S?bado, 08 de septiembre de 2007
Germ?n Gull?n , Diario EL MUNDO (EL CULTURAL), 01/05/2007


Un genuino esp?ritu cr?tico se conoce por c?mo goza pelando la cebolla cultural y por las observaciones ?tiles y profundas que nos ofrece. Su visi?n viene siempre armada con un sentimiento sincero, pasi?n por la literatura e inteligencia. Muchas p?ginas de Leopoldo Alas, Clar?n, Cyril Connolly y Charles-Augustin Sainte Beuve (1804-1869), entre otros, manifiestan tal esp?ritu y las correspondientes dotes cr?ticas. Sus piezas contienen juicios y apreciaciones personales, que suenan en el o?do del lector como si del toque de una campanilla de plata (Lamartine) se tratase. Curiosamente,a tales personas se les niega con frecuencia el derecho a existir.No puedo pensar una cura mejor para tan disparatada idea que recetar un severo envenenamiento,
efectuado con estas p?ginas rezumantes de ponzo?a de

Sainte-Beuve.


Hay un t?pico que los autores literarios, generalmente los inseguros o en declive, incluyen en su men? de agravios: la descalificaci?n del cr?tico. El ser un escritor frustrado, por ende un don nadie, y la envidia, aparecen entre los cargos habituales. La labor cr?tica de Sainte-Beuve refuta por s? sola tales alegaciones y por una simple raz?n: estamos ante una obra de creaci?n, si bien cr?tica. Las peque?as piezas, met?dicamente escritas para la prensa, suponen una contribuci?n literaria de primer orden, porque permiten apreciar el sentido de las creaciones art?sticas con mayor agudeza. Los cap?tulos del presente libro van un poco m?s all?; el juicio emitido de los textos incluye adem?s consideraciones sobre la persona de sus diversos creadores.

