napole?n III.
Porque la pintura de Van Gogh no ataca a cierto conformismo de las costumbres, sino al de las instituciones mismas. Y hasta la naturaleza exterior, con sus climas, sus mareas y sus tormentas equinocciales, ya no puede, despu?s del paso de Van Gogh por la tierra, conservar la misma gravitaci?n.
Con mayor motivo en el plano de lo social, las instituciones se disgregan, y la medicina semeja un cad?ver inutilizable y descompuesto que declara loco a Van Gogh.
Frente a la lucidez de Van Gogh en acci?n, la psiquiatr?a queda reducida a un reducto de gorilas, realmente obsesionados y perseguidos, que s?lo disponen, para mitigar los m?s espantosos estados de angustia y opresi?n humana, de una rid?cula terminolog?a, digno producto de sus cerebros viciados.
En efecto, no hay psiquiatra que no sea un notorio erot?mano.
Y no creo que la regla de la erotoman?a inveterada de los psiquiatras sea pasible de ninguna excepci?n.
Conozco uno que se rebel?, hace algunos a?os, ante la idea de verme acusar en bloque al conjunto de insignes cr?pulas y embaucadores patentados al que pertenec?a.
En lo que me a m? respecta, se?or Artaud -me dec?a- no soy erot?mano, y lo desaf?o a que presente una sola prueba para fundamentar su acusaci?n.
No tengo m?s que presentarlo a usted mismo, Dr. L..., [4] como prueba;lleva el estigma en la jeta,pedazo de cochino inmundo.
Tiene la facha de quien introduce su presa sexual bajo la lengua y despu?s le da vuelta como a una almendra, para hacer la higa a su modo.
A esto lo llaman sacar su buena tajada y quedar bien.
Si en el coito no logra ese cloqueo de la glotis del modo que usted tan a fondo conoce, y al mismo tiempo el gorgoteo de la faringe, el es?fago, la uretra y el ano, usted no se considera satisfecho.
En el curso de esas sacudidas org?nicas internas, ha adquirido usted cierta propensi?n que es testimonio encarnado de un estupro inmundo,que usted cultiva de a?o en a?o, cada vez m?s, porque socialmente hablando, no cae bajo la f?rula de la ley, pero cae bajo la f?rula de otra ley cuando sufre entera la conciencia lesionada, porque al comportarse usted de ese modo, le impide respirar.
Mientras por un lado usted dictamina que la conciencia en actividad constituye delirio, por otro estrangula con su innoble sexualidad.
Y ?se es, precisamente, el plano en el que el pobre Van Gogh era casto, casto como no pueden serlo ni un seraf?n ni una virgen, porque son precisamente ellos los que han fomentado y alimentado en sus or?genes la gran m?quina del pecado.
Por otra parte, quiz?s pertenezca usted, Dr. L..., a la raza de los serafines inicuos, pero por favor, deje a los hombres tranquilos,el cuerpo de Van Gogh, libre de todo pecado, tambi?n estuvo libre de la locura que, por otra parte, s?lo se origina en el pecado.
Y conste que no creo en el pecado cat?lico,pero creo en el crimen er?tico del que justamente todos los genios de la tierra, los aut?nticos alienados de los asilos, se han abstenido, o, en caso contrario, es porque no eran (aut?nticamente) alienados.
?Qu? se entiende por aut?ntico alienado?
Es un hombre que prefiere volverse loco -en un sentido social de la palabra- antes que traicionar una idea superior del honor humano.
Pues un alienado es en realidad un hombre al que la sociedad se niega a escuchar, y al que quiere impedir que exprese determinadas verdades insoportables.
Pero en este caso la internaci?n no es el arma exclusiva, porque la confabulaci?n de los hombres tiene otros medios para someter a las voluntades que pretende quebrar.
Fuera de las peque?as hechicer?as de los brujos de pueblo est?n los grandes pases de hechizo colectivo en los que toda la conciencia en estado de alarma interviene peri?dicamente.
As? es como con motivo de la guerra, de una revoluci?n, de un cataclismo social todav?a en germen, la conciencia un?nime es interrogada y se interroga, y llega a emitir su propio juicio.
Tambi?n puede suceder que se le haya incitado a salir de s? misma en ciertos casos individuales resonantes.
As? es como hubo hechizos un?nimes en los casos de Baudelaire, Edgar Poe, Gerard de Nerval, Nietzsche, Kierkegaard, H?lderlin, Coleridge,y lo hubo en el caso de Van Gogh.
Eso puede ocurrir durante el d?a, pero habitualmente ocurre de noche.
As? es como extra?as fuerzas son elevadas y conducidas a la b?veda astral, a esa especie de c?pula sombr?a que, por encima de la respiraci?n humana general, configura la venenosa agresividad del esp?ritu mal?fico de la mayor parte de las gentes.
As? es como las escasas y bien intencionadas voluntades l?cidas que ha tenido que debatirse en la tierra, se ven a s? mismas, en ciertas horas del d?a o de la noche, profundamente sumidas en aut?nticos estados de pesadilla en vela, rodeadas de la formidable succi?n, de la formidable opresi?n tentacular de una especie de magia c?vica que no tardar? en aparecer abiertamente en las costumbres.
Confrontado con esa inmundicia un?nime que de un lado tiene al sexo y del otro a la masa, u otros an?logos ritos ps?quicos, como base o puntal, no es ?ndice de ning?n delirio el pasearse de noche con un sombrero coronado por doce buj?as [5] para pintar un paisaje al natural;?pues de qu? otro modo habr?a podido el pobre Van Gogh iluminarse?, como bien lo hizo notar en cierta oportunidad nuestro amigo el actor Roger Blin.
En lo que respecta a la mano asada, se trata de un hero?smo puro y simple; y en cuanto a la oreja cortada no se trata m?s que de l?gica directa, e insisto: a un mundo que tanto de d?a como de noche, y cada vez m?s, come lo incomible para dirigir su mal?fica voluntad al logro de sus fines, sobre este punto no le queda m?s remedio que enmudecer.

