LA CASA VERDE (1966)
La Casa Verde es una compleja novela, trenza de historias distintas que se desarrollan a lo largo de años en dos escenarios simultáneos: la ciudad de Piura y concretamente uno de sus barrios, la Mangachería, suburbio al borde del desierto sobre el que implacablemente llueve arena todas las noches y que poco a poco se ha ido integrando en la ciudad en crecimiento, y una zona de la Amazonía poblada de gentes primitivas, aventureras y caucheros. Las distintas historias: la de Fushía, bucanero fugitivo, señor de los indígenas, domeñador de un mundo salvaje, que nos es contada a lo largo de su viaje con el viejo Aquilino, la de los Inconquistables, personajes epónimos de la picaresca piurana y de Don Anselmo, mítico fundador de los placeres de la ciudad o triste y pintoresco tañedor de arpa en los prostíbulos como un personaje de Kavafis, la de la Selvática y el sargento Lituma y la de las gentes de Santa María de Nieva, en el alto Marañón, son cruzadas perpendicularmente por las de otros personajes que intervienen en unas y otras, la de Jum el aguaruna inútilmente rebelde, la del práctico Nieves, la de las Madres de la Misión de Santa María... y el relato se mueve en tiempos distintos y en planos de distinta realidad, desde el inmediato acontecer hasta el remoto recuerdo y quién sabe si la pura imaginación, la fabulación de los personajes. Pero una diversidad de técnicas y una gran agilidad de procedimientos consiguen una alucinante totalización, una cohesión sin resquicios de lo ocntado. La Casa Verde es una novela seguramente más ambiciosa en todos los aspectos que La ciudad y los perros.
Me llevaron a inventar esta historia los recuerdos de una choza prostibularia, pintada de verde, que coloreaba el arenal de Piura el año 1946, y la deslumbrante Amazonia de aventureros, soldados, aguarunas, huambisas y shapras, misioneros y traficantes de caucho y pieles que conocí en 1958, en un viaje de unas semanas por el Alto Marañón.
Pero, probablemente, la deuda mayor que contraje al escribirla fue con William Faulkner, en cuyos libros descubrí las hechicerías de la forma en la ficción, la sinfonía de puntos de vista, ambigüedades, matices, tonalidades y perspectivas de que una astuta construcción y un estilo cuidado podían dotar a una historia.
Escribí esta novela en París, entre 1962 y 1965, sufriendo y gozando como un lunático, en un hotelito del Barrio Latino el Hôtel Wetter y en una buhardilla de la rue de Tournon, que colindaba con el piso donde había vivido el gran Gérard Philipe, a quien el inquilino que me antecedió, el crítico de arte argentino Damián Bayón, oyó muchos días ensayar, horas de horas, un solo parlamento de El Cid de Corneille.
Londres, septiembre de 1998
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