Mientras Miguel buscaba el sacacorchos, yo lo vì tan perdido como novio con frac
alquilado, queriendo huir sin tener adónde ni tampoco saber como. Pero no sabía aun lo que buscaba ni me podía entretener en preguntar como buen samaritano. La cafetería se encontraba llena de bocas, pidiendo bebidas y alimentos, como si fuéramos camino del fin del mundo. Abarrotada de estudiantes politizados o no, pues incluso en todas épocas hubo y habrá de todo.Los alumnos de económicas eran los capos, los amos de los huevos cocidos, que nos hacían preparar a cientos para reventar cuantos actos de importancia oficial se concertaran sin avisar a nadie.
Diez camareros. Sí, lo he dicho bien ¡y en aquellos tiempos! en una cafetería universitaria. Siempre tan faltos de medios técnicos y humanos (algo que después en la F. C. C. Información también a veces se echaban de menos) en ese preciso momento constituíamos la plantilla profesional (aparte de 3 empleados de cocina) 2 camareros. Llevábamos cuatro horas trabajando a destajo, cuando vì aparecer a Miguelito por primera vez con el rabillo del ojo. No tenía tiempo para nada más y por aquel entonces mi auto-exigencia responsable tampoco me permitía otra acción distinta. Si, así era, uno, dos, tres… hasta contar 10 los camaretas que allí hacíamos que trabajábamos. Uno se encontraba solo. El encargado. O sea yo. Solo para atender a la marea estudiantil. La misma que al irse acercando a la barra, se iba trasformando en una jauría hambrienta del desfogue sentimental. Al traspasar el umbral cafeteril se les reproducía en sus órganos las más bajas miserias o instintos de alto voltaje, según como se mire. Se les generaban unas feronomas novísimas, más allá del primigenio educado: sentido del ridículo. ¿Quién los soportaba sufría y aguantaba? Soy demasiado caballeroso para señalar a nadie. No importa sucedía. Bueno si que importa, ¡qué carajo! Aquellos que eran capaces de ponerse detrás de una barra esperando la avalancha por cuatro “perras”: comida y bebida, y propinas claro. Propinas universitarias: 280 Pesetas a la semana.
Éramos nosotros. Los llamados: Aristócratas del proletariado.
chemarubiov
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