-Yo acaricié y ellos mordieron. Y han sido miles ¡miles, créeme¡ ¿Entiendes lo que te digo?-
No, no entendía lo que me decía. Había llegado al parque para estar solo, y a pesar de las consecuencias barrosas de una lluvia reciente, logré alcanzar un banco con la idea de estar hasta que me diera frio. Pero apareció este tipo, se sentó a mi lado, sacó de su abrigo una libreta y un boli, se puso a escribir y de pronto, comenzó a contarme una historia que empezó, mas o menos, como lo acaban de leer y continuó:
- Hoy por la mañana, por ejemplo, venía en el metro, de pie, un niño que dormía en un coche no se enteraba del follón a su alrededor y me hacía sonreír. Su madre era una joven que estaba a mi lado; tenía unos bellísimos ojos celestes turquesa o cielo y aunque al comienzo eso me distrajo y no me daba cuenta, de pronto vi como apretaba su bolso entre brazo y costado. El metro comenzó a detenerse y no me habló, pero hizo un pequeño gesto que daba a entender que bajaría, yo le sonreí y me moví cediendo el paso. Entonces, cambió la cartera al lado más lejano, lo apretó con más fuerza, asintió con la cabeza sin mirarme, empujó el coche y salió del vagón escondiéndose entre los otros.
Supongo que tenía dibujado el desconcierto en la cara porque agregó:
creo que para que me entiendas tendré que ir mucho más atrás -me miró y luego elevó la vista por entre las ramas silenciosas hacia el cielo, yo hice lo mismo- desde hace tiempo que le doy vueltas al asunto y aunque entenderlo también a mí me ha costado más de la cuenta y no lo he logrado completamente, sigo en ello ¿sabes?, sigo en ello -bajó la vista, yo hice lo mismo, para centrarla en un punto indeterminado muy lejano y cuando logró ver lo que buscaba continuó- todo empezó cuando le saqué un dinero a mi madre para golosinas. Sí, aunque suene tonto, ése fue el comienzo. Y al menos en esto el siquiatra estuvo de acuerdo conmigo. Debí tener unos seis años y los que creen que a esa edad no se reconoce entre lo bueno y lo malo, se equivocan rotundamente. Verás, siempre había una cantidad indeterminada de monedas en una canastita sobre la nevera. No recuerdo si lo planeé o algo así, pero yo tiendo a creer, más que a recordar, que fue un fuerte y repentino impulso -puso énfasis en esta aclaración-. La canastita sobre la nevera no era un lugar dentro de mi mundo. Este y otros muchos me parecían algo así como otra dimensión, paralela a la mía, regida por otras leyes, a la que me gustaba entrar escondido y que me apasionaba. Como los cajones inalcanzables, y más aún las cajitas dentro de los cajones, y todavía más las pequeñas cajitas dentro de ellas. Cuando cogí las monedas y me las metí al bolsillo no puedo explicar lo que sentí, pero nada bueno, mas bien algo terrible; es ese el momento en que todo cambia, cuando la vida se transforma en la vida que nos acompañará siempre ¿sabes? -sijo y me miró profundamente-. La señora del negocio me miró raro cuando pagué; y de vuelta a casa, la vecina que siempre estaba barriendo la vereda, exclamó un "¡Uy que goloso¡" con ironía. Nadie lo podía saber, pero lo sabían ¿sabes? Y aunque no me sentaba nada bien y cada vez era peor, por alguna extraña razón lo repetí una segunda y una tercera vez, o quizás más. Para cuando lo dejé ya era demasiado tarde. Después todo fue diferente. Desaparecía un lápiz en clase, el lápiz de la compañera gordita hija de una amiga de la profesora. La sala se llenaba de un intercambio de hombros encogidos y miradas inocentes, que seguramente lo eran. La profe se ponía de pie y caminaba de lado a lado, con la pizarra de fondo y buscaba, con los ojos afilados, un rostro que se incriminara, y yo temblaba culpable de algo que no había hecho. Cierto es que nunca me dijeron nada, pero poco importa: había perdido la inocencia.
- Yo seguía escuchando atentamente. El me miró.
No sé como explicarlo, intenta imaginar. Yo era un chico, con cara de niño bueno, de santurrón incluso, y cuando sin querer aparecía un poco de malicia en mi expresión y escuchaba que me decían: ¡ Pero la cara de pícaro que pone, dios mío, los tranquilos son los peores¡; a mi me daba vergúenza. ¿Entiendes?
