Con la muerte de Miguel Palazuelos Rincón dejo de visitar la facultad en mis largas estancias (por entonces) en Madrid. Tomando café frente a la S.G.A. el profesor Paco Esteve me comenta que se está llevando a cabo el XXX aniversario de la Facultad. Pienso en pasarme por allí y ofrecer la posibilidad de que me sea publicado un libro de poemas que partieron de la Década- Entre –Movida-Post. Pero como casi siempre no doy el paso. El 6 de Mayo del año 2002 viajó a Mallorca como había hecho en veranos pasados para trabajar en la cadena de hoteles IBERO-STAR.
Por medio de Mónica Lozano; abogada, y profesora en la Escuela de Periodismo de Palma, imparto una conferencia sobre arte y comunicación el día ocho de Mayo. Por mi carácter poco académico más cercano a la escena teatral que a la mesa de los oradores, decido comenzar metiéndome en la piel del mimo, algo que por otra parte es parte consustancial con mi vida. El titulo fue: El arte es un invento. ¡No te dejes engañar!
Una hora antes en la tarde prevista me investí con el uniforme de gala: un sombrero blanco de los años 60 que llevaban los turistas. Plegados los laterales con sendos pins. Uno de la Casa Real, (no me pregunten como llegó a mi poder porque no tengo ni la más ligera idea) con la corona boca abajo y otro de la CNT pero al revés .Seguro que algún universitario me regalo los pins en diferentes épocas. Una camiseta en la que el metro de Moscú se encontraba dibujado. Antes era negra y las líneas blancas con lo que parecía el esqueleto del tronco humano. Ahora como entonces, parecía otra cosa pero por diferente motivo. Las mangas mal cortadas por encima del hombro, desteñida, con manchas como si hubiese salido de un incendio. Una chaqueta gris con los botones cruzados, (parte del primer traje que tuve) y unos pantalones tejanos como todos después de cien lavados: más que deshilachados rotos por las lindas manos del tiempo. También llevaba unas botas y unas gafas de sol, negras con la bandera de Gran Bretaña en los cristales .El secreto de las gafas es ocultar el pensamiento, que puede traslucirse equivocadamente por los ojos. Por último, llevaba una maleta de cartón al hombro (como aquellas que los españoles llevaban a la vendimia francesa en los 60 y 70) con toda esta parafernalia iba atravesando la ciudad de Palma. Eran las cinco de la tarde con el sol haciendo su labor y cumpliendo su horario.
Desde mi llegada a la isla no dejó de llover, y luego durante todo el verano continuó alternando días soleados con el tiempo largo de nubes desatadas. Al menos una hora me costó atravesar la ciudad. La maleta tenía el asa roto y debía cambiarlo de hombro sin parar la marcha cuando notaba que se me dormía el brazo. El calor iba tejiendo poco a poco un uniforme de sudor; agua y sal, por la combinación de fatiga, rayos amarillos y...,
¡Cómo no! por lo mal que había comido con la prisa propia del ansia, por el pronto futuro que me aguardaba. A través de los espejos pintados con una bandera que tampoco era la mía, observaba y me reía , de la sorpresa con que me miraban los clientes sentados en las terrazas de los bares; y aquellos que se cruzaban conmigo y a veces daban la vuelta a sus cabezas sonriendo o con la incredulidad posada bajo sus párpados. Pero caminaba contento con la ilusión por encima de las nubes como cuando se mira desde abajo de un avión en un viaje transatlántico, pero aún más alto, con el espíritu rayando la piel del cielo. Llegué a la entrada de la Escuela 15 minutos antes de la hora, allí, en un portal de lujo medio, de un burgués venido a menos, un alto edificio al lado de Plaza España, de unos cuarenta años, más joven que yo, me esperaba Raquel. Subimos las escaleras hasta el piso no me acuerdo, nos abrió una secretaria que a su vez hizo comparecer a Mónica ante nuestra presencia. -Ha venido un señor vestido muy raro, con una joven que parece modelo, creo que la he visto en alguna portada de LOEWE (no confundir con el premio de poesía, se trata de de otro tipo de mercadotecnia: perfumes para hacer el amor del asco, bolsos de cueros caros, billeteras que llevan los medios ricos que aparecen en televisión tipo Carmina etec etec o /y más etcéteras pongan al gusto ustedes) -Quédate aquí (me dice Mónica, mientras Raquel baja a buscar a otros amigos entre los que tiene que venir: Marimar la novia de quien fuera Roberto Salam) han venido gente de otros cursos, está el aula llena. Voy a terminar de organizar la Mega Sorpresa. Y me encuentro en un pequeño despacho, donde cuatro secretarias van y vienen, abren puertas cierran puertas, hablan con unos se despiden de otros y ninguna puede contener la risa que se les escapa por la boca por los ojos por donde puede, por la piel. Desde el vientre a la garganta se emiten los repentinos estentóreos felices, los grandes ja-ja-ja. Ante tamaña tesitura me hallo a punto de corresponder por aquello de no ser maleducado pero mi papel me lo prohíbe.
