Domingo, 24 de marzo de 2013

Otro periodismo es posible. Manifiesto ‘XXI’

Este texto fue publicado originalmente en francés como una separata en el número 21, invierno de 2013, que conmemoraba el quinto aniversario de la revista trimestral francesa XXI. Agradecemos a los editores la cortesía de permitirnos traducirlo al español y publicar el manifiesto en FronteraD.

 Laurent Beccaria y Patrick de Saint-Exupéry son periodistas. Beccaria es director y Saint-Exupéry redactor jefe deXXI

  Traducción: Vanesa Pujol Pedroso


¿Y si estuvieran equivocados? ¿Y si la “conversión digital” fuera una trampa mortal para los periódicos? ¿Y si los directivos de la prensa mundial se equivocaron al invertir a diestra y siniestra en las aplicaciones, sitios web y redacciones multimedia? ¿Y si las fantasiosas cifras de páginas vistas y la extraordinaria concurrencia de los títulos de prensa transformados en “marcas mediáticas” fueran una estafa?

 

Hay que superar una sensación de vértigo para lograr hacerse estas preguntas iconoclastas desde la pequeña altura de una revista de reportajes que distribuye apenas cincuenta mil ejemplares en Francia. No obstante estas preguntas se imponen.

 

Sucede que los razonamientos más lógicos desembocan en decisiones erróneas. Sucede que los directivos se engañan los unos a los otros, por mímesis. Sucede que, arrastrado en medio de la agitación, el objetivo se pierde de vista.

 

Christian Morel, experto en sociología del error y antiguo directivo de Renault, distinguió en sus trabajos “tres grandes escenarios que conducen a la toma de decisiones absurdas: los errores de razonamiento, los mecanismos colectivos y la pérdida del sentido.[1]

 

Nuestra opinión es que la prensa, al ceder a las promesas del bluff tecnológico con sus tasas exponenciales de crecimiento y su ciudad de cristal universal, se ha enredado en un ciclo de “decisiones absurdas”.

 

“Error de razonamiento”. La cuestión no es que la red sea la nueva alternativa.

 

“Mecanismos colectivos”. Los directivos de la prensa corren tras la publicidad que proporciona internet, pero no la alcanzarán.

 

“Pérdida del sentido”. Los nuevos modelos económicos provocan el estancamiento del periodismo.

 

Nuestras convicciones:

 

—La conversión digital no es responsable de la crisis actual, si bien la acentúa.

 

—En el papel o en la pantalla, el periodismo tiene por necesidad primordial llevar a cabo una revolución copernicana.

 

—Es posible reinstaurar una prensa post-internet independiente de la publicidad y concebida para los lectores.

 

 

Los mandamientos paradójicos

 

Partamos pues, de las evidencias y apliquemos el razonamiento.

 

Mantengamos la certeza de que la prensa no existe como entidad; que los periodistas no son ni un bloque ni una masa indistinta, más bien una multiplicación de individuos singulares con comportamientos ambivalentes, cada uno capaz de desear algo específico y de actuar en contradicción con ese deseo. Utilizaremos tres términos –la prensa, los periodistas y los lectores– como figuras retóricas. Ellas permitirán describir los elementos principales de nuestro argumento.

 

La revolución digital ya está aquí –y no nos hemos dado cuenta todavía–. Afecta a nuestras relaciones sociales, a nuestro modo de informarnos, a nuestras costumbres. Nuestra cotidianeidad está cada vez más atestada de objetos electrónicos inteligentes de vidrio y titanio. Los gigantes mundiales de internet[2] parecen duplicar la ley de Moore[3], desde el mundo de los microprocesadores al de la interconexión.

 

En veintiocho años, de 1980 a 2008, nuestro consumo de información ha aumentado en un 350 %[4]. ¿Y qué pasará mañana? Seguirá aumentando. La ultra-conexión es igual a la ultra-información. La imagen que viene a la mente es la de la difusión celular: división y multiplicación en cadena, proliferación[5].

 

La prensa escrita con sus rotativas gigantes, su alto consumo de papel y sus quioscos es uno de los sectores más conmocionados por la digitalización de la economía. Su proceso industrial, costoso y pesado, se descubre frente a la competencia de otro poderoso proceso industrial que ostenta una infraestructura de satélites y conexiones subterráneas, servidores que consumen el 2% de la electricidad de Estados Unidos e innumerables fábricas de ordenadores y teléfonos[6] que permiten el acceso a contenidos electrónicos en línea, actualizados en tiempo real noche y día y desde todos los puntos del planeta.

