Viernes, 07 de febrero de 2014

Por Chema Rubio
En su larga trayectoria entre las sombras y soles del lenguaje,se alzó con numerosos galardones como el Premio Nacional de las Letras 2004.
Cuando muere un poeta se hace el silencio. Se para un mundo. Y no resurge la vida hasta que la música vuelve a la sangre regando las costuras abiertas del corazón. La muerte no tiene fin, ni quién la detenga, ni tiene perdón, ni tiene nada que hoy queremos sentir como algo que nos ayude a ver la vida de otro modo. Porque el pensamiento se va acabando en el mismo instante en que germina la idea de la muerte. Ayer se nos ha ido Félix Grande. Una persona más que hemos conocido, poco, muy poco, y mal, pero que desde hace muchos años no ha dejado de estar cerca de nuestra vida.

Oí su nombre por primera vez a finales de los 70, principios de los 80. Una vez quise un libro de flamenco que siempre supe (y sigo sabiendo por muy equivocado que pueda estar) que lo había escrito un escritor llamado Félix Grande. Pero el que me regalaron fue uno de Rafael Sánchez Ferlosio, que trataba de la conquista de las indias, que algún día tendré que leer. A quién me lo regaló, en el año 1984, quiero recordar, tardé en decirle que ese no era el libro que buscaba.

 Cooperación Iberoamericana

Repetidamente lo oí en labios del poeta dominicano Rei Berroa. Me recitaba una y otra vez, lo que yo le preguntaba, lo que yo quería saber. Y me contó en repetidas ocasiones, cundo él se estaba doctorando en España, y se iba de protestas, que es una cosa que hacen mucho los jóvenes, y más en la Universidad Complutense. Y se iba con algunos de los que llegarían alto en al política, que a lo peor en el amor no les sirve. Matilde Fernández fue una de estas personas que sería ministro de la cosa, cuando el alcalde de la Capital era el viejo profesor Enrique Tierno Galván. Pero el catedrático amigo de literatura en una universidad en Virginia, me hablaba mucho más de los escritores que de los políticos. A veces de Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Julio Cortazar. Pero sobre todo de quién se emocionaba más recordando era de Benedetti y Félix Grande. Esto ocurría en Julio de 1989, cuando Rusia iba a entrar en el largo túnel, y Gorbachov quería hacer con Rusia lo que Adolfo Suárez comenzó a hacer con la España democrática. Pero mejor hablemos de cultura que la política se nos puede envenenar. En alguna habitación he tenido los cuadernos hispanoamericanos de poesía, y el director de esta colección era Félix Grande durante 20 años. De los capítulos escritos por el profesor dominicano Rei Berroa, uno estaba dedicado al escritor de Centroamérica y el Caribe  Pedro Mir. Un hombre que fumo hasta su muerte, y que no podía dejarlo ni con las amenazantes  recomendaciones de su médico, como se nos dijo en compañía de Ana, y con Olivia naciéndose. De quién hablamos también fumaba mucho, como sus amigos Paco Rabal o Pepe Hierro. Berroa siempre que hablaba del poeta Félix Grande lo hacía como se habla de un amigo, a quién recordaba desde su casa en USA con un doble sentimiento ,alegre y también melancólico. Lo recordaba junto a otros soñadores de aquella idea que fue  España. Y lo recordaba como a sus maestros Claudio Rodríguez quién siempre con la cabeza buscaba algo, no se sabía bien, en las esquinadas líneas del cielo. Hay una fotografía donde los amigos  y  Francisca Aguirre se reúnen alrededor  de una señal de tráfico donde se lee” Zona Peligrosa”. Claudio y Félix están con un brazo sobre el hombro del otro.

Cuando uno no era nada más que un camarero de universidad, y la poesía le había recuperado para la vida, al haberse dejado vencer por tantas cosas perdidas en un año aciago: hijo, mujer, y empresa. Me fui con Antonio Lucas, y otro joven que también quería ser periodista, podría ser Ignacio Pulido, a escuchar  la lectura de Pepe Hierro en el Aula de Cooperación Iberoamericana. Y allí en primera fila estaba junto a  Rafael Montesinos, Félix Grande.

CELEBRACIÓN A UNA VIDA 

Doce años más tarde, en el Hotel Palace aparecieron entrando por la Rotonda, dos señores con el pelo blanco y largo, uno tenía más que el otro, pero los dos desde lejos se parecían por su cabellera. Me adelante a otros camareros, los presenté las bebidas de la bandeja, mientras les pregunté azoradamente si eran quienes yo creía. El señor más alto  dijo que si, pero que eso de poeta era mucho decir, cosa que asentía y le reía la gracia el señor Nieva. Ese día se entregaban unos premios, había mucho político, pero a lo que vamos, los premiados fueron el periodista Pedro Piqueras, el artista Rafael Canogar que era el invitado de honor, y Félix Grande, del que apuntamos su  libro “Memoria del Flamenco”. Por este libro que tardó años en escribir, recibió el galardón  Premio Nacional del Flamenco, fue un valioso volumen que marco pautas a seguir a partir de entonces. Hay que tener en cuenta que en aquel momento el flamenco no estaba del todo bien considerado. Seguía siendo una cosa de gitanos para los gitanos. Donde  no había para el gran público mucho más que Lola Flores, Camarón de la Isla, o Paco de Lucia. Una emocionada casualidad quiso que para la cena, me tocara la mesa de los dos maestros. Yo no podía sentir otra cosa que gozo. Francisco Nieva que tenía más de 80 años y una dentadura muy disminuida, y tampoco esa noche era muy hábil con los cubiertos, tuvo que contar con la ayuda de Félix Grande para ayudarle a cortar la carne. Yo le pregunté si le gustaba, o quería otra cosa. A lo que el eximio dramaturgo, del que ahora se me viene a la cabeza “La Tempestad”, y sus artículos en el excelente Suplemento Cultural de José María Ansón, me dijo que a él le gustaba la carne muy tierna. Y repetía que le gustaba la carne tiernecita, y reía picarón. Y entonces se me vino una imagen que jamás he olvidado, el comienzo de una autobiografía “El Conde de Lautremont”. Al ir acabando la cena, patrocinada por unas bodegas de vinos de la mancha “La Virgen de las Viñas” que es un nombre muy pegadizo si te gusta la religión o te gusta el vino, y más si te das a las dos cosas. Cuando se levantaban los comensales le pedí la dirección de correo, y al poco tiempo le envié un librito, mal cortado, con letras rojas sobre fondo sepia, que se hizo con mucho cariño en Guatemala, y tiene título. Atlántico Caballo.          

