Viernes, 25 de julio de 2008

 

Pasa el tiempo y se va conociendo a las personas mientras tanto. Unas pasan como exhalaciones y nunca avanzan desde el estadio de una sonrisa secuestrada por el viento o por el ferrocarril subterráneo. Otras, como los Ojos del Guadiana, aparecen y desaparecen, sin modificar apenas el cauce de la corriente. Algunas –raras, muy raras– ocupan el centro de la escena, cambian el argumento de la obra, derriban los bastidores y expulsan a parte de los espectadores con cuatro berridos y media docena de puñetazos muy convincentes; después, habiendo consumado el abuso, también se marchan, exultantes, llevándose una candileja como trofeo (este tipo de gente –todo hay que decirlo– puede producir el efecto contrario, es decir, puede asomarse a nuestros intestinos vestida de verde quirófano y extirparnos un cáncer maligno esgrimiendo un bisturíGui?o. Después, naturalmente, están las personas con las que vemos pasar el tiempo y bregamos juntos contra él, codo con codo, para que nos deje provecho a su partida. Ellas nos forman como personas, nos otorgan un nombre, nos permiten vivir, sobrevivir y sobrevolar los océanos de cuando en cuando.

         Sin contar los lazos de tálamo y de sangre, estos prójimos son los más importantes, y Chema Rubio, para mí, es uno de ellos. Nos conocimos hace años, por el azar inducidos, como siempre, y al poco empezamos a compartir el gusto por la buena letra y la mejor compañía, aquella que permite imaginar en voz alta sin que ofenda jamás el silencio. Así, embarcados en una sinergia lírica y sincera, cometimos hermanados alguna gloriosa tropelía, como dibujarle bigotes al Helio con el pintalabios carmesí de Selene o escandalizar a la concurrencia mostrando las zurrapas de unos calzones pontificios. Nada era demasiado complejo, demasiado arduo, demasiado descabellado; nada había que nos frenase y nada queda en el debe de aquel período para mayor regocijo del haber, henchido de hitos memorables. Como resulta fácil de comprender, Chema Rubio, ese delirante segoviano ennoblecido por un empeño inagotable, ese libérrimo creador de helicópteras arquitecturas, ese rompenormas subyugatópicos al que defendería aunque se confesara culpable, ese amigo con el que puedo contar, significa muchísimo para mí. Mi mundo y el mundo en general no serían los mismos sin que una expresiva carcajada chemítica los rasgase a diario desde los cimientos. Los años –¡cómo no!– pasan y pasan a diferentes velocidades erosionando los rostros y los recuerdos, pero puedo felicitarme de que Chema y yo, actualmente, aunque nos confabulemos más de tarde en tarde, seguimos compartiendo el gusto por la buena palabra y el mejor mutismo, y estoy convencido de que seguiremos haciéndolo mientras nos quede tiempo al que ordeñar y manos con las que obrarlo.

                                                                                               Tomàs Dìaz

 

 

 

 


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Publicado por ChemaRubioV @ 20:29
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