S?bado, 21 de febrero de 2009

Premio Saturnino Calleja


Miles de sombras cabalgaron aquella noche a través de las nubes que cubrían el cielo del poblado. Don Servando Fopiani de los Reyes, caballero mutilado del glorioso ejército de la nación, iba a lomos de una de aquellas nubes, según relató a este cronista su sobrina carnal, doña Edelmira de los Reyes, quien afirma haberlo visto cabalgando triunfal mientras sus carcajadas se perdían entre las gotas de lluvia.
No se sabe con seguridad qué pueda haber de cierto en las palabras de doña Edelmira, pero de lo que no hay duda es de que al cuerpo de don Servando Fopiani de los Reyes no se le ha vuelto a ver por el pueblo desde entonces. A su alma, sí. Su alma fue sorprendida flotando en una barca entre grises nubarrones mientras descargaba rayos y centellas sobre el vecindario. Dicen que, durante varios días, su barca infernal se posó encima de la azotea que corona el domicilio particular de don Ricardo de Céspedes y Oriol, ilustre prócer local cuyas riquezas son la envidia de los alrededores, y que don Ricardo debía en parte, aunque nunca lo agradeció, a los favores que en la última contienda civil le hizo don Servando Fopiani.
Al menos eso es lo que susurraban entre los silbidos del viento las voces de ultratumba que se propalaron junto a las centellas que habían visitado cada uno de los rincones del poblado durante aquellos días. Varios muertos nadaban, al decir de aquellas voces, entre las propiedades que habían venido a caer en manos de don Ricardo de Céspedes y Oriol, el ilustre prócer local.
En la última de esas
tormentas alguien vio un rayo penetrar en las estancias de don Ricardo. Todas las habitaciones de la mansión se iluminaron como si cientos de diminutos soles ardientes la recorriesen de uno a otro extremo. Luego, sin que un solo papel mostrase huella alguna de aquella incendiaria visita, la calma se adueñó del lugar.
Fue a la mañana siguiente cuando los rumores comenzaron a tomar forma. Don Ricardo de Céspedes y Oriol yacía dormido en su butacón. Un halo de sombras negras ribeteadas de tonos azules intensos y oscuros flotaba entre su persona y el techo de la habitación cuando doña Gumersinda Gutiérrez y Guijarro, su ama de llaves, abrió la puerta del dormitorio para llevarle el desayuno.
Doña Gumersinda, inconscientemente, abrió la ventana y aireó la habitación sacudiendo un paño para disolver la falsa nubecilla. Cuando el aire se hubo purificado, el ama de llaves colocó el desayuno sobre la pequeña mesita de artesanía que había junto a la butaca en la que descansaba don Ricardo y sacudió levemente su hombro. La mesita, apoyada sobre cuatro dragones que lanzaban sus flamígeros alientos soportando el peso de un tablero de cristal, vibró levemente lanzando fugaces llamaradas azules que brotaron de cada una de las bocas de aquellos seres mitológicos.
-Don Ricardo, su desayuno.
Don Ricardo -su parte material, para ser más exactos-, no respondió. Permanecía inmóvil, sumido en un letargo del que no salió a pesar de los intentos de doña Gumersinda. Ésta le tomó el pulso, tocó su frente, volvió a sacudir el hombro de su señor, apoyó su oído sobre el pecho durmiente para comprobar si seguía respirando y, por fin, llegó a una conclusión: don Ricardo de Céspedes y Oriol, su cuerpo mortal, estaba vivo y sano.
Ahora bien, lo que no supo ni pudo comprobar el ama de llaves fue si, efectivamente, el prócer más acomodado del valle, aún habitaba en su cuerpo. Éste no respondía a ningún intento por despertarlo. Su organismo seguía hundido en un profundo sueño del que no salía por muchos intentos que hiciesen ni su ama de llaves ni las dos vecinas que acudieron a sus gritos. Un cuervo, negro como el alma de don Ricardo, si no era su propia alma, graznó desde la rama de un ciprés cercano.
