Siempre estaba sentado en la estación,
a estas horas todavía muy quieto;
en el maletín posaba sus brazos
con su espalda y mirada rígidas.
Cuentan los guardias que cada mañana
siempre en el mismo escaño, suspirando,
la mirada escapaba en su visión;
la veía feliz subir al carro.
Eran sus sueños de alcanzarla al fin
y con el brazo estirado cayó,
no soltó el maletín, que era su hogar;
el lo vio descanzando su mirada.
Y el tren siguió su carrera fugaz
jamás la ocurrencia de detenerse,
sonreír a aquella historia de amor;
sólo humo y ruidos, olvido y adiós.
bernaldo
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