Lunes, 04 de agosto de 2008

Leah Abramowitz

DANIEL ELNIKAVEH, Paisaje en Bet Zait, 1993 El Muro Occidental
("de los Lamentos") es uno de los sitios turísticos más visitados de
Israel. A cualquier hora del día o de la noche, afluyen visitantes
al Muro, a orar, a tomar fotos, a participar en una manifestación o
en una ceremonia de jura de la bandera, a asistir a una bar-mitzvá*,
o simplemente a absorber algo del ambiente histórico y espiritual
del que está imbuido este lugar antiguo.
Entrada la noche, cuando la luz indirecta perfila cada rendija y
cada junta de los inmensos sillares, cuando los sonidos de la noche
se funden en la explanada, ciertos individuos se sienten atraídos a
ese lugar, en busca de una experiencia sobrenatural. Para los
sicólogos, éstos son los afectados del "síndrome de Jerusalén", que
añaden una nota de color e interés a la escena nocturna del Monte
del Templo. Entre ellos están los que se creen mesías, los
inadaptados, los turbados, los espiritualmente implicados, que
aparecen a altas horas de la noche. Quienes padecen del síndrome de
Jerusalén están literalmente embriagados por la Ciudad Santa. Los
deleita la atmósfera especial del Muro pasada la medianoche. Los
embelesa el hálito místico que perciben allí de noche. Su psique se
inflama con la santidad histórica en la que se sienten immersos a
esa hora solitaria. Aunque otros sitios de Jerusalén también los
atraen, el Muro es el lugar predilecto de tales individuos, en
especial de los judíos.

El primero en identificar clínicamente el síndrome de Jerusalén fue
el Dr. Yair Bar-El, ex director del hospital siquiátrico de Kfar
Shaúl y actualmente siquiatra de distrito en el Ministerio de Salud.
El Dr. Bar-El examinó a 470 turistas, declarados temporalmente
dementes, que fueron atendidos en Kfar Shaúl entre 1979 y 1993, y
extrajo de su estudio algunas conclusiones fascinantes. Kfar Shaúl
es el lugar obvio para realizar tal estudio, ya que es el hospital
siquiátrico encargado de atender a los turistas que manifiestan
trastornos mentales. De los 470 visitantes del mundo entero que
estuvieron internados allí, 66 por ciento eran judíos, 33 por ciento
cristianos, y el 1 por ciento no tenía afiliación religiosa
definida. El Dr. Bar-El subraya que no sólo los turistas exhiben el
comportamiento característico del síndrome de Jerusalén; también los
residentes pueden verse afectados de modo temporal o permanente.

Los períodos críticos para los visitantes "embriagados" por la
ciudad son, lógicamente, los de festividades religiosas, como
Navidad, las fiestas del Año Nuevo judío, la Semana Santa y la
Pascua judía, o bien los meses de grandes calores de julio y agosto.
El Dr. Bar-El divide a sus pacientes en dos grandes categorías:
quienes tenían antecedentes siquiátricos (diagnosticados o no) y
quienes carecían de ellos.

Los peregrinos-turistas examinados manifestaban pautas muy similares
de deterioro mental. Los síntomas solían aparecer al día siguiente
de su llegada a Jerusalén, cuando empezaban a sentir un nerviosismo
o una ansiedad inexplicables. Si venían con un grupo o con
familiares, sentían de pronto la necesidad de estar solos y se
apartaban de los demás. Pronto comenzaban a realizar actos de
purificación y abluciones, como baños y duchas, o inmersión en un
baño ritual. A menudo cambiaban de ropa, con clara preferencia por
las túnicas blancas, a fin de parecerse a personajes bíblicos,
porque en su mayoría deseaban identificarse con alguna figura
bíblica del Nuevo o del Antiguo Testamento: las mujeres siempre
aspiraban a emular a un personaje femenino de la Biblia y los
hombres, a un santo varón de la Escritura.

Este tipo de conducta no necesariamente lleva a ser internado en un
hospital siquiátrico. De hecho, la mayoría de los afectados por el
síndrome de Jerusalén no crean problema alguno y en el peor de los
casos sólo son una causa de molestia o de irrisión. Algunos, no
obstante, manifiestan trastornos graves, que exigen atención
siquiátrica, cuando menos temporalmente. Un maestro danés, que había
visitado la Ciudad Santa cinco veces en otros tantos años, sentía
que ése era el único lugar donde podía comunicarse directamente con
Jesús. Sin embargo, cuando se puso a conversar a gritos con la
Virgen María, a quien veía sentada en el techo de la mezquita de
Omar, la situación se deterioró. El altercado resultante con los
guardas del Monte del Templo terminó con su hospitalizació n en Kfar
Shaúl.

