Jueves, 21 de febrero de 2008

El destino. ¿Cuándo -me pregunto ahora-, llegó la poesía a mi vida?

   Yo vivía “en la ciudad de los lagartos venenosos”, como gusta de llamar a mi ciudad, Concepción del Nuevo Extremo, el poeta Gonzalo Rojas. Algo extremo debe haber venido sucediendo allí desde hace mucho tiempo, para que el poeta  de “La miseria del Hombre”, se refiera de ese modo a una ciudad en la que no hay lagartos. Veneno si, ríos de veneno, lagos de veneno, océanos de veneno. Colibríes también, los colibríes liban en mi ciudad el dulce veneno y luego mueren bajo las buganvillas. Un colibrí muerto bajo las buganvillas se parece, eso sí, a un lagarto venenoso. Todo el mundo sabe que el color verde es venenoso. No digo más.

     Yo vivía en una casa de ladrillos rojos, en  lo alto de una pequeña colina rodeada de árboles. En ese lugar pasé toda mi infancia y adolescencia, por las noches contemplaba a lo lejos  la luces de la ciudad que se extendían por el valle. Mi ciudad, la ciudad de la que hablo, se levanta en la zona mas austral del mundo, en el corazón de la araucanía, en el extremo de la Tierra. Los inviernos allí son largos y fríos por eso que no hay lagartos. Llueve, y cuando deja de llover vuelve a llover eternamente. Una noche yo vi desde mi casa un verso de Saint John Perse: “Perdiéndose en los ángulos de las terrazas una reyerta de relámpagos” Lo que se ve, se ve aunque uno sea ciego. Los relámpagos, el instante de la iluminación, lo que hace levantar la vista al cielo. Luego la contemplación de las estrellas fue para mí el más alto amor, nada me conmovía tanto, nada tampoco me desplazaba fuera de mí como habitar cada noche el  misterioso  inalcanzable de la Cruz del Sur. Una debería de creer que fue entonces cuando cambié de casa, pero una sabe que la otra casa, la de huéspedes que es la de la poesía, no es casa para estar, sino casa para ser, y yo no era lagarto venenoso sino colibrí en las buganvillas.

      Así comienzan a ocurrir las cosas, las que ocurren y las que nunca suceden pero que una vive tal como si hubieran sucedido. Luego ocurrió el suceso del violín de mi madre, que era como un enorme colibrí de madera. Los sábados de otoño, al atardecer, pasaban  los evangelistas con sus acordeones, y algo sobrenatural sucedía súbitamente en mi mundo: mientras el predicador hablaba al vacío con su altavoz de latón en la mano, se abría en el cielo gris una grieta y del lejano azul brotaba la geometría del Arco iris. Algún día alguien habrá que poner nombre a esas cosas. Acaso la palabra inocencia y la palabra humildad estén a gusto a su lado. Tal vez esa gente que aún hoy recorre las calles y los caminos mojados de los que no tienen patria en este mundo, los que le cantan a un dios que nunca han visto y predican en cada esquina de la pobreza la redención de su derecho a no tener hambre, absortos en su  mínima iluminación despreciada por los grandes reflectores del saber, tampoco se sientan a disgusto sentados a la mesa de la poesía.

      La poesía, la poesía vivía para mí en los suburbios, en las zonas de peligro de mi realidad, te nombraré pobreza, te nombraré casa de madera, humo de carbón,  pan sin nada. Yo ya no vivía en una  casa sobre la colina, sino en una casa sobre las nubes. Interpreto la cábala de mis días, oigo el bullicio de los mercados, veo el color de las frutas, toco la papaya amarilla y el durazno fragante. Ahora el agua hervida sabe a llantén y a boldo, a cedrón y bailahuén, saben a agüita de luna los días en que una niña comienza a ser mujer.

   He contemplado mi vida contemplando la vida de otros, lo ajeno empezó a conmoverme como única realidad de lo propio. Entonces yo todavía no suponía que era la poesía el hilo que me vinculaba con la apariencia de lo distante. La vida otra, no la otra vida, la vida vida, la que anda por la calle pareciéndose a nosotros, en su humildad y grandeza, en la precariedad y en el gozo.

  Yo no podría decir con Rimbaud: “Una noche senté a la Belleza en mis rodillas.- Y la encontré amarga.- Y la injurié”. No, yo levante una noche los ojos hacia las estrellas, y las encontré hermosas, y las alabé. Ahora la belleza está sentada sobre mis rodillas en los libros que leo, en las calles de tinta que atraviesan la patria de papel de Jean Nicolas Arthur el vidente. Los libros en que una vida que no es mi vida enaltece la probabilidad de bien de mi persona: el arte como salvación, la poesía como indulto ante la intemperie.

       Pasé una temporada en el infierno. Rimbaud  fue el primer poeta que leí, el primero que conocí, a pesar de que el inmenso bosque de Neruda echaba hasta en el aire sus raíces. Pero el poeta maldito llegó antes a mi adolescencia, entró sin llamar, obligatorio, persuasivo, seductor en la voz del profesor en las aulas del Liceo Francés. No diré una palabra más sobre ese hermoso canalla que me cambió con vehemencia la vida. “El dice: No amo a las mujeres. Hay que reinventar el amor, ya se sabe”. Yo no lo sabía, así que demasiada suerte la promiscuidad! Tras él llegó el elegante Perse, Alexis St. Léger Léger:  Saint John Perse, la celebración del mar, la inteligencia de los vientos y los pájaros, el mundo como texto de una patria universal, el vaticinio, la definitiva hasta hoy mano del poeta.


Para leer más ver su página web: 
www.alexandradominguez.com


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Publicado por ChemaRubioV @ 18:16  | POESIA
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