Jueves, 28 de agosto de 2008
El autor, puertorriqueño, posee una Maestría en Literatura de la Universidad Nacional Autónoma de México y completó los cursos conducentes al grado de doctor en la Universidad de Valladolid. Fue director del Instituto de Estudios Hostosianos. Es autor de tres poemarios, de varias antologías de poesía y de literatura puertorriqueñ as y de numerosos artículos de crítica literaria.

 

Es Catedrático Asociado del Departamento de Español del Colegio Universitario de Humacao (UPR) y director de EXÉGESIS.

El siguiente texto fue leído por su autor en la actividad de presentación a la edición en alemán del libro del Dr. Samuel Silva Gotay, El pensamiento cristiano revolucionario en la América Latina y el Caribe, celebrada en la noche del 23 de abril de 1997 en la residencia del Rector del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico.

«Yo quisiera hablarles un poco ahora a ese pequeño grupo de madres que quiere la lista de muertos.

Las madres que no entendieron que un revolucionario nunca muere y que menos muere para su madre;

no necesita flores ni tumbas, no necesita velas:

necesita vidas, plazas, marchas, caminos y jóvenes que luchan...

¿Qué mejor tumba que el corazón de una madre para tener el hijo metido adentro?...

Ése es el lugar para nuestros hijos y ahí renacerán cada día y cada vez. Los tiraron al mar y volvieron... Los quemaron y volvieron... Los metieron en las mazmorras y volvieron. Los torturaron y volvieron.

Y hay que reivindicarlos compañeros, porque los nuestros no están, porque murieron por no delatar y por no hablar. Estoy harta de libros de quebrados, quiero libros de los que murieron por no quebrarse».

Hebe de Bonafini, Pdta. Asociación de Madres de la Plaza de Mayo.

Publicado en Eliades Acosta, "Poscrítica", Contracorriente (La Habana), 1996, 2, 4, 102.

«¿Qué es un `estadista radical'?

A. Un ex-independentista comecandela víctima de un ataque masivo de pesimismo e impotencia.

B. Algo así como `la hiperdemocratizació n de la poesía': un término que nadie sabe qué carajos significa.

C. El paso previo para convertirse en un `monarquista anarquista'.

D. Lo que era Fernando Clemente antes de convertirse en un independentista radical.»

Fernando Clemente

Introducción

stamos invitados aquí, a propósito de la nueva edición del libro de Samuel Silva Gotay, El pensamiento cristiano revolucionario en América Latina y el Caribe, esta vez en alemán, para reflexionar acerca de las esperanzas revolucionarias de varias generaciones de latinoamericanos que hace pocas décadas, en los años sesenta, percibíamos con inminencia y certidumbre, y que de repente, en un proceso acelerado que ha durado, no obstante, pocos años, parecen haberse desvanecido en las ciénagas del olvido. Curioso tránsito , acaso en círculo, el de esta marcha desde los 60 hasta los 90. Una generación (la del sesenta), en cuya madurez, precisamente cuando se ha establecido en la cátedra, en la gerencia, en todo tipo de jefatura, ha cedido inexplicablemente sus certezas y utopías ante el empuje reductor de los posmodernos contestatarios, pesimistas, como los llama Luis Fernando Coss. Y la generación del sesenta, venida a los noventa, curiosamente muda, curiosamente en trance. Cabe preguntarse si, en efecto, la generación de aquellos revolucionarios de la paloma asesinada y en las manos del pueblo depuso fácilmente las armas. Y, de ser así, si no ha ocurrido en Puerto Rico, con esta generación, un derrumbe súbito comparable en algún sentido con el de la Unión Soviética, una de esas recurrentes destituciones de las ilusiones que han sufrido tantas generaciones, el barroco que acompaña a un renacimiento, o simplemente la mudanza de la rueda de la fortuna. Pienso que tal vez Sammy Silva titubee en lo oscuro de sus sueños lo mismo que León Felipe cuando en el 1941 publicó una traducción del Canto a mí mismo de Whitman: «¿Será oportuna esta canción?», se preguntaba entonces el poeta; es decir, ¿será oportuno este libro de amor y fe?

Sammy Silva ha querido que esta noche, en homenaje a ese libro suyo que se nutrió de tanta esperanza aparentemente hoy desvanecida, nos acerquemos a este tema desde perspectivas, cauces, diferentes. A mí, como modesto poeta y crítico de literatura puertorriqueñ a, me corresponde, como es natural, esta ladera, vale decir, la ladera del poeta, nutrida como acostumbra de atrechos y de esguinces que algunos consideran trampas. Contra la erudición formal de mis colegas, permítaseme esta ventaja.

Samuel Silva Gotay en los sesenta

Pero debo comenzar señalando que yo conocí a Sammy Silva cuando apenas él cazaba al vuelo las primeras ideas matrices de su libro, su tesis doctoral. Había yo llegado tarde a la generación del sesenta. Entré a la Universdad de Puerto Rico en el último semestre de la década, en agosto de 1969. Venía dirigido desde la niñez al estudio de las ciencias. El choque de mi conciencia con el clima universitario fue como el del pez que entra al agua. Aparte de la guerra contra el ROTC y el Servicio Militar Obligatorio que me obligaron a asistir a encuentros físicos entre estudiantes cuyos dientes en el piso nunca olvidaré, he confesado en otras oportunidades el impacto inolvidable que causó en mí el discurso de bienvenida del entonces rector Abraham Díaz González cuando nos exhortó «a la busqueda de la verdad». Profunda huella dejó en mí también aquella primera participación en el acto en recordación del natalicio de don Pedro Albizu Campus, cuando escuché con asombro por primera vez al poeta Juan Antonio Corretjer, al brioso Rubén Berríos, al elocuente Juan Mari Bras. En el Departamento del Bachillerato en Estudios Generales, Arturo Meléndez tenía enmarcado aquel cartel de Lorenzo Homar en homenaje a Bertrand Russell que tenía inscrita una frase provocadora que aludía a «la compasión irresistible por el dolor de la humanidad». Arturo Meléndez y Sammy Silva ofrecían un curso que llamaban Grandes Obras Religiosas. Allí intentaban, entre otras cosas, que entendiéramos en la lectura de los Salmos la terrenalidad del cielo y del infierno, y aquello de que Dios era la fuerza del amor moviéndose en la historia. Sammy llegó un día a clases con un libro oculto: los Salmos de Ernesto Cardenal, distribuidos clandestinamente en Nicaragua y sacados de igual modo del país, donde servía el salmo como consuelo y como aliciente al fragor ardiente de la lucha antisomocista. Mucho más tarde, ayudaría a Sammy, como lector, a corregir la tesis de errores, por lo que viví este texto de varias maneras mucho antes de que saliera de imprenta la primera vez. Algún tiempo después lo aprendido en ella me hizo darle a la poesía de León Felipe una lectura totalmente distinta a la recibida hasta entonces. De ahí surgió mi tesis de maestría: León Felipe: profeta de la revolución.

En esa misma época de mi primera llegada a la universidad los poetas de Guajana y toda la generación del sesenta enfrentaban reacciones contestatarias abiertas y encubiertas. Fue la época en que Ventana inició sus publicaciones y, poco después, Zona Carga y Descarga. El tema del escritor y la política se debatía en foros impresionantes lo mismo que en los graffitis de Iván Silén, el pájaro loco. Recuerdo uno en el que participaron Francisco Manrique Cabrera, Ángel Rama, Arcadio Díaz Quiñones y Luis Rafael Sánchez. Me formé dentro de ese clima reactivo a la excesiva politización y promotor de la profesionalizació n del escritor que decía no negar, sino ampliar, profundizar, la esfera de acción politizada de los guajanos y de las otras tribus sesentistas de la isla. Años más tarde tuve que volver con ojo crítico a examinar toda esta coyuntura, a propósito de lo que observé leyendo extensamente para la revista MAIRENA la obra poética que se publicó durante la década de los ochenta. Varios prólogos sucesivos, a sucesivas antologías de poesía puertorriqueñ a publicadas por MAIRENA, fueron afinando mis puntos de vista sobre los desarrollos de la poesía puertorriqueñ a de este siglo. En apretada síntesis aparece en el prólogo al libro de 1992 que titulé Hasta el final del fuego. Guajana: treinta años de poesía. Una sinopsis aún más breve se publicó en el número del 50 aniversario de ASOMANTE aparecido hace unos meses. Acto seguido resumo el planteamiento.

De los sesenta

a los noventa

En el mismo año que Concha Meléndez y Juan Martínez Capó publicaron su Antología Poética de Asomante (hablamos del 1962) iniciaba Guajana la extensa serie de publicaciones que romperían las brújulas del desarrollo de la poesía puertorriqueñ a y establecerían los hitos de sus procesos durante más de dos décadas. Como sabemos, Guajana no estuvo sola en ese proyecto. Si bien es cierto que importantes autores que iniciaron sus publicaciones durante estas décadas se mantuvieron desvinculados de las nuevas revistas, también es cierto que estas revistas le impartieron a la época una impronta indeleble que las define. Nos referimos, principal y específicamente, no sólo a Guajana (de Río Piedras), sino a Mester (de Aguadilla) y a Palestra (de Guayanilla), verdadero triángulo de revistas que exhibieron de manera más decidida y preeminente que otras las teorías y la poética que caracterizan a este grupo, grupo que verdaderamente puede y debe considerarse una generación.

Armados de la voluntad de proclamar a toda voz sus certezas, estos poetas acompañaron su poesía con editoriales atronadores. Dentro del cuadro directivo de cada revista se produjo la dialéctica de un coro con desentonos que evolucionaba, cambiaba y se transformaba con cada salida. Guajana misma, por ejemplo maestro, no adquiririó sino hasta su segunda época, precipitada entre otras cosas por la muerte en 1965 de Pedro Albizu Campos, los colores de la bandera con que la crítica etiqueta la producción del centenar de poetas que procuraron sus espacios. El maridaje con la lucha social revolucionaria de corte socialista se anunciaba ya en esta segunda época de Guajana, pero no cuajó sus truenos distintos sino hasta su tercera época, ya en 1970, momento en que Guajana desborda el nacionalismo burgués e inicia la guerra civil contra los ateneístas de entonces y contra el Departamento de Estudios Hispánicos y los universitarios «viudos de Ortega», como los llamó Marcelino Canino.

Considerada a grosso modo, la poesía sesentista quiso romper con las tendencias metafísicas y trascendentalistas de la poesía en la que sus mayores buscaron refugio tras la feroz represión y mordaza a que fueron sometidos los movimientos nacionalistas y socialistas, aplacados con la receta tibia de un nuevo régimen político que rescató no obstante --aunque ilusoriamente- - la bandera, el idioma, la nacionalidad, el gobierno propio, entre otras cosas. Aplacado el trajinar de la reconstrucció n de la posguerra y sus angustias existenciales, el mundo creado por el ELA entró en un estancamiento que propició sin quererlo el múltiple rebrote de sus crisis. En el plano mundial, la época vio el reagrupamiento de fuerzas de liberación, el resurgimiento de fuerzas populares, por todas las esquinas del orbe. La revolución cubana, tan cercana a nuestro latido, le dio olor a inminencia a las utopías de libertad y de redención social latinoamericanas. A su calor, la nueva generación acudió con una propuesta de poesía militante tomada de César Vallejo, feliz de su impureza, y presta a colaborar de esa esperanza con su arma cargada de futuro, del mismo modo que lo hicieron amplios sectores del mundo religioso con su teología de la liberación. No se trataba de «celebrar la inminencia de la revolución», sino de sumar hacia ese fin su trabajo y esfuerzo --como un imperativo ético-- puesto en jaque por el crecimiento y advenimiento al poder del anexionismo en el 1968 y en duermevela por el reduccionismo occidentalizante con el que la élite intelectual disfrazaba nuestra calibanesca caribeñidad. Tras la ardua batalla ideológica de los setentas, el clima literario de los ochenta derivó hacia una especie de detente cuyos esquemas se transformaron radicalmente.

El proceso que alteró este clima cultural sesentista hasta recular hacia nuestros actuales desalientos se inició con la crítica al panfletismo politizado y retórico que ciertamente halló amparo bajo el ala de esta generación de poetas, y la demanda de una aspiración de notoriedad individual que se concretó con éxito en reclamos de profesionalizació n del escritor y de una revolución que se desplazó del plano social al plano del arte. Zona Carga y Descarga, Penélope, Ventana y, más tarde Alicia la Roja, entre otras, enarbolaron las banderas de un arte más inmiscuido de interioridad y hospedaje de sinuosidades neosurrealistas y de exploraciones de siquis frenéticas y experiencias oscuras, en algunos casos proponiendo paréntesis al compromiso sociopolítico militante y en otros proclamando su expansión, no su negación. Los encontronazos de los años setenta, los intentos de diálogo, proliferaron el debate de las teorías y de las actitudes hasta su agotamiento y posterior extinción.

En los ochenta, como señalamos antes, ya el cuadro se había desplazado hacia coordenadas marcadamente diferentes. Si consideramos el archipiélago poético junto, los poetas puertorriqueñ os deletrearon una poesía que recelaba de las funciones meramente esteticistas tanto como del poder profético y misional que quemó praderas y aglutinó pueblos. Aun en aquellos casos de un lenguaje más tradicional, la poesía azucarada se vertió todavía contra las centrales y estuvo presta sólo en contados casos a servir como disfraz impuesto o como parlamento de la conformidad. En los más, ya sea con sabor de acritud, recogimiento o ironía, la contemporizació n fue puente roto por el que transitaba un Vallejo lastimado.

En los ochenta, la poesía puertorriqueñ a cumplió sólo parcialmente con la observación de Julio Ortega en el sentido de que la poesía hispanoamericana se inclinaba «hacia las formas más abiertas del coloquio». La obra más joven en Puerto Rico se definió más como tentativa, como transición o desplazamiento hacia un neobarroquismo muchas veces herméticamente abierto en su obsesión por el equívoco, la ambiguedad, el misterio. Eran fiscales de una tribu marginal, conscientes de su fragmentación, desasidos, afantasmados, o, como se describieron ellos mismos, sencillamente soterrados. Refugiados en trincheras desmitificadoras, sus imágenes de la modernidad parecían más quebradizas y más corrosivas. Cargaban de acuerdo a nuevos márgenes su nueva tabulación, su nueva ortografía. Impúdicos en su desparpajo retador, cínico a veces, congregados en torno al cemí de lo ingenioso, intentaron redefinir al mundo destituido de ilusiones con cargos de una impugnación más ingeniosa que ética, más ética que emocionada, más emocionada que ideológica, más ideológica que politizada. Parecían haber descosido de clases --económicas, en el sentido marxista-- la sociedad puertorriqueñ a. La poesía más joven se ungió con las fórmulas ambiciosas y céleres del video rock y el MTV.

El proceso iniciado en los setenta con la restauración esteticista y el desplazamiento hacia la profesionalizació n del escritor --en todos los géneros-- que se consideraría clase aparte y se desvincularía progresivamente de las luchas sociales concretas y objetivas, hasta desconocer a los viejos antagonistas que identificó el marxismo, es a mi juicio, a pesar de su inobjetable capitanía en el plano de las novedosas proposiciones literarias del momento, el verdadero legado de la revista que fundó Rosario Ferré: Zona Carga y Descarga. La antología o muestra de poesía militante preparada por Manuel de la Puebla y publicada en el 1979, era ya en los ochenta el resabio tardió de un arte que había agotado ya entonces sus últimas llamaradas, en medio de la crisis internacional del marxismo, la privatización de la cultura a través del encarecimiento desmedido de los libros y la derechización de la política internacional bajo el amparo, desde ya, de la ideología de la libertad miope, la ideología del fin de las ideologías, que no es otra cosa que la entronización de la publicidad como núcleo de la superestructura social. La escritura de los ochenta en tránsito a los 90 tendió hacia la ironía y el escepticismo antidoctrinario, hacia formas cada vez más personales de un discurso disidente, pero cada vez más críptico, imbuido de cierta ideología derrotista de sobrevivencia que recula entre ahogos en este mismo espacio.

La incapacidad de esa crítica posmoderna que ha proliferado en los últimos diez años para identificar sus raíces en el pasado, la lleva posiblemente a ignorar cuánto se asemeja al modernismo rubendariano en cuanto a su embriaguez de exotismos, y la globalización de sus afluentes. Aunque la posmodernidad ha echado raíces y sombras por todos los géneros literarios, brotó con mayor virulencia en el ensayo y en una supuesta crítica que utilizó los textos como pretexto para la autoexhibició n, es decir, para la creación de nuevos textos. La misma voz y actitud que desnaturalizó el discurso poético reivindicador de la generación del sesenta por repetitivo y gastado, incursionó en la crítica para racionalizar su propuesta de una aventura con el arte, con la palabra, que la desembarazara de sus urgencias sociales y de su referencialidad directa con la realidad social. Interesantes y fructíficos como fueron estos planteamientos, desvirtuaron la tarea del crítico para inocular los textos de perspectivas extemporáneas. Así, hemos visto encum-brarse en nuestra clase intelectual ciertas obras de ficción que se publican como crítica literaria, dedicadas, entre otras cosas, al desmantela-miento de la obra y de la figura histórica de Eugenio María de Hostos, a la desfiguración de las obras «patricias» tanto decimo-nónicas como treintistas, principalmente, a la relectura de lo que también extemporáneamente se propone desvitalizado como mero «imaginario», metarrelato inocuo por el que generaciones de puertorriqueñ os vivieron, sangraron y murieron. Arcadio Díaz Quiñones, lamen-tablemente, acaso fuera uno de los que primero abrió esta caja de Pandora al criticar la obra de Cintio Vitier, en su libro de 1987 Cintio Vitier: la memoria integradora, libro que dio origen poco después a lo que podemos considerar uno de los primeros debates entre posmodernos y revolucio-narios, protagonizado por Vitier y Díaz Quiñones.

En general, la literatura posmoderna del último lustro padece a mi juicio --como les dijo Martí a los modernistas- - de aquella vergüenza de la madre que los crió, y vergüenza de ser indios, porque tiene nueva la fiebre del libro exótico que aborrece de su libro autóctono, la fiebre de la óptica europeísta o primermundista con la que se leen y ven su propia imagen en el espejo, so color de globalización, como si se quisiera otra vez sustituir la población natural con ingleses biennacidos. Póngase oreja, léase entre líneas, para ver con quiénes sostienen sus diálogos ocultos. Esta literatura posmoderna padece, como los modernistas --subrayo-- de fines del siglo XIX, de la entronización en sus discursos de la imagen y la metáfora con la que construyen y deconstruyen textos semio-lógicos, textos encerrados en el mundo de una palabra sin raíz, descontextuada, desreferen-cializad a de realidades concretas, recicladora infinita de viejas metáforas. Padece de ser una literatura alimentada de sí misma y no de la vida, atada al padre Nietzsche por un cordón umbilical momificado, desrealizada en suma, sumida en el vértigo alucinante de un nuevo arte por el arte, una nueva torre de marfil inaccesible, pero esta vez marfil artificial, naturalmente. Son textos perdidos en el laberinto del lenguaje como realidad única, verdadera encarnación del metarrelato del que huyen para caer inesperadamente en su pantano. Al final sólo queda en pie la imagen cibernética de una computadora. Parece, el posmoderno, un discurso que no puede distinguir la realidad virtual de aquella en la que reina el crimen, la droga, el desempleo, la explotación en el empleo, el abuso de menores, la flagelación sentimental de la mujer, el acoso, la persecución, la agonía, porque en su discurso de la soledad todo es semiología, metáfora, imagen, signo, juego edonista con la palabra, fenomenología. Afortunadamente, la literatura posmoderna tiene un radio de influencia definido, finito, y su marea no alcanza a hege-monizar ni a inundar todos los predios de nuestra literatura de fin de siglo.

La «estadidad radical»: último derrotero

Como sabemos todos, para hablar del derrotero de nuestras utopías sesentistas y de aquel tempo sublime de nuestras certezas militantes, empáticas, que nos pusieron a trabajar por el hombre nuevo, es ineludible atascarse en estas propuestas de la posmodernidad que han recibido de los medios de difusión todo el espacio que han querido, igual, curiosamente, que la crítica anticastrista. Pero me es imposible no tocar, antes de terminar esta noche, con epígonos posmodernos del patio que han resbalado hasta caer en la propuesta de lo que han llamado "Estadidad radical", verdadera antítesis de la militancia sesentista.

Además del manifiesto publicado en DIÁLOGO y de algunas réplicas y contrarréplicas, hemos tenido la oportunidad de escuchar personalmente a su principal promotor en el Colegio Universitario de Humacao y de escucharlo también en una entrevista difundida por el canal 13.