A veces, la víctima del síndrome de Jerusalén tiene, según el Dr.
Bar-El, un propósito religioso definido, como aquel hombre de
California, que vino a buscar una vaca bermeja para fines de
purificación, según lo ordenado en Números, 19. Otros persiguen
fines políticos, cual Dennis Rohan, un joven turista australiano
cristiano, trastornado, que en 1974 incendió la mezquita El Aksa.
David Koresh, que pasó un tiempo en Jerusalén, quizás sufriera del
síndrome, pero en tal caso tuvo efecto retardado, porque sólo a su
regreso a los Estados Unidos se proclamó mesías y fundó su secta en
Waco, Texas.

Algunos pacientes se hacen adeptos de la medicina mágica, practican
ritos religiosos propios, inventan oraciones personales o adoptan
costumbres excéntricas. Un subgrupo interesante identificado por el
siquiatra constaba de 42 personas, del total de los 470 examinados,
que nunca habían tenido problema siquiátrico alguno. "De pronto algo
me ocurrió" suelen decir esos turistas cuando inician su tratamiento
sicoterápico.

A los cuatro o cinco días, los pacientes tratados en Kfar Shaúl
responden al enfoque de retorno a la realidad que preconizan los
siquiatras. "Me siento como un payaso", dicen algunos, avergonzados,
y no logran explicar por qué les dió por sumergirse en un estanque
en el parque o cantar aleluyas en plena noche encaramados en las
murallas de la Ciudad Vieja. "Después no les gusta hablar de su
experiencia" , dice el Dr. Bar-El. Como seguimiento de su estudio,
envió un cuestionario a sus ex pacientes del extranjero, pero las
respuestas que recibió fueron pocas e imprecisas. "Ellos mismos no
logran entender lo que les sucedió", explica. De los 42 que no
tenían antecedentes siquiátricos, 40 eran protestantes de familias
americanas medias, lectores de la Biblia estrictos y devotos. Habían
interiorizado el Libro y tenían una visión idealizada de Jerusalén.
El Dr. Bar-El cree que el choque al descubrir la Jerusalén real les
provocó un reacción síquica, que les ayudó a integrar la ciudad real
con la imaginaria. Consultó a varios dirigentes religiosos,
católicos entre otros, para tratar de averiguar por qué los
protestantes eran más propensos que los católicos al síndrome de
Jerusalén.

"Encontré tres razones principales probables", dice el Dr. Bar-
El. "Los protestantes dirigen sus preces a un Ser insondable y, en
cambio, los católicos cuentan con la intercesión del sacerdote, un
intermediario tangible". La segunda razón que halló es que en el
protestantismo, Jesús es la figura religiosa suprema, en tanto que
los católicos tienen también a la Virgen María y muchos santos, con
quienes se pueden identificar. Por último, los protestantes, a
diferencia de los católicos los cristianos orientales y los
musulmanes, tienen muy poco éxtasis religioso incorporado en sus
rituales, con escasas ocasiones de fervor espiritual, el cual parece
ser un componente necesario de la experiencia religiosa. También el
judaísmo, opina el siquiatra, brinda más ocasiones de experimentar
fervor religioso, con la multitud de ritos, preceptos y costumbres
que se deben cumplir según la tradición judía.

El Dr. Bar-El señala que el síndrome de Jerusalén es análogo
al "síndrome de Florencia" identificado por los siquiatras
italianos, que hace tiempo observaron una tendencia entre los
turistas y visitantes de la ciudad a actuar de modo raro e
irracional. Sin embargo, en Florencia, son las obras de arte y la
belleza de la propia ciudad las que provocan, al parecer, la
aparición del síndrome, más bien que la religión.