Adelante Chema. (La voz de Mónica me saca del apuro)
Penetro en un espacio extraño para mí. Por primera vez no se trata de una lectura poética, no se trata de salir a escena con algún texto teatral ni tampoco se trata de una cárcel un reformatorio o la simple calle como otras veces. No, es una conferencia para futuros periodistas. Yo que tantas veces me quité la máscara y el uniforme de camarero en la facultad de C.C. de la Información en Madrid, pero jamás me coloqué el disfraz para ejercer de conferenciante. Y allí me tienen tras cruzar el umbral: lanzando la subida y bajada de ojos de un lado para otro, regalando holas sin voz hacia el timbrado de los sentidos a ras del cuero humano. Apoyo la maleta sobre la mesa al tiempo que me despojo del sombrero y lo envió a no sé quién. Me quito la chaqueta gris y le señalo con el dedo índice una bota al alumno más atrevido, a quien tengo más cerca de mí y le conmino a descalzarme. Como no cree lo que le digo y luego se asusta un tanto; le paso la mano por el hombro, le guiño un ojo, en definitiva, se puede decir: que acabe descalzándome yo, excepto porque tuve que usar sus manos.
Abrí la maleta de cartón. Extraje una camisa blanca y con ella comencé a vestirme, y unos pantalones negros con la pajarita verde y la chaquetilla blanca-francesa y los zapatos negros. De esta guisa cierta- mente contra- todo- academicismo, se dio comienzo a la clase práctica del arte y la comunicación. Estuvo el tiempo dividido en tres fases: primero fue la mímica, luego la palabra y finalmente la poesía. Al terminar el acto, nos largamos a festejar la noche .En cuanto a las gafas algún alumno se quedó con ellas.
Desde el mismo instante en que fui consciente de mi participación en La Escuela de Periodismo, los flaxes de la memoria venían más que ha informarme del pasado, a instalarse como parte activa del presente. Me perseguía el rastro de Miguel, el artífice de mi paso por la cafetería más caótica del mundo que yo conocí, y a la vez, la más creativa en la época de la transición y la movida madrileña. Aunque por entonces todavía no me hallaba en nomina, sino en Estomatología, sí le había ayudado en contados días, cuando la Cafeta de la Información se encontraba donde hoy se hallan las cocinas y la luz no llegaba a todos los lados. Hablo de la época punk e imagínense el resto.
El 1 de Septiembre del 89 esta subrayado en rojo. Después de saturar mis momentos con las noches de los tridentes oxidados y las ratas saltando sobre mi cuerpo, y envuelto en llamas que no lograban abrasar ni los malos augurios profetizados en el pasado.
Afirmando la amargura de la victima cada vez que me negaba al olvido. Pase de crisis a crisis en movimiento, hasta poco a poco lograr la calma, la paz, y con ella otra vez al estado original que siempre me acompañó: el inconformismo. Porque, ¿se puede vivir en el mundo más imperfecto del universo (que por supuesto es el humano) sin rebeldía ni evolución en la forma de esa misma actitud? No. por mi parte no. Y la intransigencia e intolerancia ha de ser puesta en práctica sólo contra los poderes que socavan los derechos naturales del hombre, y no contra la legión de hambrientos o contra los que son capaces de enarbolar la única bandera que admiro: las personas de pensar despierto, espíritu libre e imaginación fructífera. El 1 de Septiembre del 89 fue el día del cambio, pero yo todavía no era consciente ni Miguel tampoco. Hasta entonces nos bastaba con liberar nuestras tristezas compartiéndonos de vez en cuando.
Durante todo el verano del 2002, él y la Facultad se entremezclaban en mis asuntos. Escribí un diario para Lulita. Pero había algo, algunas imágenes que se sucedían y me arrastraban a escribir sin obviar nada, envolviéndolo todo. Lo pasado reciente y también lo más lejano.
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