Lunes, 20 de julio de 2009












Charles Bukowski (1920 - 1994) fue un escritor maldito .

“Some people never go crazy. What truly horrible lives they must live!"
(Charles Bukowski, escritor y propagador del realismo sucio estadounidense ).

Esta semana he cruzado varias fronteras, varios punto detrás de los cuales ya no se puede retroceder. Entre una de estas líneas hipotéticas, mi relación anónima y sigilosa con la Facultad ha cambiando irreparablemente. Con la emisión de mis cuatro notas ("Entierra mi corazón en la Loma Larga", partes I - IV), he atraído considerable atención y me hallo, evasivo, chiveado, metido en mi concha y siseando mientras los alumnos me sacuden para ver si saco la cabecita y los muerdo.

El cambio más radical se ha dado a la hora de la comida. Como es mi costumbre, me gusta comer en el lugar más limpio de la Facultad, afuera sobre los escalones de la entrada. Antes, todo el mundo me ignoraba. Ahora, varios alumnos se acercan a platicar conmigo.

Por lo general , el primero que se me acerca es el más intuitivo. "Oiga, profe," me pregunta, "¿está comiendo?"

Después siempre viene otro y me pregunta si conozco un buen libro de modelos de equilibrio general dinámico. Se va y luego llega una alumna de cabello largo que, por enésima vez, me pregunta si hablo alemán o si soy de Rusia. Y casi siempre al final, llegan los alumnos con tragedias.

"Profe," me dice una alumna languideciendo en agonía, "reprobé su materia."

Terminó de masticar mi torta. "Ah."

Luego viene otro. "Profe," me dice otro, "tengo mucho miedo de no pasar segundas."

Le doy otra mordida a la torta, esta vez, en la esquina con más carne. "Hmmmm....", le respondo entre mordidas.

Y luego viene otra alumna. "Profe," me pregunta, "¿qué puedo hacer para mejorar mi situación?"

Le sonrió. Me empinó la botella de agua mientras meto la mano en mi bolsa. Sacó una bolsita transparente con cuatro cápsulas de cianuro y se la pongo en su manita.

Meto las envolturas vacías en la bolsa, la tiro en uno de los botes de basura que le robamos al Teatro Universitario y sacudo la cabeza mientras pienso en todo lo que me ha pasado este mes. "Es bonito," me digo a mí mismo, "que la gente lea tus notas, que te tomen en cuenta, que aunque seas foraneo (aprovecho mi pensamiento para reacomodarme la estrella amarilla de 10 x 10 cm en el pecho) te den igual o más cariño que gente que ha estado aquí más tiempo." Pero el temor que yo tengo, es que ahora con un nuevo edificio y con un poquito de fama, todo cambie. Lo que más temo es que mis Notas me metan en más problemas de los que normalmente estoy acostumbrado.

"Y todo esto", pienso yo, "nada más porque censuraron al pobre Niño Jesús."

Cuando a John Bryan lo corrieron del periódico Herald Examiner de Los Ángeles, él comenzó a dedicarse al periodismo idealista e independiente que no le deja a nadie ni para comer, ni para el colegio de los hijos. Si le hubieras preguntado a John Bryan, te hubiera dicho que primero renunció y luego lo corrieron nada más para humillarlo. El caso es que John Bryan se encontró al frente de la empresa, pero sobre la acera.

¿Qué hizo? La Diócesis de Los Ángeles comenzó a censurar imágenes de la Virgen María con su hijo Jesús. La razón: el niño estaba destapado y mostraba, como todo niño normal al desnudo, sus genitales. Fue cuando John Bryan escribió ensayos, protesto públicamente y se peleó con sacerdotes, monjas, el Opus Dei, el Hermano Silas y todos los demás ultra-religiosos porque simple y sencillamente, no tenía nada de malo que Jesús tuviera lo mismo que todos los demás niñitos.

Y de pilón, John Bryan era un ateo. "Ni es mi Dios," les dijo, "es el de ustedes."

Pues por andar de metiche con dioses, niños y genitales ajenos la gente decente de Los Ángeles presionó a sus patrones e hizo que John Bryan perdiera su chamba. Y el año 1967 lo encuentra en una casita vieja, de dos pisos, en donde fundó el periódico independiente Open City. Entre los "columnistas" que invitó a participar en la nueva empresa informativa se hallaba un borracho degenerado llamado Charles "Hank" Bukowski.

Bukowski había pasado gran parte de su vida borracho, corrido de fábrica en fábrica, enamorándose de prostíbulo en prostíbulo, hasta que finalmente el destino lo llevó a la oficina de correos donde consiguió el trabajo más aburrido del mundo: trabajador administrativo de la oficina en el horario nocturno. Bukowski deambulaba por los pasillos cuando el correo estaba cerrado y lo único que podía hacer era esperar (como tantos seres humanos en este puerco mundo) la muerte.

Durante esas horas vacías de actividad y de sentido, Bukowski comenzó a escribir. Hank fue un hombre de poca cultura. Vertía sobre el papel todo lo que había visto del inframundo, el séptimo nivel del infierno grotesco de Los Ángeles: los manicomios, las cantinas de mala muerte, las fábricas donde cadáveres que respiraban se desgastaban trabajando sin rumbo, sin propósito. Bukowski describía un mundo sucio, visceral, cruel, injusto, vulgar, apestoso a orines. Y de vez en cuando, esos adefesios dantescos se publicaban y les llamaban "poemas" o "cuentos cortos". Pero para Bukowski, no eran más que las ocurrencias de un viejo grosero.

