Martes, 29 de julio de 2008

La Orobanche.

Apareció aquella planta un buen día en mi maceta de geranios. Eran
unos geranios, pelargonios, preciosos, violetas, fucsias, con los
estambres naranjas llenos de polen, tenían unas corolas grandes,
espectaculares, bellísimas, parecían extrañas colas diminutas de
pavos reales rosas, temblaban en sus pétalos corcheas de diamantes
de alguna arpa de oro o de algún clavicordio de plata pura. Al
mediodía brillaban los pequeños cálices vegetales como una explosión
de transida y barroca armonía, entre las hojas verdes de la mata
eran un beso de doncella voluptuoso, dulce de boca llena de
granadina. Sus matices fucsias los hacían bellísimos, a la luz del
atardecer parecían notas de piano, punzantes y electrocutantes
pellizcos en un violinito de cristal submarino, o golpes en un
timbalillo, podía uno llevarse mil años viendo aquello a la luz del
sol del atardecer, estambres naranjas, de un naranja rabiosamente
rojo, en una pequeña, diminuta, copia de orquídea, aún más bella que
las orquídeas, toda Andalucía cabe en una flor de geranio, se
hipnotiza uno mirando esa débil armonía de color, esa débil
sincronía del fucsia, uno no quisiera nunca dejar de mirar la
profunda belleza relajante del violeta, uno quisiera vivir dentro de
la belleza de un geranio y que el verano no avanzase nunca, y que
Junio fuera eterno, y que nos diese el sol eternamente en la cara. Y
de tanta belleza la vista se cansa, rehuye la luz caliente y busca
la oscuridad, después de haber sentido mil diapasones de iris en un
minuto, mientras se observa el pelargonio, el geranio. Pero apareció
aquella planta en mi maceta de geranios. Era una invasora de un
color morado, sin hojas, un morado muerto, tirando a marrón, tenía
el aspecto del cáncer, lo siniestro de un ladrón emboscado. Pero no
era fea. Era bonita. Aquella planta que supuse era parásita desde el
primer momento me agradaba a pesar de todo. Sabía que era mala para
mis geranios, que sus raíces estarían chupando las raíces de mi
favorito, lenta e inexorablemente. Podía haberla arrancado pero no
lo hice. Oh qué contradicción, saber que a tus geranios se lo está
comiendo un hechizo y no querer arrancar ese hechizo. Me fascinaba
en el mal. Pero no, desde luego no era una planta fea, era una
planta muy bella y maligna la que se nutría de Andalucía, tenía unas
flores en forma de campana, era una exquisitez demoníaca, un perfume
de hipnótico sablazo, una maldad que podía permitirse. Busqué en el
Bonnier su definición científica. Me costó bastante trabajo, soy muy
mal botánico, inexperto además en la lengua de Moliere, me costó
trabajo: Orobanche. Orobanche era su nombre. Un bello nombre para
una planta parásita, sonaba bien en mi oído y no me desagradaba
verla en el paladar de la vista. Orobanche maligna. Orobancacea
parásita, la que mataba mi geranio, la que le exprimía el agua y la
savia. Una planta sin hojas, morada, realmente extraterrestre.
Cultivé aquel cáncer con pasión, o con piedad, no la arranqué, llegó
el verano y mis geranios perdieron las flores y ella estaba allí,
con sus diminutas y extrañas corolas en forma de lengua, depredadora
y misteriosa, carcinogénica, deletérea, malvada. Una preciosidad de
bicho, una repugnante y bellísima desaprensiva. El calor daba en la
azotea con la voluptuosidad de un beso húmedo, un calor sublime y
dorado y malicioso como las zarzas vivas. No sé lo que pasó con ella.
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Francisco Antonio Ruiz Caballero.


Tags: RELATO AMERICANO, NATURALEZAS, BICHOS, america, doncella

Publicado por ChemaRubioV @ 18:58  | RELATO .
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