Al poeta Carlos Garrido Chalén
La casa de mi infancia no tenía ventanas. Pero todo respiraba a través de sus ojos:
El aire del día con todos sus colores y el anhelo vivo de sus interiores.
Cuando trabajo las abro para que todos los sueños me visiten —el panal de las
Nubes de invierno, las sombras de las piedras, el aire enredado en los textiles
Del alfabeto. De vez en cuando los relámpagos y sus dientes de fuego,
O la dulzura de una mujer caminando con paraguas.
Yo hice las de mi casa con brazos grandes para mantener mis ojos abiertos
—y ver a través de sus ojos el eterno fugaz de los adioses, y el campo
Alumbrado por trenes de pájaros.
Hoy no alumbran las estrellas, pero a menudo lo hacen sobre los aleros
Del crepúsculo, sobre los fuegos interiores de la casa y sus ingenuas palabras.
Hoy son de madera como el alma del bosque. Uno las huele y sale la risa del cedro.
En las mañanas los relinchos del cierzo o del sol las despiertan o las lamen
Aquí cantan los pinos y la niebla húmeda —la lengua late cuando el viento
Toca las mochetas.
Otras veces camino silencioso frente a ellas tratando de tocar las palabras:
Pienso en los fantasmas de la noche, en los grillos con su música redonda
Y mi ropa tirada sobre el piso convertida
En espectro —externa frazada del alma, a lo mejor continuado espejo de la pena
De estar en este mundo sólo con los sueños,
Ardiendo de cabeza a pies y sin zapatos.
Cada cierto tiempo las limpio con luciérnagas, su esencia crece con mi asombro:
De pie el invierno las escala vestido de suculenta transparencia —en cada hilo
Eléctrico los sueños saludan a coro, borran la ceniza de las rendijas o el polvo
Incierto de la saliva para que las pupilas se vean así mismas volando por el confín
Rojo de la luz y las invocaciones sumergidas en la memoria.
La casa de mi infancia no tenía ventanas. Pero desde la puerta el río era espejo.
Sólo mis párpados fugitivos, el pabilo del candil y el cuaderno deshaciéndose
Junto al humo:
El hollín cansado sobre el papel hasta nuestros días, —hollín con tinta de los ojos.
A cambio de ellas, en mi infancia, en mis ojos caía toda la espuma de la luna
Y las dudas, la lluvia oscura del planeta, el agua esparcida en mis arterias.
Ahora todo eso sigue siendo cierto, con la diferencia que mi casa tiene en cada
Pared esas lámparas para respirar, gota a gota, toda la cintura espesa del horizonte.
Así me lo propuse cuando sólo mis oídos veían en la noche
La palabra sobre el barro,
Y la lágrima resbalando como un cometa sobre la cara.
Ahora tengo ventanas por todas partes. Pájaros de azúcar y mariposas
Sobre la madera barnizada.
En cada una de ellas el fósforo de las gotas —y las hojas dispersas del escalofrío.
Como viendo crecer el fuego derretido de las veraneras. La luz del día
Se extiende hasta las tejas;
Y su sal, en las palabras, sabe más a mantel y a transparente árbol.
Ahora mis ventanas son profundas. En ellas estalla el alba y despierta el cielo.
Barataria, 20.VII.2008
Para saber más de André Cruchaga :
www.poetacarlosgarridochalen.3a2.com
Editorial Alebrijes Confesiones de un árbol.
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