Martes, 03 de junio de 2008
Su mejor amiga (quien le había enseñado todo del cuidado de las violetas) había sido agredida ayer y se hallaba en terapia intensiva. El noticiero muestra las estadísticas del crimen: nada parece parar el daño cotidiano y criminal a niñas y mujeres en su ciudad.

Cambiando de canales, se enfrentó con una película china. Su mente se fijó en una idea: ¡Karate!, era esa la única opción a portar armas o gastar todo su sueldo en la renta de un hogar en zona segura. De niña había practicado cinco meses Kempo y le habría gustado seguir con la disciplina...

A dos cuadras de su edificio había una escuela de Karate Kyukushin, se inscribió y convencida de estar haciendo algo bueno, se dejó absorber por un mundo de ritos, posturas, ejercicios, dolores, golpes, bloqueos y gritos.

Tres años después, precisamente luego de pasar cinco horas entrenando para un campeonato regional de katas, intentaron asaltarla.

Por cosa de décimas de segundo, se sintió invadida por el terror, al ver el rostro vil de sus agresores; sintió la sucia mano sujetarla del cuello, mientras el filo de la navaja en la mano del gordo frente a ella, evidenciaba una intimidación a callar. Quisieron empujarla debajo de unas gradas en mal estado.

Entonces sin saber como, recordó la voz de su veterano instructor, que horas atrás le dijo confidencialmente: “Los detalles de los dedos y movimientos de la muñeca, no son mero ritual, en realidad corresponden a ataques a centros de control nervioso, que si son heridos, (aun sea levemente) pueden derivar en serias lesiones e incluso el paro cardiaco..”

Dar un paso al costado, simular resistencia, desestabilizando al oponente y girar con tronco y brazos en dirección del agresor, mientras se inclinaba tomando energía para empujar de lado el brazo armado, usando inmediatamente la serie de movimientos de su kata favorita, hizo el trabajo con el tipo que la sujetaba, y repetido luego con el gordo, lo estremeció y paralizó por unos segundos, los suficientes para que ubicada a sus espaldas; un pequeño pero entrenado pié derecho hunda el sello permanente del dolor profundo en los desahuciados genitales de un asaltante que nunca más sería el mismo luego de esa noche desventurada.

No quiso detenerse ni hacer otra cosa que correr, correr con energía y sin parar, hasta la puerta de su casa.

Se duchó, tomó una taza de té, y trató de calmarse atendiendo a sus violetas...

Al día siguiente la prensa citó un posible ajuste de cuentas con un muerto y un herido inconsciente, encontrados en plena vía pública.



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Publicado por ChemaRubioV @ 20:59  | RELATO .
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