 

Frente al “dato de hecho esencial del capitalismo” y el proceso de “destrucción creadora” descrito por Schumpeter[7], la prensa no tendría, “por las buenas o por las malas”, otra opción que la de “adaptarse”. La transformación es entonces inevitable. ¿Acaso los telares no reemplazaron a los artesanos, el tren a la diligencia, el ordenador al ábaco?

 

Es a partir de esta constatación de lógica aparente que desde hace quince años los editores de la prensa escrita elaboran políticas de desarrollo. “Adaptarse o desaparecer”, tal es el ultimátum que cuelga de las paredes de las salas de formación donde los periodistas realizan su iniciación en las técnicas digitales.

 

 

*     *     *

 

¿Cómo adaptarse? He aquí los primeros escollos. Las continuas estrategias de supervivencia aplicadas por los directivos de los diarios serían capaces de extenuar al más excitado de los derviches girófagos. En cada temporada surgen soluciones milagrosas que no son nunca las mismas y es entonces cuando las desilusiones suceden a las desilusiones. Ya que, invariablemente, surge otra interrogante: ¿adaptarse a qué?

 

Internet, además de instrumento técnico y medio de difusión, es también un mundo en expansión y en perpetua mutación. En este universo completamente enfocado hacia mañana se imponen a ritmo sostenido posibilidades técnicas desconocidas y nuevos objetos de uso inédito. “Cinco años en la red son prácticamente un milenio”, resume Bill Nichols[8], una de las figuras más destacadas del periodismo digital en Estados Unidos.

 

Los editores de prensa, presionados por los agentes de internet que, seguros de sí mismos, han retomado la consigna de mayo del 68 “¡Corre camarada, el viejo mundo está detrás de ti!”, se desplazan sobre este terreno movedizo, donde la verdad de hoy no es nunca la de mañana. Su errática trayectoria resulta en una suerte de desesperación.

 

—En el momento en que el uso de la red comenzó a generalizarse a mediados de los noventa, las empresas editoras de prensa optaron al principio por las opciones con cargo/gratis. La idea es la siguiente: al ofrecer gratuitamente a los internautas lo que los lectores del periódico de papel pagan, esperan hacer sus periódicos más accesibles, aumentar su recepción y recuperar la publicidad de internet. Siguiendo este precepto el sitio de New York Times es lanzado en 1996.

 

—Otra política sucedió a la anterior cuando nos comenzamos a dar cuenta de que el comportamiento de los internautas no es el mismo que el de los lectores. A la redacción tradicional para el papel se añade la redacción para la red. El objetivo es aumentar el impacto digital y adquirir nuevos reflejos periodísticos. Le Monde interactif, creado en 1999, es una filial del diario homónimo con diferentes redacción, accionarios y oficinas.

 

—La cohabitación de dos redacciones rápidamente acarrea incesantes arbitrajes y guerras de poder. Han llegado los tiempos de la “revolución de la información”: los directivos de Le Monde y Libération crean redacciones únicamente digitales, los pure players, a saber jugadores puros. Rue89, Mediapart y Slate hacen su aparición en Francia a partir de 2007[9].

 

—A la anterior la sucede una nueva temporada caracterizada por el auge de los smartphones y la tecnología 3G. La información para los móviles se convierte en la prioridad, de tal modo que los títulos de prensa empiezan a beneficiarse de lo que el director de Le Monde, Eric Fottorino, llama “efecto restaurante chino”: frente a un pletórico menú, los clientes solamente se deciden por los platos cuyos nombres conocen.

 

—Steve Jobs lanza el mercado de las tabletas en enero de 2010. Las empresas editoras, llenas de entusiasmo, multiplican las aplicaciones[10]. En la actualidad existen más de 2.000, y a las editoras les encantan. El nuevo director ejecutivo de National Geographic, una revista que publica 44 millones de ejemplares en 33 editoras internacionales, se trazó como objetivo… la transición de National Geographic a formato tableta. Los directivos de la prensa tienen certezas de hierro.

