Jueves, 31 de julio de 2008



En un poema de Fernando Pessoa, notable poeta portugués, se
habla de un enfrentamiento ajedrecístico en Persia, mientras el país
es arrasado por una invasión. El devenir de la partida imanta de tal
manera la atención de los jugadores que los hace ignorar incluso las
escaramuzas del desastre final de su pueblo. Rodolfo Walsh jugaba una
partida de ajedrez cuando en un café de La Plata un parroquiano le
confesó que conocía a un sobreviviente de los fusilamientos de José
León Suárez de 1956. Desde ese momento la vida de Rodolfo ya no fue
la misma. Supo cuál era su destino, como diría Borges.
Walsh, al contrario de los jugadores persas, no desdeñó el
destino de su pueblo y ya supo cuál era su camino. Oponerse al
silencio cómplice. Darle voz a los sin voz y en su propio registro.
Bajar del olimpo metafísico del escritor para convertirse en un
investigador/ protagonista.
He leído con especial atención la serie de cuentos de los
irlandeses. Como se sabe, Walsh pasó cuatro años como pupilo en
colegios irlandeses para pobres. Cuando ingresó tenía diez años. De
ahí extrajo la experiencia vital para escribir sus relatos. Alguna
vez fui celador de un colegio salesiano (como la Morsa de las
historias de walsh) y doy fe de la violencia y brutalidad que se
practica al interior de esos establecimientos. Pude advertir los
códigos, las reglas que impone el establecimiento y cómo los más
antiguos las aplicaban con rigidez implacable en los débiles. Walsh
sufrió las consecuencias. Y las enfrentó.
Para Walsh la sociedad continuó siendo ese internado violento,
rígidamente estratificado, con reglas que sólo favorecen a los que
detentan el poder. Y dentro, sólo los débiles pueden revertir esta
situación crónica, luchando decididamente, sin esperar ayuda externa
o providencial, como el Malcolm del cuento Un oscuro día de justicia.
Justicia abstracta, como el amor lejano e impenetrable de los
religiosos de las instituciones en que estuvo internado. Por eso
creía que, frente al estado de cosas de una sociedad que sentía
ajena, lo mejor era convertirse en desertor, como el Dashwood del
cuento Los oficios terrestres. Deserción y subversión para acabar con
la prepotencia y la inequidad.
Su literatura, aun la más imaginativa, pone sus pies en la
realidad. Pero no en una realidad cualquiera. La prefiere
contradictoria, adversa, desnuda, ajena a las atávicas convenciones
del poder. Sus narraciones testimoniales toman la estructura del
relato policial: se cometió un crimen, busca pruebas y testimonios y
en un afán que desdeña los tiempos judiciales logra dar con los
culpables. Qué importa que los criminales sean cúpulas militares,
jueces venales, estructuras corporativas corruptas o políticos
cómplices. Walsh denuncia. No retrocede ni se atemoriza. Elucubra
hipótesis certeras (alocadas según los defensores de las verdades a
medias) que no pueden ser derribadas por sus enemigos.
Así lo hizo en Operación masacre. Un puñado de militantes
peronista es fusilado en un descampado de José León Suárez. Hay
sobrevivientes. El hecho no es reconocido por las autoridades ni es
registrado por la prensa. La historia es contada desde el punto de
vista de las víctimas, desde su realidad, desde su verdad histórica.
De las pequeñas mentiras pasa a la mentira oficial y desde lo más
alto descorre el velo del discurso oficial para mostrar la desnudez
de los acontecimientos. ¿Qué ve? Impunidad, sólo impunidad.
Así lo hizo en ¿Quién mató a Rosendo? Rosendo García, dirigente
de la UOM, es asesinado en la confitería La Real de Avellaneda. Su
conclusión: la bala que lo mató provino del arma de Augusto Vandor,
el líder gremial que subyugó los principios morales a acuerdos
espurios con el poder de turno, así sea legítimo o ilegítimo.
Y así también lo hizo en El caso Satanowsky. Un abogado judío es
asesinado por tres hombres. De los hechos triviales se pasa a los
oscuros manejos institucionales, en donde moran los instigadores. El
acierto de Walsh es identificar a los culpables en las esferas en
donde generalmente la culpabilidad se diluye. Y da nombres y los
denuncia. Pero nunca se llega a nada.
Walsh pretendía inquietar al lector. Lo ha conseguido. Su pluma
transparenta el sistema de poder y muestra sus tumores y contagios.
Marca los límites vergonzosos y la inoperancia del sistema judicial.
Revela la volatilidad de la memoria de los hombres y sus miserias
morales. Pero también revela los casos de resistencia heroica de
individuos comunes que luego de haber conocido el infierno se hunden
sin estruendo en el olvido. Un final que procuraba el mismo Rodolfo.


Jorge Carrasco

Tags: fernando pessoa, persia, Rodolfo Walsh, borges, jueces, militares

Publicado por ChemaRubioV @ 18:52  | ARTICULO
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