Jueves, 24 de abril de 2008

Amado del Pino • Orihuela


Ha transcurrido más de un mes desde que supe que escribiría sobre las tres jornadas más agotadores de mis últimos años. Coincide también con uno de los fines de semana más hermosos de esta década. Ahora, de una vieja mochila —regalo amistoso que en la caminata dijo “basta” tras varios años de trajín y batuqueo— saco las informaciones, las pegatinas, los mapas que me recuerdan el evento. Uno de los plegables advierte que La Senda del Poeta se viene realizando desde 1998 y que siempre se lleva a cabo en el último fin de semana de marzo para recordar la muerte de Miguel Hernández, en la cárcel de Alicante, aquel triste 28 de marzo de 1942.

 

Los papeles que invaden mi improvisada mesa de trabajo insisten en las vías para inscribirse en el recorrido, en la cantidad de kilómetros de cada etapa y hasta en las formas en que uno debe abrigarse o las medidas a tomar para que no ocurran accidentes. Queda claro que se comienza en Orihuela porque en este pueblo hermoso y legendario nació, el 30 de octubre de 1910, el gran artista que nos junta y se termina en el cementerio de Alicante porque allí está su tumba. Entre un punto y otro, pequeños pueblos o nítidos descampados que tuvieron que ver con las andanzas, los sueños, la vida familiar de Miguel.

Lo de la caminata literal ya está bastante claro. Anduve —luchando por no ser de los últimos— al lado de cientos de jóvenes, aprendí lo que es dormir en saco (práctica bastante cómoda cuando logras superar la torpeza inicial). Llegué muy cansado a Crevillente —poco antes de la mitad de la ruta— pero ahí me reconforto, me animo, empiezo a escribir en plural. Lo que para la mayoría fue un lugar más de los muchos en que nos ofrecen bocatas, agua, poemas y canciones, para mí fue el reencuentro con Tania. Ella llegó fresca a la marcha y me pudo asistir en la agotadora jornada que terminó en Elche. Queda como una de esas bromas que adornan la convivencia la siguiente anécdota: Elche ha crecido mucho. Ya tiene más de ciudad que del pueblote que conociera Hernández. Las preciosas palmeras levantinas adornan unas calles largas que después de 28 kilómetros me parecen infinitas. Mi mujer me pide que me haga una foto y, ni por el cansancio, el sudor, los pies que gritan exceso de libras para tanto andar, impiden que sonría, con esa cara de cumpleaños que suelo poner ante el lente.

 

II

Ahora doy marcha atrás, es la hora de recomenzar los pasos, iniciar la segunda caminata. Sí, porque cuando el esbelto palo que nos dieron para no resbalar yacía en una pared de este piso murciano, siguieron las lecturas, las búsquedas, los intercambios. A cada rato, la consulta libresca es apoyada por la visión directa de los sitios evocados.

Todavía oscuro salí de Murcia la mañana del 23 de marzo. Camino al tren de cercanías, recuerdo que estas calles también fueron importantes para el poeta. Miguel le escribió dos poemas a la florida ciudad que el Segura atraviesa. Aquí se publicó Perito en lunas, su primer libro de versos. Miguel viene a la cercana Murcia en julio de 1932 acompañado de Ramón Sijé, con quien tanto quiso y a quien tanto debía. Poco antes la recién nacida Editorial Sudeste había publicado Tiempo cenital, del cartagenero Antonio Oliver Belmás. Sudeste nacía al amparo del sólido diario La Verdad. Es en sus páginas que aparece la crónica de aquella visita: “El otro día estuvo en nuestra redacción el poeta oriolano Miguel Hernández. Es muy joven, los años de su niñez los pasó cuidando cabras; hace muy bellos versos y quiere ser marino para ‘cantar al mar’. Le acompañó en su silencio de breñal el culto escritor Ramón Sijé, también oriolano y joven, que nos contó la vida interesante del poeta y nos dio un recital de sus versos”[1].