- Detuvo el relato de imprevisto y preguntó si podía leer en voz alta lo que había escrito en su libreta. Asentí mirándole desconcertado.
"La tarde es fantasmagórica, en la mañana llovía y a esta hora el parque murmura casi vacío. El viento saluda educado y los charcos de agua sobrevivientes responden con un gesto tembloroso. El barro por momentos impide caminar. Así, no resultó nada fácil llegar a mi asiento de siempre. Debí devolverme e intentar por otra vía cuatro veces. Y tal como hace unos meses, no me siento nada bien; respiro mal, me arde la cabeza"
Yo creo que es un buen comienzo para contarlo, ¿no crees?-me preguntó-
Lo recuerdo todo muy bien -continuó- Salía de casa con dirección al parque, me sentía de buen ánimo, con energía, pero tenía que ocurrir algo. Y creo que lo esperaba, que lo presentía. Cerré la puerta y de frente apareció una señora que apenas me vio, cruzó la calle, me miraba de soslayo y apuraba el tranco a la misma velocidad que mi tranquilidad se evaporaba. Intenté no darle importancia. Seguí, quería volverme y decir algo, pero seguí, dientes apretados y mirada fija. Torcí en la esquina, y mientras seguía reprobando con la cabeza lo que sucedió metros antes, entré a un negocio para comprar un boli y una libreta. No este boli, pero uno casi igual y esta misma libreta. El dependiente me indicó el pasillo; a su lado, tres televisores de distinto tamaño entregaban las imágenes de varias cámaras de vigilancia. Era una tienda muy desordenada y mientras buscaba entre sacapuntas y bolis mágicos y me preguntaba cuánto podían valer esas cosas en China, me sentía culpable. Me veo sospechoso, estoy seguro. Cree que le robo. Pensaba. De inmediato lo escuché hablar con alguien y ese alguien llegó a mi lado para ver lo que hacía. Se presentó con cierto aire de autoridad, de falsa inteligencia; y juro que me respondió con una mueca risueña e intencionadamente desagradable cuando le pedí ayuda. Para colmo, encontró lo que buscaba justo enfrente de mis narices. Me entregó las cosas con la mano quebradiza, una risa torcida y la ceja levantada. Lo habría estrangulado. Pagué, salí y respiré furioso. Repasaba en mi cabeza a la señora de antes, a la chica del metro por la mañana, a unos turistas del mediodía. Me han tratado como a un delincuente por años y estoy cansado, ¡a la mierda con la puta desconfianza! vociferaba en mi interior.
- Guardó silencio y se dispuso a escribir lo que sigue:
"No estoy seguro, pero puede ser que se carga con las intenciones y también con la naturaleza. Puede ser que debí ser el otro toda la vida. Puede ser que era inevitable. Porqué si no, mis ojos siempre se detenían en los bolsos a medio cerrar. Y porqué que a veces pasaba más cerca de lo necesario y cambiaba el ritmo de los pasos de manera tan extraña.
Un tiempo busqué la solución actuando. Evitando los gestos sospechosos, guardando la distancia suficiente. Si alguien caminaba delante, yo caminaba más lento para que se alejara tranquilo, si alguien iba a mi lado, cruzaba la calle y me detenía en un escaparate cualquiera. Intentaba parecer distraído. No mirar el interior de los coches. Buscar las cámaras de vigilancia, no ocultarse pero no mirarlas de frente. No esquivar los coches de la policía. Pero no sirvió de nada, desconfiaron siempre, no es posible esconderse"
- Levantó la cabeza tranquilamente y continuó:
Yo no sé cuál era mi expresión a ese momento, pero sentía que se desbordaba algo. El mar, cuando en sus profundidades se desata un terremoto, debe sentir algo parecido. Y aunque por fuera debí parecer un tipo cualquiera que tiene prisa y no sonríe. Dentro, muy dentro, una gran ola se elevó a partir de profundidades insondables y avanzó con furia hasta una playa de arena blanca, arrastrando en un torbellino incomprensible sentimientos y habitaciones llenas de vida, odio, ira, caricias de madre y paciencia de hermana, violencia; y toda mi estructura fue devastada en pocos segundos. Nada sobrevivió salvo unas pocas cosas que no sé si mejores, pero más fuertes o más valientes, o simplemente con más suerte, pero casi nada. Y así caminaba, con unos pocos pensamientos flotando en un mar de rabia blanca y absoluta.
