Lunes, 04 de agosto de 2008
 

Douglas Fairbanks





Era un galán jocundo
que se casó una tarde
con la novia del mundo.
Había nacido en Denver City,
capital de un estado
que el Arkansas alegra,
corriendo entre cañones
trazados en la piedra.
Fue jugador de bolsa,
estudiante de minas
e intérprete de Shakespeare.
De su ciudad natal
que humedece el South Fork
pasó de un salto
al cielo de New York.
Y trajo de su Denver,
tierra de la ilusión
donde van los enfermos
que sufren del pulmón,
la limpieza del aire
y hasta la pretensión
de haber vivido en Araphoe
donde el pecho descansa
y la poesía roe el corazón.

Tenía “sex appeal” español.
Es decir brillante la mirada,
el caminar magnífico
y una flor en la risa.
Una flor decorada
con pétalos de dientes
y nácar de dentífrico.
Se enamoró tres veces
y se casó otras tantas.
Una vez con la madre del muchacho
que prolongó su estampa.
Otra vez con la novia de todos.
Mary Pickford, la dulce,
y la quiso a su modo.
Un modo de magnate
con castillo de piedra
escondido en la tarde
entre muros de hiedra.

Trabajó en cien películas
vestido de corsario
escalando ventanas
con músculo ligero
y gastando el florete
en los pechos falsarios
y sacando el sombrero
y haciendo el saltarín.
Porque en su estilo,
era un poco mosquetero
y un poco bailarín.
Nuestra infancia lo evoca
con las manos en guantes,
que parecían charol,
marcando con “zetas”
de su seña infamante
la frente del traidor.
Pero eso era en la pantalla
donde el amor se cumple
y la amistad estalla.
En la vida privada
era exuberante
que amaba el esplendor
de las cosas brillantes.
A su casa llegaban
y eran agasajados,
príncipes sin destino
y reyes destronados
y condesas y aristócratas
de las tierras demócratas
—hubo algún argentino—
que ilustra su moderno blasón.
Y también se asomaba
desparramando “splín”,
la sonrisa cansada
de Carlitos Chaplín.
Chaplín, que no gustaba
de ejercer ese boato,
y que no era corsario
y no era bailarín,
con un chiste muy fino
lo dejó turulato
y le mostró de golpe
su sueño de aserrín.
Douglas tenía el eterno
deseo de viajar
y juntando canciones
dentro de la victrola
y una corte de amigos,
se lanzaba a la mar
donde lo hacían soñar
los vientos y las olas.

Para ser como Drake
le faltaba fierez
si le sobraba empaque.
Lo traicionaban la sonrisa
y el afán de la luz.
Y, tal vez, el dinero
y la mala cabeza.
Porque se hastiaba mucho
y porque estaba viejo
y porque con crueldad,
la verdad del espejo
le presentaba arrugas
profundas en la piel,
con actitud histérica
cometió el disparate
de romper el consorcio
con “la novia de América”.
¡Y pedir el divorcio...!
¡Y casarse otra vez...!

Su gesto fue el contraste
de lo que no se espera.
Y entonces se hizo al mar
buscando aturdimiento
y desde la distancia
le mandaba a su nuera
—Joan Crawford— cien consejos
de sano entendimiento.
¡Douglas dando un consejo...!
¡Pobre...! ¡Ya estaba triste...!
¡Pobre...! ¡Ya estaba viejo...!
Para ser fiel en todo
y epilogar en fuerte
brincó un salto mortal
y cayó con postura final
ante el umbral de la muerte.

Denver City,
donde canta el South Fork,
lo espera con su tierra
para brindarle osario.
Porque no es en Los Ángeles
y tampoco en New York
donde debe dormir
con gesto de corsario.
Es en la capital del Colorado
donde van los enfermos
que sufren del pulmón.
Entre cuencas hulleras,
bosques, rocas y nieves.

En el Condado de Araphoe
donde están los lectores
que lloran por Poe.
Y donde, a veces, llueve.
Donde reina un silencio
de alfombra de aserrín.
Donde una tarde de éstas,
revoleando el bastón,
llegará la tristeza
de Carlitos Chaplín
a despedirlo en nombre
de la generación
de niños que lo vimos
alegre y saltarín
escalando balcones
para marcar con “zetas”
rojas a la traición.