-Don Ricardo se encuentra perfectamente de salud –fue el diagnóstico de su médico de cabecera.
No menos de media hora necesitó Don Rosendo Pérez de la Concha, doctor en medicina por la universidad de la capital de la nación e ilustre conferenciante, para llegar a tal conclusión. Don Rosendo no escatimó tiempo ni medios en la comprobación de aquella incuestionable realidad, pues recordó la prodigalidad con que era gratificado religiosa y generosamente en cada una de las visitas que hacía periódicamente a casa del prócer local, y no era cuestión de romper con la tradición ahora que don Ricardo de Céspedes y Oriol parecía estar ausente de su forma corporal y, consiguientemente, de su cartera.
Después de oír las explicaciones de doña Gumersinda, el médico quedó sumido en una profunda meditación tras la cual se limitó a preguntar:
-Y dice usted que flotaba en el aire una nube de tonos negro-azulados. ..
-Sí, doctor, negra y con flecos azules como el alma de los pecadores.
-O como el aliento de una persona que ha sido sometida a algún tipo de vapores narcóticos –su mirada acusadora se posó sobre el rostro del ama de llaves.
El caso es que, como los gatos negros aprovechan la noche para invadir las oscuras callejuelas del poblado alcanzando el confín de los sueños, así se extendió la noticia por todos los rincones del entorno.
¿Estaba don Ricardo sumergido en un sueño eidético? ¿Acaso estaba reviviendo los momentos más intensos de su negra vida y se negaba a reconocerse en ellos?
Aún no había salido el doctor Pérez de la Concha de la casa de don Ricardo cuando ya era conocida de todo el vecindario la nueva del estado cataléptico del prócer local.
-Cualquiera diría que este hombre conserva entre sus genes el recuerdo de una lejana etapa en que sus antepasados marsupiales se refugiaban en profundos letargos invernales para luchar contra los elementos –sentenció el doctor.
-O que su alma ha sido embargada por el maligno –respondió desde la puerta de la habitación con su lúgubre voz doña Gertrudis del Moral, santera oficial de la comarca que solía enmendar con sus conjuros los diagnósticos fallidos del doctor.
El problema fue objeto de debate tanto en el casino local como en las tabernas. Ni el prostíbulo que ofrece su negra carne en el cruce de caminos que se encuentra a más de dos kilómetros del poblado se libró de las elucubraciones en torno al suceso acaecido en la persona de don Ricardo de Céspedes y Oriol. Sin embargo, nadie, salvo doña Edelmira de los Reyes, sobrina carnal de don Servando Fopiani de los Reyes relacionó la desaparición de este caballero mutilado con el estado en que se hallaba inmerso el cuerpo mortal de don Ricardo de Céspedes.
El sol, asociado a las calimas salitrosas del desierto, azotó los callejones del lugar hasta obligar a la gente a ocultarse en las sombras más profundas de aqu
ellas míseras y blancas chozas. Todos, incluido el doctor don Rosendo Pérez de la Concha, habían huido de la vía pública, perseguidos por los fantasmas de mil demonios camuflados entre la bruma que invadió el poblado.
Fue entonces cuando doña Edelmira de los Reyes, aprovechando las tinieblas del atardecer se deslizó como un fantasma más, apenas dibujada sobre los blancos muros encalados del poblado, hasta penetrar, filtrándose entre las rendijas de la puerta, en el domicilio de doña Gertrudis del Moral.
-¿Sabe usted que los rumores sobre las riquezas de don Ricardo viajaban días pasados cabalgando sobre el viento son ciertas? –preguntó al enfrentarse a doña Gertrudis.
-Y aún más –respondió doña Gertrudis-. Don Servando, su tío, ha secuestrado el alma de don Ricardo de Céspedes para arrastrarla al abismo sin confesión ni arrepentimiento. Y volverán los dos al mundo o los dos, juntos, se hundirán en las entrañas del volcán hasta cubrir con sus ardientes cenizas el lugar.
