Jueves, 31 de julio de 2008
Uno se cansa, paulatinamente, de esta gran hipocresía
que reclama su civilización a cada paso y lo hace
poniéndote el pie a media garganta. Pisa fuerte
y afanosa por hollar mis escorpiones.

Vienen a intoxicar tus ventanas,
con el aliento hediente,cosa de que su rabia
irrumpa en tu consciencia. Todos se interesan
en dar lecciones, «por tu bien, vecino»,
y edifican conmigo su desastre.

Yo lo sé, siempre sonrío y alguien niega que sonrío
(seguramente, se imaginan que vivo maldiciendo
con el escarnio armado y el rostro amenzante).
No falta quien me diga mentiroso, conspirador secreto,
mala persona, lobo vestido de cordero.

Y muero, casi lento, con mis ojos en los días.
Tercamente, me robo mis cachitos de esperanza.
Quiero juventud, cuando se va la mía, y brindo por algo
que no vio mi presente. Todo tarda en llegar
y yo invoco el futuro para que exista
abundancia, regocijo, tolerancia, justicia.

Pero los civilizados inician mi hastío.
Alegan que soy un soñador y que el mundo
es un mísero artilugio. En ningún lado hay paz
ni justicia ni democracia, en rigor.
La política es sucia como todos los políticos.
Los ricos son ladrones mercenarios.
De un millón en catedral, no se saca un medio bueno.
Auténtico cristiano. Se molestan
porque yo no asiento. Susurroque no es cierto.

Con la ética y sus rollos hay que hacer lo que se hace,
limpiarse el culo. Si quieres parecer interesante,
mata a alguien, sál en la prensa; habla sucio y empuja
con el codo. El miedo de tu prójimo te levantará
un monumento. Sé rico y verás cómo te quiero;
sé pobre y te empujo, te escupo. Te desprecio.

Y yo, creciendo, a oídas sordas, tan malamente programado
para tragar este caldo de rancias opiniones y ramplonerías,
buscando algo razonable y hermoso allí, algo tierno
y perdido por acá, algo que me necesite y me pida
las migajas de mi pan, mis manos tibias.
Y nada hay. Soy el mudo. No asiento.

Ahora dicen que le busco cinco patas al gato.
Que en vano estudié tanto. El mundo no ha cambiado
porque yo haya cambiado, me aseguran.
«El mundo es una mierda, poeta».

Que soy un liberal, es otra cosa que me dicen
(van a decírmelo donde que quiera que me vaya,
así que aquí ya me quedo). Y lo repiten:
«No te aterrizas en este puto, rechingado mundo
al que nada sirven los que sueñan con Jaujas, utopías,
paraísos en medio de la mierda».

«Tú eres un soñador y queriendo ser bueno,
eres malo». Ya saben mi pasado de marxismo.

Los civilizados son destituyentes.
Y yo soy un destituído del progreso y de todo
lo que ya prescribe la ordenanza, la jerarquía, la norma
que admiten los rebaños. «Vas a quedarte solo», adivinaron.
«Nadie andará contigo, porque tú hasta ofendes
sin querer y el mundo no es perfecto y menos la mujer».
El vecino se ha entado de que ando divorciado.

Alegan que yo hablo sobre un Bien que no existe,
Sobre un amor que en cada perro es sarna,
sea la bestia o su dueño, «porque somos sensuales,
poquiteros, altivos aunque estemos en la prángana,
violentos por un pedazo de hueso más seco
y duro que el mendrugo».

Es que yo me digo espiritual, o lo parezco.
Es que yo parezco santo, con mi iglesia de libros,
o mi guitarra, o un extraño silencio.
Ya de viejo les molesta que sea serio
y no vaya a joder con los ancianos.

A ellos, los civilizados, vecinos de mi mundo,
les molesta hasta el fondo. Mis palabras dan miedo.
Conmigo se juega al provocado. Se queman.
Les desmiento y eso que no me lo perdonan.
Han comenzado a llamarme: «Perro bravo».
El Zorro.

Ha de ser que alucino cuando digo Verbo Solar
y no Cristo; ha de ser una blasfemia
lo que saco del arcano hermético y lo propongo
como normas por las que vivo; ha de ser
que no se quiere nada original donde yo vivo.
Me atrevo a ser distinto. Y a veces,
pese a mi fe, soy impaciente.

No me debo desligar del chisme que me cuentan
O del bar en que beben, o del hábito que estilan.
Yo debo ser canónico. Ser como todos ellos.
Hacerme sentir como atorrante.
Y lo siento y requetesiento: No puedo.

No, yo no lo hago. Simplemente, me dejo
ser como soy. Es terrible en mi barrio asegurarles:
«No creo que sea justo y verdadero lo que dicen;
para eso no cuenten conmigo».

En fin, la sinceridad tiene un costo.
Hay que pagar el precio.

Del libro: «El hombre extendido»

Los vecinos hostiles
 




Tags: baudelaire, hombre extendido, bar, cristo, guitarra, vecinos

Publicado por ChemaRubioV @ 19:09  | POESIA
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