El indio no es el que mira usted
en el catálogo de turismo,
cargando bultos
o llevándole comida a la mesa.
Tampoco el que ve desde la ventanilla
y pide monedas haciendo malabares,
ni el que habla una lengua muy otra
y resiste fríos nocturnos.
No, el indio está adentro,
y a veces se le sale, acéptelo,
aunque lo entierre en apellidos,
aunque lo socave bien
y niegue su manchita de infancia,
ahí está, acéptelo.
Y si aparece esa agua rancia,
voraz, el aguardiente que inflama,
ya verá que se le sale,
el indio empuja con su fuerza de siglos,
emerge ardoroso y se le sale,
con lo guardado,
con lo que dura doliendo.
No, no es otro,
el indio soy yo,
a ver, repita conmigo.
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Marca de agua
Lenta es la luz
cuando quiere alumbrar
los pozos de lo olvidado.
A Brodsky lo encerraron
por huevón/
por parasitismo social
y nadie supo entonces
nadie sabe ahora/
que muchos más quedaron
saludando muros eternamente.
Hay quienes esperan/
hay los que confían
en que sus huesos se abracen/
se froten y clamen por ellos.
Lenta es la luz y la luz es
la confirmación del abismo.
Estéril soñar con poetas apolíneos
que caminen/ lloren/ canten
con una marca de agua en el alma.
Inútil todo
y las bombas que amenazan
caer como cae la lluvia.
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Addenda: Alcohol
El alcohol resbala, lo digo así.
Dígolo porque caigo.
(No resbalo: caigo).
Digo que el alcohol es puro,
va a las heridas
y es recibido con dolor alegre.
Adentro fluye, camina,
se lleva lo recordado al olvido
y los olvidos renacen
de las venas donde dormían.
El alcohol resbala por dentro
y uno cae por fuera.
Es sangre en la sangre
y queda ardiéndolo todo.
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