Jueves, 07 de agosto de 2008
LA PROSA QUE NO CESA
  Mario Gallo

Mario Gallo. 1958, Buenos Aires, Argentina.
Traductor, Profesor de Lengua Extranjera Inglés.
Colaborador en diferentes e-zines, diarios y programas radiales. Sus trabajos han aparecido en distintas partes del mundo y antologías.
1997: primer premio en el primer concurso de cuentos “Así cuenta nuestra gente” organizado por la Biblioteca Pública Popular Municipal “Arturo Humberto Illia” de Escobar por su cuento Retrospectiva.
1998: mención especial en el segundo concurso de cuentos “Así cuenta nuestra gente” organizado por la Biblioteca Pública Popular Municipal “Arturo Humberto Illia” de Escobar, tercer premio en el primer concurso literario “Los Juegos Florales” organizado por el Centro Cultural City Bell y segundo premio en el concurso literario anual de cuento y poesía organizado por la S.A.D.E. Seccional Noreste por su cuento Tren.
1999: primer premio y varias menciones en distintos concursos nacionales por su cuento Revelación a orillas del Luján, publicándose en una antología auspiciada por la Secretaría de Cultura de la Nación.
2003: Mención de Honor por sus cuentos Xmax, Escapada y Tácito en el certamen de cuento organizado por la Cámara Argentina de Publicaciones y CADDAN (centro argentino para el desarrollo y difusión de Autores noveles).
2006: su cuento El viaje es seleccionado por César Melis para participar de la antología Son puros cuentos (ed. Dunken).



Bibliografía:
2000: Revelaciones a orillas del Luján (Ed. de autor) -cuentos-.
2003: Excursión (Dunken) -novela-.
2004: Arrojando Sombras (Dunken) - cuentos-.
2006: Terra Australis (La Luna Que) -cuentos-.

Inéditos:
C58, novela.
Poemas Larvarios, poemas.
Cuentos Condenados, cuentos.

Es miembro del Directorio REMES: redescritoresespa.com

mario-gallo.com.ar

mariogallo.lalupe.com/


[email protected]

 

CURRICULUM VITAE
  Mario Gallo
 
El viaje

 