Los biógrafos y especialistas han llamado la atención sobre ese silencio de Miguel. Unos lo achacan a la timidez, otros a una estrategia. Lo que queda claro es que los dos amigos salieron de Orihuela dispuestos a que se publicaran los versos y lo lograron. Cuando ya el poemario se encontraba en proceso de edición —en enero de 1933—, Miguel conoce a García Lorca en casa de Raimundo de los Reyes, editor del libro y un hombre que hizo mucho por la vida cultural del Levante. Ese encuentro está lleno de teatralidad y tuvo gran importancia para Hernández. Esta vez no fue tímido y dijo versos, proclamó exaltado sus propios valores y se abrazó con el gran poeta que tanto admiraba. Después se escribieron. Federico llamó a Miguel a que tuviera paciencia; le recordó que las cosas en la poesía van despacio. En los tiempos de Madrid se dice que Lorca fue, por momentos, retraído y distante con Miguel. No estoy dispuesto a juzgar con mucha fiereza la actitud del andaluz y no solo porque me sepa de memoria Bodas de sangre. Habría que ver qué hace cualquiera de los escritores consagrados de ahora si un muchacho de un pueblo lejano —o de un país periférico— le escribe pidiéndole ayudas y certezas.

 

Ya en el tren, amanece. La luz me pone delante una montaña. “¡Qué penas tan ilustres son las penas/ que se padecen en la serranía/ que luminosas penas en la fría/ culminación de piedra, y qué serenas”[2].

  A pesar de que me viene a los labios la cita hernandiana, no me embarga la pena, aunque sí cierta inquietud, que enseguida se disipa. Mis anfitriones de la Fundación Miguel Hernández —conscientes de que padezco falta de orientación— me esperan junto al tren, siempre que vengo solo a Orihuela. Esta vez es Margarita, mi dulce guía hasta el colegio que lleva el nombre del homenajeado. Las voces ascienden, el patio central de la escuela se llena. Hay colas para recibir la documentación, los tickets de la comida y el palo, callao o asidero que nos servirá en los largos kilómetros que nos esperan. Por los altavoces canta mi adorado Serrat. Me prometo buscar en algunos de los humildes puntos de venta de discos negros de la tan habanera calle Infanta un ejemplar de aquellos LP en que tantos cubanos aprendimos a querer a Miguel. Hay discursos breves y que se escuchan a medias. La prensa local hace entrevistas. Descubro a Chema Rubio, un poeta de Segovia que ha estado en todas las anteriores ediciones de la caminata. Partimos.

Recorriendo Orihuela converso con Pablo, todo entusiasmo y energía. Me confirma que ya no existe la Tahona (o panadería) de los Fenoll que Miguel y los suyos convirtieron en taller literario, lugar de fiestas y semillero de pasiones. Entre un mar de rostros adolescentes salimos al campo. Cerca, la ladera de la montaña por donde Miguel anduvo con el rebaño (“En cuclillas ordeño/ una cabrita y un sueño”. OC., p.118). Pablo no tiene tipo de haber extraído la leche de las entrañas de un animal, pero es un oriolano de larga tradición y —como Hernández y tal vez con más suerte— ha practicado el fútbol. Comentamos que el poeta alineó en su equipo de La Repartidora y aunque recibía bromas por su lentitud, se destacó por su fortaleza y dominio del balón. No escapamos de comentar sobre la Liga Española, este año en una de sus ediciones más reñidas. Me entero de que el Orihuela juega en Segunda B. Nos citamos para algún partido cuando paramos en Redován y me alegra de que los zapatos no me molesten. La única dificultad hasta ahora es que ando con dos de los largos bastones, para que Tania no se pierda el suyo. Tropiezo, se me caen, me enredo un poco, pero sin que escapen de mis labios los goles o los versos.

