Domingo, 26 de abril de 2009
 

Carta a mi padre, preso injustamente por los sangrientos dictadores uruguayos,  de 1976 a 1983.

Escrita en el  2002, siete años después de su muerte. 

 

“Ese cinco de enero nos pediste le compráramos a mamá el disco de Paco Ibáñez que tiene “Palabras para Julia”. Cumplimos el encargo. En la siguiente visita  a través de teléfono y vidrio,  confirmabas y nos pedías detalles    del cumpleaños.

A pesar de la pelada, del veintidós once en el frente y la espalda del uniforme gris, y de tantas otras cosas, llegabas con tu risa, tus gestos, tu orgullo irreducible de no fumador. La semana anterior a la visita en el penal,  llenábamos el bolso de  “plastillera” con lo permitido, mamá te ponía chocolate picado, creo que hasta en el jabón en polvo.

Su calor se incorporaba a las calorías. Siempre me impresionó su adicción a mandarte chocolate y nueces.  Desde la época de las primeras visitas en el cuartel de la Paloma de tu querido barrio del Cerro, cuando   arriesgaba mucho por una tableta. Pero era una cuestión de principios. Eso y conseguir las famosas pastillas de proteínas de pescado en la Facultad de Veterinaria.

Tus nietos siguen creciendo.

Ahora Elisa tiene veinte años. A través de ese vidrio con teléfono, que nos separaba en las visitas, me diste a elegir entre ese nombre y otro. Estábamos seguros que venía la nena después de los dos varones.  Lleva esa alegría que siempre le pintó la cara,  y que ella pinta en lo que encuentra.

Inés  también juega  Pero tiene más miedo. Y nunca jugó en el patio  de  visitas del Penal.

Los ojos de los compañeros de cuarto año B son iguales a los de los hermanos grandes, pero tiene nueve años y no quiere mirar el informativo.

 Joaquín heredó tu gusto por la natación. No nada en el río, ni en el club de Remeros de tu Paysandú natal, pero no hay mar que se le resista. Sus lágrimas deben estar ahí,  porque en tierra las evita.

El día que Federico se casó  te extrañé.  Cuando se mudó, se llevó el escritorio, los libros, y una caja enorme con cosas y recortes que hablan de vos.

Veintiséis veranos antes,  me casé con su padre y también te extrañé.. Te llevaron de casa el día antes del casamiento en el que tu presencia, fue sentida por todos y fue incalculable la inmensidad de  tu ausencia.

Mamá ya no busca  pretextos para que la vuelvas a encontrar.  Dice que no los necesita.

 Ahora  cuenta historias,  y  te sigue nombrando.

 

1- Desembarco en Uruguay

Si esto es literatura testimonial o no, deberán decidirlo los lectores. Pretendo solamente ser la voz de mi padre, después de que se le terminaran las palabras. Creo que él lo permitiría, y aunque me quedan dudas sobre su consentimiento, decidí que su  testimonio aunque  individual, se debe también al colectivo, porque esa fue,  la razón de su vida.

Murió de verdad hace trece años. Ya antes, muchas muertes había él resucitado.  Dicen los que lo conocieron, que era un hombre bueno, periodista y revolucionario. 

 

En mil novecientos veintiocho nació, sexto hijo  de padres inmigrantes de una  Europa de entreguerras. De los diez hermanos fue el primero en nacer en Uruguay. Sus padres, los dos judíos húngaros,  vivían en un pueblo de la campiña de centro Europa, donde nacieron sus cinco hermanos mayores, dos hombres y tres mujeres. Ellas conservan su nombre.

 A los dos  varones, los rebautizaron en el puerto de Montevideo, cuando bajaron del barco en el que cruzaron el Atlántico en un viaje que duró varios meses. Nombres como Wella no se concebían en este país, para un niño de siete u ocho años. En ese instante, y por decisión del funcionario aduanero, pasó a tener el nombre que llevó hasta su muerte, el tío Adalberto.  De Leopoldo, el segundo varón, no sé su nombre original.

Montevideo fue sólo una escala, y los cinco hijos más que tuvieron Ignacio y Leonor, mis abuelos con nombres también “traducidos” a su llegada, nacieron en Paysandú. Eligieron para instalar a su familia, la capital del norteño  departamento,  construida como puerto defensivo junto al río Uruguay.