De las réplicas que he podido leer, prefiero la publicada recientemente en DIÁLOGO de Francisco José Ramos. No obstante, me parece absurdo prestarle oído a esta solicitud de discusión y diálogo que acompaña la propuesta. Esto es así porque las diferencias en nuestros puntos de vistas son innumerables y discutirlas es como estar en un salón cerrado en el que vuelan innumerables pedacitos de papel --los asuntos a discutir-- movidos por varios abanicos. Hay que tener norte para entrar ahí. Hay que tener valores que no vuelen dispersos como todo lo demás. No podemos renegar de los valores que definen nuestras lealtades. Algo debe quedar firme en el universo para que no reine la confusión, para que actúe como estrella del norte que organice el caos de estrellas. Más que de las ideas, creo en la importancia que en este debate tienen los valores, principios, lealtades que, ciertamente no compartimos. Crecí con ideales, con deseos, con posibilidades por las que valía la pena luchar. Hostos: La libertad es un modo absolutamente indispensable de vivir. Martí: Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar... No me asusta que se le llame a eso dogma ni que se me sume a la lista de los «idiotas latinoamericanos» de Vargas Llosa, porque ellos también tienen el dogma de su falso antidogmatismo. La derrota de algunas de mis utopías, o la falta de victorias en otras no mellan en absoluto, para mí, la deseabilidad de lo que imagino como porvenir, ni su sentido reivindicador, ni su justicia. Algunos se preguntan si a éstos, más que posmodernos debemos llamarlos postutópicos, y añado yo, posnacionalistas, postaspiraciones, postsueño, postambición, posporvenir. .. Creo que la noción de posmodernidad se aclara si la acompañamos de estas cualidades que con tesón han hecho suyas.

Han llegado así a este fin de siglo con una propuesta que no es nueva, pero que la plantean así por su aborrecimiento de la memoria. Estadidad radical es una frase que tiene estadidad como lo sustantivo y radical como un modificador. Entendida así, como se debe, insistimos en que no es nueva: Barbosa, el «padre de la estadidad», la formuló antes que terminara el siglo XIX. Con ella un grupo de importantes puertorriqueñ os que no quiso escuchar a Hostos, entró al siglo XX para reconocer pronto la irrealidad de sus pretensiones. Incluso poetas posmodernistas y nacionalistas como Virgilio Dávila apoyaron una estadidad radicalizada. No otra cosa pretendió el Partido Socialista de Santiago Iglesias Pantín, hasta llegar a Juan Duchesne Winter y Áurea María Sotomayor, pero pasando por los niños terribles del estadoísmo que fueron en su momento, allá por los setenta, Libertario Avilés, Benny Frankie Cerezo, Andrés Salas Soler. Una diferencia entre aquéllos y estos ideólogos me parece crucial: ninguno planteó sus ideas desde el periódico de la independencia. En una entrevista difundida por el canal 13 de televisión, Duchesne alegó que el pueblo ha descartado para Puerto Rico el estado nacional, y que ello es producto de su sabiduría. Como hace unos días se celebraron las vistas del proyecto Young, me pregunto si los independentistas querrían tener de su lado a Duchesne, o los estadolibristas, o los estadistadistas radicales o no, sobre todo si consideramos que, como apunta Francisco José Ramos, Duchesne Winter parece creer compatible ser anexionista con ser latinoamericanista, antiestatalista, anticolonialista, antimilitarista, defensor del español vernáculo, de la representació n olímpica, de la identidad nacional, del antirracismo, de las culturas nacionales arrasadas con furia homicida por todo el mundo, del antiimperialismo, de la antiexplotació n de los asalariados del mundo, etc.

Carlos Rojas, en un escrito inédito que me ha permitido leer, explica con toda precisión de dónde parece venirle a los posmodernos del patio esa furia antinacionalista que los distingue de sus homólogos de afuera y que no está ni en Foucault ni en ninguno de los más importantes proponentes de las ideas que se identifican con la posmodernidad. Pero una de las cosas que más me apasionan es el desparpajo y la desvergüenza con que so color de antidogmatismo y de defensores de la tolerancia, echan por la borda, con el mayor desdén, los esfuerzos de tantos puertorriqueñ os que no se rindieron ante el desencanto y pagaron con toda una vida de lucha y persecución, con sangre y muerte, un precio muy alto por amar. Me refiero a la obra que so pretexto de crítica posmoderna, se dedica a subestimar, a caricaturizar, a desnaturalizar, con aliento adanista, con la vocación autista, ególatra, de quien convierte al Subcomandante Marcos de Chiapas en un encapuchado tipo Batman, a Juan Mari Bras en un defensor del derecho de la ciudadanía global al renunciar a la de Estados Unidos y reclamar derechos ciudadanos en Puerto Rico, hablando en nombre del futuro, del nuevo milenio, como los astrólogos que saben lo que no pueden revelarnos todavía: «Ya ustedes verán», nos dicen, con argumento de fe.