Post-scriptum

Van Gogh no muri? a causa de una definida condici?n delirante, sino por haber llegado a ser corporalmente el campo de acci?n de un problema a cuyo alrededor se debate, desde los or?genes, el esp?ritu inicuo de esta humanidad, el del predominio de la carne sobre el esp?ritu, o del cuerpo sobre la carne, o del esp?ritu sobre uno u otra.
?y d?nde est?, en este delirio, el lugar del yo humano?
Van Gogh busc? el suyo durante toda su vida, con energ?a y determinaci?n excepcionales.
Y no se suicid? en un ataque de insan?a, por la angustia de no llegar a encontrarlo, por el contrario, acababa de encontrarlo, y de descubrir qu? era y qui?n era ?l mismo, cuando la conciencia general de la sociedad, para castigarlo por haberse apartado de ella, lo suicid?.
Y esto le aconteci? a Van Gogh como acontece habitualmente con motivo de una bacanal, de una misa, de una absoluci?n, o de cualquier otro rito de consagraci?n, de posesi?n, de sucubaci?n o de incubaci?n.
As? se produjo en su cuerpo

esta sociedad
absuelta
consagrada
santificada
y pose?da

borr? en ?l la conciencia sobrenatural que acababa de adquirir, y como una inundaci?n de cuervos negros en las fibras de su ?rbol interno,
lo sumergi? en una ?ltima oleada,
y tomando su lugar,
lo mat?.
Pues est? en la l?gica anat?mica del hombre moderno, no haber podido jam?s vivir, ni pensar en vivir, sino como pose?do.