Semanas después del recorrido —y en una mañana lluviosa a más no poder—, visitamos en Málaga el Centro Cultural de la Generación del 27. No sé si porque acaban de regresar entusiasmados de la Feria del Libro de La Habana o por premiar nuestro desafío al aguacero, pero Neira —el director— nos regaló la colección completa de El Maquinista de la Generación. En el número 5/6, diciembre 2002, de la formidable revista, encuentro un trabajo de Eutimio Martín titulado “Miguel Hernández. El mito de la pobreza familiar”. Aunque yo no le daría tanta importancia a estas alturas a comprobar cuán pobre fue Miguel (entre otras cosas porque, cabrero simple o hijo del dueño de las cabras, no es mentira que fue más humilde y menos letrado que la inmensa mayoría de sus compañeros de generación), agradezco a Martín la precisión y abundancia de datos en cuanto a los orígenes familiares del artista que nos ha traído hasta aquí. Precisa Eutimio: “Miguel Hernández Sánchez, el padre del poeta (Miguel Hernández Gilabert), nació en el pueblo de Redován, a cinco kilómetros escasos de Orihuela, el 24 de octubre de 1878. Era hijo de Vicente Hernández Escudero, jornalero y nieto de Francisco Hernández Vilella, labrador”. (p. 55)

Ahora me fijo en el plegable y confirmo que los caminantes, cuando hicimos el alto en Redován, habíamos dejado atrás los primeros 10 kilómetros (y no los cinco que señala Martín). Puede ser que los nuevos caminos, la construcción de la carretera y otros efectos de la gran transformación que ha vivido España en estas décadas hayan aumentado la distancia. Eso importa poco cuando ya caminamos hacia Callosa de Segura. El paisaje sigue regalándonos montañas y el panorama de la huerta alicantina, ahora menos sembrada y matizada por construcciones elegantes. Queda alguna vieja casa de otros tiempos, pero son pocas. Habría que pensar en proteger algunas como resguardo de la memoria.

En Callosa merendamos y reímos en una plaza amplia. Me percato de que en realidad somos muchos y que mis canas son de las pocas. Hay gente que ha venido de Madrid y de otras ciudades. Chema me saluda de lejos, con la serenidad de los veteranos. Mayté, María y otras muchachas de la Fundación comentan que caminar sobre el asfalto hace más dura la marcha. Todavía no lo sabemos bien. En todo caso es preferible a la lluvia y al fango de otras ediciones. El audio no es bueno, pero los cantantes y recitadores se aprecian vigorosos y sinceros.

A lo largo del camino volveré a pensar que serían preferibles menos poemas mal dichos; escoger en cada escuela aquellos alumnos que se han leído más de una vez al poeta, para que estos jóvenes que se abrazan a mi lado, tengan un recuerdo nítido y no brumoso de la obra de Miguel. Cuando el sol está en lo alto, vamos llegando a Cox, tan importante para Hernández, su amor a Josefina, la precaria construcción de una familia, el nacimiento y muerte de su primer hijo, los desvelos por proteger al segundo. Recuerdo que aquí culminó —el 26 de noviembre de 1937— su obra teatral Pastor de la muerte, esa en la que rinde homenaje a nuestro Pablo de la Torriente Brau llamando a un personaje crucial El Cubano. Por esa fecha Miguel acababa de regresar de la Unión Soviética en el que fue su único viaje al extranjero. Sobre mi mesa está una revista, El Eco Hernandiano, en la que Aitor L. Larrabide —especialista en Miguel y anfitrión básico de nuestra investigación— cuenta en detalles sobre la visita de Miguel al festival de teatro y el frío moscovitas. Puesto a escoger —y para no perder el ritmo— prefiero citar una evocación de Josefina Manresa, que tiene a Cox como marco. A la generosidad de Aitor debo también que este tomo esté entre mis papeles. “Ahora lo veo venir de la guerra, de paso. Iba con otros compañeros que se quedaron en el ayuntamiento de Cox esperándolo. Aquí éramos novios todavía; llevaba un dedo de pelo en la cara, que me sorprendió que fuera rojizo. En otro viaje me contaba que había visto desenterrar a Pablo de la Torriente días después de haber sido enterrado, y en esos días bajo tierra le había crecido el pelo de la cara”[3].