Creo que el insistir en dirigir su discurso estadista en las páginas del periodico de la independencia, tiene un propósito. (¿Por qué no lo hacen desde El Nuevo Día; por que hablan en la UPR y no en el comité central del PNP?) La punta de lanza de las luchas y la resistencia del pueblo puertorriqueñ o contra la anexión ha estado colocada en nuestra ciudad letrada, nuestros escritores y artistas, nuestra clase de letras, nuestra élite intelectual, modelo del pueblo que adora al Abelardo Díaz Alfaro del Josco, al José Luis González de En el fondo del caño hay un negrito, al Gautier de Ausencia y de Regreso, al De Diego de Última Actio, al Corretjer de La alabanza en la torre de Ciales, a Betances, Hostos, nuestros compositores y artistas, y tantos más. Cuando como estudiante de la Universidad Nacional Autónoma de México conversaba con José Luis González, éste encauzaba con frecuencia sus argumentos indagando por el origen de los personajes. Una vez le pregunté porque insistía en algo para mí accidental y me contestó que la sangre pesa más que el agua. Así pues, si esta propuesta es pro status quo, pues parte de la premisa de que la anexión es ya un hecho, entonces desde el punto de vista de quiénes aún combaten la anexión es derrotista. Esta prédica viene a destruir la moral desde dentro de quiénes aún resisten la anexión en la ciudad letrada. No han venido a contribuir con recursos sino a deconstruir la solidez de la resistencia. Eso es lo que se conoce como quintacolumnismo y malinchismo.

Al finalizar mi estudio preliminar a la antología de Guajana, expresé la siguiente esperanza:

«Abocados a los desem-barcos de esta década finisecular, creemos que este legado no caducará, que perseverará en los embara-zos de sus desvelos por rescatar un espacio para la utopía forjada de un sueño no soñado, y que encontrará en esta década que abre nuevos retoños de relevo, nuevos voluntarios de un apostolado que no puede rendirse ni ser vencido, acaso porque, las palabras de Hostos al principio de los tiempos de este siglo --»ni hoy ni mañana ni nunca dejará nuestra patria de ser nuestra»-- son el conjuro de una vocación volcánica raigal, inmarcesible, que genera un levantamiento de indignaciones cada treinta años contra los minotauros que aterran el Caribe. Si el legado de Hostos emergió con energía torrencial y telúrica en el treinta, y como una inundación de hogueras en los sesenta, tal vez estemos hoy en la víspera de su quemadura final, defini-tiva. Lo indudable es, empe-ro, que como dijo Hostos, contemplaremos los renaci-mientos de este contemplado hasta el final del fuego.» (Fin de la cita.)

Y lo hice porque creo, vivamente, lo que dijo Hostos fundador: «Amamos la patria porque es el punto de partida». Dentro del vínculo material, concreto, que une al indio de los Andes con su tierra --ese urgente telurismo vital tan repetido por todas partes del globo que está mucho más allá del mero signo lingüístico--, está la anécdota sin duda para ellos incomprensible de Úrsula Iguarán. Cuando José Arcadio Buendía la conminó para continuar divagando por los pantanos porque aún no tenían un muerto, ella le contestó que se quedarían, así tuviese que morirse ella. Porque de muchas maneras somos de nuestros muertos, somos de quienes nos han precedido, cuya memoria constituye nuestra raíz, vale decir, nuestro sustento. (¡Oh, Madre-Isla, que contigo hemos topado!) Toda utopía, cierta-mente, es una crítica al presen-te, una denuncia que se distingue de otras sobre todo porque está constituida desde el porvenir. Pero el porvenir, ese arcoiris que se aleja tanto como nos acerquemos, es un porvenir comunitario, es el porvenir de la comunidad que somos nacida de la comunidad que fuimos. Y como dijo León Felipe: «Lo importante no es llegar /solos ni pronto, sino con todos y a tiempo».


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Publicado por ChemaRubioV @ 2:18
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