El suicidado por la sociedad

Durante mucho tiempo me apasion? la pintura lineal pura hasta que descubr? a Van Gogh, quien pintaba, en lugar de l?neas y formas, cosas de la naturaleza inerte como agitadas por convulsiones.
E inerte.
Como bajo el terrible embate de esa fuerza de inercia a la que todos se refieren con medias palabras, y que nunca ha sido tan oscura como desde que la totalidad de la tierra y de la vida presente se combinaron para esclarecerla.
Ahora bien, con mazazos, realmente mazazos los que Van Gogh aplica sin cesar a todas las formas de la naturaleza y a los objetos.
Cardados por el punz?n de Van Gogh, los paisajes exhiben su carne hostil, el encono de sus entra?as reventadas, que no se sabe, por lo dem?s, qu? fuerza ins?lita est? metamorfoseando.
Una exposici?n de cuadros de Van Gogh es siempre una fecha culminante en la historia, no en la historia de las cosas pintadas sino en la misma historia hist?rica.
Pues no hay hambre, epidemia, erupci?n volc?nica, terremoto, guerra, que aparten las m?nadas del aire, que retuerzan el pescuezo a la cara torva de fama fatum, el destino neur?tico de las cosas, como una pintura de Van Gogh, -expuesta a la luz del d?a,colocada directamente ante la vista, el o?do, el tacto, el aroma, en los muros de una exposici?n-, lanzada por fin como nueva a la actualidad cotidiana, puesta otra vez en circulaci?n.
En la ?ltima exposici?n en el Palacio de l'Orangerie no se exhibieron todas las telas de gran formato del desventurado pintor. Pero hab?a, entre las que estaban, suficientes desfiles giratorios tachonados con penachos de plantas de carm?n, caminos desiertos coronados por un tejo, soles viol?ceos que giraban sobre parvas de trigo de oro puro, y tambi?n el "T?o Tranquilo" [6], y retratos de Van Gogh por Van Gogh, para recordar de que m?sera simplicidad de objetos, personas, materiales, elementos, Van Gogh extrajo esas calidades de sones de ?rgano, esos fuegos artificiales, esas epifan?as atmosf?ricas, esa "Gran Obra", en fin, de una permanente e intempestiva transmutaci?n.
Van Gogh extrajo esas calidades de sones de ?rgano, esos fuegos artificiales, esas epifan?as atmosf?ricas, esa "Gran Obra", en fin, de una permanente e intempestiva transmutaci?n.
Los cuervos pintados dos d?as antes de su muerte no le abrieron m?s que sus otras telas, la puerta de cierta gloria p?stuma, pero abren a la pintura pintada, o m?s bien a la naturaleza no pintada, la puerta oculta de un m?s all? posible, de una permanente realidad posible, a trav?s de la puerta abierta por Van Gogh hacia un enigm?tico y pavoroso m?s all?.
No es frecuente que un hombre, con un balazo en el vientre del fusil que lo mat?, ponga en una tela cuervos negros, y debajo una especie de llanura, posiblemente l?vida, de cualquier modo vac?a, en la que el color de borra de vino de la tierra se enfrenta locamente con el amarillo sucio del trigo.
Pero ning?n otro pintor, fuera de Van Gogh, hubiera sido capaz de descubrir, para pintar sus cuervos, ese negro de trufa, ese negro de "comilona fastuosa" y a la vez como excremencial, de las alas de los cuervos sorprendidos por los resplandores declinantes del crep?sculo.

