Martes, 15 de enero de 2008
JULIO DE 1999

Reloj de arena
PUHKIN o el rayo que no cesa
por Jos? Emilio Pacheco

A doscientos a?os de su nacimiento, la gloria del gran poeta ruso Aleksandr Pushkin no disminuye. Pacheco nos narra su vida y su muerte y los problemas que implica traducirlo. No obstante, presenta en limpios endecas?labos su versi?n de Mozart y Salieri, tragedia cuyo enga?o central a?n padecemos.
El duelo fue en la tarde. Hac?a quince grados bajo cero y soplaba un viento ?rtico. El capit?n Georges D'Anth?s dispar? primero. Aleksandr Pushkin se desplom? sobre la nieve, envuelto en su abrigo de piel de oso. Crey? que s?lo ten?a una herida en el muslo y de rodillas apunt? a D'Anth?s. El disparo le atraves? la mano y le fractur? dos costillas. Sus padrinos llevaron a Pushkin en trineo hacia su casa. Sadler, el primer m?dico que lo atendi?, se limit? a ponerle una compresa. El segundo, Arendt, le dijo que el da?o era de muerte y no ten?a esperanza de recuperaci?n.
La agon?a se prolong? 48 horas. Pushkin muri? el 29 de enero de 1837, antes de cumplir 38 a?os. No hubo art?culos en los diarios. Todos estaban atemorizados ante el censor, el conde Benkendorf. S?lo en un suplemento, los Anexos literarios, Andr?i Kraievski se atrevi? a escribir: "?Se puso el sol de nuestra poes?a! Ha muerto Pushkin, nuestro poeta, nuestra alegr?a, nuestra gloria popular". Un joven escritor, Mijail Li?rmontov, hizo una eleg?a que le cost? el destierro. En ella insinuaba que la muerte de Pushkin fue en realidad un asesinato. Los intentos de acallar lo ocurrido no sirvieron de nada: 32 mil personas asistieron al entierro, aut?ntica multitud en cualquier parte, sobre todo en una Rusia donde s?lo una minor?a disfrutaba del privilegio de la lectura.

Una muerte tramada
Muchos creen que en efecto el responsable de la muerte es el zar Nicol?s I. Ten?a muchos motivos para deshacerse de Pushkin. El codiciar a su esposa Natalia Goncharova era s?lo uno de ellos. Pushkin estaba en la posici?n insostenible de ser al mismo tiempo el cronista oficial del imperio y el poeta m?s popular de Rusia. En los resquicios de la censura lograba filtrar versos y narraciones que expresaban una actitud cr?tica y una condena del absolutismo. Nicol?s I no lo dejaba publicar. Sus textos circulaban en samizdat, pero al no ser pagado por ellos Pushkin viv?a hundido en deudas. En 1833, con el pretexto de que era la ?nica posibilidad de que Natalia brillara en los bailes del palacio de Anichkov, el zar nombr? a Pushkin gentilhombre de c?mara, es decir paje, actividad propia de ni?os y adolescentes.
En 1829 Pushkin se enamor? de Natalia. Consider? el matrimonio un modo de escapar a su vida errante y disipada y resignarse a los treinta a?os que entonces eran el promedio de vida, equivalentes a los setenta de ahora. Durante la boda hubo malos presagios. Se apagaron las velas y cayeron una cruz y los evangelios.
El bar?n Heeckeren lleg? a San Petersburgo como ministro de Holanda. Lo acompa?aba su protegido D'Anth?s, un joven alsaciano al que adopt? para encubrir su relaci?n con ?l y logr? convertir en capit?n del ej?rcito zarista. D'Anth?s fascin? a Natalia. El asedio lleg? a tal grado que Pushkin lo desafi? por vez primera. Su respuesta fue casarse a principios de 1837 con Yekaterina, la menor de las Goncharova. Con el enemigo en casa se redoblaron los an?nimos enviados a Pushkin. En el ?ltimo crey? descubrir la mano de Heeckeren. Dec?a en parte: "Los grandes caballeros, comendadores y paladines de la Nobil?sima Orden de los Cornudos eligen por unanimidad a A.P. suplente del Gran Maestro e Histori?grafo de la Orden". Pushkin desafi? al bar?n. D'Anth?s, un tirador profesional, se bati? por ?l. Hubo negligencia m?dica. Rusia perdi? al m?s grande de sus escritores. Su viuda se cas? con un oficial que hab?a sido el encargado de la vigilancia en las citas con D'Anth?s. El asesino de Pushkin vivi? hasta el fin de siglo y se enriqueci? con la distribuci?n del gas en Par?s.