 

—La última doctrina hasta la fecha, iniciada por The New York Times y poco a poco asumida por los grandes diarios, es doble: la puesta en funcionamiento de un “muro de pago” (por una parte artículos elaborados y solamente accesibles mediante su pago y por otra material gratuito de todo tipo) limitando el acceso al contenido y provocando la aceleración de la transformación de los periódicos en “marcas mediáticas”.

 

Los periodistas son invitados a “producir contenidos” (textos, audio y vídeos) que son a continuación distribuidos entre los diferentes canales de difusión (papel, sitio web, versión digital para móvil o tableta). Shivas contemporáneos de mil brazos y con múltiples habilidades, deben “erigir una comunidad”[11] a la vez que ininterrumpidamente publican informaciones, opiniones y alertas en las redes sociales, sin olvidar de mantener sus blogs. Ello se debe al ultimátum que ha surgido desde hace dos años para responder al incremento del impacto de las redes sociales: “Todos a por Facebook, Twitter y Google+”.

 

Al describir la nueva sala de redacción de Wall Street Journal, uno de los grandes diarios estadounidenses, el periodista Alain Louyot evoca: “un templo consagrado a la devoción hacia las nuevas tecnologías”: “En las redacciones hay innumerables pantallas que difunden permanentemente la señal de Fox News y de las grandes cadenas como ABC, CBS o NBC además de, por supuesto, los comunicados de la agencia Dow Jones. El real time es la regla de oro del momento, es decir, el trabajo en tiempo real[12]”.

 

 

Después de quince años de “mutación digital” ¿cuál es el balance?

 

Constatación primera. La transición del periodismo en papel al periodismo de la red no implica solamente un cambio de soporte, la naturaleza misma de su funcionamiento también cambia. No es una transposición ni una transmutación, es otro medio[13]. Las expectativas de los internautas o movinautas no son las mismas que las de los lectores de los periódicos. El principio de coherencia no existe en la red: puede que un internauta abra un hipervínculo de vídeo de prensa rosa después de haber curioseado en el blog de un economista. Este tipo de lector es infiel e imprevisible –y es precisamente esta libertad, a veces transgresiva, lo que el internauta agradece–.

 

Constatación segunda. El universo digital revoca las fronteras entre los periodistas y los lectores, entre los expertos y los testigos. Los políticos y las empresas están constreñidos a una verificación permanente de las cifras que citan y de sus afirmaciones. Todos los sitios de la red pretenden destacar las contribuciones anónimas[14]. Esta necesidad de participar solamente concierne a una minoría, que aunque pequeña le consagra a la red una energía formidable –en numerosos casos muchas horas al día–.

 

Constatación tercera. En este universo ultracompetitivo el tráfico es la palabra clave. La metáfora lo representa todo: un flujo de informaciones y un flujo de lectores se cruzan y se separan, cada uno siendo independiente del otro. El periodismo en línea es un catálogo de hipervínculos de vídeos de todo tipo. La contabilización del clic es inmediata. Ésta se refleja en los titulares más atrayentes y en los temas que “dan de qué hablar”.

 

Constatación cuarta. Se impone la imagen del periodista sentado detrás de la pantalla del ordenador. El periodista fomenta, organiza, y “nutre el diálogo”. Ocurre un acontecimiento y surgen miles de imágenes en la red, una crisis cristaliza y cien expertos se enfrentan de blog en blog, una elección se perfila y surgen voluntariamente miles de comentadores, verificadores de discursos y registradores. Durante su semana de trabajo, el periodista tras la pantalla no tiene un contacto con el mundo exterior más allá del camino que elige recorrer cada mañana para ir a su despacho open space. Una inevitable des-realización del mundo[15] que se opera a través de infinitos desfases. Durante la preguerra, Walter Benjamin notaba que un camino rural no es nunca el mismo “mientras lo sobrevolamos en aeroplano o lo recorremos a pie. Solamente aquel que recorre el camino es capaz de comprender un poco su poder[16]”. ¿Qué habría dicho del mismo camino percibido desde la pantalla o a través de mensajes de 140 caracteres?