?Y de qu? se queja la tierra aqu?, bajo las alas de los faustos cuervos, faustos s?lo, sin duda, para Van Gogh y, adem?s, fastuoso augurio de un mal que ya no ha de concernirle?
Pues hasta entonces nadie como ?l hab?a convertido a la tierra en ese trapo sucio empapado en sangre y retorcido para escurrir vino.
En el cuadro hay un cielo muy bajo, aplastado, viol?ceo como los m?rgenes del rayo.
La ins?lita franja tenebrosa del vac?o se eleva en rel?mpago.
A pocos cent?metros de lo alto y como proveniente de lo bajo de la tela Van Gogh solt? los cuervos cual si soltara los microbios negros de su bazo suicida, siguiendo el tajo negro de la l?nea donde el batir de su soberbio plumaje hace pesar sobre los preparativos de la tormenta terrestre la amenaza de una sofocaci?n desde lo alto.
Y, sin embargo, todo el cuadro es soberbio.
Cuadro soberbio, suntuoso y sereno.
Digno acompa?amiento para la muerte de aquel que, en vida, hizo girar tantos soles ebrios sobre tantas parvas rebeldes al exilio y que, desesperado, con un balazo en el vientre, no pudo dejar de inundar con sangre y vino un paisaje, empapando la tierra con una ?ltima emulsi?n, radiante y tenebrosa a un tiempo, que sabe a vino agrio y a vinagre picado.
Por eso el tono de la ?ltima tela pintada por Van Gogh, el m?s pintor de todos los pintores, es que, sin salirse de lo que se denomina y es pintura, sin apartarse del tubo, del pincel, del encuadre del motivo y de la tela sin recurrir a la an?cdota, al relato, al drama, a la acci?n con im?genes, a la belleza intr?nseca del tema y del objeto, lleg? a infundir pasi?n a la naturaleza y a los objetos en tal medida que cualquier cuento fabuloso de Edgar Poe, de Herman Melville, de Nathaniel Hawthorne, de Gerard de Nerval, de Achim d'Arnim o de Hoffmann, no superan en nada, dentro del plano psicol?gico y dram?tico, a sus telas de dos centavos, sus telas, por otra parte, casi todas de moderadas dimensiones, como respondiendo a un prop?sito deliberado.
La candela encendida, sobre el sill?n de paja verde, pareciera indicar la l?nea de demarcaci?n luminosa que separa las dos individualidades antag?nicas de Van Gogh y Gauguin.
El motivo est?tico de su disputa, podr?a no ofrecer inter?s si se lo relatara, pero servir?a para se?alar una fundamental escisi?n humana entre las personalidades de Van Gogh y Gauguin.
Pienso que Gauguin cre?a que el artista deb?a buscar el s?mbolo, el mito, agrandar las cosas de la vida hasta la dimensi?n del mito.
Mientras que Van Gogh cre?a que hay que aprender a deducir el mito de las cosas m?s pedestres de la vida, y seg?n yo pienso, carajo que estaba en lo cierto.
Pues la realidad es extraordinariamente superior a cualquier relato, a cualquier f?bula, a cualquier divinidad, a cualquier superrealidad.
No se necesita m?s que el genio de saber interpretarla.
Lo que ning?n pintor, antes que el pobre Van Gogh, hab?a hecho, lo que ning?n pintor volver? a hacer despu?s de ?l, pues yo creo que esta vez, hoy mismo, ahora, en este mes de febrero de 1947, es la realidad misma, el mito de la realidad misma, la realidad m?stica misma, la que est? en v?as de incorporarse.
As? nadie, despu?s de Van Gogh, ha sabido sacudir el gran c?mbalo, el timbre suprahumano seg?n el orden rechazado que hace sonar los objetos de la vida real, cuando se ha aprendido a aguzar suficientemente el o?do para advertir la hinchaz?n de su macareo.
De ese modo resuena la luz de la candela, la luz de la candela como la respiraci?n de un cuerpo amante frente al cuerpo de un enfermo dormido.
Resuena como una cr?tica extra?a, un juicio profundo y sorprendente, del cual es probable que Van Gogh pueda permitirnos presumir el fallo m?s tarde, mucho m?s tarde, el d?a en que la luz violeta del sill?n de paja haya logrado sumergir totalmente el cuadro.
Y no se pude dejar de advertir esa cortadura de luz lila que muerde los travesa?os del gran sill?n torvo, del viejo sill?n esparrancado de paja verde, aunque no se la descubra a la primer mirada.
Pues el foco est? como ubicado en otra parte, y su fuente es extra?amente oscura, como secreto del cual s?lo Van Gogh habr?a conservado la llave.

