De la primera leyenda del caballo blanco recuerdo esto:
Un día mirè por la ventana de la cocina y encontré a mi padre descabalgándose de una blanca yegua. Abandoné la leche con cola-cao y el pan flotando en la taza para salir corrrriendo. Mi padre me abrazò y sosteniéndome en vilo sobre sus brazos, me preguntò si quería subir. - Sí, le contestè yo y dimos una vuelta alrededor de la casa. No fue mucho el trayecto pero a mi se me hizo tan feliz que no me importó que se acabara tan pronto. Ni tampoco sufrí porque no tuviera montura el caballo.
Casi dos años más tarde; al cumplir el servicio militar Miguel Palazuelos Rincón y quien habla por èl , nos volvimos a reunir en LA ESCUELA DE ESTOMATOLOGIA. (Abril-1.982)
Serían las diez de la mañana, minuto adelante o atrás què sè yo, cuando en esos raros momentos en que nos encontrábamos los dos solos (pues siempre había a nuestro alrededor algún holgazán , y no escribo nada màs que del hijo de lujo, digo del jefe, o de su mujer o cualquiera de sus dos hijas mayores, y además no diré nombres porque tenían otras cualidades que nosotros no podíamos despreciar) al lado de la plancha eléctrica, lejos de la cafetera, mirando la alegría de las jovencitas como nosotros, no sè por què sì ni por què no, me hallè escuchando otra versión. Pero amigo lector, no tengo tiempo para su relato por ahora. Me voy de viaje.
No logro terminar LA LEYENDA DEL CABALLO BLANCO que parece ir AL TROTE y no sé aligerar las riendas para que vuelva a cabalgar.
chemarubiov
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