Josefina no es exacta y todo parece indicar que la impresión de Hernández viene de cuando encontraron a Pablo entre la nieve, efectivamente varios días después de haber caído en combate. Lo que más me impresiona es que el cubano figurara entre los recuerdos preferidos del poeta y que esa imagen perdurara en su amada hasta tantos años después. Juntos siguen Josefina y Miguel en la obra escultórica que le han levantado aquí en Cox. Ya sintiéndome “el kilometraje”, pero animado por el ambiente de sana travesía, le comento a Juan José Sánchez —director de la Fundación— que me agrada el busto y aplaudo sobre todo que no sea demasiado grande ni expresivo. El Realismo Socialista que, por cierto, empañó un tanto una zona de la dramaturgia hernandiana, hubiese puesto ahí una pareja gigantesca y como de otro mundo. En Cox nos despiden uno junto al otro, sin mucha belleza, pero con sobriedad y algo de ese recogimiento que viene del amar y sufrir juntos.

Llegamos de noche a Albatera. Hay inquietud, los pies duelen y no está claro si el piso de la Casa de la Cultura donde dormiremos alcanzará para todas las espaldas. Al final sabemos que sí, que cuando se apagan las luces todo son camas. En un hermoso anfiteatro una declamadora hace un alarde de pasión y memoria diciendo buena parte de los mejores poemas y otros textos de Miguel. Lamento no haber apuntado su nombre y aún más que sobreactúe tanto alguien con tan buena fe y con posibilidades histriónicas. Pero no es hora de hacer crítica teatral, sino de sentarse en el suelo, sentirse más cerca de los compañeros de camino y disfrutar de la fronda que nos rodea.

Después de una comida que devoramos con la furia de los peregrinos, me voy con Chema a un bar cercano. Cuando brindo con mi copa de refresco me percato de que la boca me arde. Claro, la sopa estaba caliente y ya se sabe qué fácil se queman los golosos. En medio del pueblo casi desierto, Chema y yo “nos caemos” a versos, impresiones y hasta confesiones. Le cuento que por el Caribe, Segovia es sobre todo el lugar donde está un célebre acueducto; él me narra anécdotas de su viaje a Cuba, me regala la curiosidad por José Hierro, un poeta que adora. Entiendo por qué se siente citado por Francisco Esteve y los otros fundadores y cada año hace un sitio entre su creación y las labores de “pan ganar” para estar en esta caminata.

A la hora de dormir descubro a otro formidable compañero de viaje. Alfredo no solo me enseña a colocar mi redonda humanidad en el saco de dormir, también me consigue, me “resuelve” diríamos en mi tierra, una esterita para no jugar al suelo pela’o.

Al saludarnos en el desayuno ya muchos parecemos viejos conocidos. Por delante, la etapa más larga. Voy ansioso, no quiero que la serpiente de caminantes se entretenga o demore. Ya conté que el amor me espera en Crevillente. Busco en la memoria algunos versos dignos de mi ansiedad. Repaso una cuarteta del muy joven Hernández, que titula “Amorosa”: “¡Ama linda muchacha! Bajo tu reja/ florecida, te aguarda con hondo afán/ el chambergo tirado sobre la caja/ y una hoguera en el pecho gentil galán”. (OC, p.172.)

Con todo, el avance del cansancio y las ganas de entregarle su bastón de caminante, no permiten que le diga los versos a Tania. Es bueno que esté cerca y que me ayude a buscar en la legendaria mochila los comprobantes de que podrá alimentarse durante el viaje. No aparecen, pero no pasaremos hambre ni de pan ni de diálogo. Después de la pausa en Crevillente la tirada sigue siendo larga y casi toda por la carretera que endurece los músculos y hace pensar que no se avanza. Mi recién regresada mujer se adelanta conversando con una colega sevillana y varios encantadores muchachos de la ya casi también nuestra Orihuela. Me voy quedando atrás. Una de las guías —jovencísima y simpática— me regaña en valenciano y sin burla. La tarde amenaza con despedirse y el curtido Chema me acompaña en el vagón de cola. Hablamos de Delibes, de los años de formación, de los hijos y la melancolía.