Pueden llamarme Ishmael.
     O Pedro. O Susana, o Carlos, o Adriana, si lo prefieren. En tal caso, limítense, por favor, a ajustar el género donde corresponda.
     Este viaje a través de océanos embravecidos, entremezclado con algún que otro espacio de calma, está a punto de cumplir veinte años. Tal vez, para algunos marineros más experimentados sea poco tiempo. Sin embargo, le escuché preguntarse a un viejo lobo mar, que ya no recuerdo su nombre, si después de veinte años no resultaría de vital importancia para todos los que como yo lideran sus frágiles embarcaciones en este espejo de sorpresas desagradables y de un futuro cada vez más incierto, que esta agotadora travesía demostrara por sí sola, sin frases hechas ni demagogas, alguna señal, algún signo positivo. Otros más radicales, y que seguramente tendrán sus fundamentos, se han aventurado a deslizar, haciendo que se les ericen los pelos de la nuca a quienes tienen la limitada capacidad de imaginar lo blanco o lo negro, que el viaje definitivamente terminó. Yo no creo que sea así; me resisto a pensar que sea así, pero, después de tanto tiempo, de tanta lucha, me siento cansado.
     De repente, como por casualidad, un día me topé en la bitácora, tarde en la noche, con anotaciones que hablaban de dulces cantos emitidos por seres que prometían tesoros, y, asimismo, y a modo de nota, con la advertencia de no acercarse demasiado a ellos. Es una suerte que haya anotado esto con fecha y hora meticulosamente. También, con un vistazo mental asocié esas fechas con posteriores daños en la estructura de mi nave. Cierta vez un miembro de la tripulación, tripulación joven y llena de esperanza, me hizo notar, sorprendido, que algunos destrozos habían sido ocasionados al poco tiempo de zarpar. Hace mucho tiempo me habían comentado que la falta de experiencia se paga caro. Yo me limité a mirar con ironía.
     A partir de esto último, reviví, por esas cosas que tiene la mente, que durante años soñé con un Hechicero, especie de Circe moderno, y que en el sueño insistía con lo que se daba en llamar “discurso”. Insistía con que tuviese cuidado con el discurso. Su idea del discurso era una obsesión que, en el sueño, lo llevaba al éxtasis. Era ahí donde yo despertaba convulsionado, para sorpresa de mis marineros, que se desvivían por hacerme situar en el tiempo y en el espacio. La palabra “discurso” no me abandonaba hasta bien entrado el día.
     No hace mucho volví a soñar con Él, pero sus palabras fueron más precisas y cargadas de urgencia. Dijo: El discurso político es de ocultamiento. A lo mejor, si pudieses traducirlo, Ishmael, de ese discurso saldría exactamente lo contrario de lo que el político te dijo. En definitiva, esa traducción tendría mucho que ver con el pensamiento que el discurso oculta.
     Un atardecer, mientras rememoraba la causa de uno de los viejos daños fechado “1992”, recordé a aquel navegante, que, en 2000, había hecho flamear dos banderas tan incompatibles como condenadas al fracaso, y dando rienda suelta a sus cañones a modo de festejo, fue, al poco tiempo y para nuestro asombro, a dar de lleno con los arrecifes.
     Ahora los seres y sus cantos, me dijeron, han regresado. Y dicen que sus cantos, envueltos en un paroxismo ancestral, hablan de reordenamiento, de bienestar, de recuperación, de cambios, de aires nuevos, pero, paradójicamente, tengo la extraña sensación de que esos seres, los instrumentos al fin y al cabo, son los mismos de siempre. En un momento de descanso, mientras fijo los ojos en el horizonte, la línea del arrecife surge lentamente así como la voz del Hechicero, que no me ha dado la respuesta, porque la respuesta sólo yo puedo encontrarla, pero, sí, un consejo. Un consejo que vale oro.
     Mi fiel tripulación, con los oídos taponados con cera, ha dispuesto todo lo necesario, porque así lo ordené, para atarme en la forma más segura posible al palo mayor y dejarme ahí diga lo que diga, pase lo que pase. Porque será necesario analizar esos nuevos cantos para denunciar su hipocresía o, si la situación lo requiere, para asumir el error y pedir perdón.



El texto del libro TERRA AUSTRALIS

 

La foto del perro

 

