Martes, 21 de junio de 2011

Miguel Delibes falleci? ayer en Valladolid a los 89 a?os. El novelista ha sido miembro de la Real Academia Espa?ola desde 1975 hasta su muerte, ocupando el sill?n "e". Comenz? su carrera profesional como columnista y luego periodista de El Norte de Castilla, peri?dico que lleg? a dirigir.

Entre sus muchos y muy prestigiosos premios y galardones destacan el Premio Nadal, por La sombra del cipr?s es alargada (1947), el Premio Nacional de Narrativa, por Diario de un cazador. (1955), el Premio Pr?ncipe de Asturias de las Letras (1982), el Premio de las Letras de Castilla y Le?n (1984), Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de la Rep?blica Francesa (1985), el Premio Nacional de las Letras Espa?olas(1991), el Premio Cervantes (1993), el Premio Nacional de Narrativa, por El hereje (1999) y la Medalla de Oro al M?rito en el Trabajo (1999) Adem?s, ha sido investido Doctor Honoris Causa por varias universidades espa?olas y europeas y nombrado hijo adoptivo de varias ciudadades y pueblos de Espa?a.

De su producci?n literaria puede destacarse, entre muchas otras obras, La sombra del cipr?s es alargada (1947), Premio Nadal; Diario de un cazador (1955), Premio Nacional de Literatura; Siestas con viento sur (1957), Premio Fastenrath; La hoja roja (1959), Premio de la Fundaci?n Juan March; Las ratas (1962), Premio de la Cr?tica; La caza de la perdiz roja (1963); Cinco horas con Mario (1966); Par?bola del n?ufrago (1969); La primavera de Praga (1970); Castilla en mi obra (1972); La caza de Espa?a (1972); Vivir al d?a (1975); Un a?o de mi vida (1975); Mis amigas las truchas (1977); El disputado voto del se?or Cayo (1978); Los santos inocentes (1982); Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso (1983); Pegar la hebra (1991); Se?ora de rojo sobre fondo gris (1991); Diario de un jubilado (1996); He dicho (1997); El hereje (1998), Premio Nacional de Literatura.
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En recuerdo del maestro, reproducimos a continuaci?n el pr?logo a su libro Mis amigas las truchas (Ediciones Destino, 1977).

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"En abril de 1946, al d?a siguiente de mi boda, me aficion? a la pesca de la trucha. Paseaba yo con mi mujer por la ribera del r?o Besaya, en Molledo Portol?n (Santander), cuando vi a Pan?n Gonz?lez -que, con el tiempo, ser?a un experto montador de cucharillas en su pueblo natal de Santa Olalla y morir?a prematuramente- extraer de la rasera que precede al pozo del Confitero un magn?fico ejemplar.

El pescador de truchas es un ser generalmente
herm?tico que reserva para s? sus descubrimientos.

Por entonces acababa de introducirse en Espa?a el sistema de pesca de truchas denominado de lance ligero que ven?a a revolucionar este deporte al sustituir la paciente y tradicional figura del pescador de ca?a y lombriz -carne de ca??n de los caricaturistas poco imaginativos de la ?poca- por la del pescador activo que no se limita a esperar inm?vil, en la orilla, la picada del pez sino que lo busca a lo largo del r?o para provocarlo mediante un se?uelo artificial. De esta manera la pesca dejaba de ser un quehacer est?tico y entraba de lleno enla din?mica de la era at?mica. El pescador abandonaba el viejo recurso de aprovechar el hambre de los peces para pasar a explotar el instinto cazador que subyace en la mayor parte delos seres vivos.

El pescador no ve un amigo en otro pescador
que surge en el primer recodo del r?o sino un adversario.

Las dif?ciles circunstancias de la ?poca -y mis circunstancias personales no menos estrechas- no me permitieron poner en pr?ctica inmediatamente mi reci?n nacida afici?n. Hube de esperar unos a?os a que aparecieran en el pa?s las primeras motocicletas y, m?s tarde, los primeros autom?viles utilitarios, para comenzar a ejercitarla. En Valladolid no hay truchas y hab?a que salir a buscarlas a las provincias aleda?as. Un medio de locomoci?n personal se hac?a, pues, imprescindible. Mediada la d?cada de los cincuenta empec? a hacer mis primeros pinitos con la cucharilla y, a partir de la primavera de 1956, mis escapadas se formalizaron e inici? una actividad con la pluma. Esto siginifica que llevo m?s de veinte a?os en el oficio y, sin embargo, hasta hoy no me he decidido a escirbir una sola palabra sobre el tema, siendo as? que la pesca de la trucha me parece un arte tan complejo y apasionante como el de la caza dela perdiz roja, actividad con la que he llenado ya muchos papeles, seguramente demasiados.

