Estuvimos cuatroaños en aquella casa de la parra.Daba unas uvas expléndidas de jugo, un jugo queesperaba la lengua veraniega , y se deshacía de gusto en la boca, como en unsueño lleno de divinidad intransferible. Era un barrio popular a las afueras dela vieja villa ( fue nombrada así por el Rey Carlos III en 1760, pero su existenciacomo pueblo data de 1035) y soñar era fácil , y se confundía conlos juegos y las vecinitas. Ángeles era quien me llevaba por la calle dela amargura , o yo a ella, y jugar a los médicos era un juego que a vecesse nos escapaba de las manos . Eso sí, sin ninguna sangre, excepto cuando dejábamos ese juego floridode imaginación y aprendizaje, y pasábamos al de
« a ver sime coges » y ahi sí, que la violencia corría en una pasión que terminabacon alguien encontrando la puerta cerrada sin previo aviso , y me iba a casa ,con las manos esco ndiendo la nariz roja como una zanahoria de sangre dulce, yla fustracion no acababa, supongo, han pasado algunos años.
Recuerdo que alotro día, al salir de clase, Angeles me decía
– Josbel , venga,a ver si me atrapas. Y con la velocidad que motorizaba el rayo del amor propio, convertido en lobo hambriento, la cazaba en un abrir y cerrar de ojos. Y conel impulso caía sobre ella, y en el forcejeo los cuerpos daban vueltas y comoen las peliculas asilvestradas y románticas ; se pegaban los labios contralos labios, y los cuerpos rodaban sobre las tierras cultivadas de trigo , alto,muy alto por entonces el trigo, y cuando las manos iban abriendo misterios quedabanlos cuerpos medio desnudos, y a veces ya no salain solo dos de entre lostrigos, que otros venian en vientres cultivados sobre aquellas fertiles tierrasadentro de unos jóvenes vientres hasta entonces virgenes.
Aquellosaños fueron días alegres, hasta que nos cambíamos de casa, y Angeles quedabamás lejos. Ya nunca fue lo mismo tantas , y tantas veces.