- Me miró a los ojos y dijo:
Esa fue la reacción a la injusticia ¿sabes? esa que puede levantar a pueblos enteros de un momento a otro, esa cosa que mantiene en cierta dignidad a la especie humana. Eso es lo que me reventaba por todos los rincones y creció hasta que no pude controlarlo. Lo único que deseaba era justificar lo que el mundo sentía por mí: desconfianza.
- Yo no emitía palabra, lo escuchaba.
Nunca me desvié de mi camino al parque, pero como intentando esconderme de mí mismo, usé calles que nunca había usado. Hasta que al fin, a dos cuadras de aquí...
-Un suspiro lo detuvo, pero retomó enseguida.
Por esa calle, ¿la ves?, una a la izquierda en la primera esquina. Recuérdeme ir a ver el nombre, será bueno para mis notas...
-Suspiró de nuevo.
Una billetera que no necesitaba vino a dar al bolsillo interior de mi chaqueta. Un viejo la llevaba en el bolsillo trasero de los pantalones y nada hizo para detenerme -Gilí pollas¡- gruñó.
Corrí y entré por aquella puerta. Casi puedo verme. Me senté aquí mismo, por eso vine.
- Cuando me dijo esto me pareció muy mágico que también para mí la banqueta tuviera un significado. Cuando volví a escucharlo me describía la situación.
Me sobaba los muslos intentando tranquilizar las piernas, antes de llegar a la banqueta no me respondían, pensé que me derrumbaría inevitablemente. Las palmas de mis manos brillaban y los dedos no cesaban en un movimiento pequeño y desordenado. ¿Así mas o menos, ves?-y agitaba los dedos mientras los miraba-. Y mi pecho -y metió la mano derecha bajo el abrigo haciéndolo subir y bajar exageradamente-vaya si lo recuerdo, mi pecho empujaba la sangre como si no la quisiera dentro de sí y me hacía palpitar la cabeza. Después de unos minutos, cuando comenzaba a sentirme mejor, por allá, entre los árboles, vi serpentear un coche de policías. Pensé en ponerme de pie y largarme, pero recordé mis cavilaciones honrosas: no debo verme sospechoso, realmente no me buscan, me repetía, no es a mí a quien buscan.
Me quedé escuchándome el corazón, aguantando la respiración para reventar en alivio cuando los viera alejarse. Es todo tan fresco ¿sabes? como un cuadro de ayer, sin terminar, con el óleo húmedo y ese aroma intenso; me siento como entonces. No se desviaron, y a unos veinte metros, frente a mí, detuvieron el motor y se apearon. Justo allí.
- Buenas tardes- dijo uno. Y juro que tenía la misma mueca desagradable que el ayudante del dependiente. - Buenas tardes- dije, y me desvanecía- ¿Qué hace aquí?- preguntó el otro. Yo estaba de piedra - !Póngase de pie¡-
Y el resto de la historia ya para qué. Mala suerte, dije. Sí, mala suerte, y aquí estoy. ¿Qué harás ahora?, le pregunté, algo forzado, supongo, porque no quedaba más que preguntarlo. Tras jalar aire profundamente exclamó que, si fuera por él, se quedaría para siempre sentado en la banqueta, respirando tranquilo. Pero no puedes, contesté. Lo sé. Lo primero, encontrar al tipo de la billetera y ofrecerle disculpas, decirle que no desconfíe a pesar de todo, que es lo peor que puede hacer, que no se de por vencido, que yo no soy así. Locura temporal dictaminó el juez. Eso es lo que pasó y espero que lo entienda. Es un buen comienzo- dije- ¿Y luego? Lo segundo, y miró a su lado derecho sobre la banqueta y sentenció: descargarle un tiro entre los ojos al primero que me vuelva a hacer sentir culpable. ¡Bien dicho! -exclamé sin pensar demasiado- pero, ¿y si no encuentras al señor aquel? Cierto ¡es más importante volarle los sesos a la desconfianza! !Eso digo yo¡ -repliqué repliqué entusiasmado, pero nunca pensé que lo que decía de alguna manera era en serio, muy en serio-
Parecía dispuesto a ponerse de pie inmediatamente pero reabrió la libreta y bajó la vista de nuevo apuntando:
"Justo ha sido el castigo a mi debilidad, pero ahora que todo está reconstruido y el daño indemnizado, buscaré la manera de ayudar al mundo a librarse de la peste, de extirparle de raíz lo que nos destruye poco a poco. Veneno de la peor clase, porque no te avisa hasta que ya es demasiado tarde. Antídoto ninguno, es necesario quitar todas las manzanas podridas del cajón."