Los “sanduceros”, pobladores y oriundos del lugar, siguen llamando a la ciudad “La Heroica”, en honor  a un episodio  histórico de  resistencia popular.

 Seguramente mis abuelos murieron sin conocer la historia de Leandro Gómez, y de la bárbara conquista, que mi padre, como tantas otras cosas, no tuvo  oportunidad para contarles.

Ellos conocían sí la miseria y otros lastres, de una guerra que parecía no parar nunca.  Por eso, la diáspora que sufrían y la discriminación eterna, hizo que siguiendo sus tradiciones más arraigadas, se negaran a disfrutar nietos, que como mis hermanos y yo,  nacimos de una madre de familia entre atea y cristiana.

Según los recuerdos de papá, su madre cocinaba como en su país y el abuelo tenía gusto por las cosas ácidas, el pescado medio crudo, y unas galletas sin gusto que comían por costumbre.  Tenían buenos vecinos, que suplantaron a los aduaneros en la adjudicación de los nombres de los hijos uruguayos, y mi padre  fue favorecido con la nominación de Ismael. Cuidaban un terreno circundante a su vivienda, y  con las plumas de los gansos que criaban, Leonor hacía abrigos para las camas de sus hijos.  Nunca llegó a saber que una de sus bisnietas, aun conserva uno de esos acolchados, que calienta sus noches de invierno Montevideano. Además de las tareas de la casa, y el cuidado de sus diez niños, la abuela atendía a los animales.  El padre, vendía  frazadas a domicilio, con un socio de la colectividad judía, y cantaba en la Sinagoga de la ciudad, pensando tal vez, en su pobre  pueblo Húngaro. Pensaría en otra lengua tratando de criar a los hijos  en un  país  lejano, intentando no perdieran lo único que él había traído, su voz, sus recuerdos y sus creencias.

Las historias que nos contaba mi padre vinculadas a su niñez,   transmitían vivencias alegres. Y  las que no lo eran tanto, quedaron en nuestra memoria, como divertidas anécdotas familiares. Las idas a la escuela en bote cuando Paysandú  se hundía en el río Uruguay, y su casa quedaba casi toda sumergida, era en su relato, una aventura divertida, con detalles de juegos y mudanzas. Narraciones, que iba adaptando según nuestras edades,  fuente de lo que aquí cuento,  por lo que supongo, no todo corresponde a la realidad.

La canción del “Sabalero” dedicada a los pantalones cortos de niños pateando una pelota de trapo, aunque transcurre en otro departamento del país, lo identificaba plenamente con su infancia sanducera.  Tiempos de pobreza, contados a través de lo divertido que fue ir a la escuela en Concepción. En esa ciudad Argentina, situada al otro lado del río Uruguay, tuvieron que afincarse un tiempo, por problemas económicos dejados en la orilla de enfrente.

 

 A los doce años, siguiendo la ruta a la Capital, tomada antes por algunos de  sus hermanos mayores, se despidió de su familia y su Paysandú natal, para iniciar la etapa liceal y  laboral. Cambió lo pantalones cortos, por los largos, estrenando la adolescencia recién instalada.  Nunca  olvidó y siempre nos recordó, sus inicios de nadador en el río, el club de Remeros, la casa con la marca indeleble en la pared,  del nivel del agua, que rememoraba las inundaciones.

El amor a sus padres, a los que imitaba hablando un mal yidddish,  hizo que no sintiéramos rencor por abuelos que no quisieron conocernos.  Regresaron a Europa  tan pronto como pudieron, acompañados por sus dos hijos varones menores, y murieron en Israel, sin otorgarse ni darnos la posibilidad  de quererlos.

Mi padre conoció, a pesar de su corta edad en esos tiempos, el sufrimiento que ellos padecieron durante el transcurso de la segunda guerra mundial.

 Noticias que llegaban, y sobretodo las que no llegaban,  eran causa de los llantos evitados frente a sus hijos, de Ignacio y Leonor.

La expresión triste de la cara de mis abuelos, que conservo en pocas fotos sepia y desteñidas, no coinciden con la representación que tenía de ellos con las casi fábulas que nos contaba mi padre. Mi abuela, cubierta con un pañuelo su cabeza, dirigiendo un barco pintado sobre la fotografía, con una tripulación de  niñitos rubios, con  rulos y  ojos asustados, es una de las imágenes familiares que más pesar me producen.