La eternidad pushkiniana
El 6 de junio se cumpli? el bicentenario de Pushkin. Las celebraciones en todo el mundo comprueban que su gloria no ha disminuido. "Todo gran hombre", dice Val?ry, "muere dos veces: una como hombre y otra como grande". Los escritores pasan con su ?poca. S?lo unos cuantos resisten la erosi?n del tiempo y aun estos cl?sicos atraviesan por temporadas de silencio y olvido. Pushkin no. Pushkin se ha salvado de todos los cambios en los gustos y en las modas e incluso ha sobrevivido ileso a los cataclismos hist?ricos. Pushkin nace de nuevo con cada generaci?n que se acerca a ?l por vez primera. Es Rusia y la lengua rusa. All? todos saben de memoria sus versos, los invocan y citan como una especie de Biblia laica.
A cambio de este privilegio incomparable, Pushkin s?lo puede ser de verdad entendido y disfrutado por quienes tienen el dominio de su idioma. Los dem?s debemos conformarnos con leer traducciones. "Poes?a es lo que se pierde al traducirse", sentenci? Robert Frost. Pero lo corrigi? J. F. Nims: "Es m?s lo que se pierde al no traducirse". Y lo sorprendente, agrega A.D.P. Briggs, no es lo perdido sino cu?nto sobrevive a pesar de todo.
Para entender lo que deben sentir los rusos cuando leen a Pushkin en otra lengua, podemos recurrir a una estrofa de Borges vertida al ingl?s por un traductor que es tambi?n un excelente poeta, Richard Wilbur:
Turn on my tongue, O Spanish verse,
[confirm
Once more what Spanish verse has
[always said
Since Seneca's black Latin; speak
[your dread
Sentence that all is fodder for the worm.
Son las ideas de Borges, pero la m?sica, la fluidez y el laconismo del original inevitablemente han desaparecido:

Vuelva en mi boca el verso castellano
a decir lo que siempre est? diciendo
desde el lat?n de S?neca: el horrendo
dictamen de que todo es del gusano.
Vladimir Nabokov conden? todas las versiones pushkinianas al ingl?s. Ofreci? a cambio una traducci?n literal ilegible ya no digamos como poes?a sino tambi?n como prosa, pero muy ?til para los traductores que han venido despu?s. Por desgracia, no lleg? a conocer la versi?n ideal, las Oeuvres po?tiques publicadas bajo la direcci?n de Efim Etkind (Par?s, 1981). En ellas un grupo de poetas franceses de ascendencia rusa y biling?es hacen el milagro de traducir a Pushkin en textos que se leen como poes?a en franc?s y conservan el metro y la rima de los originales. La coincidencia no se repetir?. Entre leer traducciones o desconocer del todo a Pushkin es mejor lo primero si no se tiene la posibilidad de aprender ruso.