Aun ignorando la premonición de doña Gertrudis del Moral, el Concejo Local, avisado por doña Penélope Adriana de Font y Prat de que sobre el poblado se cernían graves peligros, decidió recuperar un alma para el cuerpo de don Ricardo de Céspedes.
-Es la única manera de ingresar los impuestos municipales correspondientes a sus propiedades, salvo que queramos esperar el tiempo legalmente establecido de un lustro para decretar la desaparición de su voluntad –advirtió el secretario municipal concitando la alarma de los miembros electos del Concejo.
Fue este argumento el que convenció al señor alcalde de la necesidad de realizar las inversiones pertinentes en orden a devolver la capacidad de firma a las manos del prócer local. De otra forma, mucho se temía que los negros presagios que habían tomado los espacios atmosféricos del poblado se trasmutarían en oscuras realidades económicas para el concejo. No en vano más de la mitad del término municipal era propiedad de don Ricardo de Céspedes y Oriol.
El doctor Pérez de la Concha ante la posibilidad de percibir los emolumentos que días antes le fueron negados por pura imposibilidad física de don Ricardo, y aun siendo hombre de ciencia y, por consiguiente, poco dado a considerar los efectos de remedios espirituales sobre el cuerpo mortal, consideró públicamente que era de todo punto necesario buscar un alma que pudiese poseer el cuerpo de don Ricardo a fin de que el no-finado recuperase el movimiento de sus miembros y de parte de su raciocinio.
-No obstante –advirtió el sabio-, este posible logro está fuera del alcance de la ciencia que profeso.
-Sean, pues, los entendidos en materia del espíritu quienes decidan la manera adecuada de conseguirlo –sentenció el señor alcalde.
El Cura Párroco don Benigno García de Céspedes, que más por méritos de su segundo apellido que por cualidades espirituales o intelectuales, detentaba la representació n de la Santa Iglesia en el lugar, hubo de tomar cartas en el asunto. Si, por un lado, su sacrosanta misión salvífica dentro de la ortodoxia lo obligaba a mostrar sus dudas más que metódicas sobre el supuesto, por otro, sus lazos familiares y pecuniarios con el ilustre prócer don Ricardo de Céspedes y Oriol, lo forzaban a dar pábulo a los posibles poderes revivificadores de algunas de las santeras que pululaban por el poblado y sus alrededores.
Pero -siempre los “pero” que interfieren tantas veces el desarrollo de determinadas facultades-, un grave problema flotó como flotan las moscas otoñales impregnando con su inevitable presencia el dulce devenir de los acontecimientos. Una cosa parecía evidente a los ojos de la clase política del Concejo Municipal: si un cuerpo pierde su alma, como le había sucedido al de don Ricardo de Céspedes, permanecerá en letargo vegetativo y, por consiguiente, privado de algo que le pertenece. En suma, el Concejo Municipal debería de ejercer un latrocinio anímico en aras de su supervivencia.
Una vez decidido este paso, ¿de quién se tomaría el alma? Y, una vez designado el ciudadano que habría de sacrificar su vida animada en beneficio de la colectividad, ¿quién sería la encargada de realizar el cambio de residencia del alma?
-En un ejercicio de caridad cristiana –aventuró el señor alcalde en un alarde de progresía y religiosidad- , el ciudadano elegido para donar su alma a nuestro ilustre y amado prócer don Ricardo de Céspedes y Oriol debería ser uno de los pordioseros que pululan por los alrededores de nuestro pueblo.
-¿Y si, olvidando su pasado, el alma elegida en lugar de agradecer nuestros desvelos por su bienestar desata en el interior de don Ricardo su lado ambicioso y decide privarnos de su valiosa aportación económica?
-Pensemos en el mensaje evangélico que nos recuerda la inocencia de los niños –sugirió don Benigno-. Si designamos un niño, su alma inocente, convenientemente dirigida por nuestra sabia mano, administraría los bienes de mi ilustre pariente con la diligencia y discreción debida…
-¿Cómo usted hace con los bienes parroquiales? –inquirió uno de los miembros del Concejo representante de la corriente más anticlerical del Municipio.
