Lunes, 10 de noviembre de 2008
06-11-2008
Guantánamo

José
Saramago

Cuando escribo estas líneas los colegios electorales todavía
continuarán abiertos durante algunas horas más. Solo bien entrada la
madrugada surgirán los primeros datos sobre el que será el próximo
presidente de los Estados Unidos. En el caso altamente indeseable de
que llegara a triunfar el general McCain, lo que estoy escribiendo
parecerá obra de alguien cuyas ideas sobre el mundo en que vive pecan
de total irrealidad, de un desconocimiento absoluto de los hilos con
que se tejen los hechos políticos y los diversos objetivos
estratégicos del planeta. Nunca el general McCain, siendo él, para
colmo, como la propaganda no deja de considerar y un mísero paisano
como yo nunca se atrevería a contradecir, un héroe de la guerra
contra Vietnam, nunca osaría liquidar el campo de concentración y de
tortura instalado en la base militar de Guantánamo y desmontar la
propia base hasta el último tornillo, dejando el espacio que ocupa
entregado a quien es su legítimo dueño, el pueblo cubano. Porque, se
quiera o no se quiera, si es cierto que no siempre el hábito hace al
monje, el uniforme, ése, hace siempre al general. ¿Derribar,
desmontar? ¿Quién es el ingenuo que ha tenido semejante idea?

Y, pese a todo, es de eso precisamente de lo que se trata. Hace pocos
minutos una cadena de radio portuguesa ha querido saber cuál sería la
primera medida de gobierno que le propondría a Barack Obama en el
supuesto de que sea él, como tantos andamos soñando desde hace un año
y medio, el nuevo presidente de Estados Unidos. Fui rápido en la
respuesta: desmontar la base militar de Guantánamo, mandar de vuelta
a los marines, derribar esa vergüenza que ese campo de concentración
(y de tortura, no lo olvidemos) representa, volver la página y pedir
disculpas a Cuba. Y, de camino, acabar con el bloqueo, ese garrote
con el que, inútilmente, se pretendió doblegar la voluntad del pueblo
cubano. Puede suceder, y ojalá que así sea, que el resultado final de
estas elecciones acabe invistiendo a la población norte-americana de
una nueva dignidad y de un nuevo respeto por los demás, pero me
permito recordarles a los falsos distraídos que, lecciones de la más
autentica de las dignidades, de las que Washington podría haber
aprendido, las ha estado dando cotidianamente el pueblo cubano en
casi cincuenta años de patriótica resistencia.

¿Que no se pode hacer todo, así, de una sentada? Sí, tal vez no se
pueda, pero, por favor, señor presidente, por lo menos haga algún
gesto. Al contrario de lo que quizá le hayan dicho en los corredores
del senado, esa isla es más que un dibujo en el mapa. Espero, señor
presidente, que algún día quiera ir a Cuba para conocer a quien allí
vive. Finalmente. Le prometo que nadie le hará daño.


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Tags: Jose Saramago, Guantánamo, carta, cuba, eeuu, torturas, premio nobel

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