Viernes, 01 de agosto de 2008

Por Dennis M Starkman

En una democracia, los partidos políticos son organizaciones que
construyen plataformas desde las cuales se llega a tomar el poder,
pero no se limitan a eso.

A los partidos políticos corresponde ser la más compleja, elevada e
idónea manifestación de las libertades de reunión y asociación.
Centro de acopio de ideas, principios y posturas tan variadas como
los grupos demográficos que los conforman, los partidos constituyen
foros para definir visiones, misiones, estrategias y proyectos que
conduzcan a alcanzar metas y objetivos específicos, a un corto,
mediano y a un largo plazo. Enriquecen los debates nacionales y
permiten a la ciudadanía y a grupos con peticiones concretas, tener
una voz ante las autoridades que deben escucharles.

Sin embargo, en Honduras los partidos políticos han perdido esa
visión de sí mismos que les llevaría a ser lo que deben ser. Se han
convertido en franquicias sin una organización formal que sea eficaz,
y su conglomerado carece de control sobre la gestión de sus
dirigentes. Ya no hay en los partidos democráticos la enseñanza de la
democracia participativa y transparente en la que la autoridad emana
desde el pueblo hacia la cúpula.

La influencia política emana no del mandato de los miembros de los
partidos, sino de una combinación de elementos: capital o acceso al
mismo; la lealtad de mandos intermedios capaces de movilizar masas
obedientes que esperan una recompensa tangible de consumo inmediato;
alianzas encubiertas con quienes controlan capitales y lealtades; y
un compromiso indefectible con un extremista `Dejar Hacer, Dejar
Pasar´, que ha operado siempre en perjuicio de la democracia, de la
economía nacional, de la salud pública y del futuro de la nación.

Al Poder llegan políticos que compran las prerrogativas que ofrecen
sus partidos. Para ser diputado, se requiere aprobación de los
caciques para ser incluido en las planillas, onerosamente. Los costos
publicitarios y logísticos corren por cuenta del aspirante. También
es posible ser diputado cuando un patrocinador tiene una cuota de
poder y obtiene aprobación para incluir al testaferro en las nóminas
partidarias, a cambio de la lealtad y obediencia de éste. Las
canonjías anexas al cargo son su recompensa.

Es por eso que nos hemos alejado de nuestra democracia y hemos caído
en la Politicocracia: el régimen de los políticos. Sin tener quién
les pida cuentas desde las bases, los políticos hacen lo que quieren.
Descaradamente. Obedecen únicamente a intereses ocultos que les
permiten llegar a esos cargos, valiéndose de mecanismos y sistemas
democráticos, pero eso no es democracia. Es Politicocracia.

Así como los políticos se valen abusivamente de las instituciones
democráticas, Demos también puede usarlas, legítimamente. De él
depende, con la ayuda de Dios y eventualmente, un liderazgo
patriótico, el reasumir el poder pacífica e inteligentemente, o dejar
que los políticos y sus amos dicten su destino.



Tegucigalpa, 30 de julio, 2008.

Tags: politica, acracia, democracia, libertades, americalatina, poder

Publicado por ChemaRubioV @ 11:53
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