Domingo, 24 de marzo de 2013

Antonio Lucas entrevista al escritor Bernardo Atxaga.

«El miedo, hoy, se fabrica de un modo industrial»

Dentro del abrigo oscuro, Bernardo Atxaga tiene algo de roble trasplantado de los bosques de Zalduendo. Pasea por el Matadero de Madrid con un caminar zumbado entre el ruido, como envasado en una vida interior que sólo deja escapar de vez en cuando y no del todo.

Alrededor lleva una estela de éxitos superlativos que, aparentemente, no le alteran demasiado. Esta semana comenzaron los aplausos por los 25 años de la publicación de Obabakoak, un libro que le puso en órbita. Mañana tiene conferencia en La Casa del Lector. En el Teatro Valle-Inclán representan la adaptación de El hijo del acordeonista. Y está rematando un nuevo libro, entre la novela y la memoria: Los días de Nevada.

Diríamos que Atxaga vuelve a echar aire por el lomo, como un cetáceo. Llevaba varios años desaparecido. Y en este tiempo han sucedido cosas, muchas cosas, hasta hacer de España un gran aquelarre de rufianes. Dispuestos en una sala acristalada, como dos carpas chinas, Atxaga va despertando sin perder esa mirada de clase pasiva que fija a lo lejos, como si allá hubiese algo.

- Has estado invisible.

- Los últimos cinco años, desde mi estancia en EEUU hasta ahora, he estado centrado en lo mío. Me he portado como un verdadero escritor. Ahora voy saliendo, poco a poco. Y coincide con que estoy al final de mi nuevo libro, Los días de Nevada.

- Regresas en un momento fastuoso.

- Eso parece... En cualquier caso, el mundo siempre es una miscelánea donde se combina lo bueno y lo malo... Aunque si pienso en cómo era mi juventud, en los años 70 y en el País Vasco, tengo claro que todo era mucho peor que ahora. No quiero parecer arrogante, pero fueron años durísimos.

- ¿Más que esto?

- En algunos casos, sí... Al menos, para mí. Me vi empujado a hacer cosas que no me gustaban, como estudiar Económicas. Eso me generó cierta angustia... Pero lo más difícil de soportar fue tanta violencia. Los atentados constantes hacían imposible una vida normal... Luego, dificultades personales de todo tipo. Dejé a los 27 años el banco en el que trabajaba para dedicarme a la literatura. Hasta los 40, cuando salió Obabakoak y me levantó un poco, yo no tuve casi nada. Vivía en una sobriedad total, siempre en el alambre... Sé que ahora hay gente en situación muy desesperada, pero conviene saber mirar atrás.

- Desesperada y con miedo...

- Es normal, pero hay que aprender a defenderse de tanto mal augurio como se está lanzando. Hay algo de veneno en la tragedia. Y ese veneno nos paraliza. Te pondré un ejemplo rural: si haces en el suelo una línea blanca con una tiza y pones a una gallina con el pico pegado a esa línea, el animal quedará fijado y sin moverse, como hipnotizado... Pues a veces sucede igual con nosotros. Todo lo que genera negatividad nos hipnotiza, nos paraliza. Quiero decir: una cosa es la preocupación y otra cosa es la hipnosis. Maquiavelo escribió que el miedo es el mejor camino para gobernar. Y ese miedo, hoy, está actuando de una manera industrial. No hay sentimiento más poderoso. Lo destruye todo: lo personal y lo colectivo. Suma a esto un uso malvado del lenguaje y...

- La confusión total...

- Más o menos. Ahora mismo es prácticamente imposible saber nada de nada. Y eso ayuda al miedo. El lenguaje engañoso hace que en demasiados casos estemos fuera de nuestra propia realidad. Es una situación que nos acerca de un modo extraño a la Edad Media. La máquina de deformar el lenguaje que algunos han puesto en marcha afirma que la crisis es un problema de todos, como si no existiese más que un modelo social. Es un intento de convencernos de que lo que ocurre es como la meteorología: algo inevitable. Es una trampa.

- ¿Y la literatura, también se adultera en una atmósfera así?

- Puede ser... La función más noble de la literatura es la lucha contra el estereotipo. En momentos como estos, el entendimiento de la realidad tiende a cosificarse, a estereotiparse, a perder su sentido, a no querer decir nada. Y la literatura puede ser un gran antídoto.

Bernando Atxaga es un vasco del 51 con nombre propio: José Iranzo Garmendia. En 1972 se colgó al seudónimo con el que comenzó a levantar su literatura. Poesía, ensayo, narrativa... El euskera es su lengua madre. «Escribo en la lengua de mis cuadernos escolares», sostiene. Fue el poeta Gabriel Aresti quien le empujó hasta el proceloso oficio de las letras. Obabakoak fue el Decamerón de su éxito. Un libro traducido en 30 países. De la fantasía de los mundos de Obaba pasó a un realismo con cenefa de pedernal en novelas como El hombre solo y Esos cielos. Pero su primer impulso es la poesía desde que se estrenara con Etiopía. Ahora habla echado hacia delante, como quien confiesa.

- Toda una obra en euskera.

- Y así seguirá siendo. No fue fácil. Yo era un escritor en una lengua minoritaria y tenía que construirme mi mundo, crear mi propia teoría literaria. Y ese fue mi empeño.

- Dices que la literatura permite decir eso que nos vemos empujados a callar...

- Y muchas veces lo que callamos es la verdad de lo que crees, que no se dice por temor al rechazo o a la agresión.

- Para eso está la ironía...

- Vale, en literatura es una herramienta importante... Pero el humor no lo puede salvar todo, porque al final no discrimina. No todo es susceptible de ser filtrado por el humor. Hay que tener cuidado. Si el humor no está en su dosis justa, puede ser monstruoso.

El País Vasco y sus porqués, y sus delirios, y su belleza. El País Vasco en su camino sin parabellums... Atxaga acumula una biografía donde el zarpazo del crimen terrorista confeccionó a dos generaciones: entre el asco contra los pistoleros y la autodefensa.

- ¿Avistas un País Vasco sin violencia?

- Sí. El terrorismo ha sido un asunto de mi generación y debe morir con mi generación. Los que nacimos en los 50 hemos vivido a fondo ese proceso. A veces hemos actuado bien y otras mal... Pero deseo el final definitivo de la violencia y de su eco. Hay un horizonte posible. Y ese horizonte somos nosotros. Sería perverso pasar ese fardo a la generación que está naciendo a la vida.

- ¿Será al fin posible?

- Creo que sí, entre otras razones porque cada uno debe vivir su vida. Las generaciones no deben unirse por flores negras. A nosotros la violencia y su resonancia nos acompañará y debemos asumirlo. Asumir la realidad es un paso importante. Y hablar. Y hacer un gran exorcismo.

- ¿Se aprende del dolor?

- El dolor tiene una naturaleza pétrea. No es dúctil, no es flexible. No se disuelve fácilmente. Del dolor lo único que se aprende es el valor de la felicidad cotidiana. Y de una manera radical.

Entonces Atxaga queda silencio. Se calza el abrigo. Su cabeza se parece a... Quizá a la del poeta Blas de Otero.


Publicado por ChemaRubioV @ 13:40  | ENTREVISTAS
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