Entonces, cuando John Bryan lo invita a aportar su gran sensibilidad literaria, Bukowski, probablemente se quedó callado y eructó al pie de la puerta de su casa, en calzones, con un cigarro entre los dedos de la mano derecha y una lata de cerveza en la izquierda.

Su primer intento fue una reseña de una biografía de Ernest Hemingway, "un hombre," según Bukowski, "que sabía cómo escribir pero no sabía cómo reír." Pero ese primer intento no llenó al viejo grosero. Fue entonces que Bukowski hizo algo genial, y de paso nos enseñó a todos cómo y por qué escribir. Fue al refri, agarró un seis, abrió una lata y comenzó a embriagarse. Y conforme el alcohol comenzó a fluir por sus venas, las palabras comenzaron a correr, y esa constelación de groserías, anécdotas del bajo mundo y mentadas de madre a la zoociedad, Apuntes de un Viejo Sucio, tomaron forma.

Hay cosas que nunca, jamás deberías mezclar. Nunca mezcles ni los carros, ni las armas de fuego, ni las mujeres con el alcohol. Quizá no pasé nada malo, pero absolutamente nada bueno puede suceder como producto de esas combinaciones. Y en los tres casos lo más probable es que te mates, pagues de más o te metan a la cárcel.

Pero si me preguntan cómo le hago para escribir lo que escribo, les diré que es muy sencillo y que cualquiera lo puede hacer. Solamente necesitas dos cosas: una botella de vino rojo (preferiblemente barato) y unas ganas iracundas de agarrar a este perro mundo a patadas.

Hay muchísimas cosas de las cuales uno puede estar encabronado con el mundo. Y no hay mejor terapia que escribir unos cuantos párrafos punzicortantes e irritantes en contra de las brillanteces de los concursantes de La Academia, los promotores del Arco Vial Sur, los imbéciles que hablan por el celular haciendo fila en el banco, los diputeibols, los tailgaters y demás abortos de animal y babuinos salvajes que nos ha mandado el destino para enseñarnos que hay cosas peores que la muerte. Porque no hay otra razón para escribir que sacarlo fuera, expresarse, desahogarse. Es probable que el mejor poeta del mundo escriba los versos más hermosos que se hayan escrito y después de leerlos una vez, los rompa o los queme en una hoguera. Y ese poeta debe estar en un manicomio, porque solamente un loco prende una vela para esconderla.

Así es que háganle como yo, si quieren una sensación de alivio formidable. Abran esa botella de Tempranillo, Cabernet Sauvignon o Merlot y llenen el vaso hasta el tope. Póngase enfrente de la pantalla y cada tecla que pulsen será como un trancazo a toda la mierda que nos gobierna, nos reprime, nos impone, y nos roba de todo. Y no se preocupen si se les acaban las palabras; siempre pueden llenar otra vez el vaso.

Y si uno de ustedes llega un viernes en la noche simple y sencillamente HARTOS de todo, entonces lo que yo te recomiendo es una botella congelada de tequila. Quizá no pudiste salir a comer o llevar a tu madre al hospital porque un tarado generador de externalidades negativas se estacionó detrás de tu coche para comer tacos a la vuelta de la esquina. O a lo mejor fuiste al baño y te diste cuenta demasiado tarde que habían cortado el agua (mientras la calle permanecía inundada). O quizá hoy fuiste a Tesorería y por enésima vez te faltó otro pinche papelito para tramitar tu permiso para solicitar extensiones a tus permisos. Pudo haber sido algo tan sencillo pero tan constante como tu esposa insistiéndote que tires tu quincena en una escuela de monjas para que a tus hijos les laven el coco y les enseñen que la meta máxima en la vida es salir sonriendo con la cara de imbécil malparido en la portada de Sierra Madre Joven.

Pero te advierto que al acabarte la botella, no importa de dónde estés escribiendo tu prosa iracunda, en cuanto menos te lo esperes vas a abrir los ojos y, sin tener memoria de lo que pasó, tu jeta babosa estará sobre la barra plebeya de una cantina de Ciudad Juárez. Alzarás la cabeza y tu mirada encontrará los ojos de una mesera cuarentona, demasiado maquillada y con ropa apretada que te sonríe del otro lado de la barra.

"Y tú, ¿por qué tan solito, gascho?"

Es en esos momentos que, sin absolutamente ningún recato, le sonrío a la buena mujer y le pido una Michelada Superior. Y cuando mis labios tocan la sal escarchada a la orilla del vaso medio lavado y el líquido comienza a caer por mi esófago siento una satisfacción inigualable.

La mesera me vé y del placer que tengo en la cara me percato que se muere de envidia. "¿Sabe una cosa, señorita?" Le confieso mientras ella le quita el gloss a la orilla de otro vaso usado con un trapito sucio. "Si no hubieran censurado al Niño Jesús mi vida sería sumamente aburrida."

(Bendita seas, Santa Ironía. Toda esta nota la escribí sin haber tomado nada.)

Tags: Charles Bukowski, club bukowski bar, poetas y poemas, malditos, santa ironia, muchachas, bebidas y cianuro

Publicado por ChemaRubioV @ 19:26
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