Sonrisa de Fiesta Miguel
A Miquel lo conocí una mañana en el otoño de 1976 en el incipiente Campus de Alcalá de Henares. Cuando en España el pronunciamiento de esta palabra se evitaba por temor a ser considerado producto del régimen franquista.En cierta medida lógico si revisamos el abuso más que uso que El General hizo de Ella como de todas.
Preparábamos un cóctel con no sé qué motivo ni ganas de importarnos a muchos. Al mismo asistiría la plana mayor de la universidad y otros ámbitos políticos. Entre ellos recuerdo a Don Felipe Calvo (primer rector en la nueva andadura universitaria de COMPLUTUM) el director de prisiones Señor D. Rodrigo García Valdés, un alumno del mismo, D. Eluterio Sánchez, (más conocido por El Lute) el ministro de U.C.D. Excelentísimo S. D. Iñigo Cavero, y el rector de la U.C.M. miembro activo por partida doble de las Academias de Medicina y de la Lengua, Ilustrísimo S. D. Pedro Laín Entralgo¡Ah, perdón! y el Señor Gala, que por entonces asistió en calidad de gerente de la universidad alcalaína; actualmente es el rector de la misma universidad, cargo en el que posiblemente se jubile. Pues lleva al menos veinticuatro años.Y me olvido a propósito de muchos más y a otros no los nombro por miedo a ser devorado por la misma voracidad de los recuerdos menos claros.
Mientras nosotros nos afanábamos en el banquete, sudorosos antes de tiempo, verdaderamente exhaustos con el estrés pendiendo de nuestras cabezas... llegó Miguel, daban las 12 del medio-día en el viejo reloj de la pared .Recuerdo límpido el día porque coincidió su entrada apresurada al auto-servicio en busca de un sacacorchos que tenia yo, como no podía ser menos. Hay que tener en cuenta que mientras algunos camareros ejercían de Relaciones Públicas, otros no sabíamos más que acercarnos a la causa del pobretariado ¡y como mejor, que trabajando de lo lindo!
Tenía cara de niño. Claro que ninguno de nosotros podía representar en su rostro el aura de la sabiduría, ni el viaje imparable de lo empírico y su agotadora andadura. Por supuesto que ninguno de los dos había cumplido la mayoría de edad.
Pero él parecía aun más joven, quizás por la sonrisa que ocupaba todo su “Escaparate” (o cabeza) cada vez que algún cliente le recklamaba la bebida o se apropiaba de los canapés que transportaba en la bandeja de acero inoxidable.
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