Guardó la libreta en el bolsillo izquierdo de su amplio y grueso abrigo. Se calzó un sombrero lleno de rocío. Hizo el gesto de meter algo en el bolsillo derecho y caminó al metro procurando encontrar el mismo camino, mas o menos libre de barro, que encontró para llegar hasta la banqueta siguiendo las que, el pensó, eran sus huellas anteriores, pero lo cierto es que no eran las suyas, sino las mías, las que le permitieron salir del parque con rapidez.
Lo que ocurrió a partir de ese momento no lo supe sino hasta un mes mas tarde (mas o menos). Lo encontré de nuevo en la misma banqueta y continuó con la historia a partir de la salida del parque. Y espero narrar bien lo que contó, porque vale la pena. De hecho estuve tan emocionado con su historia que inmediatamente prometí escribirla en forma de relato, y al escuchar mis intenciones se mostró muy emocionado, me abrazó, me regaló una sonrisa y me entregó también sus notas. Me las devolverás cuando nos veamos de nuevo ¡Me dijo sonriendo!, y se fue.
En el metro compró un abono de diez viajes y bajó al andén que anunciaba dos minutos para la llegada del siguiente tren. Tomó asiento y volvió a abrir la libreta:
"Es un billete de diez viajes, y según mis cálculos, bastará para terminar con al menos cinco de ellos. Espero registrar las circunstancias de la manera más detallada posible, así como mi reacción íntima después de cada uno. No quiero que se vuelva una mera absurda entretención."
Escuchó la inminente llegada de los carros y notó cómo esa gran cueva de pronto se llenaba completamente de ruido. Entró al vagón. Dejó la mano derecha empuñada dentro del abrigo y con la mano izquierda se cogió de uno de las asideras. Afiló los ojos como lo hacía su profesora en el colegio, y buscó una mirada que se incriminara. Dio con algunas sospechosas, pero no podía decir que fuera desconfianza. Timidez o vergüenza o cualquier otro mal menor. Necesitaba estar seguro. Pensó que la clave no eran solo las miradas sino también las manos escondiendo o protegiendo algo de manera exagerada. Pero exagerada no es la palabra. De manera enfermiza, sí, -pensaba- porque es una enfermedad, una terrible enfermedad. Y se decía a sí mismo que debía tomar nota también de eso. Llegó a la siguiente estación y una señora muy bien vestida le preguntó si bajaba, él dijo que no y dio un paso al lado. Muy amable joven, dijo ella mientras esbozaba una sonrisa agradable y, al parecer, sincera. Comenzó a sentir un pequeño cosquilleo de impaciencia. Miró al lado contrario y sin querer se encontró, colgado del hombro de un hombre flaco y semicano, con el cierre de un bolso entreabierto. Procuró no quitar los ojos del interior hasta que lo sorprendieran. Y en cuanto eso sucedió, el hombre le invitó a no preocuparse. He sido un distraído toda la vida y nunca me ha pasado nada, este mundo es bueno. Y mientras lo decía le palmeaba dulcemente el antebrazo. La mano que guardaba en el bolsillo comenzó a sudar y al par de segundos notó que no solo su mano sudaba, sino que su gran abrigo ya no era un acompañante muy confortable dentro del vagón caliente, y poco a poco las gotas comenzaron a llenarle el rostro, primero tímidamente y luego, sobre un terreno más suave, se deslizaban una tras otra desde el sombrero hasta el cuello de la camisa.