 

Los parlantes en la calle principal de Paysandú anunciando a toda voz, el triunfo de las fuerzas aliadas,  fue según papá uno de los primeros anuncios políticos que  movilizaron  sus sentimientos, relacionándolos con su historia familiar.

 

 

2- Montevideo

A los doce o trece años de edad, estas ideas se fueron aclarando en el apartamento Montevideano de su hermana mayor, que, cómo si fuera un símbolo se llama Clara.  Ella fue la primera en dejar la casa paterna, y  trabajando de vendedora en una tienda, alquiló una vivienda, en el barrio céntrico del Cordón.   Además de los hermanos que iban llegando, esa casa recibió a amigos de todos ellos, estudiantes y trabajadores, y se convirtió en un centro juvenil,  de discusión literaria, política y filosófica. Casi a sesenta años, a veces encuentro a algún viejo amigo de ellos, que sonriendo recuerda aquel lugar.

Es difícil imaginar  a la elegante tía  Clara, como una de las responsables del camino elegido por mi padre, desde que entró al liceo y para toda la vida. Pero  el brillo que  mantienen sus ojos verdes,  trasmite hasta ahora, una pasión  conquistadora. Y entiendo, como aquellos jóvenes, veinte añeros  de los ´50,  confiesan aun, con una  casi sonrisa,  el amor por su mirada.

Mi padre, entró con doce años al liceo Público Instituto Vázquez Acevedo en  horario nocturno, ya que durante el día trabajaba en una industria metalúrgica, donde se fabricaban   tapas de metal, para botellas de vidrio.

Nos transmitió una imagen de alumno aplicado,  que ahora no estoy tan segura,  corresponda completamente, a la realidad.

Lo cierto es que siendo estudiante del “IAVA”, como aun se nombra ese liceo, comenzó a escribir, tratando de entender una guerra lejana, que afecta a la humanidad y desgarra a su familia. Con un grupo de amigos, alumnos del liceo, publican un boletín, que ellos mismos escriben, programan, copian en un mimeógrafo y reparten a sus compañeros.  Se dedican a la difusión del conocimiento de situaciones injustas sobre   problemas cotidianos, que  lo incluyen a él, a su liceo y a sus colegas, tratando de proponer soluciones colectivas. Pienso que fue ese sentimiento el que definió sus acciones, luego  tal vez, sobre bases más sólidas de pensamiento, pero con la misma intención, durante toda su vida.

 

A  esta altura del relato, me detuve a analizar si una admiración desmedida, o  una percepción alterada de mis recuerdos infantiles y juveniles,  no hacen al testimonio   familiar  perder valor.  Si así fuera, mis disculpas, pero no puedo modificar el curso de mis recuerdos, ni evitar transmitir  los valores más queridos  que él me entregó.   Le debo  la convicción, de que en el mundo hay muchos hombres buenos, y hace falta que se cuenten sus historias.

 

No conozco muchos detalles de esta etapa de su vida, pero sí sé, que quería entrar luego de terminar secundaria, a la Facultad de Arquitectura. Abandonó esa idea, por falta de tiempo, y el orden de sus opciones. Concomitante con los estudios secundarios, cursó un bachillerato técnico, y egresó de la Universidad del Trabajo, convertido en mecánico tornero. Como en verdad parece que era un alumno destacado, accedió a un cargo para desempeñar su oficio, en las líneas aéreas  del Estado.

Si no hubiera visto fotografías de papá con mameluco, trabajando en los aviones, hubiera pensado que no era cierto. La imagen que tengo de él, tratando de arreglar algún desperfecto hogareño, no concuerda en lo más mínimo, con ese antecedente. Lo consideré siempre un intelectual incapaz para realizar con éxito, cualquier tarea manual. Revivo episodios de canillas goteando con “cueritos” mal cambiados, cisternas perdiendo agua, apagones a continuación de corto circuitos provocados sin intención, al querer reparar algún artefacto eléctrico y otros ectcétera. La argumentación era siempre distinta, en defensa de su destreza, aunque nunca lo vi preocuparse demasiado, por demostrar habilidades que decía poseer.  Ni siquiera mi madre  apoyaba su versión en ese aspecto. Y eso que se conocieron en la época que él trabajaba en PLUNA al inicio de la década del cincuenta. Para ser precisos, en esos  tiempos, ya había decidido dejar ese trabajo, para dedicarse por entero  al periodismo.  

