Jueves, 11 de marzo de 2010

 

Humberto Ak’abal

 

Recuerdo a Carlos Montemayor alto, elegante, sonrisa alegre, modales delicados.  Cuando nos conocimos sus anteojos eran casi invisibles, poco a poco fue aumentando el grosor de sus lentes.  Le gustaba el tequila. Serio y jovial, enamorado como un colibrí. Cada oportunidad que yo tenía de hablar con él, le descubría nuevas facetas.  Ah, qué de cosas, qué de recuerdos…  Y se ha ido.  El próximo encuentro lo tendremos al otro lado del sueño.

 

Viene a mi memoria aquella noche que fui a escuchar uno de los talleres de cuento que ofrecía en Guatemala, allá por el mes de Mayo de 1992 (parece que fue ayer...).   En esos días yo comenzaba a poner la cara con algunos de mis textos, y él, jugándose el todo por el todo, me echó un espaldarazo que no  perdonaron los que descalificaban mi poesía.  Cuando, algunos años más tarde, tuve el atrevimiento de declinar un premio guatemalteco, un “X” escribió toda una caterva de improperios contra mí y contra Carlos, por esos días  yo me encontraba en Suiza y viajé a México invitado a participar de un Congreso de poesía, era Octubre de 2003, y se lo comenté a Carlos, y él, tan noble y tan grande como era; se sonrió: “tú no desciendas a escuchar palabras necias, déjalos que se ahoguen solos, no sea que por escucharlos te ahogues tú también…” Qué generoso, sin egoísmos, cuánto apoyo me brindó, “tú eres remanente de una cultura milenaria, no lo olvides, aprovéchalo”.  “No busques escuelas para hablar, sé tú mismo”, me decía.  De mis poemas le gustaba uno titulado El leñador.  

 

Carlos Montemayor fue un estudioso de las culturas mesoamericanas, hablaba maya-yucateco, su libro Arte y Composición en los Rezos Sacerdotales Mayas, es un valiosísimo documento.  Hizo numerosos estudios sobre literatura indígena contemporánea y con mirada amplia, dirigió y recopilo textos para hacer la Antología de Poesía “Las lenguas de América”, y me dijo, “esto hay que verlo así, en su justa dimensión, la poesía nivela todos los idiomas, por eso esta antología incluye poetas de idioma inglés, zapoteco, náhuatl, k’iche’, maya, tzotzil, mapuche, quechua, quichua, francés, guaraní,  portugués, español…, porque son las lenguas que hablamos en América y hay que dejar testimonio de ellas.”

 

Por su intermedio fui invitado a participar en varios eventos de literatura en lenguas indígenas en México, por él conocí a varios de los escritores indígenas de diferentes países de América del sur.  Recuerdo que cuando le mostré una antología mía traducida al hebreo, se puso a verlo detenidamente, luego me retradujo algunos versos y yo quedé impresionado al ver que comprendía hebreo.  Otro día en su casa, se sentó al piano y nos tocó algunas melodías y también le escuché cantar algunas arias, era tenor.  Cuando hablaba del latín hacía algunas analogías con la lengua maya.  Hablaba inglés, francés e italiano, lo escuché dialogando con poetas hablantes de esas lenguas.  En otra ocasión platicamos de sus aportes al diccionario de la Real academia española, me dijo que había incluido muchas palabras provenientes del náhuatl incorporadas al castellano. “Tú también debes  hacer una revisión seria de cuáles palabras provenientes del k’iche’ han enriquecido el español”. 

 

Siempre disfruté leyéndolo.  Me impresionó mucho su libro “Los cuentos gnósticos de M. O. Mortenay”, en el prólogo él señala que Mortenay fue un periodista francés de principios del siglo pasado que trabajó en varias regiones del Medio Oriente, que hizo cuidadosos estudios  de grupos y hermandades secretas, particularmente de los países árabes, y que esos apuntes eran los que él había traducido al español, que; es una obra útil para el conocimiento del esoterismo del Medio Oriente y el hermetismo de raíz europea, porque cada parte del mundo es una esfera delimitada por una conciencia geológica de la que deriva una tradición religiosa específica…  Decía que me impresionó el libro por lo misterioso.  Leí recientemente un fragmento de  un estudio acerca de ese libro, donde se dice que M. O Mortenay, no es, sino un anagrama de Carlos Montemayor, que es un libro autobiográfico, ya que él fue un estudioso de la cultura y la filosofía de esos pueblos.  Quisiera compartir aquí uno de esos cuentos:

 

MONODIA

 

En la ventana cubierta por las ramas de la higuera, el anciano Adreas trató de distinguir la senda que pasaba junto a la iglesia; los insectos llenaban la noche cálida.  Un canto dulcísimo llegó hasta la habitación.  El anciano levantó la cabeza al oír la voz nítida.  Las higueras impedían ver quién cantaba cerca de allí.  Al cabo de unos instantes cesó el canto y los insectos y el ruido de la noche caliente volvieron a comenzar.  Después la voz cantó más potente y dulce bajo la ventana, sumergiéndose en la angustia de su belleza.  Luego se escuchó en la habitación: el anciano falleció al cabo de varios días, enloquecido.  Los frailes clausuraron ese aposento de la iglesia de Hosios Lucas.  Quizás comprendieron que hay momentos del año en que los ángeles caídos cantan porque desean la paz que vivieron antes de su destierro, pero el hombre que los oye siente la nostalgia, el arrepentimiento incomprensible, y ese canto, aunque dulcísimo, lo atormenta como si él hubiese caído para siempre.

 

                        (De, Los cuentos gnósticos de M. O Mortenay, Seix Barral)

 

Carlos fue amigo del escritor guatemalteco Mario Monteforte Toledo, también apreció a Luis Alfredo Arango.  Ellos tres tuvieron una incidencia total en mi vida de poeta, sobre todo en mis inicios.  Recuerdo a Luis Alfredo Arango, fue el primero en darle valor a mis poemas, por su intermedio se publicó mi primer libro de poesías “El animalero”.  Luego Mario Monteforte Toledo, me dio su mano de amigo, me ilustró contándome de las personas que conoció en los diferentes países donde vivió cuando andaba exiliado,  me contó de sus experiencias, de sus viajes, de sus libros.  Y Carlos Montemayor, también me dio ánimos y me invitó a México para que compartiera experiencias con otros poetas, fue así como se comenzó  a conocer mi obra en otras latitudes.  Luis Alfredo Arango falleció y me dejó un vacío enorme en el alma.  Mario Monteforte Toledo falleció poco tiempo después y con él perdí a un amigo.  Y ahora, muere Carlos Montemayor, un Maestro, me llamaba colega y yo me sentía incómodo.  Siempre recordaré estos tres nombres, gracias a ellos mi camino fue menos sombrío. 

 

            Suelo leer (por internet), algunos periódicos del mundo, entre ellos la Jornada de México.  Y el domingo 28 de Febrero 2010, di con una noticia que me heló el alma, debo reconocer que hube de leerla tres veces y aún así no lo podía creer, no quería creerlo, me afectó mucho esa noticia, sentí una profunda tristeza ¿cómo era posible que Carlos Montemayor hubiera fallecido?  Claro que hacía ya algunos meses que no nos habíamos visto, pero seguía fresca en mi memoria la última vez que nos vimos, lo recuerdo contento, no tuve la impresión de haberlo visto enfermo…  Y sin embargo, físicamente nos había dejado.  Comencé a reunir sus libros, a hojearlos, a releer sus dedicatorias.  Comencé a platicar con sus poemas, con sus cuentos, y poco a poco me llené de la paz de sus palabras.  Allí está el secreto, el sigue vivo en mis recuerdos y en sus escritos:

 

Memoria

 

Estoy aquí, en la casa, a solas.

Aquí están los muebles, el aire, los ruidos.

 

Tengo un sentimiento tan transparente

como el vidrio de una ventana.

Es como la ventana en que miraba la nieve al amanecer,

hace muchos años, cuando era niño,

y pegaba la cara contra el cristal

y comprendía toda la vida.

 

Es un deseo en calma, como la tarde.

Es estar como están todas las cosas.

 

Tener mi sitio como todo que lo que está en la casa.

Perdurar el tiempo que sea, como las cosas.

 

No ser más ni mejor que ellas.

Sólo ser, en medio de mi vida,

parte del silencio de todas las cosas.

 

                        De,  Poesía (1977-1994) Editorial Aldus










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Publicado por ChemaRubioV @ 18:06  | ARTICULO
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