Jueves, 19 de julio de 2007
Creo que los fumadores nunca entenderemos por qu? el cigarro sabe mucho mejor con un buen taz?n de caf? humeante como el que tengo ahora en mi mano izquierda. Al encender el en?simo pitillo y dar la primera calada no puedo evitar asombrarme de lo pat?ticamente caricaturesco que resulto como escritor con muchas ideas y pocas palabras. Es dif?cil aceptar que uno no puede contar al mundo ni un uno por ciento de todo lo interesante que logra elucubrar una mente, tan ?nica e irrepetible en cada uno, pero es a?n m?s dif?cil asumir que la gran historia que tenemos que escribir no tiene que ser contada, porque esa gran historia es algo tan inabarcable o tan anodino que solo puede partir de actos y no de palabras: nuestra vida.

Por eso yo mismo, Le?n Morales, le ordene a cierto personaje que apretara el gatillo de su Colt King Cobra calibre 357 Mag. cuando lleg? a un callej?n sin salida del que s?lo podr?a escapar si no permit?a que fuesen otros quienes siguieran escribiendo su vida. Si he de ser sincero, les dir? que no me arrepiento de haber intentado liberar a ese hombre con la perfecta simetr?a de una bala, aunque he de confesar que si hubiese sabido lo que pasar?a justo antes de que su dedo ?ndice llegase a apretar la insinuante curva del arma, quiz? me hubiese callado las palabras que le espet? entonces: se?or Armando Quintana, reconsidere detenidamente su postura y tenga en cuenta que mientras vivimos, lo que realmente estamos haciendo es morir poco a poco; as? que dispare y acabe con este teatro en que se ha convertido su vida.

Jam?s pens? que su reacci?n fuese tan inveros?mil, pero ciertamente no cabr?a esperar otra cosa si tenemos en cuenta que el se?or Quintana lleg? a encontrarse en esa cuerda floja despu?s de saber que en cosa de media hora llegar?a la polic?a a su casa para detenerlo por haber intentado asesinar a su redactor jefe tras una jur?dicamente insostenible p?rdida de nervios. Ya no ser?a nunca m?s ?l quien escribir?a su vida, pero lo peor quiz? era que nunca antes la hab?a escrito ni tan siquiera durante un p?rrafo. As?, entre el ca??n del rev?lver, la promesa de las rejas y treinta escasos minutos para encontrar una salida r?pida, cuando le orden? a Armando Quintana que apretara el gatillo, me mir? fijamente a las pupilas por primera vez desde que nos conocimos, gota de sudor suspendida en su sien derecha, solt? un amago de media sonrisa y, sin darme cuenta, decidi? dejar de ser el personaje de mi relato y se escap? de esta historia.

***

Mi nombre es Armando Quintana y si tengo que definirme de alguna forma les dir?, sin creerme demasiado, que soy un pr?fugo de la justicia. S? se?ores, eso es todo lo que se me ocurre decirles a ustedes que presuntamente ahora mismo me est?n juzgando y tratando de saber qui?n soy, de qu? hablo, si miento o si digo la verdad, al tiempo que soy pr?fugo de ustedes mismos. Pues bien, lo hice, s?, pero en realidad no lo hice, porque se?ores les juro que todo fue obra del se?or Le?n Morales y les voy a probar por qu?. Todos sabemos, todos que contamos historias a nuestra manera, la sutil diferencia entre escribir un diario y escribir una noticia. En ambos casos, el mito de la objetividad pura es pat?ticamente falso, y seg?n mi propia experiencia la subjetividad se manifiesta a partir de dos mecanismos causales del propio inter?s: el directo y el indirecto. As?, cuando comenc? de ni?o a escribir un diario como chaleco antibalas ante mi adaptaci?n social m?s bien limitada, ten?a un inter?s directo por contar las cosas como me las contaban mis ojos, ?me entienden ustedes?, mi verdad. Sin embargo, cuando a?os m?s tarde, a golpe de una estrat?gicamente exquisita adaptaci?n social (llam?mosla as?), logr? fabricarme un nombre que me convirtiese en el periodista que firma la contraportada de ese prestigioso peri?dico que todos ustedes conocen, mi inter?s al escribir las noticias no era realmente el m?o porque no comparto esa eufem?stica forma de no ser imparcial que llaman l?nea editorial. A?n as?, deb?a seguir vendi?ndome y traicionando mis supuestos ideol?gicos por un inter?s indirecto: el seguir trabajando ah?. Por todo ello les afirmo desde ahora mismo que lo que van a o?r aqu? es completa y absolutamente interesado, subjetivo y parcial; ser?n ustedes los que se atrevan a llamarlo verdad o mentira.

