Lunes, 01 de septiembre de 2008

Vicente Antonio Vásquez Bonilla

Pantaleón, quién cubría su rostro con una gorra tipo pasamontañas, sentó a Rosalía, su aterrorizada víctima, en una silla rústica de madera y la ató de tal manera que no pudiera escapar con facilidad. La joven y bella mujer, de cuidada apariencia, lucía una frondosa cabellera que ya quisieran muchas actrices y un glamuroso vestido rojo que, para su desgracia, la hacía más atractiva y deseable.

Mientras tanto, Lucrecia, tomando una actitud de desinteresada complicidad observaba la acción.

El secuestrador, habló por primera vez.

—¿Sabes? Por muchos días he observado tu paso, te he visto con admiración y con deseo.

—¡¿Qué pretende de mi?! ¿Qué quiere?

—Tranquila, Rosalía. No te haré ningún daño.

¿Pero, qué quiere? —sus interrogantes se le venían incontenibles, en cascada—. Mi familia no es adinerada. ¿Y cómo sabe mi nombre? ¿...

—Calma, te digo. No me interesa el dinero. Cómo te dije, te he observado y sé muchas cosas de ti, quizás no todas, pero las suficientes. Tú me gustas y mi intención es hacerte feliz aunque por unos minutos y desde luego, también yo disfrutar de esos momentos.

—Esa no es la manera de hacer feliz a nadie. ¡Es un abuso, un atropello y una infamia que no tiene nombre!

—En la situación en que te encuentras, bien pudiera abusar de ti por la fuerza y no tendrías ninguna posibilidad de impedirlo. Sin embargo, deseo ser tierno, acariciarte, llenarte de mimos y que tú lo disfrutes también. Dejar en ti un buen recuerdo. Luego, te soltaré y te podrás ir en paz. Mi recompensa, además del placer de hoy, será seguirte viendo viva, con toda tu esplendorosa belleza y con la esperanza de volver a repetir el momento glorioso que vamos a tener.

Lucrecia, no perdía detalle de lo que estaba ocurriendo ante sus ojos. Su sentimiento de desinteresada complicidad tomaba con facilidad el rumbo de morbosa empatía e interés hacia la culminación del hecho.

—Ante lo inevitable —agregó, Pantaleón—, lo mejor será que te relajes y disfrutes del momento. Espero poder encender la pasión en ti o por lo menos, el deseo.

A continuación, con su libidinosa boca, rozó los labios de la cautiva, le besó el cuello, las orejas y las mejillas. Luego, le acarició las rodillas con ternura.

Durante un instante, Lucrecia se sorprendió, pues sintió que empezaba a sentirse excitada, como si fuera a ella a quien acariciaba el enmascarado.

Al mismo tiempo, la secuestrada, ante las caricias, se estremeció. Quizás, temerosa, ante el avance de la acción y el desencadenamiento de los acontecimientos que se avecinaban.

Los hechos continuaban desarrollándose como si los protagonistas estuvieran solos en el mundo, como que nadie los observara.

Lucrecia, se puso de pie, se sentía como una vil voyerista; por un instante quiso abandonar el recinto, la necesidad de irse la apremiaba, pero deseaba ver hasta donde era capás de llegar el mentado Pantaleón.

El enmascarado continuó con su lúbrico cometido. Introdujo la mano dentro de la falda roja de la cautiva y avanzaba en sus pretensiones con lentitud, como prolongando el placer de llegar a las partes intimas de la secuestrada. Y de repente, sobresaltado, se detuvo y retiró la mano con violencia, en una actitud inesperada.

Lucrecia, luchando entre el cumplimiento del compromiso que requería su impostergable presencia y la curiosidad, se aprestaba a abandonar el recinto, pero esa reacción inesperada la detuvo.

¡No eres mujer! —exclamó, Pantaleón, con furia—. ¡Maldito!

A Lucrecia, ante su urgente salida, sólo le quedó el recurso de imaginar el traumático e inesperado desenlace, ya que sólo tuvo tiempo para apagar el televisor y abandonar la habitación.


Tags: atractiva, deseable, abuso, dinero, excitada, morbo, libidinosa

Publicado por ChemaRubioV @ 17:58  | RELATO .
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