Hay una raz?n obiva para esta diferencia de trato; la timidez. Con afici?n a la caza nac?. Desde que abr? los ojos via a mi padre consumir los ocios dominicales del oto?o y el invierno con la escopeta al hombro, de tal modo que llegu? a identificar ocio con caza, vacaciones con naturaleza. La caza fue, por tanto, para m? una caci?n innata. De ah?, tal vez, que yo me considere no un buen tirador pero s? un cazador conspicuo. A la vista de un terreno por batir, yo s?, m?s o menos, lo que procede hacer para dar con las perdices -esto es, d?nde buscarlas-, c?mo trastearlas y, finalmente, ad?nde conducirlas para lograr una buena percha.

las experiencias pisc?colas son rigurosamente personales y, en consecuencia,
todo pescador de truchas es, inevitablemente, un autodidacta.

Esto no me sucede con la pesca de la trucha. Mi afici?n a la pesca, aunque con casi cinco lustros de pr?ctica regularmente asidua, no pasa de ser una afici?n adherida en la que disto mucho de ser un experto. Hablando en plata, ante la trucha yo me sigo considerando un aprendiz y, si Dios no lo remedia, en este convencimiento morir?. De ah? que haya sido el pudor quien me ha vedado hasta el d?a pontificar sobre este deporte. A una jornada inesperadamente halag?e?a, en la que puedo clavar doce o quince truchas sucede otra en la que, sin comerlo ni beberlo, me vuelvo bobo a casa y, lo que es peor, sin intuir las causas que justifiquen, o siquiera expliquen, mi fracaso. Es obvio que en la pesca de la trucha operan factores clim?ticos y atomosf?ricos -viento, presi?n, temperatura, etc.- que no siempre podemos controlar, lo que imprime a la pesca un car?cter aleatorio, de dependencia, mucho m?s acusado que el que rige para la caza de la perdiz. Tal vez por esto me asalte la impresi?n de no pisar aqu? terreno firme. Considero que no he dado con el secreto de la pesca y que en la actualidad no paso de ser un pescador del mont?n.

El pescador de truchas es un ser generalmente herm?tico que reserva para s? sus descubrimientos. El pescador no ve un amigo en otro pescador que surge en el primer recodo del r?o sino un adversario. Quiero decir que las experiencias pisc?colas son rigurosamente personales y, en consecuencia, todo pescador de truchas es, inevitablemente, un autodidacta.

A contrarrestar este silencio secular apuntan las p?ginas que siguen. A lo largo de cinco temporadas yo he ido anotando lo que me suced?a d?a tras d?a en la ribera del r?o sin omisiones, reticencias, ni ambig?edades. Como pescador no me siento en la obligaci?n de silenciar mis descubrimientos; no me agrada el secreto profesional. Es, ?ste, pues, un diario de pesca espont?neo y sincero. En ?l no saco consecuencias pero es incontestable que ustedes pueden hacerlo. Por eso creo que, pese a la mediocridad de mi t?cnica y a la pobreza de mis recursos, el libro Mis amigas las truchas, puede resultar ?til e, incluso, en alg?n aspecto, aleccionador.

Queda por aclarar la raz?n del t?tulo. Durante un tiempo dud? entre varios pero, fianlmente, opt? por ?ste en homenaje a estos peces que me han proporcionado ratos y emociones muy vivos. L?gicamente las truchas no compartir?n mi punto de vista, esto es, es muy posible que mi inclinaci?n amistosa hacia ellas no sea correspondida. La cosa es l?gica. En el juego ellas arriesgan m?s que yo. Se trata, por tanto, de una amistad unilateral pero el libro lo he escrito yo y no ellas y, consecuentemente, hablo desde mi personal experiencia."


Textos de Miguel Delibes

Recogidos de la p?gina : Escritores de Asturias

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Publicado por ChemaRubioV @ 11:50  | ARTICULO
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