Martes, 23 de septiembre de 2008

"El problema en Bolivia es que el país está viviendo un proceso de
reformas, sin salirse del marco democrático, pero tanto la oposición
como el gobierno actúan como si estuvieran frente a una revolución",
habría declarado Marco Aurelio García, cercano colaborador de Lula
en asuntos internacionales, según artículo de José Natanson en
Página/12.

Me permitiré no tomar al pie de la letra, sino en irónico sentido,
la declaración de Marco Aurelio García, hombre inteligente e
informado que no puede dejar de darse cuenta de que si los dos
protagonistas del enfrentamiento boliviano creen que se trata de una
revolución, esa creencia es la mejor prueba de que, en efecto, lo
es. El vicepresidente Álvaro García Linera, en cambio, ha dicho que
lo que está en curso es "una ampliación de élites, una ampliación de
derechos y una redistribució n de la riqueza. Esto, en Bolivia, es
una revolución".
Tiene cierta razón: en Bolivia nomás eso ya sería una revolución
como la de 1979 en Nicaragua. Pero lo que está ocurriendo es algo
mucho más profundo y va más allá de las élites, la política y la
economía. Es un cuestionamiento de los sustentos mismos de la
dominación histórica de esas élites, viejas y nuevas. Viene de muy
abajo, lo mueve una furia antigua y no lo van a detener las masacres
de las bandas fascistas ni los frágiles acuerdos del gobierno con
los prefectos de la Media Luna.
La masacre de Pando, con más de 30 campesinos asesinados a sangre
fría por los sicarios de la minoría blanca, y las espeluznantes
escenas de humillación, dolor y castigo de los indígenas en la plaza
pública de Sucre y en las calles de Santa Cruz de la Sierra a manos
de bandas de jóvenes fascistas, están diciendo a toda Bolivia que
esa minoría blanca sabe bien lo que se juega: su poder no es
negociable, sus tierras no se tocan, su derecho de mando despótico
reside en el color de la piel, no en el voto ciudadano. La minoría
blanca no está dispuesta a "ampliar" en sentido alguno tal derecho
despótico, apoyada además en sectores blancos pobres cuya
única "propiedad" es ese color de piel que los separa de los indios.
Mucho menos dispuesta está a redistribuir propiedad o riqueza.

* * *

La derecha boliviana, las viejas y no tan viejas élites, los dueños
y señores de las tierras y las vidas, fueron derrotados por la
inmensa revuelta indígena y popular que se inició con la guerra del
agua en el año 2000, culminó con la rebelión de El Alto en octubre
de 2003 y concluyó con el acceso de Evo Morales a la presidencia en
enero de 2005. La nueva Constitución, aún sujeta a referéndum, y
otras medidas del gobierno boliviano han sido pasos para consolidar
al nuevo gobierno en el terreno jurídico, político y económico.
Este curso fue aprobado una vez más por la enorme mayoría del pueblo
boliviano en el reférendum del 10 de agosto: 67 por ciento de los
votos –es decir, más de dos tercios–, con puntas superiores a 85 por
ciento en las comunidades del Altiplano. La minoría blanca dominante
en la región oriental se ha sublevado y, con saña y ferocidad,
desafía esos resultados electorales nacionales y amenaza secesión.
Esa minoría sabe bien que no se trata de meras "ampliaciones
democráticas" sino de una revolución que cuestiona su poder y sus
privilegios, el "entramado hereditario" de su mando despótico. Pues
una revolución es uno de aquellos momentos culminantes en que el
movimiento insurgente del pueblo toca las bases mismas de la
dominación, trata de destruirla y alcanza a fracturar la línea
divisoria por donde pasa esa dominación en la sociedad dada.
No se trata de la línea que separa a gobernantes y gobernados,
cuestión política, sino de aquella que separa a dominantes y
subalternos. El clásico nombre de revolución social se refiere a la
subversión de esa dominación social y no solamente política o
económica.
Esa línea divisoria es nítida y profunda en Bolivia. No es tan sólo
una dominación de clase, que sí existe. Es sobre todo una dominación
racial conformada desde la Colonia y confirmada en la República
oligárquica desde 1825 en adelante.
En esa dominación, ser ciudadano de pleno derecho significa ser
blanco o mestizo asimilado. Para llegar a ser ciudadano, un indio
tiene que dejar de ser indio y reconocerse y ser reconocido como
blanco; romper con su comunidad histórica concreta, la de los
aymaras, los quechuas, los guaraníes u otra de las muchas
comunidades indígenas bolivianas; y entrar como subordinado recién
llegado a la comunidad abstracta de los ciudadanos de la República.
No se espera que la República cambie y sea como es su pueblo. Se
exige que ese pueblo cambie en sus hombres y sus mujeres, renuncie a
su ser y su historia y sea como es la República de los blancos, los
ricos, los letrados, los hispano-hablantes –donde, por lo demás, el
imborrable color de su piel condenaría siempre a esas mujeres y
hombres a una ciudadanía de segunda. Tal es la índole de esta
dominación.

* * *

La fuerza de la revolución en curso en Bolivia se sustenta en una
antigua civilización, negada en las leyes pero que persiste en los
idiomas, las costumbres, las creencias, las solidaridades y las
comunidades, tanto rurales como urbanas. Los dominados de piel
morena no fueron traídos de otras tierras. Estaban ahí antes, eran y
siguen siendo la civilización originaria. El cineasta Jorge
Sanginés, en una película inolvidable, la llamó "La nación
clandestina" . Guillermo Bonfil la denominó aquí "México profundo:
una civilización negada". Siguiendo sus pasos, la nombré "una
civilización subalterna" en mi libro Historia a contrapelo.
Clandestinas, negadas o subalternas, el entramado social y cultural
de esas civilizaciones originarias aparece a la hora de organizar
las revueltas y las rebeliones de sus herederos y portadores, porque
esas rebeliones y revueltas son de raíz tan profunda como profunda
es la dominación de matriz racial.
Aquella fuerza viene también del entramado hereditario de los
dominados y subalternos que se sublevan para conquistar todos los
derechos que esa República racial les niega o les recorta: la
dignidad y el respeto, los espacios de libertad y de organización,
los recursos naturales de su tierra, la educación, la salud, todo
cuanto constituiría el entramado social de una República de iguales.
El antiguo lema republicano "libertad-igualdad- fraternidad" tiene en
tales rebeliones su doble: "tierra–justicia- solidaridad" . Pues no
hay en esas latitudes libertad sin reparto agrario, igualdad sin
justicia para todos, ni fraternidad sin solidaridad interior de las
múltiples comunidades y de la comunidad entera de esa nación de
naciones que es Bolivia. No se trata sólo de un nuevo orden político
y económico. Se trata de lo que en el contexto boliviano
constituiría un nuevo orden social. De ahí la violencia bestial de
las reacciones de los grupos privilegiados minoritarios y sus
sicarios, como en Pando, en Santa Cruz, en Chuquisaca.
Toda Bolivia, y en especial la Bolivia indígena y popular que ganó
abrumadoramente el referéndum, ha visto por televisión y ha
escuchado por radio esa violencia asesina ejercida sobre sus
hermanas y hermanos. Esas imágenes les han vuelto a mostrar, mejor
que todos los discursos, lo que ya han conocido y vivido en carne
propia y en la de sus padres y abuelos. Han podido ver en vivo y en
colores la amenaza de regreso del pasado.
No lo permitirán. Tienen suficientes experiencia y organización para
saber cómo responder a la violencia con la violencia si sus
gobernantes, de quienes esperan pero a quienes también exigen, no
paran y castigan a los criminales, única salida sensata y efectiva
que podría derivar de las negociaciones en la presente relación
entre las fuerzas enfrentadas.

* * *

La expulsión del embajador de Washington por conspirar con la
derecha racista ha contribuido a poner a ésta en su lugar. Pero no
la ha apaciguado. La reunión de presidentes sudamericanos en
Santiago de Chile ha dado un respaldo al gobierno de Evo Morales y
quitado ciertas esperanzas a los golpistas. Pero no los ha desarmado
ni maniatado: tienen también sus aliados en esos países.
Sin embargo, no sólo los gobiernos juegan. En Bolivia las
organizaciones indígenas y populares del oriente, del altiplano y de
los valles están en movilización y algunas literalmente en pie de
guerra. No parecen dispuestas a dejarse o a dejar la solución
encerrada en la mesa de negociación entre el gobierno y los
prefectos asesinos.
Un manifiesto del Gran Pueblo Chiquitano, de Oriente, decidió el 15
de septiembre que "han llegado a su límite de la tolerancia y hacen
que el sentido de sobrevivencia y furia del Pueblo Chiquitano
renazca para combatir a brazo partido por su Territorio, Dignidad y
Autonomía Indígena". En consecuencia, decide "ratificar nuestra
consecuencia y lucha inquebrantable para defender los resultados del
proceso constituyente, el cual ha recogido nuestras demandas
históricas [...] ¡para que nunca más volvamos a ser esclavos ni
sirvientes de los grupos de oligarcas y terratenientes de Santa
Cruz!"; y "advertir a las Autoridades Cívicas y Prefecturales del
departamento de Santa Cruz que los territorios indígenas titulados y
en proceso de saneamiento son intocables, irreversibles e
imprescriptibles" .
Un pronunciamiento de las Organizaciones Sociales del Oriente exigió
el 17 de septiembre "al Parlamento y el Gobierno Nacional no tocar
la nueva Constitución Política del Estado aprobada en Oruro el 9 de
diciembre de 2007, sobre todo el capítulo de autonomías, puesto que
allí se encuentran las principales demandas de más de 25 años de
lucha reivindicativa. Nuestros caídos y nosotros, humillados y
perseguidos, planteamos, marchamos y morimos por nuestra liberación
y de todo el pueblo boliviano".
Una denuncia de la Coordinadora de Pueblos Étnicos de Santa Cruz, el
17 de septiembre, dice: "Quienes asaltaron nuestras oficinas son
mandados y pagados por los traficantes de tierras, latifundistas y
esclavizadores de hermanos indígenas y por el Prefecto, Alcalde y
Comités Cívicos, quienes se oponen a nuestra histórica demanda
posicionada en la Nueva Constitución Política: las autonomías
territoriales indígenas, sin subordinación a ningún nivel
autonómico, que tiene carácter irrenunciable, pues es la base de
nuestra liberación como pueblos".
En este terreno, el de una revolución cuyos hacedores y
protagonistas no están dispuestos a dejársela arrebatar ni a
negociarla cualesquiera sean el costo y la violencia que los
terratenientes y los racistas impongan, están los enfrentamientos en
Bolivia. Tal vez la salida no sea inmediata. Pero, como en octubre
de 2003, si aquéllos no ceden el desenlace por ellos buscado se
resolverá en las calles y los campos. Es uno de los motivos de la
alarma de los gobiernos de los países limítrofes.
Adolfo Gilly
La Jornada

Texto enviado el martes, 23 septiembre, 2008 10:03 AM
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Tags: Racismo, dominación, revolución en Bolivia, lajornada, macondoonline, alarma, gobierno

Publicado por ChemaRubioV @ 11:28  | ENSAYO
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