En la siguiente parada se bajó y tomó asiento en el andén. Apuntó algunas notas que tenía en la cabeza y mencionó a la dama elegante y al señor distraído. Y en cuanto llegó el siguiente subió de nuevo. Mantuvo la mano derecha dentro del bolsillo y con la mano izquierda alcanzó con dificultad una de las asideras. Quedó de espaldas al andén. Una vez dentro del túnel, gracias al reflejo en las ventanas, pudo seguir su vigilancia. Recorría cada detalle gestual entre hombros, brazos y cabezas de todas clases y después de varias estaciones le pareció reconocer algo, no había nada especial, pero tuvo la necesidad imperativa de poner más atención en un sector específico. Intentó un mejor ángulo y al fin reconoció a la misma bella jovencita de ojos celestes, con el coche acogedor y el niño, esta vez despierto, de ese nefasto día meses antes. Su mano en el bolsillo derecho pareció inquieta. Reconoció la manera en que ahorcaba el bolso entre el codo y las costillas y se le agolparon las emociones en la cabeza. La superficie de ese mar tranquilo comenzó a moverse, primero, imperceptiblemente, mientras en las profundidades una réplica de ese primer terremoto no se hacía esperar. Desconfianza, susurró, esa es la desconfianza. Y un temblor creciente le apuró la respiración. Sudaba como un caballo azuzado al galope en pleno verano. Sintió de nuevo que las piernas le flaqueaban y la cabeza le palpitaba y la gran ola incontenible le recorría las vísceras. Afirmó la mano oculta, se hizo paso algunos metros entre la gente y cuando la chica lo vio venir, reconstruyó el mismo gesto que él recordaba tan bien. Cambió su bolso al lado más lejano y agachó la cabeza ignorándolo. Cuando estuvo a un metro y medio de distancia la chica lo miró y él sacó la mano derecha del bolsillo en un movimiento brusco y después de hacer el gesto de apretar el gatillo y emitir un fuerte PUMMM , que asustó a todos los que estaban alrededor, gritó: ¡No desconfíes, carajo!. El niño estalló en llanto. En ese momento se abrieron las puertas. Bajó la mano que mantenía con el dedo pulgar en alto, el índice estirado y apuntando entre los ojos celestes (aunque ahora le parecían más bellos aún que antes) y los demás enrollados sobre sí mismos. Buscó la salida rápidamente pidiendo permiso y empujando, y una vez fuera se volvió para encontrar las miradas de la joven y de medio vagón más. La mayoría incrédulas o confundidas. La chica tenía las pupilas dilatadas y la boca medio abierta, y el llanto del bebé competía de fondo con el pitido que anuncia el cierre de las puertas y con las risotadas de unos niños que le hacían gestos de aprobación con el pulgar en alto y las cejas levantadas.
Las ruedas giraron de nuevo llenándolo todo de ruido y los vagones siguieron su ruta inevitable. Hizo el ademán de guardar un arma en el bolsillo, se acomodó el sombrero, desabrochó por completo el abrigo y tomó asiento abriendo la libreta ceremoniosamente.
"No ha sido fácil, pero ahora estoy seguro de hacer lo correcto."
Se puso de pie y se dispuso a tomar el siguiente carro cuando, bajando por las escaleras al andén reconoció el uniforme de un guardia seguido de dos policías. Recordó el parque y todo lo que siguió a ese día. Decidió no esperar. Se puso de pie y caminó rápido y en sentido contrario. Alcanzó las escaleras que estaban en el extremo opuesto y las subió dando brincos, y en vez de salir a la calle, decidió bajar inmediatamente al otro andén. Apenas descendió llegaron casi simultáneamente los convoyes en ambos sentidos, se metió al carro que le quedó enfrente. Encontró varios asientos libres y necesitaba tomar un descanso. La sombra de la desconfianza se alarga hasta ensombrecer las mejores intenciones, pensaba ¿No es posible dejarlo a uno tranquilo?