Ya adelanté al principio de este recorrido el casi desplome en la entrada de Elche. Aquí la Universidad se llama Miguel Hernández y el suelo es ahora más amplio y —como diría mi abuelita Fortuna— más “aparente” (ella lo usaba como sinónimo de óptimo) para descansar. De lejos Alfredo me agradece los kilómetros que dediqué a enseñarle los rudimentos del béisbol. Con unas sandalias —procedentes del simpar Chema— y una crema de una pareja de novios sesentones recién conocidos, acumulo fuerzas para ver el breve espectáculo de aficionados. Es Yerma, vuelvo a pensar en Federico y en Miguel, tan grandes artistas, tan distintos y con pasiones semejantes.

El baño (o ducharse, como dicen aquíGui?o resulta incómodo. Presionado por mi higiénica media naranja y porque supongo que apesto más de lo que recomiendan las laxas normas de los caminantes, me doy un buen lava’o de gato en los espaciosos lavabos de la Universidad.

La mañana siguiente resulta casi mágica. Las ampollas y quejas de la noche anterior se han disipado y, entre fotos y abrazos, emprendemos la recta final. La familia de Mayté, José y otros oriolanos se suman a la curiosidad beisbolera. El paisaje es ahora más dinámico, pisamos más la tierra, nos sentimos, al fin, más campestres. Vuelve Miguel y su evocación juvenil de aquel tiempo bueno “de fiestas y bailes a las llamadas roncas/ de noches serenas y claras de abril”. (“El alma de la huerta”, en OC, p.184.)

Si llegar a Elche fue llorar, ganas de tirarme al suelo con una perreta infantil, Alicante aparece en medio de diálogos, bromas y promesas de amistad retoñada. Alguien tiene que ratificarme que aquel muro es, efectivamente, el del Cementerio donde reposa Miguel. Ahora sé que no podré citar más versos, que esta segunda caminata como aquella está llegando a su final. Cuando Miguel —con tan pocos años como estos muchachos que han caminado hasta la meta— describía el entierro de un niño, la madre se preguntaba: “¿Es posible que en resquicio tan estrecho/ tan estrecho… quepa mi alma?” (OC, p. 177).

Debo confesar que soy muy raro visitante de los camposantos. Es de las pocas cosas en que me diferencio de mi padre, que gustaba de recorrer el majestuoso cementerio habanero en busca de nombres y datos para sus clases de historia. Yo prefiero el olor congelado y las medias sonrisas, medias angustias de las funerarias. Pero ese atardecer del sábado 25 de marzo sí entré al de Alicante, me emocioné con el cantar de Paco Curto y —cansado, sucio pero más bien feliz— contesté al despedirme. Sí, sí, “hasta el año que viene, amigos, colegas de La Senda”.


[1]Citado por José Luis Ferris en Miguel Hernández: Pasiones, cárcel y muerte de un poeta, Temas de Hoy/ Biografías. Madrid, 2002. p.129. 

[2] Miguel Hernández, Obra Completa, tomo I. Edición crítica de Agustín Sánchez Vidal y José Carlos Rovira, con la colaboración de Carmen Alemany. Espasa – Calpe, Madrid, 1992. p.457. Todas las citas de versos corresponden a esta edición. Para no afectar la fluidez de “la caminata”, señalaré, entre paréntesis, OC y el número de la página.

[3]Josefina Manresa: Recuerdos de la viuda de Miguel Hernández (segunda edición corregida y aumentada). Ediciones de la Torre. Madrid, 1981,pp.171-172.


Tags: MIGUEL HERNANDEZ, SENDADEL POETA, AMADO DEL PINO, CUBA, PREMIO, CRONICA

Publicado por ChemaRubioV @ 19:53
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios