S?bado, 08 de noviembre de 2008

 

Vicente A. Vásquez B.

 

            El león es el rey de la selva. Todo el mundo lo sabe, los leones se lo creen y viven felices de su condición, a excepción de Leovigildo, quien no está conforme.

 

            Él, dice que hay muchos leones y muy pocas selvas. Que ser el rey de una simple parcela de la jungla, no tiene ninguna gracia. Que ostentar el titulo de rey, en donde hay innumerables reyes, dicha categoría pierde su valor y que es lo mismo que nada. Cree que debería de existir un sólo soberano y que él, está predestinado para jugar tan importante papel.

 

            Así que Leovigildo, aspira a ser emperador. Con menos, no se conforma.

 

            Dispuesto a llegar a la meta clara de su pretensión, se inscribe en un gimnasio para adquirir una figura atlética y aprender karate, se afila las uñas y embellece su melena, lavándola a diario con champú y aplicándole fijadores para lucir a la moda.

 

            Para estar por encima de los reyes, debo ser temido, más que amado -se dice-, contar con una estampa envidiable y digna de respeto, y al mismo tiempo, ser admirado por las leonas, para así, estar en posibilidad de seleccionar a la más linda de ellas, ya que será la futura emperatriz de mi glorioso imperio y la madre generadora de una larga y celebre dinastía.

 

            Sólo con la realización de su incipiente sueño, se sentirá satisfecho.

 

 

            Empieza con muy buena pata a recorrer el camino de la gloria. Los demás leones lo ven con respeto y con temor, pues, aunque no lo dicen, envidian con disimulo su desarrollada musculatura y saben que, gracias a su esfuerzo y dedicación, se ha convertido en maestro de las artes marciales, ostentando el título de cinta negra, y como si fuera poco, lo respaldan sus bien afiladas garras. Si su figura es respetable ante los otros reyes -los del montón-; no digamos, la fascinación que causa ante las féminas de su especie que, al verlo pasar, suspiran con admiración.

 

            El león inconforme, considera que pronto llegará el día en que se impondrá ante los demás reyesitos y que será coronado como Leovigildo primero, emperador de la selva.

 

            Y pobre del que se oponga a su glorioso destino.

 

            Con férrea disciplina, continúa ejercitándose y cultivando su presencia personal. Después del baño cotidiano, utiliza secadoras eléctricas de pelo y se aplica todo tipo de fijadores, copiando de las revistas los más sofisticados peinados. Y a solas, practica su futuro e imponente rugido.

 

            Pero una mañana, la fatalidad se hizo presente. Se contempla en el espejo y de sopetón, siente que el firmamento completo se desploma sobre él y abatido, llora su desgracia. Debido a la gama indiscriminada de geles que por largo tiempo se aplicó en la melena, más la acción prolongada de las nefastas secadoras de cabello. Ha perdido su frondosa melena.

 

            Leo, ¡está calvo! Y no hay nada peor que un león calvo. De inmediato, fue el hazmerreír de la jungla y hasta las leonas que antes lo veían con admiración, empezaron a evadirlo y a sonreír con mal disimulada burla.  No faltó alguien, que lo calificara de ser una leona que, a través del engaño, pretendía ser rey de reyes.

 

            Leovigildo, avergonzado, dio por terminado su reinado aún antes de empezarlo y se retiró a rumiar su desconsuelo a una apartada sábana y ni siquiera tuvo ánimos para fabricarse o comprar una peluca que lo sacara del brete al que lo condujo su falta de humildad y desmedida ambición.


Tags: cuento para niños, guatemala, el leon, visigodo, reyes, dinastia, destino

Publicado por ChemaRubioV @ 23:39  | RELATO .
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