Martes, 27 de mayo de 2008

 
Roberto Quesada

"El hombre superior es cortés, pero no rastrero; el hombre vulgar es
rastrero, pero no cortés." —Confucio.

La hora pico que en otras partes se limita más o menos a una hora se
convierte en tres o cuatro en Nueva York, sobre todo por la tarde.

Por la estación Grand Central en el corazón de Manhattan se ve
desfilar ríos de gente, un hormiguero como dice mi amigo Guillermo
Yuscarán.

Y esto se incrementa a medida el combustible sube de precio y el
transporte público es la otra opción que mucha gente que antes no lo
hacía ahora está utilizando para dirigirse a sus trabajos.

De todas maneras manejar en Manhattan no es recomendable, al menos que se tenga chofer o vocación para serlo: las distancias, el
congestionamiento, el tiempo que se pierde si por equis razón ha
habido un accidente o alarma de bomba. Así que por muchas razones el transporte público es más saludable.

Así en ese trajín entré al subterráneo, tal como hace casi todo el
mundo, sin fijarse quién o quiénes van o vienen cerca de uno. En
segundos se anuncia el cierre de la puerta y el tren se apresta a
salir. Tocaron a la ventanilla de vidrio del subterráneo, algo
inusual en Nueva York, y vimos hacia fuera: se trataba de dos mujeres
jóvenes, blancas, rubias, que en el tumulto no pudieron entrar. Una
de ellas, con cara de pocos amigos, dijo: “No olviden que las damas
son primero”. Es increíble pero estalló la risa en el vagón, el
subterráneo arrancó y hubo, entre risas, muchos comentarios: “No en
Nueva York”, “Seguramente son turistas”, “Tengo prisa por llegar a
casa”. Y esto hizo que unos y otros intercambiáramos opiniones sobre
el tema. Alguien comentó que si se dejaba entrar a las damas primero
los hombres terminaríamos llegando a medianoche a tener serios
problemas con las damas de casa.

Parece sencillo pero no es fácil despertar el sentido del humor de
los neoyorquinos en una hora en que reina el cansancio y la
desesperación por volver a casa. Quizá, incluso, parezca humor del
absurdo. Es probable que así sea en cualquier ciudad grande,
superpoblada y moderna. El año pasado en Taipei nos disponíamos a
tomar el tren bala para viajar al interior de Taiwan. Entré mientras
conversaba con unos mexicanos. Nos sentamos buscando la mejor
ubicación que nos permitiera tener ventana para apreciar el país.
Cuando el tren partió una compatriota hondureña nos vio con ojos de
bala y dijo: “Aquí los caballeros brillan por su ausencia”. Hasta
entonces nos percatamos con los mexicanos que quizá por tratarse de
que ella era mujer esperó que le cediésemos el paso para que entrase
primero al tren. Esto no provocó sino sonrisas entre nosotros, cosa
que avivó el odio de la muchacha hacia su contraparte masculina.

Recuerdo todo esto pues pensé que el reclamo lo hacía la compatriota
porque era primera vez que salía al exterior y quizá poco o nada
estaba enterada de algunos estragos que ha hecho lo de la igualdad de género, pero ahora es la primera vez que escucho a mujeres
estadounidenses o europeas (al deducir por la pinta) reclamar su
derecho de la feminidad en Nueva York. Una vez cuando estaba recién
llegado de Honduras, cedí mi asiento a una mujer en el subterráneo.
Mi amigo Víctor Moreira, quien fue mi primer guía en la gran urbe, me
dijo que no volviera a hacer eso, que era posible que me ganara hasta
el insulto de alguna mujer pues podía decirme que ella no tenía
ningún problema en ir de pie y que no era ninguna inválida, etc.
Víctor me llenó de miedo y de allí en adelante aprendí a ceder
asiento y privilegios en puertas de entradas y salidas solamente a la
tercera edad o a mujeres en avanzado estado de embarazo. Era como si las mujeres se hubiesen puesto en huelga de hombre, como si no
necesitaran nada de nosotros.

