Acepto lo que venga y sólo gozo aquello que comprendo. Me acusan, sin embargo, de errores temerarios y de haber perdido el juicio por ser incrédulo, cautelosamente descreído: yo no inventé el espíritu y, en verdad, no me he servido de nada, tenerlo, si lo digo.
No me atrevo a decir que la materia sea vestíbulo de gloria; sólo que cuando la veo, la tomo, la disfruto, la quiero.
Y sea lo que sea, estoy agradecido. La materia es miseria y abundancia y los cinco sentidos, más esperanza que dolor me han dado; no ha sido imprescindible que les diga «sin el espíritu, vida aún tengo».
¡Estoy irremediablemente vivo! De por sí es maravilloso. Si Dios me quiere, bien. Si no... ¡que siga su camino!