Los altavoces anunciaron la próxima parada. Una señora de ojos hinchados, como los de una rana, mantenía la cabeza inmóvil y erguida mientras sus pupilas iban de zapato en zapato buscando quién sabe qué. El metro se detuvo y por la puerta más lejana, a su izquierda, vio aparecer la parte delantera de un coche de bebé -¡Joder!- Y sin esperar a ver si se trataba de la bella joven de ojos celestes se giró al otro costado, subió el cuello de la chaqueta y acomodó el sombrero lo más abajo posible. Nada bien, se decía, más difícil de lo que esperaba. Para completar el cuadro, los ojos de la mujer busca zapatos se detuvieron en los suyos. Y como siempre ocurre, este detalle que a otro momento hubiera parecido irrelevante, ahora calaba una hendidura en medio de su campo y desviaba su atención completamente. La primera reacción fue esconderlos, pero claro está, no podía esconder los dos a la vez. Entonces escogió el que le pareció más sucio y lo cruzó por detrás del talón. La expresión de la mujer pareció llenarse de cierto placer, como satisfecha de haberlo avergonzado, entonces él levantó la vista de los propios que, con el barro seco pegado por todo su rededor, indudablemente dejaban mucho que desear, para posarlos inquisitoriamente sobre los de ella. El rostro de la mujer pasó de pronto del placer a la tensión, pero lo disimuló muy bien, y entendiendo que la retaban directamente intentó agregar nuevos gestos al de su placer, sorpresa seguido de reprobación, arqueaba las cejas, estiraba el mentón. Pero nuestro héroe no se dejó vencer y entendió lo que hacía, en especial, cuando notó que la sobrexpresión de su contrincante había atraído nuevas miradas sobre sus penosos zapatos. Sin embargo en pocos segundos las fuerzas se habían equiparado y cada fila de asientos, una frente a la otra, estaban completamente puestas en los zapatos del oponente y nuestro personaje que ese día se pensaba preparado para grandes cosas al fin soportó más. La señora apretó el puño y aunque se notó contrariada, lo asumió rápidamente y prefirió seguir su rutina en otro sitio.
Una segunda gran hazaña en unos cuantos minutos, pensó. Pero se quedó pensando en la naturaleza de su logro, que claramente, no era deportivo. Quería saber lo que había ganado, de qué se trataba lo que acababa de concluir. Y poco a poco su rostro se ensombreció. Cuestionó la triste naturaleza de su alegría. Se atoró en la amargura de su triunfo. Se preguntó porqué esa mujer se alimentaba del dolor ajeno, de enrostrarle a todo el que no quisiera saberlo, cruel e innecesariamente, la mugre que traía encima ¿para qué?; por cuánto tiempo lo había hecho, y por cuánto más podría seguir así. Y le hirvió la cabeza. Se pensó a sí mismo, comparándose, y concluyó, venciendo una invisible resistencia, que entre la realidad de ambos la similitud era enorme. Y pensó que ahora los demás, cuando juzgaran sus actos, ahí abajo, también pasarían de la incomprensión, a la rabia y luego a la pena. Lo masculló en silencio, lo que pensaba lo volvía dentro de sí y lo regurgitaba, y el sabor resultante era cada vez más ácido, más propio, más gástrico y al fin, el resultado no se lo esperaba: miedo.
Miedo de encontrar a alguien que le enrostrara su propia desconfianza, que le señalara con el dedo no los zapatos, sino el corazón y le dijera lo que no quería escuchar. Que al fin y al cabo no es más que un cobarde sin derecho a decirle a los demás que no sientan miedo, sí, miedo, porque lo que ve en las más de las situaciones es miedo, miedo a un mundo hostil, cosa nada extraña. Pero si él insiste en no ver el miedo y sí la desconfianza, es porque no pudo superar la desconfianza en sí mismo. Su tambaleante personalidad, sus valores descoloridos. Y se vio reflejado en las ventanas del metro, dentro del túnel, oculto, asustado como un niño, bajo un sombrero, dentro de un abrigo, mirándole los zapatos altaneramente a una mujer que no conoce otra forma de ser feliz. Doy pena, se dijo, miserable, miserable, cobarde y miserable. Soñó despierto con el señor distraído y semicano que le repetía: ¡no desconfíes carajo¡ mientras la dama elegante le sonreía tiernamente.