Homero Manzi
Era un galán jocundo
que se casó una tarde
con la novia del mundo.
Había nacido en Denver City,
capital de un estado
que el Arkansas alegra,
corriendo entre cañones
trazados en la piedra.
Fue jugador de bolsa,
estudiante de minas
e intérprete de Shakespeare.
De su ciudad natal
que humedece el South Fork
pasó de un salto
al cielo de New York.
Y trajo de su Denver,
tierra de la ilusión
donde van los enfermos
que sufren del pulmón,
la limpieza del aire
y hasta la pretensión
de haber vivido en Araphoe
donde el pecho descansa
y la poesía roe el corazón.

Tenía “sex appeal” español.
Es decir brillante la mirada,
el caminar magnífico
y una flor en la risa.
Una flor decorada
con pétalos de dientes
y nácar de dentífrico.
Se enamoró tres veces
y se casó otras tantas.
Una vez con la madre del muchacho
que prolongó su estampa.
Otra vez con la novia de todos.
Mary Pickford, la dulce,
y la quiso a su modo.
Un modo de magnate
con castillo de piedra
escondido en la tarde
entre muros de hiedra.

Trabajó en cien películas
vestido de corsario
escalando ventanas
con músculo ligero
y gastando el florete
en los pechos falsarios
y sacando el sombrero
y haciendo el saltarín.
Porque en su estilo,
era un poco mosquetero
y un poco bailarín.
Nuestra infancia lo evoca
con las manos en guantes,
que parecían charol,
marcando con “zetas”
de su seña infamante
la frente del traidor.
Pero eso era en la pantalla
donde el amor se cumple
y la amistad estalla.
En la vida privada
era exuberante
que amaba el esplendor
de las cosas brillantes.
A su casa llegaban
y eran agasajados,
príncipes sin destino
y reyes destronados
y condesas y aristócratas
de las tierras demócratas
—hubo algún argentino—
que ilustra su moderno blasón.
Y también se asomaba
desparramando “splín”,
la sonrisa cansada
de Carlitos Chaplín.
Chaplín, que no gustaba
de ejercer ese boato,
y que no era corsario
y no era bailarín,
con un chiste muy fino
lo dejó turulato
y le mostró de golpe
su sueño de aserrín.
Douglas tenía el eterno
deseo de viajar
y juntando canciones
dentro de la victrola
y una corte de amigos,
se lanzaba a la mar
donde lo hacían soñar
los vientos y las olas.

Para ser como Drake
le faltaba fierez
si le sobraba empaque.
Lo traicionaban la sonrisa
y el afán de la luz.
Y, tal vez, el dinero
y la mala cabeza.
Porque se hastiaba mucho
y porque estaba viejo
y porque con crueldad,
la verdad del espejo
le presentaba arrugas
profundas en la piel,
con actitud histérica
cometió el disparate
de romper el consorcio
con “la novia de América”.
¡Y pedir el divorcio...!
¡Y casarse otra vez...!

Su gesto fue el contraste
de lo que no se espera.
Y entonces se hizo al mar
buscando aturdimiento
y desde la distancia
le mandaba a su nuera
—Joan Crawford— cien consejos
de sano entendimiento.
¡Douglas dando un consejo...!
¡Pobre...! ¡Ya estaba triste...!
¡Pobre...! ¡Ya estaba viejo...!
Para ser fiel en todo
y epilogar en fuerte
brincó un salto mortal
y cayó con postura final
ante el umbral de la muerte.

Denver City,
donde canta el South Fork,
lo espera con su tierra
para brindarle osario.
Porque no es en Los Ángeles
y tampoco en New York
donde debe dormir
con gesto de corsario.
Es en la capital del Colorado
donde van los enfermos
que sufren del pulmón.
Entre cuencas hulleras,
bosques, rocas y nieves.

En el Condado de Araphoe
donde están los lectores
que lloran por Poe.
Y donde, a veces, llueve.
Donde reina un silencio
de alfombra de aserrín.
Donde una tarde de éstas,
revoleando el bastón,
llegará la tristeza
de Carlitos Chaplín
a despedirlo en nombre
de la generación
de niños que lo vimos
alegre y saltarín
escalando balcones
para marcar con “zetas”
rojas a la traición.

Homero Manzi

Homero Manzi

Tags: novia, New York., jugador, sex appeal, enamoro, casó, cine

Publicado por ChemaRubioV @ 19:04  | POESIA
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