Otro siquiatra de Jerusalén, el Dr. Jordan Scher, afirma que muchos
desequilibrados acuden a la Ciudad Santa en busca de la atmósfera
espiritual especial que emana de ella, particularmente de la Ciudad
Vieja. "Jerusalén está inavadida por mesías: los que vienen a
encontrarlo, o a esperarlo, o los que quieren calmar la tormenta de
su propia alma. Muchos jóvenes judíos buscan en las yeshivot
(escuelas rabínicas) la forma de avivar sus impulsos religiosos. El
Dr. Scher señala que, una vez aceptados, algunos son expulsados
cuando se descubre que están desequilibrados; a otros se les niega
la admisión desde un principio. Muchos de éstos acaban en el Muro,
que convierten en su santuario. Allí cada uno desarrolla su propia
forma de expresar esa inexplicable ebriedad de santidad.

Por ejemplo, ahí está Mótele, envuelto en blancos ropajes, y de
enmarañada barba gris, que grita a un grupo de turistas: "¡Welcome
America!" Mótele posee una voz estentórea: cuando canta una oración
por las lluvias, con la cabeza echada hacia atrás y los brazos
levantados al cielo, suena como toda una orquesta sinfónica. A
veces, para más efecto, se sube al techo de la oficina del rabinato
para vociferar una oración. Los incautos creen que es una voz
celestial, y se sabe de alguno que ha hecho penitencia inmediata,
durante media hora al menos.

Ahí está Guershón, brincando por la escalinata en uniforme completo
de hippy de la era de Woodstock, y con solideo multicolor de Bujara.
Con sus ojos azules agitados y su blanca barba revuelta, ofrece al
mundo una imagen de Papá Noel en versión judía.

Un jasid de la secta Bratzlav, enjuto, ataviado de negro, va y viene
en la oscuridad junto a las puertas, recitándose a sí mismo salmos y
mesándose la rala barba morena, inmerso en su esfuerzo por llegar al
éxtasis anhelado. Llega Yijia, el yemenita, que prefiere el atuendo
de sus antepasados: turbante, chilaba larga y holgada, pero sucia, y
ya sea verano o invierno, sandalias. Yijia solía acampar en las
ruinas del hospicio alemán, justo encima del Muro, pero la policía
lo expulsó. Yijia bendice; como otros reparten confites, él reparte
bendiciones, a quien las quiere y a quien no. Con marcado acento
yemenita, recita la bendición de Abraham, Isaac y Jacob sobre la
cabeza gacha de los favorecidos, musitando rápido y seguido, hasta
que descubre a alguien más necesitado de sus plegarias.

En lo alto de las escaleras, Amnón está alerta. Día y noche, verano
e invierno, anda por la Ciudad Vieja, vestido de un terno gris, con
corbata y sombrero. Horas está en pie, sin hacer nada, siempre a la
vista del Monte del Templo. Estará esperando al Mesías? ¿O haciendo
penitencia? Nadie sabe, nadie habla nunca con Amnón. Ahí está, sin
más, centinela mudo en misión silenciosa que sólo él conoce.

Miriam, la chaparra de pelo envuelto en una pañoleta, llega al Muro
a horas irregulares, unas veces empujando un cochecito de bebé,
otras con uno o dos niñitos. Viene a fregar las losas, rogando a las
mujeres en oración que se aparten, para que pueda seguir con la
tarea imposible de lavar el suelo de la explanada con un trapo de
cocina. Algunos visitantes creen que ese es su trabajo y sienten
lástima por la pobre fregona que tiene que trabajar tan duro en
plena noche.

Esos tipos pintorescos del Muro no se rigen por ley ni Escritura. Se
sienten atraídos, como generaciones enteras antes de ellos, hacia el
foco espiritual del universo, el centro de las tres religiones
monoteístas. Algunos de ellos, con sus problemas, sus actitudes
extremas y sus devociones esotéricas, pudieran caer presa de ese
extraño, y en buena medida incomprendido, fenómeno del síndrome de
Jerusalén.
Traducción: Shlomo Gitai


ARIEL - Revista de Artes y Letras de Israel - 1996/102

INDICE | REY DAVID | MONTEFIORE | ARTE | IGLESIA ETIOPE
| MAYOR | VARGAS LLOSA | OZ | AMIJAI | ZAJ | BEN-YEHUDA
| LOTAN | SINDROME DE JERUSALEM | DIBUJOS

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Tags: El Síndrome de Jerusalén, Leah Abramowitz, bandera, mesias, muro, turisticos, occidente

Publicado por ChemaRubioV @ 19:22  | ARTICULO
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