Es probable que en su comienzo, como todas las luchas sociales por
mejorar el nivel de vida, el movimiento por la equidad de género haya
tenido que ser bastante radical para poder abrirse camino y proyectar
la seriedad del caso. Tal vez era un asunto transitorio, tal como lo
hace una verdadera revolución, que al principio irrumpe con toda la
fuerza para consolidarse pero que luego tiene que volver atrás para
corregirse a sí misma en los errores que se cometieron y que por las
circunstancias mismas de no estar consolidada no fueron capaces de
percibirse. Quizá también en la revolución de la equidad de género
esto sea similar, y no es que la mujer haya renunciado ni a su
feminidad, ni a su delicadeza, ni mucho menos a aceptar un acto de
cortesía, por supuesto, siempre y cuando el acto mismo no se confunda y se crea que se hace por debilidad o compasión por parte del hombre hacia la mujer.

En algunos lugares, como en las Naciones Unidas, se ve, quizá porque
sea parte del trabajo, con más frecuencia que en otros la cortesía,
los buenos modales. Eso sí, si se es buen observador, puede
confirmarse que muchas veces los reflejos de tal atención, de tal
cortesía, obedecen más al temor hacia el rango superior que a una
condición sinceramente humana. Puede ser que ese mismo que corrió
desviviéndose a abrirle la puerta a su superior, destile prepotencia
contra quienes estén debajo de su rango en la supuesta escala de
mando. Muchas veces es vergonzosamente triste ser testigo de
condición tan servil: es ni más ni menos como tener frente a frente a
un recluta y un teniente. El recluta no lo respeta, le teme.

Habíamos salido de las Naciones Unidas luego de una larga jornada en donde el embajador Jorge Arturo Reina había participado en dos
importantes reuniones, una sobre “Reconstrucción después de los
conflictos bélicos” y la otra sobre “Crisis Alimentaria Mundial”. A
la salida del edificio se desintegró nuestra delegación y cada quien
tomó su rumbo. Ibamos con el embajador Reina, yo lo encaminaba
 (ya que en la ruta hacia el subterráneo queda su vivienda) y apreciábamos la llegada de la primavera en Tudor City mientras conversábamos sobre los temas tratados en ambas reuniones.

Así, de repente, como en una película de terror, apareció una mujer.
La reconocí y me dio alegría pues con ella y su esposo nos une una
vieja amistad. De hecho, nos conocimos nada más ni nada menos que por el lado de la espiritualidad. Ellos me llevaron a conocer una deidad de la India, Sai Baba, y allí en sus creencias me mostraron fotos con
el gurú, mismas fotos que con el tiempo se materializan
convirtiéndose parte de ellas en cenizas (¿pueden creerlo?). Se
trataba de mi amiga Rosa Revenau, quien saludó al embajador con un
beso y en abierto resentimiento rehusó devolverme el saludo. Le
pregunté por qué. Dijo que hacía tres semanas me había dejado un
recado y no le había contestado. Le pregunté si me había llamado a
casa o al celular. Respondió que no, que quizá a la oficina. A lo que
le argumenté que mensaje no recibido, era mensaje que no existía.

Y para mejorar su desplante agregó que sabía que había presentado un nuevo libro y que en una entrevista o artículo yo me había mostrado arrogante con los hondureños… Nunca fue concreta en el cómo y el dónde (porque como suelo decir: uno en Honduras no pelea, se defiende), lo que sí quedó evidenciado fue su falta de tacto,
resentimiento gratuito, desconsideración hacia mí y hacia quien me
acompañaba. Y como ya esos días navegaba en mi cabeza este artículo sobre el tema de la caballerosidad perdida, la cortesía extraviada, los buenos modales confundidos o enmarañados en lucha de géneros, pensé que esa actitud agresiva de Rosa reflejaba lo que se siente en el otro lado ante la carencia moderna de detalles del hombre hacia la mujer… y esta anécdota me hace reflexionar que no se trata de cortesía entre o de hombre a mujer o viceversa sino que el buen trato, la cortesía, los pequeños y agradables detalles no tienen
sexo, son y deben ser entre seres humanos. Y entre más humanos, más apreciamos tanto darlos como recibirlos.

Ante aquella situación el embajador trató de irse y dejarnos para
aclarar cualquier mal entendido. Pero yo no quise quedarme, era otra
vez la hora pico del subterráneo y el cansancio, más la hora y media
de viaje, no permiten esos lujos de perder el tiempo descubriendo
vanos resentimientos, además andaba meditabundo sobre lo ocurrido en el subterráneo de que las damas primero, sin duda, ese día Rosita
estaba de suerte…



Nueva York, NY 26 Mayo 2008.
[email protected]

 

Tags: confucio, manhattan, embajador, rosita, mujer, hombre

Publicado por ChemaRubioV @ 18:08
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