Las palabras de la tribu
Cuando toda la opulencia europea descansaba en el trabajo esclavo de los africanos, se puso de moda en las cortes la presencia de los negritos, a semejanza de los albinos que Moctezuma guardaba en su zool?gico. Uno de estos negritos fue un ni?o abisinio capturado por los turcos. El embajador ruso en Constantinopla lo compr? y obsequi? a Pedro el Grande. Ibrah?n Hannibal le cay? bien al zar que construy? San Petersburgo como ventana a Europa y libr? una guerra interminable contra Carlos XII de Suecia.
"El Negro de Pedro el Grande" ten?a talento militar. Se hizo experto en fortificaciones y lleg? a ser general en jefe del ej?rcito ruso. Casado con una dama de la nobleza, tuvo una nieta, Nadi?zda, que fue esposa de Sergu?i Pushkin, descendiente de caballeros goliardos. Aleksandr naci? en Mosc? y tuvo una infancia triste con una madre que no lo amaba y un padre d?bil. Como miembro de la aristocracia, aprendi? franc?s perfecto gracias a sus tutores. La lengua materna la adquiri? merced a su abuela y sobre todo por virtud de su niania, Arina Rodi?vna Matveyeva, verdadera representante del pueblo que le transmiti? con las palabras de la tribu la riqu?sima cultura popular.
Para los j?venes de su clase se abri? un liceo en Ts?rskoe Sel?, donde los zares ten?an su palacio de invierno. El objetivo consist?a en adiestrarlos en dos ?nicas ocupaciones posibles: las armas o la burocracia. Pushkin era adolescente cuando Napole?n fracas? en su intento de invadir a Rusia y el zar Alejandro I entr? como vencedor en Par?s. Concert? con el primer ministro austriaco Metternich la Santa Alianza que se propuso reprimir en Europa el liberalismo y los movimientos nacionales.
Al morir (o, seg?n otras versiones, ocultarse en un monasterio) Alejandro I, su hermano menor Nicol?s se vio enfrentado a los oficiales que durante las campa?as europeas hab?an descubierto la democracia representativa y la monarqu?a constitucional. La rebeli?n de los decembristas, llamada as? porque estall? en diciembre de 1825, fue ahogada en sangre pero result? la base de lo que culminar?a en octubre de 1917.
La perfecci?n mozartiana
A los 24 a?os Pushkin ya era el poeta m?s famoso en su patria. Absorbi? la tradici?n cl?sica y neocl?sica, mediante el franc?s se adue?? de la literatura rom?ntica europea, super? a todos sus primeros modelos ?como los casi olvidados poetas franceses Andr? Ch?nier y Evariste Parnu? y casi adolescente comprob? su maestr?a en poemas l?ricos o narrativos, como Rusl?n y Ludmila, e incluso blasfemos como La gavriliada, que le costaron el destierro, primero a Besarabia y luego a Crimea. Descubri? otro mundo y ley? por vez primera el Don Juan de Lord Byron, que iba a ser el punto de partida de Yevgueni Oni?guin, su obra maestra en verso.
Con una facilidad, una destreza y una infalible perfecci?n formal s?lo comparables a las de Mozart, escribi? El prisionero del C?ucaso, La fuente de Bajquisaray y Los gitanos. Transferido a la hacienda familiar de Mijaillovskoye, produjo la tragedia shakespereana en verso blanco Boris Godunov. Volvi? a la rima en Los gitanos. Para Pushkin, lo afirma en un epigrama, la rima es hija de Apolo y la ninfa Eco y fue adoptada por Mnemosine, diosa de la memoria.
Hab?a sido miembro de las sociedades Arzam?s y La L?mpara Verde en que se reunieron los que deseaban modernizar a Rusia mediante la democracia y la liberaci?n de los siervos. Muchos de ellos participaron en el alzamiento de los decembristas. En los papeles de los sublevados figuraban versos de Pushkin.
Nicol?s I lo mand? llamar y le pregunt?: "De haber estado en San Petersburgo ?hubieras sido uno de los rebeldes?" La respuesta fue: "Sin falta, su alteza. Todos mis amigos estaban en la conjura". El zar juzg? que se hallaba ante el hombre m?s inteligente de Rusia y le dijo que ya no iban a pelearse: en adelante ?l ser?a su censor.
En realidad, Nicol?s I confi? la censura a su servicio secreto. Al ser privado de su leg?timo derecho a ganarse la vida con su trabajo, Pushkin tuvo que depender de la corte. Adorado por el p?blico, fue v?ctima de buena parte de la comunidad intelectual: le reprochaba sus poemas de elogio al zarismo como Poltava y la justificaci?n de las represiones contra los polacos.
Otra propiedad familiar, Boldino, le sirvi? de refugio para escribir las Peque?as tragedias, entre ellas Mozart y Salieri, y los Cuentos de Belkin, en que figuran "El duelo", "La nevasca", "El constructor de ata?des" y "Las noches de Egipto". Una vez m?s Pushkin deja atr?s a sus modelos: las Dramatic Scenes de Barry Cornwall (Bryan Procter), ahora desconocido autor ingl?s que se propuso escribir un teatro minimalista donde la acci?n dram?tica queda reducida a lo esencial; y los Tales of my Landlord de sir Walter Scott. La prosa de Pushkin es tan perfecta como su poes?a y parece tan intemporal como la de Jane Austen.
Ya casado con Natalia Goncharova, termin? tras ocho a?os de trabajo Oni?guin, novela en verso, poema narrativo que funda la gran tradici?n novel?stica rusa y al mismo tiempo es la cumbre de su poes?a nacional. Para escribirla invent? la llamada "estrofa oneguiniana", un soneto que mezcla la forma it?lica con la inglesa: tres cuartetas que terminan en un pareado. Como en Lope de Vega o en Dar?o, para Pushkin la rima no es un obst?culo sino un medio natural, una forma de hablar con la que todo puede decirse.
Un viaje a los Urales y sus trabajos como historiador de la corte le dieron material para dos admirables novelas cortas: La hija del capit?n y El bandido Dubrobski. Su trabajo culmin? con tres obras maestras: el relato La dama de espadas, el byliny o cuento popular El zar Salt?n y el poema narrativo El caballero de bronce. El hombre com?n se ve aplastado por los desastres una inundaci?n de San Petersburgo bajo el r?o Neva y por el poder absoluto que representa la estatua de Pedro el Grande, de Falconet, a quien Voltaire y Diderot recomendaron con Catalina la Grande.
Otra leyenda folcl?rica, El cuento del gallo de oro, que Ana Ajm?tova identific? como una versi?n de "La leyenda del astr?logo ?rabe" de Washington Irving, permite una lectura en clave de su doble conflicto con el zar la censura y la persecuci?n de Natalia y bien puede haber sido una de las causas que precipitaron el desenlace mortal.
No es posible pensar en lo que hubiera hecho Pushkin de haber alcanzado los ochenta a?os de Goethe. Su obra inconmensurable, escrita en las condiciones m?s adversas del mundo, basta para darle una dimensi?n universal. Termina el siglo veinte. Pushkin sigue viviendo para siempre.

Una peque?a tragedia
Pero la mejor manera de honrarlo es dejar hablar a Pushkin, cuando menos a trav?s de una de sus Peque?as tragedias,Mozart y Salieri. Gracias a Amadeus, la obra de teatro de Peter Shaffer y la pel?cula de Milos Forman, se consagr? la hip?tesis de que Mozart fue envenenado por Antonio Salieri (1750-1825).
Se trata de una gran injusticia. Salieri fue un buen m?sico y el maestro de Beethoven, Schubert y Liszt. Pushkin dice haber le?do en un peri?dico vien?s la confesi?n p?stuma del maestro italiano. En uno de los cuadernos de conversaciones de Beethoven figura tambi?n esta versi?n. Pero lo que Salieri dijo a su disc?pulo Ignaz Moscheles en el asilo de pobres donde muri? fue: "Puedo jurarle como hombre de honor que no es verdad esa conseja absurda. Dicen que envenen? a Mozart. Pero no es cierto. S?lo es maledicencia, pura maledicencia. D?gale al mundo, querido Moscheles, que en su lecho de muerte, se lo confes? Salieri".
Hoy sabemos que Wolfgang Amadeus Mozart muri? de sus viejas enfermedades y del tratamiento brutal impuesto por los m?dicos. Charles Johnson, uno de sus grandes traductores, supone que Pushkin, al escribir la obra, pensaba en s? mismo: la cr?tica que le hace Salieri a Mozart es la misma que enderezaban contra Pushkin sus contempor?neos. Y esta pieza teatral es su respuesta.
La versi?n que presentamos no puede compararse a las Oeuvres coordinadas por Efim Etkind, pero al menos es fruto de una colaboraci?n que ha durado quince a?os. A partir de una traducci?n literal de O. F., se intent? conseguir un verso espa?ol que fuera al menos un eco lejano y aproximado del verso blanco de Pushkin en ruso. No se trata de una par?frasis sino de un texto fiel. La ?nica traici?n, a la que oblig? su puesta en escena, fue a?adir los dos versos finales que no figuran en el original pero resumen el sentido de la obra entera:
Mozart y Salieri

Escena I

Una habitaci?n

Salieri: Dicen que no hay justicia en esta tierra.
Tampoco habr? en el cielo. Para m?,
esto es m?s claro que la simple escala.
He llegado a este mundo amando el arte.
En la infancia brotaban de mis ojos
l?grimas si escuchaba los acordes
del ?rgano en la iglesia centenaria.
Muy pronto abandon? las distracciones
y rechac? cuanto no fuera m?sica
para entregarme todo a los sonidos.
Hall? muy arduos los primeros pasos,
fatigoso el camino, y sin embargo
pude vencer zozobras, contratiempos.
Bas? el arte sublime en el oficio.
Me hice artesano. Di docilidad
y obediencia veloz a cada dedo.
Perfecta afinaci?n cobr? mi o?do.
Asesin? a la m?sica y despu?s
me puse a disecarla como a un muerto.
Y cuando me adue?? al fin de la t?cnica
ya pude fantasear, libre y seguro.
Me ocult? a componer. No ambicionaba
la fama cruel ni recompensa alguna.
A menudo, en mi celda silenciosa,
sin comer ni dormir, compuse, ebrio
de inspiraci?n y goce, para luego
quemar mis notas y serenamente
ver convertirse en humo las ideas
y los sonidos que de m? brotaron.
Y esto no es nada: cuando Gluck, el grande,
nos revel? de golpe sus secretos
?fascinantes, profundos, misteriosos?,
manso y humilde renegu? de todo
lo aprendido y amado: aquella m?sica
que antes supuse la verdad divina.
Segu? a Gluck sin descanso, ciegamente,
como ni?o extraviado al que se?alan
el ?nico camino. Tesonero,
me esforc? hasta lograr lo ambicionado
en el arte sublime. En ese instante
la fama me sonri?, mis armon?as
encontraron esp?ritus afines.
Goc? feliz el fruto de mi esfuerzo.
Mi gloria fue producto del trabajo.
No conoc? jam?s celos ni envidia.
Me alegr? ver triunfar a mis amigos,
hermanos en el arte m?s hermoso.
No me dol? siquiera cuando, excelso,
Piccini cautiv? con sus acordes
a los salvajes b?rbaros franceses.
Y vibr? al escuchar por vez primera
de Ifigenia la m?sica trist?sima.
Nadie podr? llamarme bajo o ruin.
Nadie osar?a decir: "Pobre Salieri,
es un vil envidioso despreciable,
una v?bora abyecta, pisoteada
que en bestial impotencia muerde el polvo".
Y sin embargo debo confesar
que a partir de hoy envidio. Me desgarra
el tormento rabioso de la envidia.
Pido al cielo justicia. No hay derecho:
el don sublime, la sagrada llama
no son premio del rezo, la fatiga,
los sacrificios, el trabajo duro.
No es justo, no lo es, que el don, la llama
iluminen radiantes la cabeza
de un loco, un libertino... ?Mozart, Mozart?
(Entra Mozart.)
Mozart: Qu? l?stima. Intentaba sorprenderte
con otra de mis bromas.
Salieri: Hace mucho
que llegaste a mi cuarto?
Mozart: No, Salieri:
acabo de llegar. Quer?a mostrarte
una cosita, pero en el camino
o? tocar en la taberna s?rdida
a un violinista ciego. Interpretaba
Voi che sapete. T? no te imaginas
qu? gracia me caus? escuchar mi obra.
No resist?: te traje al violinista.
Pase usted, amigo. T?quenos ahora
algo de Mozart como sabe hacerlo.
(Entra el violinista ciego y toca un aria de Don Giovanni.)
Salieri: No le encuentro la gracia francamente.
Mozart: Salieri, es imposible no re?rse.
Salieri: Jam?s me r?o cuando el pintorzuelo
de brocha gorda imita la divina
Madona rafaelista, o un poetastro
parodia al Dante... L?rguese usted, anciano.
Mozart: Espere, a?n no se vaya. Le dar?
para unas copas. Beba a mi salud.
(Sale el violinista ciego.)
Mozart: Salieri, est?s de malas hoy en d?a.
Mejor te digo adi?s. Vuelvo ma?ana.
Salieri: ?Qu? me trajiste?
Mozart: Una bagatela.
Anoche no dorm?. Se me ocurrieron
unas cuantas ideas y hace rato
las anot?. Se me antoj? mostr?rtelas
para que opines; aunque en modo alguno
quiero ser un estorbo.
Salieri: Mozart, Mozart,
siempre eres bienvenido. Toca, escucho.
Mozart: Yo, por ejemplo: un hombre enamorado,
enamorado quiz? no, tan s?lo
feliz con una ni?a y un amigo
?t?, por ejemplo? cuando de repente
todo se altera, surgen las tinieblas
y la visi?n macabra. Escucha, escucha.
(Mozart se sienta al piano y toca.)
Salieri: Es un prodigio. ?C?mo t?, insensato,
pudiste entrar en la taberna inmunda
en donde toca un pobre diablo? Ay, Mozart,
no eres digno de Mozart.
Mozart: Di ?te gusta?
Salieri: Cu?nta profundidad y qu? elegancia
y audacia y armon?a. Eres un dios
y no lo sabes, Mozart. Pero, en cambio,
yo s? que eres un dios.
Mozart: Es muy probable,
No lo podr?a jurar porque tengo hambre.
Extra?a cosa ser un dios hambriento.
Salieri: Entonces, Mozart, d?jame invitarte
a que cenemos en "El Le?n Dorado".
Mozart: Me parece muy bien. Voy a avisarle
a mi mujer que cenar? contigo.
(Sale Mozart.)
Salieri: No puedo resistir a mi destino.
Fui el elegido para detenerlo.
Si no lo hago, perderemos todos
los sacerdotes del excelso arte,
no s?lo yo con mi peque?a fama.
De nada servir? que Mozart viva
y ascienda cada vez cumbres m?s altas.
No debe todo depender de Mozart.
En cuanto Mozart deje este planeta
la m?sica sin ?l se vendr? abajo.
El genio no se compra ni se hereda.
?l es un ?ngel. Trajo sus canciones
y despert? en nosotros los terrestres
ansias inalcanzables. Es preciso
enviarlo de regreso a las alturas.
Aqu? tengo el veneno. Don postrero
de mi amada Isidora. Cu?ntos a?os
lo he tenido conmigo. Cu?ntas veces
he sofocado mi deseo de emplearlo
con los canallas que mi pobre vida
transformaron en llaga sin cauterio.
Hondamente me hieren las ofensas.
No soy ning?n cobarde, y de la vida
muy poco espero ya. Cuando las ansias
de morirme sent?, me dije siempre:
"?Matarme? ?Para qu?? Tal vez ma?ana
me dar? la existencia una alegr?a
o una noche inspirada y deleitosa.
Tal vez surja otro Haydn y disfrute
de su perfecta m?sica. O acaso
ofensas me caer?n aun m?s hirientes,
si lo quiere el destino que es cruel siempre.
Entonces s? me servir? el veneno".
Mi intuici?n sali? cierta: ya he encontrado
al enemigo. Y ya un Haydn nuevo
llen? mi alma de supremos goces.
Veneno, don de amor, lleg? la hora:
voy a echarte en la copa del amigo.

Tel?n


Escena II
(La taberna. Un gabinete reservado. Un piano. Mozart y
Salieri se hallan a la mesa.)
Salieri: Mozart, te veo muy triste. ?Qu? te pasa?
Mozart: No te preocupes, no me pasa nada.
Salieri: S?, me parece que algo te atormenta.
La comida y el vino fueron buenos
y est?s hura?o y triste.
Mozart: Bien, de acuerdo:
estoy muy preocupado por mi R?quiem.
Salieri: ?Trabajas en un R?quiem? ?Desde cu?ndo?
Mozart: Ya llevo tres semanas. Es un caso
extra?o. ?Te he contado?
Salieri: No me has dicho.
Mozart: Tendr?s que o?rme: har? unos veinte d?as
regres? tarde a casa. Mi mujer
me inform? que hab?a ido de visita
un ser todo enlutado. No dorm?
pensando en qui?n ser?a y qu? buscaba.
Aquel hombre insisti? sin encontrarme
una vez y otra vez. Pero una tarde,
cuando jugaba con mi hijo, el hombre
lleg? a mi casa y pude recibirlo.
Vest?a completo luto. Salud?
cort?smente. Afirm? que pagar?a
por un r?quiem. Cuando hubo hecho su encargo,
se fue tan misterioso como vino.
Jam?s ha vuelto a verme el enlutado.
Empec? de inmediato a hacer la m?sica.
Te dir? que me siento satisfecho:
no quiero separarme de mi R?quiem.
A?n no te he dicho todo: yo... yo... yo...
Salieri: Dilo ya de una vez.
Mozart: El enlutado,
el enlutado me persigue siempre.
De d?a y de noche como sombra sigue
todos mis pasos. Aun en este instante
siento que est? invisible entre nosotros.
Salieri: Mozart, qu? tonter?a. Por favor,
no tengas miedo. Deja de pensar
en cosas tristes. ?Sabes? Beaumarchais
sol?a decirme: "F?jate, Salieri,
para ahuyentar los negros pensamientos
lo mejor es el vino o la lectura
de mi genial comedia sobre F?garo".
Mozart: S?, fue tu gran amigo. Para ?l
escribiste Tarara que me encanta.
Tiene un pasaje fascinante. Adoro
cantarlo siempre cuando estoy alegre.
Esc?chame, Salieri: ?ser? cierto
que Beaumarchais envenen? a un amigo,
a no s? qui?n en no s? d?nde... Dicen.
Salieri: No, Mozart, es mentira. Para ello
seriedad y coraje le faltaban.
Mozart: Beaumarchais fue genial. T? y yo lo somos.
Crimen y genio son incompatibles.
(Salieri echa el veneno en la copa.)
Salieri: Si as? lo crees, bebe de esta copa.
Mozart: Brindo por tu salud, por la amistad
de Mozart y Salieri, grandes m?sicos.
(Mozart bebe.)
Salieri: Espera que yo tome de la m?a.
Mozart: No quiero beber m?s. Voy a tocarte
algo de lo que llevo de mi R?quiem.
(Mozart se sienta al piano y toca.)
Mozart: Salieri ?est?s llorando? ?Por qu?? Dime.
Salieri: Nunca antes he llorado en esta forma
l?grimas a la vez dulces y amargas
como el cansancio de un deber cumplido.
Me parece que un arma bienhechora
un miembro enfermo me amputase.
Oh Mozart, no hagas caso: contin?a.
Y que mi alma se anegue con tu m?sica.
Mozart: Ah, si todos sintieran como t?
el arte de la m?sica... Imposible:
el mundo acabar?a. Nadie ya
se ocupar?a de asuntos terrenales.
La m?sica iba a ser centro de todo.
Somos pocos los grandes elegidos;
no abundamos los sumos sacerdotes
de la belleza. Impr?cticos, dejamos
el lucro para otros. ?No lo crees?...
Salieri, no estoy bien. Algo me pasa.
Me marcho a descansar. Adi?s, amigo.
(Sale Mozart.)
Salieri: Mozart, adi?s. Ser? tu sue?o eterno.
Pero ?es verdad lo que dijiste? ?Son
incompatibles genio y crimen? No:
?Y Miguel ?ngel?... ?O ser? invenci?n
o enga?o torpe del infame vulgo?
Acaso no mat? nunca en su vida
el constructor del Vaticano. Y yo
no soy un genio como ?l y Mozart.
No pasar? a la historia por mi m?sica
sino por ser el que ha matado a Mozart.

Tel?n -

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Publicado por ChemaRubioV @ 13:26  | ENSAYO
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