Miguel Delibes falleció ayer en Valladolid a los 89 años. El novelista ha sido miembro de la Real Academia Española desde 1975 hasta su muerte, ocupando el sillón "e". Comenzó su carrera profesional como columnista y luego periodista de El Norte de Castilla, periódico que llegó a dirigir.
Entre sus muchos y muy prestigiosos premios y galardones destacan el Premio Nadal, por La sombra del ciprés es alargada (1947), el Premio Nacional de Narrativa, por Diario de un cazador. (1955), el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1982), el Premio de las Letras de Castilla y León (1984), Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de la República Francesa (1985), el Premio Nacional de las Letras Españolas(1991), el Premio Cervantes (1993), el Premio Nacional de Narrativa, por El hereje (1999) y la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo (1999) Además, ha sido investido Doctor Honoris Causa por varias universidades españolas y europeas y nombrado hijo adoptivo de varias ciudadades y pueblos de España.
"En abril de 1946, al día siguiente de mi
boda, me aficioné a la pesca de la trucha. Paseaba yo con mi mujer por la ribera
del río Besaya, en Molledo Portolín (Santander), cuando vi a Panín González
-que, con el tiempo, sería un experto montador de cucharillas en su pueblo natal
de Santa Olalla y moriría prematuramente- extraer de la rasera que precede al
pozo del Confitero un magnífico ejemplar.
Por entonces acababa de introducirse en
España el sistema de pesca de truchas denominado de lance ligero que
venía a revolucionar este deporte al sustituir la paciente y tradicional figura
del pescador de caña y lombriz -carne de cañón de los caricaturistas poco
imaginativos de la época- por la del pescador activo que no se limita a
esperar inmóvil, en la orilla, la picada del pez sino que lo busca
a lo largo del río para provocarlo mediante un señuelo artificial. De esta
manera la pesca dejaba de ser un quehacer estático y entraba de lleno enla
dinámica de la era atómica. El pescador abandonaba el viejo recurso de
aprovechar el hambre de los peces para pasar a explotar el instinto cazador que
subyace en la mayor parte delos seres vivos.
Las difíciles circunstancias de la época -y
mis circunstancias personales no menos estrechas- no me permitieron poner en
práctica inmediatamente mi recién nacida afición. Hube de esperar unos años a
que aparecieran en el país las primeras motocicletas y, más tarde, los primeros
automóviles utilitarios, para comenzar a ejercitarla. En Valladolid no hay
truchas y había que salir a buscarlas a las provincias aledañas. Un medio de
locomoción personal se hacía, pues, imprescindible. Mediada la década de los
cincuenta empecé a hacer mis primeros pinitos con la cucharilla y, a partir de
la primavera de 1956, mis escapadas se formalizaron e inicié una actividad con
la pluma. Esto siginifica que llevo más de veinte años en el oficio y, sin
embargo, hasta hoy no me he decidido a escirbir una sola palabra sobre el tema,
siendo así que la pesca de la trucha me parece un arte tan complejo y
apasionante como el de la caza dela perdiz roja, actividad con la que he llenado
ya muchos papeles, seguramente demasiados.
Hay una razón obiva para esta diferencia de
trato; la timidez. Con afición a la caza nací. Desde que abrí los ojos via a mi
padre consumir los ocios dominicales del otoño y el invierno con la escopeta al
hombro, de tal modo que llegué a identificar ocio con caza, vacaciones con
naturaleza. La caza fue, por tanto, para mí una cación innata. De ahí, tal vez,
que yo me considere no un buen tirador pero sí un cazador conspicuo. A la vista
de un terreno por batir, yo sé, más o menos, lo que procede hacer para dar con
las perdices -esto es, dónde buscarlas-, cómo trastearlas y, finalmente, adónde conducirlas para
lograr una buena percha.
Esto no me sucede con la pesca de la trucha.
Mi afición a la pesca, aunque con casi cinco lustros de práctica regularmente
asidua, no pasa de ser una afición adherida en la que disto mucho de ser un
experto. Hablando en plata, ante la trucha yo me sigo considerando un aprendiz
y, si Dios no lo remedia, en este convencimiento moriré. De ahí que haya sido el
pudor quien me ha vedado hasta el día pontificar sobre este deporte. A una
jornada inesperadamente halagüeña, en la que puedo clavar doce o quince truchas
sucede otra en la que, sin comerlo ni beberlo, me vuelvo bobo a casa y, lo que
es peor, sin intuir las causas que justifiquen, o siquiera expliquen, mi
fracaso. Es obvio que en la pesca de la trucha operan factores climáticos y
atomosféricos -viento, presión, temperatura, etc.- que no siempre podemos
controlar, lo que imprime a la pesca un carácter aleatorio, de dependencia,
mucho más acusado que el que rige para la caza de la perdiz. Tal vez por esto me
asalte la impresión de no pisar aquí terreno firme. Considero que no he dado con
el secreto de la pesca y que en la actualidad no paso de ser un pescador del
montón.
El pescador de truchas es un ser generalmente
hermético que reserva para sí sus descubrimientos. El pescador no ve un amigo en
otro pescador que surge en el primer recodo del río sino un adversario. Quiero
decir que las experiencias piscícolas son rigurosamente personales y, en
consecuencia, todo pescador de truchas es, inevitablemente, un autodidacta.
A contrarrestar este silencio secular apuntan
las páginas que siguen. A lo largo de cinco temporadas yo he ido anotando lo que
me sucedía día tras día en la ribera del río sin omisiones, reticencias, ni
ambigüedades. Como pescador no me siento en la obligación de silenciar mis
descubrimientos; no me agrada el secreto profesional. Es, éste, pues,
un diario de pesca espontáneo y sincero. En él no saco consecuencias pero es
incontestable que ustedes pueden hacerlo. Por eso creo que, pese a la
mediocridad de mi técnica y a la pobreza de mis recursos, el libro Mis
amigas las truchas, puede resultar útil e, incluso, en algún aspecto,
aleccionador.
Queda por aclarar la razón del título.
Durante un tiempo dudé entre varios pero, fianlmente, opté por éste en homenaje
a estos peces que me han proporcionado ratos y emociones muy vivos. Lógicamente
las truchas no compartirán mi punto de vista, esto es, es muy posible que mi
inclinación amistosa hacia ellas no sea correspondida. La cosa es lógica. En el
juego ellas arriesgan más que yo. Se trata, por tanto, de una amistad unilateral
pero el libro lo he escrito yo y no ellas y, consecuentemente, hablo desde mi
personal experiencia."

Textos de Miguel Delibes