 

Politico constituye uno de los ejemplos más mencionados en los estudios acerca del futuro de la prensa. Este sitio de información en línea, fundado en 2008, produce contenidos audiovisuales difundidos en la televisión o en la radio y publica un periódico gratuito que es distribuido en los círculos políticos de Washington. Mike Allen, directivo de Politico, ostenta el título extraoficial de ser el periodista más influyente de Estados Unidos. Desde las cinco de la mañana, la flor y nata de Washington abre febrilmente su political-playbook, que marca la pauta del día recién comenzado. En la jerga de hoy, de él se dice que “dirige la conversación mediática”. Con el ojo en el ordenador y los dedos en el teclado, recibe más de mil correos electrónicos por día y los clasifica –“Los seguidores de Politico desean leer diez historias interesantes por día. Para encontrarlas, les haría falta leer mil historias. Nosotros lo hacemos por ellos[17]”–, además de constantemente publicar noticias cortas o artículos “con alto potencial de diseminación viral”.

 

Mike Allen es la parábola de un periodismo vinculado al mundo real a través de sus sensores numéricos. Su combate mediático transcurre en las pantallas en que las “alertas” y los “urgentes” se suceden entre sí o se anulan. No hay nada inteligible que relacione estos elementos dispares y distribuidos a granel que inmediatamente son reemplazados por otros cientos. La invitación a encontrar la coherencia recae sobre cada lector/internauta/movinauta. La mayoría de las informaciones que circulan en este gigantesco acelerador de partículas son los mismos comunicados infinitamente duplicados, amplificando lo que el sociólogo Pierre Bonard ya llama “la circulación circular de la información” que “conduce a una especie de nivelación, de homogenización de las jerarquías de importancia[18]”.

 

El periodismo digital vive en un presente perpetuo. Después de dos horas, una información es considerada old, sin valor monetario. Algunos apasionados llegan a consultar sus pantallas una cantidad incalculable de veces. “Qué importa que las alertas de Monde.fr se parezcan a las de Figaro.fr y de Nouvelobs.com y que retomen la terminología de las notificaciones “urgentes” de los comunicados de la AFP [19]”. No perderse nada resulta vital. La sincronización de los estados afectivos funciona como el motor principal de la información digital.

 

En este sentido, la información digital constituye en efecto la revolución anunciada, pero en una acepción newtoniana, “la rotación completa de un objeto en movimiento alrededor de su eje”, el movimiento permanente centrado en sí mismo.

 

Uno de los reporteros de Wall Street Journal, Joshua Prager, lo constata: “La necesidad de lo urgente ha asfixiado la fantástica creatividad de la redacción[20]”. Según el filósofo Paul Virilio, al alcanzar “los límites de la instantaneidad, el límite de la reflexión y del tiempo humano”, nos convertimos en “los objetos/sujetos de un masoquismo cotidiano y de una tensión experimentada voluntariamente[21]”.

 

 

Financieramente, la “mutación digital” marca el abismo

 

Cada grupo editor ha invertido una fortuna en sus experimentaciones. Lo que es más preocupante aún, la ecuación económica sigue siendo irresoluble. Los ingresos publicitarios de los sitios informativos o de las aplicaciones de las tabletas apenas bastan para financiar una información low cost. Además, la venta de “contenidos digitales mejorados” en las tabletas no ha resultado ser el dorado que se había anunciado.

 

Para poder lograr un equilibrio, el primer diario para iPad, The Daily, debería multiplicar por cinco el número de sus abonados. No ha sido así en absoluto: el sitio ya ha perdido treinta millones de dólares. The Economist, el gran semanario de las élites liberales anglosajonas y que cuenta con lectores tecnófilos e internacionales, dedicó mucho interés a versiones digitales que apenas representan el 10 % de sus ventas. Le Monde ha logrado cifras parecidas con suscripciones a bajo precio. El grupo estadounidense Condé Nast invirtió muchísimo en las versiones iPad de sus publicaciones y ha sufrido la disminución de sus ventas una vez pasada la novedad de su lanzamiento. En Francia, las cifras de las apps (aplicaciones) de prensa devienen anecdóticas: en Point y en Paris Match apenas alcanzan el 1% de la difusión.

 

Nadie sabe lo que nos deparará el futuro –puede que surjan nuevas soluciones milagrosas y que una de ellas funcione–, pero el cambio no llegará con la celeridad que se había previsto. Las aplicaciones no encuentran el interés anunciado. Las profecías de los miles de responsables de prensa en Chicago, Madrid, Londres o París siguen tropezando con un obstáculo extraño y desconcertante: el internauta. Pretenden que éste compre lo que no está dispuesto a pagar.