No necesito interrogar a la Gran Pla?idera para que me diga de qu? supremas obras maestras se hubiera enriquecido la pintura si Van Gogh no hubiese muerto a los 37 a?os, pues no puedo resolverme, despu?s de "Los cuervos", a creer que Van Gogh hubiera pintado un cuadro m?s.
Creo que muri? a los 37 a?os porque hab?a, ay, llegado al t?rmino de su f?nebre y lamentable historia de agarrotado por un esp?ritu mal?fico.
Pues no fue por s? mismo, por efecto de su propia locura, que Van Gogh abandon? la vida.
Fue por la presi?n, dos d?as antes de su muerte, de ese esp?ritu mal?fico que se llamaba doctor Gachet, [7] improvisado psiquiatra, causa directa, eficaz y suficiente de esa muerte.
Leyendo las cartas de Van Gogh a su hermano he llegado a la firme y sincera convicci?n de que el doctor Gachet, "psiquiatra", detestaba en realidad a Van Gogh, pintor, y que lo detestaba como pintor, pero por encima de todo como genio.
Es casi imposible ser a la vez m?dico y hombre honrado, pero es vergonzosamente imposible ser psiquiatra sin estar al mismo tiempo marcado a fuego por la m?s indiscutible insan?a: la de no poder luchar contra ese viejo reflejo at?vico de la turba que convierte a cualquier hombre de ciencia aprisionado en la turba, en una especie de enemigo nato e innato de todo genio.

La medicina ha nacido del mal, si no ha nacido de la enfermedad, y si, por el contrario, ha provocado y creado por completo la enfermedad para darse una raz?n de ser; pero la psiquiatr?a ha nacido de la turba plebeya de los seres que han querido conservar el mal de la fuente de la enfermedad, y que han arrancado as? de su propia nada una especie de guardia suizo para liquidar en su base el impulso de rebeli?n reivindicatoria que est? en el origen de todo genio.
En el alienado hay un genio incomprendido que cobija en la mente una idea que produce pavor, y que s?lo puede encontrar en el delirio un escape a las opresiones que le prepara la vida.

El doctor Gachet no le dec?a a Van Gogh que estaba all? para rectificar su pintura (como le o? decir al doctor Gast?n Ferdi?re, [8] m?dico-jefe del asilo de Rodez, que estaba all? para rectificar mi poes?a), pero lo enviaba a pintar al natural, a sepultarse en un paisaje para evitarle la tortura de pensar.

Ahora bien, tan pronto como Van Gogh volv?a la cabeza, el doctor Gachet le cerraba el conmutador del pensamiento.
Como sin querer la cosa, pero mediante uno de esos despectivos e insignificantes fruncimientos de nariz en los que todo el inconsciente burgu?s de la tierra ha inscripto la antigua fuerza m?gica de un pensamiento cien veces reprimido.
Al hacer esto no solamente el doctor Gachet imped?a los da?os del problema, sino la siembre azufrada, el tormento del punz?n que gira en la garganta del ?nico paso, con el que Van Gogh tetanizado. Van Gogh suspendido sobre el abismo del aliento, pintaba.
Pues Van Gogh era una sensibilidad terrible.
Para convencerse no hay m?s que echar una mirada a su rostro siempre como jadeante, y, desde cierto ?ngulo, tambi?n hechizante, de carnicero.
Como el del antiguo carnicero tranquilizado, y ahora retirado de los negocios, ese rostro en sombras me persigue.
Van Gogh se represent? a s? mismo en gran n?mero de telas, y por bien iluminadas que estuvieran siempre tuve la penosa impresi?n de que les hab?an hecho mentir acerca de la luz, que hab?an quitado a Van Gogh una luz indispensable para cavar y trazar su camino dentro de s?.
Y ese camino, no era sin duda el doctor Gachet el capacitado para indic?rselo.
Pero como ya dije, en todo psiquiatra viviente hay un s?rdido y repugnante atavismo que le hace ver en cada artista, en cada genio, a un enemigo.
Y no ignoro que el doctor Gachet ha dejado en la historia, con relaci?n a Van Gogh, que ?l atend?a, y que termin? por suicidarse en su casa, la impresi?n de haber sido su ?ltimo amigo en la tierra, algo as? como un consolador providencial.