Sacó la libreta del bolsillo para anotar lo que pensaba pero no pudo. Los ojos se le hincharon como el de la señora que tenía enfrente y de pronto, esa gran ola que lo recorría hacía mucho entre vísceras y cerebelo, estalló bajo los párpados en un llanto infantil e irremediable. Se quitó el sombrero y lo estrujó con desesperación. Lo usó de pañuelo. Vio que se abrieron las puertas y salió del carro. Se sentó de nuevo, se quitó el abrigo y dejó el sombrero arrugado a su lado, soltando lágrimas imparables con unas ganas y un placer que no cabía entre los placeres que había podido saborear hasta ese momento. Nada superaba ese estremecimiento reconfortante. Seguramente algo parecido a ser amamantado, pero era algo que no podía saber. Y en medio de ese diluvio interno y soberano pudo escoger. Y ahora, por fin y sin ninguna duda tuvo la decisión correcta en sus manos. Se aceptó, y entonces abrió la libreta y leyó su sentencia anterior: "... quitar todas las manzanas podridas del cajón...". Leyó en el letrero luminoso del andén: dos minutos para el próximo tren. Dos minutos, repitió en voz baja. Se miró los zapatos intentando mirarse el corazón, entrando por su lado más sucio por fuera, al que, ahora entendía, era su basurero por dentro. Se dejó llevar a un lugar lejano, muchos años atrás. Se vio traicionar a su familia quitando las monedas que no le pertenecían. Y vio cosas que había olvidado. Su madre, preguntándole por las monedas y él negando con la cabeza. Y luego escuchando detrás de la puerta un interrogatorio a la empleada de la casa. Lo vio una y otra vez, y al fin, vio a la muchacha llorando y saliendo de la casa con su maleta.
Se puso de pie y caminó hasta la línea amarilla. Recordó una frase de Milan Kundera en uno de sus libros preferidos: "Esconderse y sentirse culpable es el comienzo de la derrota".
El ruido comenzó a devorar de nuevo el amplio espacio. Pero a diferencia de otras veces en que puso a prueba su entendimiento, las piernas no le fallaron y el corazón se mantuvo sereno. ¡Al menos! Pensó.
El ruido crecía y lo que antes era una aviso se convertía poco a poco en una realidad. Avanzó tres centímetros sobre la línea amarilla con pasitos casi imperceptibles. Pero el metro que llegaba venía en dirección contraria. ¡Maldita sea!, refunfuñó. Fue hasta el asiento donde estaba el abrigo y el sombrero casi desecho. Se calzó el primero y el segundo, después de intentarlo varias veces, prefirió mantenerlo enrollado en la mano. Vio desaparecer el último vagón del metro que le había tomado el pelo, y tras él, pudo reconocer a una chica y un policía cargando escaleras arriba un coche de bebé. A este momento lo único que no podría soportar es que una contrariedad tonta le privara la primera decisión coherente y tranquila de cuantas tenía memoria de haber tomado. Miró el reloj para saber cuántos segundos faltaban pero el reloj insistía en marcar los mismos dos minutos que ya hacía más de tres. Se quedó con la vista en los dígitos, y forzando los ojos para no pestañear pudo ver justo antes de que le ardieran demasiado que el 2:00 era reemplazado por un 01:50. -Al fin- dijo suavemente. Dejó los ojos cerrados para descansar del esfuerzo. Al abrirlos vio bajar desde la escalera que asomaba al fondo del andén y sin prisa, los pantalones de otro par de policías. Le dio igual. Total, pensó, qué mas da. Supuso que la chica se había quejado con los guardias y a su vez estos llamaron a la policía. Y entendía que se armara cierto alboroto y sin perder tiempo comenzó a caminar de espaldas a la misma velocidad que los policías se acercaban (en marcha atrás, digamos), hasta que chocó con una pareja y tuvo que girarse.. Pero del otro lado vio descender a la chica de ojos celestes y otro policía cargando el cochecito. Exclamó un -maldita sea- del alma. Miró el reloj que ya remontaba los 50 segundos y bajaba a 40. Sus ojos se turnaban pasando rápidamente del reloj, a los policías que tenía de frente, a la chica con el cochecito y al reloj nuevamente. Escuchó acercarse otro metro a sus espaldas y apenas un pestañeo más tarde se instalaba en el andén del frente. Los policías se habían demorado contestando algo a unos turistas, se giró a mirar a la chica que le buscó la mirada con sus ojos celestiales. Se detuvo un par de segundos en ella, hipnotizado, le pareció un verdadero ángel, y de pronto, el metro que esperó segundo a segundo avanzó a su lado empujándolo y soplándole el costado. No pudo reaccionar, acababa de pasarle de largo el destino, tan, pero tan cerca que sintió cómo se quebraba un pequeñísimo puente en su realidad. La chica quedó apenas a un metro o poco más, metió la mano en el coche y sacó ¡la libreta¡. -Su libreta- le dijo ella con una voz propia de sus ojos. Al momento, los dos policías pasaban conversando animadamente por su lado.
Gracias a ella puedo contar esta historia, y él puede, a este lado de la línea amarilla, seguir haciendo la suya, con confianza.
SERGIO SALGADO
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