  

Luego de la euforia del nuevo mundo y del futuro mejor, la resaca se torna planetaria. El único diario noticioso que no ha perdido un centavo en la red es el semanario francés: Le Canard enchaîné. Su sitio web consiste en una sola página que reenvía el internauta a la dirección postal del diario. Es a su vez el periódico más próspero de Francia, sin haber jamás ostentado una página de publicidad desde septiembre de 1915.

 

El picotazont  de Canard a una profesión deprimida es aún más cruel teniendo en cuenta que la publicidad digital a la que se lanzan los editores es mucho menos rentable que la publicidad de los periódicos. Para lograr financiarse únicamente en la red sin perder un solo dólar de beneficio, una redacción de la talla de The New York Times debería tener la audiencia de Google. La barrera resulta infranqueable.

 

En la red, los sitios informativos compiten con las redes sociales y los sitios especializados, que resultan más interesantes para los patrocinadores. Dichos sitios los surten con “perfiles de usuarios” muy precisos, dándoles la posibilidad de adaptar los productos –a saber: los precios– a los internautas, teniendo en cuenta sus preocupaciones y sus costumbres. En la loca carrera para lograr los ansiados recursos publicitarios, un sitio informativo sufre de una franca desventaja.

 

Los pure players que ofrecen acceso gratuito se enfrentan a una catástrofe contable. Rue89, que cada año pulverizó sus objetivos de audiencia durante cinco años, nunca fue rentable y perdió la mitad de sus ventas. Finalmente, el sitio fue comprado por Le Nouvel Observateurpor 75 millones de euros. Tal es el mundo digital: se hacen los negocios partiendo de la expectativa de una promesa de fortuna. En Francia, solamente dos sitios informativos creados ex nihilo lograron equilibrar sus cuentas: Mediapart y Arrêt sur images. Son precisamente los dos únicos que no utilizan la publicidad y que subsisten gracias a las suscripciones, a contracorriente de la doxa digital.

 

Para la prensa que está habituada a contar con la publicidad, la rentabilidad en la red se ha convertido en una línea en el horizonte, perpetuamente inalcanzable. Las empresas editoras mantienen sus publicaciones en papel con las cuentas en negativo o en vías de estarlo ya que los anuncios constituyen la parte esencial de sus ventas, además de multiplicar los planes sociales llegando a despedir hasta a un tercio de sus empleados. En paralelo, desarrollan “contenidos específicos” para los teléfonos, la red o las tabletas con el objetivo de captar más audiencia y publicidad digitales al precio de costosas inversiones y de contratar a periodistas jóvenes a los que pagan una miseria. El equilibrio económico del mercado digital descansa incierto… sobre el mercado del papel que asegura los salarios y que accesoriamente recibe lo esencial de las ayudas públicas.

 

La prensa escrita afronta una crisis similar a las que pasaron la siderurgia y la industria textil. En diez años, ciento setenta periódicos han dejado de imprimirse solo en Estados Unidos. ¡Incluso Superman ha terminado por despedirse de su diario! Desde los años sesenta, el héroe por excelencia que escondía su verdadera identidad bajo el nombre de Clark Kent se desempeñaba como reportero de un periódico imaginario, el Daily Planet.

 

En sus últimas aventuras, Clark Kent presenta su renuncia al Daily Planet y a su edición digital. Durante una discusión con el redactor jefe, el reportero acusa a la dirección de “ya no saber identificar la información”, de publicar comunicados de la Casa Blanca en forma de artículos apenas modificados, y de rebajarse a publicar portadas con fotos de famosos.

 

Su redactor jefe se justifica con el abandono de los lectores, a quienes Daily Planet les debe ofrecer lo que esperan. En resumen, la ley de la oferta y la demanda. Es entonces cuando, en plena redacción, el reportero arremete con un apasionado monólogo: “Crecí en un pueblo pequeño creyendo que el periodismo era un ideal, un oficio tan noble e importante como el de policía, bombero, doctor o maestro. Para mí era evidente que las palabras podían cambiar el curso de las cosas y hasta descubrir los secretos más herméticos. Pero los hechos han sido reemplazados por las opiniones, las informaciones por la diversión, y los reporteros se han convertido en taquígrafos”. Cuando Clark Kent-Superman renuncia, ningún otro periodista de Daily Planet le sigue.