 

Mi  madre,  abuela  de mis hijos.

“Estando con la nieta en la misma casa  en que ella nació, a pocas dunas del mar, se pregunta si el olor es el mismo que sentía hace setenta años cuando en la galería su madre hacía los tallarines caseros y se cocinaba el tuco en la olla de los domingos. Los nietos podían ayudar dando manija a la máquina de metal donde por los agujeros salían perfectos. Cuando se hacían ñoquis los pasaban por el tenedor y cuando tocaba ravioles los cortaban  con una ruedita de metal con mango de madera.

 

Le cuenta a Inés, su nieta menor, que cuando ella era niña,  se usaban unos trajes de baño que cubrían mucho el cuerpo, incluso para los varones. Después de hacer la digestión, podían ir a la  playa hermanos y primos, siempre que se cuidaran entre todos.

 

 Este domingo quiere sentir ese olor y no puede. Con la nieta juega a las cartas, hacen los trabajos escolares, leen. Igual  sabe que  ese olor que añora,  no es el que le quiere dejar a Inés. Y sin embargo es el  aroma extrañado de su madre, de sus cuidados.  No de su padre, el Doctor,  que reclamaba rapidez  en  el tendido de la mesa,  su vaso de agua con limón  y las uvas. Las uvas, que había que servirle en su dormitorio,  antes de la siesta.

La madre de la abuela, llevaba orgullosa un apellido escocés con tantas consonantes como batallas ganadas  agregaba el nombre. Pero ni  tocada por la orden de Ricardo Corazón de León podía dejar de correr solicitada por el marido.

 

Fueron  a la misma escuela. La abuela, primero a aprender,  después a enseñar.

Su hija primero, y después los nietos, trajeron la túnica con las mismas manchas violetas de las moras que sacaban  del árbol en el recreo ( y que siempre estuvo prohibido). La oreja de la llama de yeso que está  en la entrada, sigue rota o la arreglan de vez en cuando.

Cómo le explica a su nieta entonces, cómo todo cambió tanto, si los frutos siguen en el árbol para que todos los sigan alcanzando. Le enseña como puede que hay uvas malditas y moras benditas, que  por suerte no se pueden heredar las dos, pero la nieta prefiere seguir el partido de escoba de quince.

  Se da cuenta que no puede contarle mucho de los orígenes de sus padres, de   sus tíos, de lo que más se acuerda es de aquellos olores, de la playa y de las uvas. También de aquellos fines de año con sus cinco hermanos, la fiesta en su casa de todo un barrio, el perro encerrado en el baño del fondo porque se asustaba del ruido de los “cohetes”. Venían los vecinos, se asaban los corderos y ahí sí los niños casi lograban la propiedad de todo el fondo. Hermanos, primos y amigos se cansaban jugando a  “la mancha”, el paso la piedra y no la recibo y más tarde hasta el juego de la “verdad o consecuencia”.  Algunos niños  daban  besos como pagos de prenda.  Otros decían la verdad.”

 

 

 

Mi madre, la novia, la esposa.

El entusiasmo de mi padre estaba puesto en la escritura. Por la vía de los hechos se convirtió en periodista. Pasó del boletín del liceo, a escribir en cualquier publicación de contenido social o gremial con la que se vinculaba.   Aun siendo muy joven, adoptó el convencimiento de la justeza del pensamiento marxista, como guía de lo cambios  que los hombres del mundo se debían. Creía en un futuro destinado a la humanidad, donde fuera posible, la paz y el pan para todos. Ingresó a una organización de jóvenes comunistas, y en un baile que organizaban sus compañeros,  de un Centro  que llamaban “El estudiantil”, conoció a mamá.

  Había ido acompañada  por su hermana mayor, mezcla de cuidado y complicidad. Hablando con ella, mi padre supo, que la osada morocha con quien rápidamente entabló conversación, era una de los seis hijos de un médico comunista, bastante conocido en esos tiempos, en los círculos políticos de izquierda.