Sin embargo creo m?s que nunca que es el doctor Gachet, de Auvers-sur-Oise, a quien Van Gogh debe, el d?a que se suicid? en Auvers-sur-Oise, debe, repito, el haber dejado la vida, pues Van Gogh era una de esas naturalezas dotadas de lucidez superior, que les permite, en cualquier circunstancia, ver m?s all?, infinita y peligrosamente m?s all? de lo real inmediato y aparente de los hechos.
Quiero decir, m?s all? de la conciencia que la conciencia ordinariamente conserva de los hechos.
En el fondo de sus ojos, como depilados, de carnicero, Van Gogh se entregaba sin descanso a una de esas operaciones de alquimia sombr?a que toman a la naturaleza por objeto y al cuerpo humano por marmita o crisol.
Y s? que seg?n el doctor Gachet esas cosas a Van Gogh lo fatigaban.
Lo que no era en el doctor el resultado de una simple preocupaci?n m?dica, sino la manifestaci?n de celos tan conscientes como inconfesados.

Porque Van Gogh hab?a alcanzado ese estado de iluminaci?n en el cual el pensamiento en desorden refluye ante las descargas invasoras de la materia,en el cual el pensar ya no es consumirse, y ni siquiera es, y en el cual no queda m?s que reunir cuerpos, mejor dicho ACUMULAR CUERPOS.
No es el mundo de lo astral sino el de la creaci?n directa el que se recupera de ese modo, m?s all? de la conciencia y del cerebro.
Y jam?s vi que un cuerpo sin cerebro se fatigara por paneles inertes.
Paneles de lo inerte son esos puentes, esos girasoles, esos tejos, esas recolecciones de olivas, esas siegas de heno. Ya no se mueven.
Est?n congelados.
Pero qui?n podr?a so?arlos m?s duros bajo el tajo seco que pone al descubierto su impenetrable estremecimiento.
No, doctor Gachet, un panel nunca ha fatigado a nadie. Son energ?as fren?ticas en reposo, que no determinan agitaci?n.
Yo estoy como el pobre Van Gogh; tambi?n he dejado de pensar, pero dirijo, cada d?a de m?s cerca, formidables ebulliciones internas, y ser?a digno de verse que un m?dico cualquiera viniera a reprocharme que me fatigo.

