S?bado, 27 de diciembre de 2008

Opinión:

William Lemus

“El hombre que curaba la muerte”.

Por: Edgar Gutiérrez

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Raras veces me arriesgo a decir que identifiqué al Ser con sólo atisbarlo, más allá de su tiempo y circunstancias. Pero a veces ocurre que su energía es tan nítida que es imposible ignorar a un Maestro. Claro, nadie está inmune a correr tras el falso brillo del oropel. Pero al final no existe engaño. Somos lo que somos a pesar de máscaras y jeroglíficos.

Me ocurrió con William Lemus hace más de diez años, cuando lo conocí. No fui un lector ordenado de su obra, quizá porque brotaba por todos lados: antologías de cuento y teatro, ensayos y poemas, y en las crónicas de los premios literarios que tantas veces ganó. Al verlo la primera vez pensé: “parece un Maestro”. Después aprendí que estaba ante un Ser excepcional.

A finales de los 90 me llevó a su programa en Radio Universidad. Nuestra materia era estrictamente poesía, e hicimos el pacto de no tratar sobre política, por lo que William me corrigió repetidas veces con paciencia de arriero. No sé por qué acepté leer poemas, si estuve siempre más atento a leer sus gestos de aprobación o rechazo. Pero me lancé una serie de poemas breves trabajados en un viaje reciente y que, según yo, tenían cierto ritmo. ¡Para qué contar! Terminé citando, a manera de excusa, una expresión que le oí, en una de esas raras ocasiones –fue en el apartamento de su traductora al francés, en Condesa, Ciudad de México- en que Augusto Monterroso hablaba dejando inermes a los comensales: “Todos, en algún momento, cometemos algún poema”. William se destornillaba de la risa frente al micrófono.

Años después, Mario Monteforte nos volvió a reunir con cierta periodicidad en su apartamento de La Hondonada, en Vista Hermosa. Platicábamos, ahora sí, de política, pero entonces conocí otra faceta de William, la del médico. Era un médico no tradicional: ni se asumía guardián del conocimiento, y siempre estaba abierto a escuchar las creencias de los neófitos. Como buen fabulista, de todos rescataba moralejas. Pero, además, desarrolló tratamientos, que según una amiga mutua, la diplomática mexicana Carmen Moreno, eran infalibles, pues ella era prueba andante. Para Carmen, William era algo así como la encarnación del título de uno de sus celebrados libros de cuentos: El hombre que curaba la muerte. La mañana del 26 de junio, cuando abrí el diario y encontré su esquela, un frío metálico se transportó por mi espalda. Pero automáticamente me sentí curado al verlo sonreír mientras caminaba alzando su bastón.

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Publicado por ChemaRubioV @ 2:06  | ARTICULO
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