Por casualidades que parecen signos premonitorios,  estaban leyendo el mismo libro, que por lo que ellos cuentan, fue  tema de su primer encuentro.  Al despedirse, él  olvidó  devolver una petaca con polvos de maquillaje que ella pidió  le guardara en el momento del baile, en el bolsillo del saco. Con el pretexto de devolución, papá emprendió su primer viaje  al costero  balneario  de Malvín, donde mamá vivía con sus padres y cinco hermanos. Seguramente no imaginaba en ese momento, las circunstancias  que él mismo protagonizaría viviendo en esa casa, muchos años después. Llegar hasta ahí  en bicicleta, transitando por pocas calles, muchas dunas, y cruzando arroyos, no debe haberle resultado  fácil. Pero a juzgar por los acontecimientos futuros, mi madre debió haber desplegado  una especie de embrujo que la trasciende, provocando  que los viajes a pedal, fueran cada vez más frecuentes, y menos fatigantes. No creo que  mis abuelos maternos  hayan aprobado desde el inicio la elección de mamá, por un muchacho pobre con nada más por bienes, que buenas intenciones. Se me ocurre esto, pensando en mi abuelo, siempre con aires de gran doctor, comunista,  pero siempre dirigente, después de haber sido diputado batllista. Y  mi abuela, de sangre buena, pero azul, con un apellido escocés de muchas consonantes.

 Lo real, es que mis padres siempre disfrutaron  relatando, la historia del inicio de su noviazgo. Tanto, que ahora mamá la sigue contando, convertida en  cuento, a nietos y bisnietos.

Con veinte años, recién egresada de magisterio,  trabajaba  en una escuela rural en las cercanías de Tala, en el  departamento de Canelones.  Aunque en  el mapa figura cerca de Montevideo, la realidad geográfica y las posibilidades de comunicación y transporte, que eran  insuficientes, hacían del lugar una región lejana. Por esas razones, mi madre daba clases y vivía en la escuela de lunes a viernes. Tenía alumnos de todas las edades, que llegaban a caballo y muchos de ellos, no conocían el mar viviendo a pocos kilómetros de la costa. Ella disfrutó transmitiéndoles lo que podía, y compartiendo sus vidas. Los fines de semana, si daba paso el arroyo, que se desbordaba con las lluvias, volvía a Montevideo. Le gustaba el campo, sabía cabalgar  y  creo que si hubiera sido decidido sólo por ella, hubiéramos nacido en la campaña y no en la ciudad como lo hicimos.

 

Hijos

Mi primer hermano y yo, nacimos con  diferencia de un año y poco, en los últimos años de la década del 50, en el barrio  del Buceo.

En esos años papá, que ya  era periodista del periódico Justicia, participó de la fundación del  diario El Popular, órgano escrito del Partido Comunista del Uruguay.

Desde ese momento, escribió  sin parar, yendo de las fábricas a los frigoríficos. Hablando con los trabajadores en las obras o en los locales sindicales, poniendo en palabras impresas, sus esperanzas y las dificultades que sufrían. Todos hacían de todo un poco. Escribían las notas, corregían las impresiones y repartían el diario.

El “gallego Aurelio”, fotógrafo incansable,  frecuente compañero de mi padre en la cobertura sindical, tocando el timbre de mi casa en la calle Cuñapirú, mientras mamá se quejaba por la hora, son memorias que se reiteran de mi infancia.

Aunque ella siempre creyó en la justeza de sus ideas, y cotidianamente vivía con sus alumnos, las injustas diferencias de posibilidades, siempre discutieron mis padres por las horas que destinaba él a una profesión, que ejercía con obsesión  militante. Hasta que no veía salir el primer diario, sin una sola falta de ortografía, papá no volvía a casa.

Lo dos desempeñaron sus tareas con la pasión y confianza que merecía el sueño de muchos, de un futuro en  construcción.

Durante los primeros años de escuela, recuerdo la primera oración infaltable en la clásica redacción: Mi familia.   “Mamá es maestra y papá periodista”. Hasta ahora me conmueve  escribirlo, evocando el orgullo que me provocaba en los años escolares. Lo que sí era difícil, dar la verdadera respuesta a la pregunta, con casi sólo dos opciones en esa época, sobre la preferencia política de mis padres.  Cuando comprobé que mis compañeros se  alteraban con la  de  “mi padre es comunista”, por un tiempo intenté  contestaciones evasivas.  Buenos amigos, que muchos hasta hoy lo son, no entendían como mi padre siendo bueno, había tomado una opción casi maléfica en su representación. El sentimiento de traición parental que me invadió, me afirmó  en tratar de mantener respuestas contundentes,  con reflexiones agregadas y hasta un resto de desafío, dirigida a niños que yo pensaba, estaban mal informados.