 

La parábola resume el desconcierto de toda una profesión. “La prensa pierde un 5% o 6% de lectores cada año y al mismo tiempo entre el 12% y el 13% de ingresos publicitarios (&hellipGui?o No podemos recuperar esos ingresos en internet. Libération o Le Figaro tienen más lectores digitales que en papel. Han logrado hacerse con un lugar, lo que pasa es que no logran que éste sea remunerado”, constata el diputado Michal Françaix, autor de un informe acerca de las ayudas a la prensa[22]. Es un círculo vicioso, pero nadie sabe qué hacer.

 

 

El gran bazar de las marcas mediáticas

 

Sacudidos por la tempestad, los periodistas se ven sumidos en el fenómeno al que los psicólogos llaman doble constreñimiento, es decir, atender a obligaciones contradictorias. Se exige de ellos la capacidad de reaccionar de forma incesante ante las demandas agotadoras de la red –a los internautas no se les escapa nada–, la maestría profesional y las exigencias de la información multimedia –corriendo el riesgo de hacerlo todo, pero sin talento–, la ética periodística y la política del clic –todo es medible y comparable-. Participan en innumerables seminarios en los que las presentaciones en Power Point les enseñan más anglicismos que su oficio. Las obligaciones se mezclan y chocan entre sí. Al trabajar bajo la tutela de una “marca mediática”, que se vuelve cada vez más un bazar que vende todo tipo de productos y promesas contradictorias, los periodistas pierden su norte, su sur, su este y su oeste.

 

En un mundo en que los lectores son llamados “consumidores de información”, se perfila un nuevo oficio, al que podríamos llamar “técnico de la información”. El estilo debe ser mesurado, duplicado, formateado; reflejo del triunfo de las opiniones cambiantes y del buzz (zumbido) caracterizado por la confusión entre la comunicación y el marketing a todos los niveles: la técnica es omnipresente e imperativa. En los programas de redacción y edición ya no se escribe un artículo, se crea un “objeto”. Todo está dicho.

 

Incluso existen nuevas compañías que pretenden automatizar las tareas editoriales. La compañía Journatic, de Chicago, provee más de 5.000 artículos a diferentes grupos de prensa. La firma ha creado una inmensa base de datos a partir de las informaciones disponibles a escala de una ciudad de 30.000 habitantes y ha podido identificar el conjunto de las fuentes de noticias frescas (comercios, empresas, asociaciones, servicios de la policía etcétera). Un programa recorre constantemente la base de datos y utiliza el flujo de informaciones captadas por sus sensores para producir artículos que un conjunto  de redactores que hablan inglés y que viven en países en vías de desarrollo (mercados emergentes) reescriben por unos pocos dólares. Los artículos son publicados bajo seudónimos de resonancia anglosajona. “Un periodista que pasa su tiempo reescribiendo comunicados de prensa merece ser reemplazado por un ordenador”, estima el fundador de Journatic[23]. La lógica es implacable.

 

Journatic es un ejemplo extremo, pero no es marginal en lo absoluto. La iniciativa se multiplica en Estados Unidos y Europa, especialmente en los ámbitos en que abundan los datos numéricos. Este tipo de compañía distribuye sus documentos de comunicación listos para ser impresos y aprovechados al máximo. Kris Hammond, fundador de Narrative Science, una de estas entidades recién creadas, se siente muy seguro de su negocio. “Durante los coloquios, le encanta repetir que dentro de quince años el 90% de las noticias publicadas en la prensa serán generadas por ordenadores[24].”

 

Estos profetas del periodismo automatizado son los lugartenientes de una prensa desvinculada del terreno. Los presupuestos para reportajes disminuyen a ojos vistas. Por ejemplo: para cubrir tres meses de actualidad mundial y surtir sus más de sesenta ediciones y su sitio web, la asignación para los gastos de reportajes en el extranjero de un gran periódico francés de difusión nacional no sobrepasa el presupuesto consignado en XXI para doce reportajes de una edición trimestral. La desproporción es vertiginosa. Hace quince años, los reporteros de Le Figaro, Le Monde o Libération cubrían todos las zonas geográficas claves del planeta, sin restricciones.

 

El abandono del reportaje es un fenómeno planetario. David Simon, guionista del serial The Wire y experiodista asevera: “Empecé mi carrera como reportero del gran diario de Baltimore, el Sun. Siempre me sentí destinado a ejercer el periodismo y habría continuado este camino si la prensa americana no hubiera caído en una crisis que ha transformado completamente la idea que me había hecho de esta profesión. Como muchos diarios americanos, el Baltimore Sun fue comprado por grandes empresas mediáticas que decidieron reducir los costes de su funcionamiento para mejorar su rentabilidad. De los primeros de quienes se deshicieron fue de los reporteros[25]”.