Mis venenos es un diario personal, un libro secreto, donde Sainte-Beuve conservaba opiniones referentes a la personalidad y a los textos de artistas c?lebres de su tiempo, que no estaban destinados a salir a la luz. Por diversas razones, por la crudeza de los juicios; porque varios de los mencionados eran amigos, como V?ctor Hugo, de cuya mujer vivi? locamente enamorado; y otros amigos de amigos, como Alfred de Musset y George Sand. Por ello, el libro no se pudo publicar hasta 1926. Dado que se trata de apuntes escritos a vuela pluma no sorprender? su car?cter afor?stico, a veces las frases, las opiniones expresadas, se cierran en una m?xima. Se habla bien de pocos autores y de escasas obras. La dureza del juicio golpea sin cautelas a Hugo ("hace una oda como har?a una cerradura"), a Balzac ("ha conquistado a su enfermizo p?blico enfermedad tras enfermedad"), a Lamartine ("facilidad de talento, tentaci?n de ligereza y de incuria demasiado grande a la que no se ha resistido nunca") a Thiers ("por la tarde nos habla de las cosas que se ha enterado por la ma?ana. Forma parte de esa gente que no puede conservar el vino en la botella, y nos damos cuenta por su estilo, que no tiene ni cuerpo ni aroma")
a Musset ("es el capricho de una ?poca hastiada y libertina")
y a muchos otros.
Mas el libro no lo experimentar? el lector como la obra de un esp?ritu perverso u enfermo. Si bien una de sus perennes quejas fue que ninguno de los grandes tuvo a bien rese?ar sus propios poemas y elogiarlos, como ?l hab?a hecho con tantos escritores, no advertimos un esp?ritu de revancha en el texto. Al contrario, en su fondo late la seguridad de que los escritores son hombres de carne y hueso y, por lo tanto, susceptibles al halago, a la vanidad, al poder y a las pasiones.
Las observaciones generales sobre el hombre vienen apuntaladas por amplios conocimientos de psicolog?a. Leyendo a Sainte-Beuve pasa lo mismo que con los renombrados novelistas decimon?nicos, que resultan freudianos antes de que el m?dico vien?s redactase sus obras dedicadas al psicoan?lisis. O sea que, seg?n aprendemos los secretos de las lumbreras del XIX franc?s, recibimos una lecci?n en la importancia de las circunstancias humanas, y comprendemos hasta qu? punto el elemento biogr?fico subyace a toda creaci?n art?stica.
Los condicionamientos f?sicos del hombre aparecen tratados por todo el libro, y los suyos propios fungen de plantilla ?til para medir a los dem?s. Divide la existencia del individuo, la propia, en tres etapas, juventud, madurez y ancianidad. La primera es la mejor, por el vigor de las pasiones sentidas; mientras en la madurez el hombre deber? conformarse con una disminuci?n de ese motor pasional; y en la vejez, uno simplemente debe hacerse de lado. Sus reflexiones manifiestan un pesimismo shopenhauriano:
"A partir de ahora la naturaleza me proh?be no s?lo el placer sino el deseo: despu?s de acabar con el fruto y la flor de la juventud, ahora la emprende con la ra?z" (p?g. 47).
Tambi?n su propio talento intelectual lo enjuicia con enorme dureza, sin complacencia alguna. No se considera un autor fuente, poseedor de una inteligencia superior, en verdad son escasos los que la poseen, sino de aqu?llos que sirven para llenar los dep?sitos de agua de los esp?ritus. Mi actitud, dice, es demasiado l?nguida, y por eso la seca y necesita del agua de otros. Tambi?n sabe que su fisiolog?a resulta incapaz de transmitir sus sentimientos con naturalidad: "La sonrisa es el signo m?s delicado y sensible de la distinci?n y de la cualidad del alma" (p?g. 54). ?l no logra coordinar su ser de manera natural.
Como ven, la rese?a se escribe sola. El texto de Sainte-Beuve enuncia a la perfecci?n ideas que esta pluma resulta incapaz de transmitir con palabras parecidas. En fin, el cr?tico franc?s quiere que sus p?ginas huelan a hombre, pero sin que lleguen a apestar, como ciertas de Balzac, a?ade con venenillo.
El texto rebosa de atinadas observaciones, les ofrezco como deliciosa primicia dos. Una porque ata?e a una cuesti?n debatida en la actualidad, la otra por su expresividad. Hablando del c?lebre novelista Dumas padre, acierta a dilucidar el valor de ese g?nero de libros que hemos venido en denominar "templarios": "Alexandre Dumas, a pesar de todo su estruendo, no es m?s que una mente de cuarta fila. Pues, ?d?nde clasificar a un escritor al que no se le encuentra nunca ni un pensamiento elevado, ni un pensamiento delicado, ni un pensamiento juicioso? [] ?Qu? lejos est? esto de merecer un puesto entre los verdaderos maestros de la fantas?a! Hay juego, puesta en escena, pero ?d?nde est? el fondo?" (p?g. 59). Y la segunda muestra es un capricho: "El talento no es m?s que una cresta (crista galli), una hermosa u?a que, con tal de cuidarla y cortarla de vez en cuando, permanece bella, aunque el cuerpo y el coraz?n est?n podridos" (p?gs. 166-67).

El libro, traducido con pericia al castellano, lleva asimismo un buen pr?logo de Juan Malpartida, donde se hace una atinada pregunta. Si el texto es como El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, donde al final, cuando muere el protagonista, le vemos su verdadera cara arrugada, monstruosa. La diferencia, en mi opini?n, es que en Mis venenos la faz que este lector ve de Sainte Beuve exhibe las marcas de la experiencia vital, la belleza del escritor que quiso enfrentarse a la realidad del arte, obras y creadores, de frente, con nobleza y prudencia. Dos cualidades poco habituales en cualquier ?mbito de nuestro entorno socio-cultural.

Tags: Sainte Beuve, victor hugo, Balzac, Oscar Wilde, musset, sand

Publicado por ChemaRubioV @ 21:56
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