Basaba mis  explicaciones, repitiendo lo que oía en casa. Tal vez más, en lo que veía,  del  actuar desprendido y desinteresado de mis viejos.

Mi infancia pasó entre padres que trabajaban, militaban y discutían, abuela, hermanos, muchos primos, y personas que ayudaban en nuestro cuidado. Íbamos a la escuela, dónde mamá trabajaba de maestra en esa época, y en  la que antes, había sido alumna. Sus recreos, los amigos y las moreras del patio, es una de las primeras cosas que evoco, cuando pienso en mi niñez.  Pero además, entre otras cosas, las tardes que pasamos con mamá y sus colegas  en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, para lograr la in entendible para nosotros, Ley de Equiparación.  Jugábamos a patinar hasta cansarnos, en los resbaladizos pisos de mármol con otros niños, hijos de compañeras de mi madre, transformando la lucha gremial en  juego, con un fin de paseo, calentando el invierno tomando café con leche, en el Bar Alcalá, frente a la Facultad de Medicina.

El recuerdo del “cuba sí, yanqui no” cantado desde los hombros de papá, en alguna manifestación, me generaba contradicciones a la hora de no incluir la bandera cubana con la otras de Latinoamérica, cuando estudiábamos la  integración de la Organización de Estados Americanos, en quinto año de escuela. La gravedad de lo conflictos sociales uruguayos derivados de una creciente desigualdad de oportunidades, con gran prepotencia gubernamental, la viví con todo su peso. Pensaba con rabia y angustia, en el asesinato de un joven estudiante de Veterinaria, que como mis padres, sólo quería un mundo mejor. En el entierro  de  Liber Arce,   caminamos con mi hermano muchas cuadras, acompañando a papá y mamá conmovidos y silenciosos. Seguramente ese momento, marcó en nosotros y en muchos niños de entonces, la comprensión de la tan repetida,  palabra compañero. 

Estrené el liceo en el 68, año mundialmente eclosionado por los mayos de aquí y de allá. Aun con doce años recién cumplidos, era inevitable no comprometerse con los cambios que se veían cerca.  La lucha por el precio del boleto de estudiante y los peajes en solidaridad con los obreros de fábricas en lucha por despidos, cierres y salarios, me encontró al inicio de mi adolescencia. El sentimiento  de  solidaridad  con compañeros y profesores durante los cursos paralelos dictados en locales sindicales, en respuesta al cierre de clases en secundaria, marcó la mitad del 69. Y el cielito de fondo cantado por  Los Olimareños,  lo convirtió en un año inolvidable.

Creo que, aunque  nunca lo dijo, mi padre sentía temor por nuestra exposición al peligro, frente a  la represión que se extendía. Tengo la impresión que  lo desgarraba  esa sensación, que incluía nuestra protección, más que el temor por su propia suerte, durante el combate por su ideas. Como sea, el sentimiento intenso de aquellos días adolescentes, tienen el gusto a un tiempo intensamente dado y compartido,  que muchas veces extrañado, se  hace necesario reproducir.

 

 

 

Gerardo, mi hermano menor

“Si tenés un hermano diferente a los demás, pensás  que en el cromosoma que le sobra tiene todo lo que le falta. Podía haber enseñado matemáticas como el otro, ser médico o lo que quisiera. Podía tener las manos como todos y los ojos, además de tener el mismo color,  ser parecidos en la forma. Pensás  que no lo hubieran mirado con compasión cuando era un niño, y con distancia y algo de temor cuando adulto. Que podría haber compartido la vida desde otro entendimiento, aprovechado de una inteligencia que no tiene. Si tenés un hermano diferente no pensás donde está codificada la bondad que tiene. Dónde la capacidad de disfrute, de sorpresa. La capacidad eterna de jugar, de abrazar.  No pensás que a los demás nos falta lo que a él le sobra. El destierro del malhumor, la codicia , la avaricia , la envidia.  El triunfo de la vida de las percepciones,  los afectos. El contacto con la tierra, con la simpleza.  No pensás en aprender lo que  enseña, porque hay que modificarlo, hacerlo más parecido, más aceptable. Para sobrevivir independiente, necesita las capacidades que le faltan , no las superiores que pueda conectarlas a las suyas. Las más salvajes, las que se perdieron en su secuencia de ADN.”