Pasó el tiempo y una tarde  en la Feria del Libro de Madrid, cuando me despedía de Juan Carlos Mestre, apareció de nuevo Félix Grande. Era el año del Centenario de Miguel Hernández, en el mágico abril del 2010 para los hernandianos. Por entonces en la Universidad Complutense lo habíamos homenajeado junto a Ramón Irigoyen, Félix Rosado, Leo Zelada, Francisco Esteve, o Enrique Gracia Trinidad, entre otros que ese día coordinamos a 80 personas entre músicos, profesores, bailarines, y escritores. En septiembre Andrés Sorel, Rogelio Blanco y Gamoneda lo concelebraban en la Biblioteca Nacional, en una sala abarrotada y con un lejano familiar de MH cortando una y otra vez a los interlocutores. En esa ocasión me crucé con él en el pasillo estrecho y no supe saludarlo, de ello se dieron cuenta las poetas Francisca Aguirre, y Guadalupe Grande, esposa e hija del hombre fallecido de quién siempre queremos hablar.

Según se va profundizando en la memoria, se van traduciendo hechos. Entonces Félix Grande, presentaba un acto en la Tertulia Hispanoamericana, que dirigía Rafael Montesinos, en donde se debatía sobre la vigencia de los clásicos y se preguntaban por la diversidad alternativa. También entonces Juan Benet afirmaba con provocativa claridad. “Leo poco a los autores del Siglo de Oro, porque me aburren profundamente. Salvo Cervantes y algunos cronistas de Indias, son gente sutil, pero poco humorada. Tal vez si hubieran escrito en francés o inglés hoy contaríamos con buenas traducciones de sus obras y así resultarían legibles”. A las sintéticas y también directas palabras de J. M. Caballero Bonald, quien se declaró fervoroso lector de Góngora. “En la literatura hay dos cosas: una es Cervantes, y otra, todos los demás”. En la noticia nada se nos dice de lo que opinaba el presentador del acto sobre el siglo de oro. Pero más tarde nos informamos al leer el artículo que tituló “El pobre Siglo de Oro” y lo dejó muy claro. Después de preguntarse desde la misma cabeza de Don Alonso, de preguntarse qué  hacer y donde ir con Don Quijote, y de escribir unas palabras sobre el ruso Fiódor Dostoievski ese energúmeno mágico, el de las alucinaciones cervantinas. Félix Grande acaba el artículo diciendo ” Entonces se sentó a la mesa, tomó la pluma de ave, reflexionó quizá varias semanas, y al fin, titánico y cansado, alegre y viejo, con lentitud y decisión, escribió letra a letra una frase sencilla, pesarosa y perfecta: "En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme...".

 Haciendo historia en la poesía

Félix Grande nació en Mérida,  ciudad donde nunca se termina de caer un acueducto romano, llamado de los Milagros, mientras otro acueducto, este árabe,  permanece casi inédito. Vivió en Tomelloso, en el puro centro de La Mancha, donde entre otros oficios  fue pastor de ganado  con su abuelo. Ahora quisiera ver el rostro del único abuelo que yo no conocí, que también era pastor en Segovia. Y quiero creer que no es una ciudad menos cervantina.

Desde su inicial libro de poemas “Taranto” en 1986, nos va diciendo Santos Sanz Villanueva que la experiencia personal se convierte en el núcleo que modula la materia prima del poema que trabaja el poeta. Por Antonio Machado profesaba una profundísima admiración. Era de los que pensaban que el poema debe tener su metafísica, pero que no debía estar expresa en la obra.

Leo y entonces asocio los recuerdos a otra cosa. Félix Grande ha muerto de la misma enfermedad que la escritora y poeta extremeña Dulce Chacón, de un cáncer de páncreas. En apenas un mes. De esos que no te dejan hacerte a la idea de la muerte,  ni despedirte de la vida como se merece el ser más humano,  saboreando con tu gente lo vivido. La vida es un circo donde tu padre se está muriendo , y el mío se fue no hace mucho. Y no es agradable el vivir cerca de circos sin payasos que nos den la vuelta a las tragedias. Ironías del destino se muere el señor Grande el mismo día que mi madre cumple años.   

Pero a lo que vamos. Venimos diciendo que hay poemas y poesía. Y hoy me quedo con lo que necesito del poema “La Noria”  Pero caeré  diciendo/que la vida era buena/la quiero para siempre/con muchísimo amor. Lo que me queda es la poesía que me ha cedido Félix Grande para el corazón. Pero nunca podrá saberlo. mientras releo lo que escribo y presiento que me está mirando, cuando a quien mira es al cantador de la fotografía. Qué extrañeza le  queda a uno adentro del cuerpo algunas veces.


Publicado por ChemaRubioV @ 13:24  | ARTICULO
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