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Artículo de Stiglitz, Premio Nobel de
Economía, sobre los costes de la guerra de Irak, publicado en el diario El País.
La guerra de los tres billones de dólares
JOSEPH E. STIGLITZ 13/03/2008
El 20 de marzo se cumple el quinto aniversario de la invasión de Irak por
parte de tropas dirigidas por Estados Unidos, y es un buen momento para
revisar lo que ha ocurrido hasta ahora. En nuestro libro The three trillion
dollar war, la profesora de Harvard Linda Bilmes y yo sugerimos que el
coste de la guerra para EE UU asciende, según cálculos conservadores, a
tres billones de dólares (1,95 billones de euros), más otros tres billones
a cargo del resto del mundo; una cantidad muy superior a los cálculos que
hizo el Gobierno antes de iniciar el conflicto. El equipo de Bush no sólo
engañó al mundo sobre los posibles costes de la guerra, sino que además ha
tratado de seguir ocultándolos a medida que la guerra se desarrollaba.
No debe sorprender a nadie. Al fin y al cabo, el Gobierno de Bush mintió
sobre todo lo demás, desde las armas de destrucción masiva de Sadam Husein
hasta sus supuestos vínculos con Al Qaeda. La verdad es que Irak no fue
ningún semillero de terroristas hasta después de la invasión.
El Gobierno de Bush dijo que la guerra iba a costar 50.000 millones de
dólares; Estados Unidos gasta hoy en Irak esa cantidad cada tres meses.
Para situar esa cifra en su contexto: con la sexta parte del coste de la
guerra, EE UU podría asegurar la base de su sistema de pensiones durante
más de medio siglo, sin necesidad de recortar prestaciones ni elevar
cotizaciones.
Además, el Gobierno de Bush recortó los impuestos a los ricos al mismo
tiempo que iba a la guerra, a pesar de que tenía un déficit presupuestario.
Como consecuencia, ha tenido que utilizar ese déficit -en gran parte,
financiado por países extranjeros- para pagar el conflicto. Ésta es la
primera guerra en la historia de Estados Unidos que no ha pedido algún
sacrificio a los ciudadanos mediante la subida de impuestos; se está
haciendo recaer todo el coste sobre futuras generaciones. Si las cosas no
cambian, la deuda nacional estadounidense -que era de 5,7 billones de
dólares cuando Bush llegó a la presidencia- será 2 billones mayor debido a
la guerra (además del aumento de 800.000 millones con Bush antes de la
guerra).
¿Ha sido incompetencia o falta de honradez? Casi con seguridad, las dos
cosas. La contabilidad en efectivo ha permitido que el Gobierno de Bush se
centrara en los costes actuales, no en los futuros, entre ellos los gastos
de discapacidad y atención sanitaria para los veteranos que regresan. El
Gobierno tardó varios años en encargar los vehículos acorazados especiales
que habrían podido salvar la vida de muchos muertos por bombas en las
cunetas. Como no se ha querido volver a implantar el reclutamiento
obligatorio, y es difícil encontrar a gente dispuesta a ir auna guerra
impopular, los soldados han tenido que llevar a cabo dos, tres y hasta
cuatro turnos llenos de tensión destinados en Irak.
El Gobierno de Bush ha intentado ocultar los costes de la guerra a la
opinión pública estadounidense. Los grupos de veteranos han alegado la ley
de Libertad de Acceso a la Información para averiguar el número total de
heridos, 15 veces el de fallecidos. Ya hay 52.000 veteranos a quienes se ha
diagnosticado síndrome de estrés postraumático. Se calcula que el Estado
tendrá que pagar pensión de discapacidad al 40% de los 1.650.000 soldados
desplegados. Y, por supuesto, la sangría persistirá mientras dure la
guerra, con unas facturas de sanidad y discapacidad que ascenderán a más de
600.000 millones de dólares, en cifras de hoy en día.
La ideología y la codicia también han contribuido a aumentar los costes de
la guerra. Estados Unidos ha recurrido a contratistas privados, que no han
sido baratos. Un guardia de Blackwater Security puede costar más de 1.000
dólares diarios, sin incluir los seguros de vida y discapacidad, y el que
paga es el Gobierno. Cuando los índices de paro en Irak llegaron hasta el
60%, habría tenido sentido contratar a iraquíes; pero los contratistas
prefirieron importar mano de obra barata de Nepal, Filipinas y otros
países.
La guerra no ha tenido más que dos vencedores: las compañías petrolíferas y
los contratistas de defensa. El precio de las acciones de Halliburton, la
compañía petrolífera del vicepresidente Dick Cheney, se ha disparado. Sin
embargo, el Gobierno, al mismo tiempo que ha ido utilizando cada vez más
contratistas, les ha supervisado cada vez menos.
El mayor precio de esta guerra tan mal gestionada lo ha pagado Irak. La
mitad de los médicos iraquíes han muerto o se han ido del país, el paro es
del 25% y, cinco años después del comienzo de la guerra, Bagdad sigue
teniendo menos de ocho horas de electricidad al día. De la población total
de Irak, unos 28 millones, cuatro millones viven desplazados y dos millones
han huido del país.
Las miles de muertes violentas han acostumbrado a la mayoría de los
occidentales a la situación: ya casi no es noticia la explosión de una
bomba que mata a 25 personas. Pero los estudios estadísticos sobre el
número de muertes antes y después de la invasión dejan clara, en parte, la
triste realidad. Las muertes en Irak han aumentado, desde unas 450.000 en
los primeros 40 meses de la guerra (150.000 de ellas, muertes violentas),
hasta un total de 600.000 en la actualidad.
Con tanto sufrimiento de tanta gente en Irak, puede parecer cruel hablar
del coste económico. Y puede parecer egocéntrico hablar del coste económico
para Estados Unidos, que emprendió esta guerra violando las leyes
internacionales. Pero esos costes económicos son inmensos, y van mucho más
allá de los desembolsos presupuestarios. Pronto intentaré explicar de qué
forma ha contribuido la guerra a las actuales penalidades económicas de EEUU.
A los estadounidenses nos gusta decir que no existe la comida gratis.
Tampoco existe una guerra gratis. Estados Unidos y el mundo seguirán
pagando el precio de Irak durante muchos años.
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