 

El  Periodista

Mientras nosotros hacíamos nuestras primeras experiencias, papá reconocía cada adoquín de las calles del Cerro, caminadas de memoria rumbo a los frigoríficos.  Dicen los viejos obreros, compañeros que lo recuerdan, que lo sentían  parte de ellos y sus problemas,  diferenciado por la libreta de apuntes de tapa negra, que siempre recuerdo en su  mano, o sobresaliendo por el bolsillo de su saco gris. Papá no me hablaba de política, pero respondía a mi provocación casi despectiva de planteos radicales y ataques sin argumentos, a su organización política.

Trataba de transmitirme su opinión, de que estudiantes e intelectuales, debíamos  acompañar en  sus reclamos, a los que verdaderamente generan la riqueza, de la que algunos se benefician más que otros.   Confiaba plenamente en la clase obrera, y desde el lugar de periodista que eligió,  se comprometió con ella.

Del local de la calle Justicia, el recuerdo surge sobre todo desde fotografías impresas en blanco y negro, en papel brillante. Una, en la que estamos mi hermano y yo, amarrados de cada mano de papá, frente a la puerta  enorme de madera repujada del diario,  con un pomo de bronce reluciente, reproduce la sensación casi olvidada,  de traspasarla. Sabía que adentro papá nos dejaría teclear en su máquina de escribir Remington.

Cuando se mudó el Popular a la esquina de Rio Branco y dieciocho de julio, hubo festejos, ya que la  sala de Redacción era más grande y cómoda, y en el subsuelo funcionaba la linotipo de hierro negro. Era una máquina monumental, de dos pisos, con ruido a ferrocarril, donde páginas enormes armadas con tipografías de metal que se juntaban como un puzzle, se copiaban en papel. Entre ese estruendo infernal, olor a tinta y  gente tomando leche, papá veía salir cada madrugada el diario de denuncia, que parían cada día con el esfuerzo de todos.

Unos años después, compraron la moderna impresora  Offset, que los llenó de orgullo, le dio color al popular, y les duró poco tiempo.

Nos gustaba visitar a papá en su lugar de trabajo. Aurelio nos sacaba fotos, Acassuso, Porley y otros de sus compañeros, nos ofrecían prestados sus queridos instrumentos de trabajo, que hacía que nos sintiéramos periodistas.

Los autógrafos no valorados en ese momento,  es una de  las pérdidas de las que más me arrepiento. A cada artista, escritor o actor que visitaba o entrevistaban, mi padre le pedía un autógrafo para mí, que debía ser con dedicatoria. De algunos me acuerdo de memoria, ninguno conservo. Mercedes Sosa, Zitarrosa, Serrat, Reed, Quilapayun , y otros que no retengo, fueron casi obligados por él,  a escribir con cariño, para una hija desconocida.

 

 

 

 

1971 Triunfo de la esperanza 26 de marzo. 18 y ejido... Vimos nacer y crecer al Frente Amplio. Algo que no se podía tolerar. Argentina, Chile  con Allende. Había que podar de raíz………..El Imperio, insaciable,  no permitiría la posibilidad de un mundo mejor.

Pero latino América es indoblegable. La historia lo iría a demostrar.

 

 

1973

Seguramente  todos los uruguayos que tenemos memoria  de ese año, lo asociamos a nuestra historia personal. Sabemos de memoria la edad que teníamos sin necesidad de calcularla, qué estábamos haciendo cuando se trasmitió la noticia del golpe de estado y hasta como estaba el tiempo ese día de invierno en Montevideo.  Veníamos llevando desde hacía años, la cuenta de  amigos y familiares presos,  de los que  podían escaparse al exterior y de los que se tenían que ir, por la pérdida de sustento económico.

