Jueves, 11 de octubre de 2007
El sol no hab?a nacido todav?a. Hubiera sido imposible distinguir el mar del cielo, excepto por los mil pliegues ligeros de las ondas que le hac?an semejarse a una tela arrugada. Poco a poco, a medida que una palidez se extend?a por el cielo, una franja sombr?a separ? en el horizonte al cielo del mar, y la inmensa tela gris se ray? con grandes l?neas que se mov?an debajo de su superficie, sigui?ndose una a otra persigui?ndose en un ritmo sin fin. Al aproximarse a la orilla, cada una de ellas adquir?a forma, se hinchaba y se romp?a arrojando sobre la arena un delgado velo de blanca espuma. La ola se deten?a para alzarse enseguida nuevamente, suspirando como una criatura dormida cuya respiraci?n va y viene inconscientemente. Poco a poco, la franja oscura del horizonte se aclar?: se hubiera dicho un sedimento depositado en el fondo de una vieja botella, dejando al cristal su transparencia verde. En el fondo, el cielo tambi?n se hizo transl?cido, cual si el sedimento blanco se hubiera desprendido o cual si el brazo de una mujer tendida debajo del horizonte hubiera alzado una l?mpara, y bandas blancas, amarillas y verdes se alargaron sobre el cielo, igual que las varillas de un abanico. Enseguida la mujer alz? m?s alto su l?mpara y el aire pareci? dividirse en fibras, desprenderse de la verde superficie en una palpitaci?n ardiente de fibras amarillas y rojas, como los resplandores humeantes de un fuego de alegr?a. Poco a poco las fibras se fundieron en un solo fluido, en una sola incandescencia que levant? la pesada cobertura gris del cielo transform?ndola en un mill?n de ?tomos de un azul tierno. La superficie del mar fue adquiriendo gradualmente transparencia y yaci? ondulando y despidiendo destellos hasta que las franjas oscuras desaparecieron casi totalmente. El brazo que sosten?a la l?mpara se alz? todav?a m?s, lentamente, se alz? m?s y m?s alto, hasta que una inmensa llama se hizo visible: un arco de fuego ardi? en el borde del horizonte, y a su alrededor el mar ya no fue sino una sola extensi?n de oro. La luz golpe? sucesivamente los ?rboles del jard?n iluminando una tras otra las hojas, que se tornaron transparentes. Un p?jaro gorje? muy alto; hubo una pausa: m?s abajo, otro p?jaro repiti? su gorjeo. El sol utiliz? las paredes de la casa y se apoy?, como la punta de un abanico, sobre una persiana blanca; el dedo del sol marc? sombras azules en el arbusto junto a la ventana del dormitorio. La persiana se estremeci? dulcemente. Pero todo en la casa continu? siendo vago e insustancial. Afuera, los p?jaros cantaban sus vac?as melod?as.

Tags: VIRGINIA WOLF, LAS OLAS, SUICIDIO, FEMINISTA, MAR, PROSA

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