En el frente de la casa, apiladas, cajas de cartón, latas viejas, azulejos rotos, cortinas sucias y descoloridas; objetos irreconocibles a simple vista, objetos reconocibles a simple vista: típicas señales que delatan razonadas reformas en combinación con habitantes nuevos.
     Camino junto a Patricia, rama en mano, despreocupado y en armonía. La charla, escasa, se columpia en un abanico de temas a veces profundos, a veces triviales. De lejos me viene el griterío de pibes que saltan en artificiales espejos de agua. La tierra seca, que de a ratos danza en alocados remolinos, está cargada de aroma como pidiendo un milagro líquido.
     En ese frente, por el momento preciso en éste, nuestro espacio, me detengo como buscando algo. Es que mi abolengo de ciruja reprimido se despierta cuando las cosas desechadas por otros se me plantan ante los ojos. Es una invitación difícil de rehusar. En medio de ese sinfín de despojos, a priori inservibles, la foto de un perro en el interior de una de las cajas se asoma como un último intento por pedir ayuda. La foto de un perro en el interior de una de las cajas, como una señal, me sale al encuentro. Es una foto en blanco y negro limitada por un marco de caña oscuro, vetusto y algo pringoso. Ese cuadro pudo haber estado colgado en la cocina o cerca, muy cerca. El vidrio está roto. Identifico con certeza la raza del reciente expulsado: ovejero alemán. No existe sabiduría alguna en mi elección. Creo que cualquiera podría reconocer a un ovejero alemán. Pero me es imposible identificar, o siquiera arriesgar, el nombre con el que niños y adultos llamaron al bicho hasta mucho tiempo después, quizá, de su muerte.
     Me viene el recuerdo de una muestra con fotos encontradas en la basura. Miles de historias se habrán inventado.
     ¿Por qué deshacernos del pasado? Si nuestras almas estuvieran atrapadas en las fotos, como creían los Antiguos, estaríamos a salvo de conocer el Cielo o el Infierno. O, lo que es mejor, evitaríamos la angustia y el desamparo causados por el instante previo a la decisión final de nuestro último destino.
     Yo también tengo cajas repletas de fotos.
     Yo también tengo cajas repletas de fotos y no sé cómo terminarán. Sólo puedo responder por ellas hasta tanto tenga aliento.
     Yo también tengo cajas repletas de fotos con fechas escritas con lápiz, no con birome, al dorso, y no sé por qué hablo de Cielo o Infierno como si realmente me importaran.
     Trato de indagar más por enfado que por genuino interés quiénes fueron los que arrojaron a este amigo ocasional con forma de perro a la incertidumbre de este viaje solitario. Hubiese sido mejor prepararle un funeral vikingo, digno de un rey, a fuego limpio, a chisporroteo limpio, librarlo de la incógnita, de posibilidades remotas, del asco que causa la misericordia. Librarlo de mis reflexiones eventuales, y, a su vez, librarme de mis reflexiones eventuales. Ahora ya es tarde, la mano del extranjero, del extraño, lo ha infectado, arrancándolo del lugar elegido para el homenaje, con su sentencia inconsulta, imparcial.
     No logro encontrar un motivo que justifique este desprecio.
     No logro encontrar un motivo que justifique tanta desidia.
     A través de una niebla de tiempo ese fiel amigo que alguna vez fue, no para mí, me sale al encuentro con ojos fijos y en silencio, tratando de hacerme recordar su pasado, lo que hizo y lo que dejó de hacer, su entrega, su desesperación ante la espera infinita, su incondicional compañía, su vigilancia incorruptible, su amor desinteresado, su velado sufrimiento para el espectador sensible, antes de ser sepultado para siempre en su paupérrimo ataúd de caña, vidrio roto y papel, por una carretillada repleta de escombros que se aproxima, lenta e inexorable.
     Mi cerebro ensaya una acción tan vindicatoria como refleja que se pierde por el intrincado camino de mi sistema nervioso sofocada por una contraorden voluntaria.
     La foto ya no está.
     Alguien con una carretilla vertical y una sonrisa amable y atravesada me habilita a llevar lo que quiera de la pila de despojos.
     Agradezco. Pero no hay algo que me sirva.
     Siento tristeza. A pesar de que nada tuve que ver con ese animal, algo me camina por dentro causándome una extraña desazón, como que alguna vez seremos partícipes de una hermandad en una remota comunión de almas.
     Poco a poco, mis oídos se percatan de la voz de Patricia que me pregunta, haciéndome dueño de una confianza condicionante, cómo se llama ese pajarito azulado que revolotea, despreocupadamente y nervioso, entre las ramas de un tala retorcido por los años. Sé la respuesta y siento alivio.
     -Según me contó El Bocha -le informo-es un azulejo.
     Inmediatamente después, en mi mente sentencio, como para dar por terminada la experiencia sufrida: No existe hoy un lugar que día a día pierda más sentido, ni un lugar tan común, pero no por eso menos cierto: el olvido es la más injusta y concreta de todas las muertes, y para mi infortunio, voy camino a su encuentro.



El texto del libro TERRA AUSTRALIS

 


Documento extraido de PALABRAS DIVERSAS

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Publicado por ChemaRubioV @ 22:39
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