Ir al liceo todos lo días era riesgoso. Allanamiento en los locales de estudio, gente armada mezclada en los grupos de clase, entradas intempestivas de  policías o soldados en las aulas, llevando compañeros de quince o dieciséis años presos. Gases, corridas, golpes, enfrentamiento de tanques y caballos contra la gente, jóvenes algunos casi niños. Huelga general desde el momento del golpe, fábricas y centro de estudio ocupados. Junio con heladas

Clausura de diarios y publicaciones de protesta, censura de todo tipo, películas, programas radiales, planes de estudio, libros, eran las vivencias cotidianas.

El Popular estuvo clausurado, y  cuando pudieron  volver a sacarlo, a papá le asignaron la tarea de ser el redactor responsable. En ese tiempo, más que un mérito, un compromiso peligroso.

Como respuesta al famoso llamado de “a las cinco de la tarde”, los ómnibus descargaban gente de todas las edades en las paradas del centro de Montevideo. El nueve de julio de ese año, encontró a la calle18 de julio llena de gente corriendo, tratando de esquivar caballos al mando de  soldados con órdenes de represión, desesperados buscando hijos, hermanos o compañeros.

Un pueblo manifestándose en contra de la dictadura militar impuesta, fue castigado nuevamente.

En El Popular irrumpieron arrasando con todo, incluso con los trabajadores del diario, que quedaron literalmente bajo las botas de los soldados, que así los llevaron y encerraron en el Cilindro Municipal, clásico estadio de básquetbol montevideano que usaron de prisión, agrandando el espacio locativo carcelario.

Me acuerdo de todo. Las visitas a través del alambrado. El gallego Aurelio ingeniándosela  para entrar a verlos, simulando ser el verdulero o el encargado de llevar leña.

En ese momento, a pesar de años de despedidas y llantos, no imaginamos la magnitud de lo  que ya pasaba, y lo que  se estaba preparando. Se hizo la noche sin aviso. Miedo, clandestinidad, persecución dolor y muerte como nunca hubiéramos imaginado, enfrentando la dignidad de nuestra gente. Miradas cómplices, poemas  y canciones, se opusieron como se pudo al terror. Resistió la carta popular, llegando a manos del pueblo, continuación clandestina del Popular,  que sus periodistas seguían imprimiendo.

Destierro, destrucción cárcel y tortura, contra la unión de la resistencia y solidaridad de personas comunes que defendían el sueño de un mundo para todos. América arrasada otra vez.

 

Desde la noche anterior a mi casamiento en el inicio de 1976 hasta que nació mi tercer hijo en el 83, papá sufrió la cárcel, después de estar un año desaparecido, pasando de cuartel en cuartel.

Prefiero anexar documentos y testimonios, a relatar esta parte de la historia que con tantos compañeros compartió. Guardo los documentos que muestran la solidaridad en todos los idiomas.

Guardo sus cartas y las carteras que trenzó. Guardo la paloma surgida de un trozo de hueso, que reclamaba paz. Guardo un corazón hecho de papel higiénico que nos llegó al año de su desaparición escondido en los restos de ropa que nos entregaron, gritando los harapos el tormento.

Pero sobretodo guardo su risa, la esperanza transmitida y las palabras escritas en el corazón rasgado en un baño de cuartel: besos a todos “ánimo”.

Confío en él, y en la bandera que nos pasó, y aunque a veces nos cueste sostenerla, surgirán siempre manos que no la dejarán caer.


Marina Weinberger


Tags: CARTA A MI PADRE, encarcelado injusticia, uruguay, clandestino libertad, torturas, familias aterradas, amor de hija

Publicado por ChemaRubioV @ 15:08  | ARTICULO
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios
Publicado por alvarofero
Lunes, 27 de abril de 2009 | 3:52
Creo debe ser publicado el nombre del autor de este testimonio.Me consta que lo que se cuenta es real.saludos Alvaro
Publicado por ChemaRubioV
Martes, 28 de abril de 2009 | 17:30
CLARO QUE SI, ALVARO.ES UNA HISTORIA REAL. EL ERROR HA SIDO MIO,LA AUTORA ME ENVI? EL TEXTO Y YO NO SUPE QUE OMIT?A SU NOMBRE.MUCHAS GRACIAS POR EL COMENTARIO, A SABER CUANTA GENTE LO LEER? Y SE PREGUNTAR? POR SU NOMBRE-