Alguien deb?a a Van Gogh cierta suma de dinero, y a prop?sito de esto la historia nos dice que Van Gogh se hac?a mala sangre desde varios d?as atr?s.
Las naturaleza superiores son proclives -siempre situadas un tramo por encima de lo real-, a explicarlo todo por el influjo de una conciencia mal?fica, a creer que nada es debido al azar, y que todo lo que sucede de malo se debe a una voluntad mal?fica, consciente, inteligente y concertada.
Cosa que los psiquiatras no creen jam?s.
Cosa que los genios creen siempre.
Cuando estoy enfermo, es porque estoy embrujado, y no puedo considerarme enfermo si no admito, por otra parte, que alguien tiene inter?s en arrebatarme la salud y obtener provecho de mi salud.
Tambi?n Van Gogh cre?a estar embrujado y lo dec?a.
En lo que a m? respecta creo firmemente que lo estuvo, y un d?a dir? d?nde y c?mo sucedi?.
El doctor Gachet fue el grotesco cancerbero, el sanioso y purulento cancerbero, de chaqueta azul y tela almidonada, puesto ante el m?sero Van Gogh para arrebatarle sus sanas ideas. Pues si tal manera de ver, que es sana, se difundiera universalmente, la sociedad ya no podr?a vivir, pero yo s? cu?les h?roes de la tierra encontrar?an su libertad.
Van Gogh no supo sacudirse a tiempo esa especie de vampirismo de la familia, interesada en que el genio de Van Gogh pintor se limitara a pintar, sin reclamar, al mismo tiempo, la revoluci?n indispensable para el desarrollo corporal y f?sico de su personalidad de iluminado.
Y entre el doctor Gachet y Th?o, el hermano de Van Gogh, hubo muchos de esos hediondos concili?bulos entre familiares y m?dicos jefes de los asilos de alienados, concernientes al enfermo que tienen entre manos.
"Vig?lelo para que ya no tenga esa clase de ideas". "Te das cuenta, el doctor lo ha dicho, tienes que desprenderte de esa clase de ideas". "Te hace da?o pensar siempre en ellas; te quedar?s internado para toda la vida".
"Pero no, se?or Van Gogh, vamos, conv?nzase usted, todo es pura casualidad; y adem?s no est? bien querer examinar as? los secretos de la providencia. Yo conozco al se?or Fulano de Tal, es una excelente persona; su esp?ritu de persecuci?n lo lleva a usted a creer que ?l practica la magia en secreto".
"Le han prometido pagarle esa suma y se la pagar?n. No puede usted continuar obstinado de tal modo en atribuir ese retardo a mala voluntad".
Todas ?sas son suaves pl?ticas de psiquiatra bonach?n, que parecen inofensivas, pero que dejan en el coraz?n algo as? como la huella de una leng?ita negra, la leng?ita negra anodina de una salamandra venenosa.
Y algunas veces no se necesita nada m?s para inducir a un genio a suicidarse.
Sobrevienen d?as en que el coraz?n siente tan terriblemente la falta de salida, que lo sorprende, como un mazazo en la cabeza, la idea de que ya no podr? ir adelante.
Pues fue precisamente despu?s de una conversaci?n con el doctor Gachet que Van Gogh, como si nada pasara, entr? en su cuarto y se suicid?.
Yo mismo he estado 9 a?os en un asilo de alienados y nunca tuve la obsesi?n del suicidio, pero s? que cada conversaci?n con un psiquiatra, por la ma?ana a la hora de la visita, me hac?a surgir el deseo de ahorcarme, al comprender que no podr?a degollarlo.
Y Th?o era quiz?s muy bueno para su hermano, desde el punto de vista material, pero eso no le imped?a considerarlo un delirante, un iluminado, un alucinado, y se obstinaba, en lugar de acompa?arlo en su delirio, en calmarlo.
Que despu?s haya muerto de pesar, no cambia en nada la cosa.
Lo que a Van Gogh le importaba m?s en el mundo era su idea de pintor, su terrible idea fan?tica, apocal?ptica de iluminado.
El mundo deb?a someterse al mandato de su propia matriz, retomar su ritmo comprimido, antips?quico de festival secreto en lugar p?blico y, delante de todos, volver a ser puesto en el crisol sobrecalentado.
Eso quiere decir que el Apocalipsis, la consumaci?n de un Apocalipsis se incuba en este momento en las telas del viejo Van Gogh martirizado, y que la tierra tiene necesidad de ?l para lanzar coces con pies y cabeza.
No hay nadie que haya jam?s escrito, o pintado, esculpido, modelado, construido, inventado, a no ser para salir del infierno.
Y para salir del infierno prefiero las naturalezas de ese convulsionario tranquilo, a las hormigueantes composiciones de Breughel el viejo o de Jer?nimo Bosch que frente a ?l no son m?s que artistas, all? donde Van Gogh no es sino un pobre ignorante empe?ado en no enga?arse.
Pero c?mo hacer comprender a un sabio que hay algo definitivamente desordenado en el c?lculo diferencial, la teor?a de los quanta o las obscenas y tan torpemente lit?rgicas ordal?as de la precesi?n de los equinoccios, frente a ese edred?n de un rosa de camarones que Van Gogh hace espumar tan suavemente en el lugar elegido de su cama, frente a la peque?a insurrecci?n de un verde Veron?s o de un azul que empapa esa barca ante la cual una lavandera de Auvers-sur-Oise se incorpora despu?s del trabajo, frente tambi?n a ese sol atornillado detr?s del ?ngulo gris del campanario del pueblo, en punta, all? en el fondo de esa enorme masa de tierra que, en el primer plano de la m?sica, busca la ola donde congelarse.

O VIO PROFE, [9]
O VIO PROTO,
O VIO LOTO,
O THET?.

?Para qu? describir un cuadro de Van Gogh! Ninguna descripci?n intentada por quienquiera que sea podr? equipararse a la simple alineaci?n de objetos naturales y de tintas a la que se entrega Van Gogh mismo, tan grande escritor como pintor y que transmite a prop?sito de la obra que describe la impresi?n de la m?s desconcertante autenticidad.






Antonin Artaud

Tags: Antonin Artaud., suicidio, locura, soledad, van gogh

Publicado por ChemaRubioV @ 13:26  | ENSAYO
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