El doctor don Rosendo Pérez de la Concha, ante el desprestigio que supondría para él encontrarse con un nuevo cuerpo sin alma identificada sugirió la posibilidad de reencarnar en el cuerpo de don Ricardo el alma de un condenado a muerte.
-Al fin y al cabo, el desgraciado nunca echará en falta su cuerpo una vez enterrado.
-Sólo que nos tendríamos que enfrentar, posiblemente, a un nuevo don Ricardo corregido y aumentado en sus vicios y correrías –susurró a oídos del señor Alcalde el asesor en asuntos judiciales que, más de una vez hubo de torear con peligrosos morlacos jurídicos en aras de lograr para las arcas municipales los ingresos provenientes de la huera generosidad de don Ricardo.
Dos fueron las cuestiones que, como negros agüeros, sobrevolaron e inundaron durante largas y eternas horas la atmósfera del Salón de Plenos del Concejo Municipal. Si difícil era designar el ciudadano que habría de donar su alma, no menos complicado era la designación de la santera que habría de realizar el correspondiente conjuro.
-¿Cuál creen ustedes, honrados miembros de este Concejo, que será el pago que nos exigiría nuestra especialista local doña Gertrudis del Moral? –preguntó el Señor Alcalde.
-Indudablemente –respondió el Secretario- esta señora tendría, a partir de ese momento un ascendiente moral sobre nosotros de difícil satisfacción.
-Salvo que, en aras del bien común, este Concejo decidiese dar traslado de su alma a la infinita misericordia divina una vez cumplida su sagrada misión –Sugirió uno de los asesores del Concejo.
Llegado este momento, don Servando Fopiani de los Reyes, que no había renunciado a la posesión de los sentidos aunque éstos estuviesen secuestrados por el asunto que desde tiempo atrás viajaba por los entresijos de su alma, decidió tomar cartas en el asunto desde los ámbitos etéreos.
Si su venganza había alcanzado al alma de don Ricardo, también al Concejo Municipal correspondía pagar parte de sus culpas. Así pues, dado que adivinó que asuntos de suma importancia se debatían en el salón de Plenos del Concejo, decidió introducirse en el local con el fin de conocer de primera mano los avatares de la vida municipal en aquellos trascendentales momentos. Un miembro del Concejo señaló un halo mínimo que, penetrando por las rendijas de la ventana, fue a posarse en los rojos cortinajes que cubrían aquellas triste
s paredes. Un soplo venido de no se sabe donde contribuyó a esconder al espirituoso intruso entre los hilachos.
-Déjese de visiones místicas –le ordenó el señor Alcalde-. Estamos tratando de un tema de suma importancia para nuestro municipio.
Temiendo que aquella visión, apenas entrevista, acabase con la reunión antes de lograr los solidarios objetivos tan deseados por él como máximo responsable y promotor del bien común, el Señor Alcalde urgió al resto del Concejo a tomar las decisiones pertinentes.
Don Servando Fopiani de los Reyes sintió como la sangre de su cuerpo, que había quedado reposando en un cúmulo escondido entre volcanes, subía hasta su alma rebelándose contra los miembros del Concejo. ¿Debería impedir él, un condenado a vagar eternamente por propia decisión, que doña Gertrudis del Moral acabase en su misma situación por mor del capricho de las autoridades locales?
Y si obedecía a esa parte de su alma en la que aún quedaba un resquicio de eso que don Benigno llama conciencia.. . ¿No entraría en contradicción con su condición de alma errática y vengativa?
Por otra parte, don Servando era consciente de que tenía una deuda pendiente con la santera oficial. Al fin y al cabo fue ella la que, con un conjuro magistral, hizo posible su genial actuación sobre el alma de don Ricardo de Céspedes y Oriol.