 

La prensa en línea tampoco cuenta con la financiación necesaria. Ni hablar de eso. El presupuesto anual de los gastos de reportajes de veinte periodistas del sitio informativo Rue89 equivale a la cantidad pagada por un reportaje de la revista XXI. Es un monto irrisorio.

 

Es así que los dos polos extremos del periodismo en los tiempos de la digitalización lo constituyen el redactor de artículos en cadena con destino a las marcas mediáticas de Chicago, escritos desde su ordenador en Accra o Manila, y el redactor estrella, encarnación de un estilo personalizado o marketting personal[26] cuya reputación, réplicas agudas y  originalidad le permiten asociar decenas de miles de seguidores a su cuenta de Twitter.

 

¿Triunfo de la información y miseria del periodismo?

 

 

Una pequeña historia de la prensa

 

Para poder entender cómo hemos llegado hasta aquí y lo que podemos hacer hace falta retomar el hilo de la historia. El periodismo no surgió de la nada. Los primeros periódicos, los “esporádicos con informaciones sensacionales”, aspiraban a estimular la imaginación y eran vendidos bajo la forma de hojas volanderas en los comienzos de la imprenta. El historiador Maurice Lever llamaba “patos ensangrentados” a estos “folletos delgados generalmente anónimos y vendidos por la calle” que “relataban sucesos particularmente extraños o aterradores, perfectos para estimular la imaginación y trastornar los nervios: crímenes, violaciones, incestos, monstruos, catástrofes naturales, fenómenos celestes, fantasmas y diabluras de todo tipo, juicios por brujería[27]”.

 

 

Las tres ruedas dentadas de la prensa…

 

En este aspecto, como en muchos otros, los lectores del siglo XVI se parecen a los de XXI: les fascina el drama, les gusta sentir miedo, son presa de las fantasías colectivas. Los canards sanglants constituyen entonces la primera rueda dentada de la prensa, enunciada por Tolstoi en el íncipit de Anna Karenina: “Todas las familias felices se parecen, las infelices lo son cada una a su manera”. Los trenes que llegan a tiempo a la estación nunca saldrán en primera plana.

 

Después de los barrios pobres vino la corte. Théophraste Renaudot, médico del rey Luis XIII, fue también un hombre emprendedor. Creador de una “oficina de colocación”, una especie de oficina de empleo de aquella época, lanzó La Gazette en 1631. Dicha publicación fue un éxito a escala de los lectores del reino y llegó a publicar 1.200 ejemplares. “Una gran cantidad de noticias están siendo difundidas, hay que verificarlas y buscar la verdad”, escribe. Para él lo más importante era afianzar las informaciones oficiales. La segunda rueda dentada se pone en funcionamiento: la información suministrada por los poderosos.

 

El 1 de enero de 1788, Inglaterra ve nacer el primer diario de la historia. El Times, nutrido por el advenimiento de la revolución francesa –que apasiona a las élites inglesas– llega a alcanzar 4.000 ejemplares diarios de tirada. A sus lectores les gusta su independencia. El “propietario, administrador y empresario de prensa”, el escocés John Walker, inaugura de ese modo “el linaje de los grandes directores de periódicos al modo anglosajón: escoge un responsable de redacción a quien le da la libertad de ejercer sus funciones como estime y a quien apoya[28]”.

 

En Francia, la revolución va acompañada por una proliferación de publicaciones, con la creación de más de 500 periódicos en unos meses, y la circulación de entre 500 a 12.000 ejemplares por cada uno. Se suscita una efervescencia de palabras, de declaraciones, de denuncias. El periodo revolucionario marca profundamente los espíritus: durante la revolución de 1848 los escritores involucrados en la arena política son los líderes de sus periódicos respectivos. El de Víctor Hugo se llama L’Évenement, el de Lamartine Le Bien Public, el de George Sand La Cause du peuple, etcétera. La tercera rueda dentada de la prensa la constituye pues la vida política, la vida de la ciudad.

 

 

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Version française [PDF]

 


Publicado por ChemaRubioV @ 13:22  | ARTICULO
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