Cuando decid? matar a mi redactor jefe eran las 12:17 de la noche y estaba apagando un cigarro de esos que no te apetecen en realidad pero te ayudan a llenar el tiempo hasta que llegas a la boca del metro. Quiz? el hecho de que estuviese lloviendo increment? la sensaci?n de macabra locura tan inherente a la sinraz?n de todo hombre, y cuando cruc? los tornos del metro ya sab?a perfectamente c?mo lo har?a: ser?a ma?ana mismo, en la mesa de su despacho, lo tirar?a sobre la mesa y all? acabar?a todo, para luego, sin sobresalto y con toda mi parsimonia, salir caminando justo por donde hab?a entrado. Ahora juzguen s?, un modus operandi abrumadoramente rudimentario, pero ?para qu? complicarme la vida si el objetivo era simplemente acabar con ?l y ustedes me acabar?an encontrando igual? Tendr?a apenas media hora desde que llegase a casa hasta que ustedes dieran conmigo, se supiera todo, apareciesen las especulaciones y comenzaran poco a poco a juzgarme como de hecho ahora est?n haciendo.

Si les soy sincero me daba igual el hecho de ser descubierto porque, como ya me hab?a hecho notar mi amigo Le?n Morales, nunca me propuse escribir mi propia vida y de joven claudiqu? intentando escribir la vida que siempre me contaron que ser?a la m?s vendida y por ello la mejor. Podr?a contarles sin querer que ?ste que ahora se desnuda ante ustedes ha pretendido valientemente ser feliz con un trabajo en el que s?lo se trabaja, un matrimonio de colores en un marco sin lienzo, sexo en raciones de diferente tipo, tiempo, lugar e intensidad, alg?n que otro vicio que por respeto no comentar? aqu?, una hipoteca m?s o menos c?moda, algunas reverencias verbales cuando se pronuncia mi nombre y una deliciosa e incomprensible n?mina mensual. Ahora que todo eso est? en mis manos, puedo decirles que a?oro ser el personaje de mi propia vida y que cada d?a cuando me levanto se me va el alma mezclada con la pasta de dientes por el desag?e del lavabo.

No s? si les pasar? a ustedes pero mucha gente me ha comentado que les encanta ir en el metro y observar c?mo detr?s de cada hier?tico rostro hay una historia diferente, todo un mundo por explorar que se oculta tras el silencio de los t?neles y que s?lo es roto de vez en cuando por alg?n sudamericano que enciende segundos de vida con su guitarra a cambio de unos c?ntimos voluntarios. Pues bien se?ores, les dir? que me siento fatal al percibir que todas esas caras, salvo contadas excepciones, son la misma persona: un Teseo que despu?s de matar decenas de minotauros cada d?a, busca salir de su particular laberinto, un personaje que busca escapar de su escritor para empezar a vivir su vida, un nombre con un n?mero y una letra que los hace alguien y nadie al mismo tiempo, gente que busca su identidad m?s all? del tel?fono m?vil. Y s? perfectamente de lo que les estoy hablado, porque tambi?n yo fui uno de esos Teseos hasta que consegu? reunir el valor para hacer lo que hice. Por ello, permitan que base mi defensa en el hecho o argumento de que cualquiera de esas personas pudo (y puede) haber hecho lo mismo que yo en nombre de encontrar una salida a la historia de la que son prisioneros. Qui?n sabe si ustedes mismos son una de esas personas dispuestas a asesinar pat?ticamente a su particular redactor jefe se?or?as, porque les pregunto abiertamente: ?son ustedes personajes de la historia que realmente quieren escribir o simplemente de la que escriben? ?Hay l?neas que ustedes no escriben? ?P?rrafos que escapan de su control? ?Cap?tulos que no saben exactamente porqu? est?n ah?? Un primer paso para salir de todo eso, seg?n Le?n Morales, ser?a apretar el gatillo de una Colt King Cobra. Pero no se?or?as, que yo est? aqu? hoy habl?ndoles a ustedes de esto aunque soporte el peso de ser juzgado, es la firme prueba de que escapar de una historia que no les gusta es sin duda posible.