Don Servando Fopiani de los Reyes decidió que si su honestidad, o los restos que de ella quedaban, acababa haciendo de él un muerto viviente honrado, posiblemente lograría su redención espiritual. Así que, sin dudarlo un momento, abandonó la Sala de Plenos del Concejo vistiendo una ostentosa nube roja que paseó sobre las cabezas allí presentes. No contento con esa exhibición, se acompañó de un trueno horrísono que sobrecogió todas las almas que en aquellos momentos sobrevolaban el poblado, incluso las más inocentes.
Lo que no pudo oír don Servando es que, en un arranque de honestidad ciudadana, el Concejo decidió por unanimidad realizar el encargo de devolver un alma al cuerpo de don Ricardo a una santera ajena al lugar.
-De esa manera, nadie relacionará la vuelta a la vida animada de don Ricardo con la muerte “accidental” de una santera desconocida en la localidad... –decidió amablemente el Señor Alcalde.
-Y en caso de algún fallo... siempre podríamos recurrir a doña Gertrudis... –aplaudió la generosidad del Alcalde el Señor Secretario de Administració n Local.
Doña Gertrudis del Moral, santera oficial del lugar, se encontraba sumergida en un sueño reparador cuando don Servando penetró en la estancia. Delicadamente invadió los sueños de la durmiente y dejó en ellos una señal de peligro que, sin duda, sería interpretado adecuadamente por ella cuando despertase.
A la mañana siguiente, mientras desayunaba, doña Gertrudis del Moral no tuvo la más mínima dificultad para identificar el suave aroma perfilado por las rojizas líneas etéreas que giraban en la cocina buscando la salida de la mansión: era don Servando. Y si don Servando había tenido a bien visitar su sueño, era evidente que el mensaje que encontró entre el vaho quimérico del despertar era suyo.
Doña Gertrudis del Moral decidió, sobre las tostadas de su desayuno, que se imponía la necesidad de actuar con suma diligencia o, de lo contrario, su prestigio de santera podría rodar a causa de la invasión de su territorio por alguna intrusa inexperta.
Claro que por otro lado, en caso de recibir el encargo, su vida corría grave peligro si lograba dotar de un alma nueva el cuerpo de don Ricardo de Céspedes.
Luego de discutir el asunto con el espíritu de don Servando, resolvieron adelantarse a las intenciones del Concejo Municipal y, montando su espíritu a lomos del de don Servando, ambos se encaminaron a la mansión del Prócer, aún sumergido en la catalepsia imbuida por arte de don Servando.
Gracias a las informaciones recibidas de doña Gumersinda Gutiérrez y Guijarro, sabían que un viejo loro campaba a sus anchas desde hacía décadas por los aposentos privados de don Ricardo de Céspedes. Con el fin de evitar miradas curiosas, penetraron sibilinamente por la chimenea, buscaron al loro y, cerrando por dentro la puerta de la mansión, prepararon todo el adobo pertinente a fin de realizar el conjuro que devolvería sus principios vitales al prócer. Una vez reanimada la forma material de don Ricardo, el asunto quedaría zanjado sin posibilidades de recambio alguno.
Don Servando y doña Gertrudis o, para ser más exactos, sus alientos espirituales, permanecieron, una vez concluida su labor, en la estancia. Se ocultaron entre las sombras a la espera de acontecimientos hasta que, horas después, oyeron el tumultuoso y feliz tropel de representantes de la vida pública que se acercaba a la mansión de don Ricardo. Luego de forzar la puerta, penetraron hasta la estancia en que éste reposaba y...
El ilustre prócer local, posado sobre una viga, miraba alternativamente a todos y cada uno de los visitantes. Una voz chillona de viejo loro salió de su garganta...
-Repite lorito: Corporación reunida, bolsa escondida. Huye, huye, don Ricardo que tu bolsa están buscando...
Una carcajada sardónica, acompañada de infernales humores, invadió el local desde los sombríos rincones del espacio mientras las autoridades religiosas, civiles y militares abandonaban en lugar atropelladamente.

Autor :
Manuel Cubero


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Fotografias del autor.

 

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Publicado por ChemaRubioV @ 23:00  | RELATO .
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