Yo, Armando Quintana, acuso al se?or Morales de haberme ense?ado a vivir acost?ndome todas las noches con un pensamiento intermitente que variaba desde la imposibilidad de pagar mi hipoteca cuando todo iba mal, hasta la tormentosa necesidad de ganar m?s dinero cuando ya ten?a m?s que suficiente y las cosas estaban perfectamente, pasando por lo decepcionante de dormir al lado de alguien que ya no s? si me ama, o s?lo me quiere, o s?lo est? ah? como lo estoy yo. Aqu? hoy me declaro inocente y acuso al susodicho personaje de ser el aut?ntico responsable del intento de asesinato de mi redactor jefe. Porque hoy se?or?as soy libre a pesar de que ustedes me juzguen. Incluso aunque llegasen a condenarme, seguir? siendo libre porque por primera vez puedo oler la lluvia que no pude oler la noche en que sal? de la redacci?n y encend? aqu?l cigarrillo, porque ahora todas las ma?anas no siento que me lleva el flujo de gente por los pasillos del metro a las 7.30. Si por todo ello a?n quieren condenarme, adelante, pero antes terminar? de contarles lo que en realidad pas? aquella noche.

Cuando llegu? a casa y abr? las dos cerraduras, encontr? al se?or Morales de rodillas en la moqueta apunt?ndose a la sien derecha con una Colt King Cobra calibre 327 Mag., qui?n sabe si esperando que alguien le diese un ?ltimo empuj?n o una primera disuasi?n. Despu?s de pasarse toda la tarde escribiendo la historia de Armando Quintana, mi historia, con su sempiterno taz?n de caf? italiano ali?ado con intermitentes inyecciones de nicotina, lleg? un momento en que no pudo m?s que admitir que toda la amargura plasmada en el papel no era otra cosa que un nefasto reflejo de s? mismo. Para entonces, yo ya hab?a decidido asesinar a mi redactor jefe pero fue ?l quien lo hab?a decidido sin contarme nada, as? que no me quedaba opci?n. Sin duda lo que deb? haber hecho cuando lo encontr? as? arrastrado a la altura de la los ?caros de la moqueta azul era haberle animado a que disparase como ?l hab?a intentado hacer conmigo en la ?ltima p?gina de su relato, pero en cambio fui m?s benevolente porque en el fondo yo al se?or Le?n Morales lo estimo por todo lo que para m? ha supuesto.

Le dije que se levantase inmediatamente y dejase de ser el cobarde que todos nos encontramos a diario por las esquinas, y que tuviese el valor de coger el bol?grafo para corregir todos los p?rrafos que estaban pudriendo su vida, que esa bala que iba a dirigir a su cerebro la dirigiese a las p?ginas que hasta esa misma noche daban Fe de su existencia en esta ciudad sin nombre. Y que si para ello el primer paso era matar a su redactor jefe, que no se amedrentara y apretase bien el bol?grafo.

Con mis mejores sentimientos, y siendo el hombre que hoy soy despu?s de haber sido como el se?or Morales, siendo un Teseo que no s?lo ha matado a la bestia sino que ha conseguido salir luego del laberinto, le dije la gran verdad que yo hab?a descubierto: se?or Morales, reconsidere detenidamente su postura y tenga en cuenta que de hecho, mientras morimos, lo que realmente estamos haciendo es vivir de la forma que usted se quiera inventar. Con esta frase le salv? la vida a mi entra?able amigo Le?n, poni?ndole punto y final al relato que escrib? esa noche hasta las doce y del cual ?l era el protagonista. Por supuesto a la ma?ana siguiente me adentr? sagaz en el despacho de mi redactor jefe con dicho relato en la mano, me puse enfrente de su mesa tir?ndolo sobre la misma y all? acab? todo; para luego, sin sobresalto y con toda mi parsimonia, salir caminando justo por donde hab?a entrado. Ahora juzguen





Juicio a Teseo
La Laguna (Tenerife), Octubre 2005
John Rodr?guez Morales

Primer Premio de Relato Corto
XXX Premios F?lix Francisco Casanova (2006)
Convocado por: Cabildo de La Palma y peri?dico El D?a

Tags: islas canarias, teseo, relato, juicio, premio, redactor

Publicado por ChemaRubioV @ 19:16  | RELATO .
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